miércoles, 23 de diciembre de 2009

ALBERTO CAEIRO: EL PASTOR Y SU SUEÑO DE LA EXTRAORDINARIA HISTORIA DEL NIÑO JESÚS



El pastor, el mestre Caeiro, aquel "metaphysico á grega", es decir, aquel presocrático, pero sin Grecia, aquel místico sin Dios y sin dioses, aunque rodeado de todo lo divino, esto es, de las cosas, condujo sus rebaños -pensamientos que son sensaciones- más allá de lo pensable, hacia la realidad.


Desde su aldea, "tan grande como cualquier otra tierra / porque yo soy del tamaño de lo que veo / y no del tamaño de mi estatura...", viviendo "... en la cima de un otero / en una casa encalada y solitaria...", este hombre al que habríamos querido conocer con toda nuestra alma, guarda sus rebaños, los desplaza por las veredas montañosas de las provincias del norte de Portugal, mientras siente en él "... correr la vida como un rio en su lecho / y fuera un gran silencio, como de dios dormido".


En su diario, reunido bajo el nombre de O Guardador de Rebanhos -ese libro que "não é d´elle: é elle", como dijo Guedes-, contó un sueño, con esa característica "prosa dos meus versos".


Ha dicho algún crítico que esta obra es una parodia del cristianismo. No estoy de acuerdo. Hay desde luego un juego paródico, una trangresión al código, pero eso sólo es lo epidérmico. Late en él una verdad última que quisiera ver como la razón última del credo nazareno: fraternidad, caridad, piedad.


En ese sueño veo cumplirse de forma extraordinaria la "kénosis" de la que habló Pablo a los Filipenses: un vaciamiento de sí mismo, de su divinidad, que es la búsqueda del límite de lo divino y del límite de lo humano. Y en esa frontera, que es tierra de nadie y es tierra de todos, vive el pastor y su rebaño, y en él -con él- ese Niño Jesús que es Eterna Criatura.


Aquí les dejo mi traducción del poema de Caeiro, y, al final, un video que recoge la recitación del original en portugués, por la magnífica Maria Bethânia, deseándoles una Feliz Navidad:




En un mediodía de finales de Primavera
tuve un sueño como una fotografía.
Vi a Jesucristo descender a la tierra.
Lo vi por la ladera de un monte
vuelto otra vez niño,
correr y rodar por la hierba
arrancando flores para lanzarlas
y riendo de tal modo que se le oyera a lo lejos.
Había huído del cielo.
Era demasiado nuestro para fingir ser
la segunda persona de la Trinidad.
En el cielo todo era falso, todo en desacuerdo
con las flores y los árboles y las piedras.
Siempre tenía que estar serio en el cielo
y de vez en cuando volverse hombre otra vez
y subir a la cruz, y estar siempre muriendo
con una corona rodeada toda de espinas
y los pies fijados con un clavo trabal,
y hasta con un trapo alrededor de la cintura
como los negros de las ilustraciones.
Ni siquiera le dejaban tener padre y madre
como a las otras criaturas.
Su padre era dos personas
un viejo llamado José, que era carpintero,
y que no era su padre;
y otro padre que era una paloma estúpida,
la única paloma fea del mundo
porque no era del mundo ni era una paloma.
Y su madre no había amado antes de tenerlo.
No era mujer: era una maleta
en la que él vino del cielo.
Y querían que él, que sólo nació de madre,
y nunca tuvo padre al que amar con respeto,
predicase la bondad y la justicia.
Un buen día que Dios estaba dormido
y el Espíritu Santo andaba en sus vuelos,
fue a la caja de los milagros y robó tres.
Con el primero hizo que nadie supiera que había huido.
Con el segundo se creó eternamente humano y niño.
Con el tercero creó un Cristo eternamente en la cruz.
Y lo dejó clavado en la cruz que hay en el cielo
y sirve de modelo a otras.
Después huyó hacia el Sol
y descendió por el primer rayo que cogió.
Vive hoy en mi aldea conmigo.
Es una criatura risueña y natural.
Se suena la nariz con el brazo derecho,
chapotea en los charcos,
coge flores, goza de ellas y las olvida.
Tira piedras a los burros,
roba las frutas de las huertas
y huye llorando y gritando de los perros.
Y, porque sabe que a ellas no les gusta
y que hace gracia a la gente,
corre detrás de las muchachas
que van en grupos por los caminos
con los cántaros en las cabezas
levantándoles las faldas.
A mí me enseñó todo.
Me enseñó a mirar las cosas.
Me señaló todas las cosas que hay en las flores.
Me mostró cómo las piedras son preciosas
cuando la gente la tiene en su mano
y las mira con paciencia.
Me habla muy mal de Dios.
Me dice que es un viejo estúpido y enfermo,
siempre escupiendo en el suelo
y diciendo indecencias.
La Virgen María pasa las tardes de eternidad haciendo calceta.
Y el Espíritu Santo se rasca con el pico
posándose en las sillas y ensuciándolas.
Todo en el cielo es estúpido como en la Iglesia Católica.
Me dice que Dios no entiende nada
de las cosas que creó
”Si es que las creó, cosa que dudo”.
“Él dice, por ejemplo, que los seres cantan su gloria,
pero los seres no cantan nada,
si cantasen serían cantores.
Los seres existen nada más,
y por eso se llaman seres.”
Y después, cansado de hablar mal de Dios,
el Niño Jesús se adormece en mis brazos
y lo llevo en hombros hacia casa.
…...............................


Él vive conmigo en mi casa en mitad del otero.
Él es la Eterna Criatura, el dios que faltaba.
Él es lo humano que es natural,
es lo divino que sonríe y bromea.
Y es por eso por lo que sé con toda certeza
que él es el Niño Jesús verdadero.
Y la criatura tan humana que es divina
es ésta, mi cotidiana vida de poeta;
y es porque anda siempre conmigo por lo que soy siempre poeta.
Y por lo que mi ínfima mirada
me sacia de sensación,
y el más debil sonido, sea de lo que fuere,
parece hablar conmigo.
La Nueva Criatura que habita donde yo vivo
me da a mí una mano
y la otra a todo cuanto existe
y así vamos los tres por el camino que fuere,
saltando y cantando y riendo
y gozando de nuestro común secreto
que es el de saber en cualquier parte
que no hay misterio en el mundo
y que todo vale la pena.
La Eterna Criatura me acompaña siempre.
La dirección de mi mirar es la de su dedo señalando.
Mi oído atento alegremente a todos los sonidos
es las cosquillas que me hace, divirtiéndose, en mis orejas.
Estamos tan bien el uno con el otro
en compañía de todo
que nunca pensamos uno en otro,
mas vivimos juntos los dos
con un íntimo acuerdo
como la mano derecha con la izquierda.
Al anochecer jugamos a las cinco piedrecillas
en el escalón de la puerta de casa,
graves, como conviene a un dios y a un poeta,
y como si cada piedra
fuese todo un universo
y fuese por ello un gran peligro para ella
dejarla caer al suelo.
Después le cuento historias de las cosas de los hombres
y él sonríe, porque todo es increíble.
Ríe de los reyes y de los que no lo son,
y tiene pena de oir de las guerras,
y de los negocios, y de los navíos
que se tornan humo al aire de los altos mares.
Porque él sabe que todo eso falta a aquella verdad
que posee una flor en su florecer
y que va como la luz del Sol
variando los montes y los valles
y haciendo que los muros encalados duelan en los ojos.
Después él se adormece y lo acuesto.
Lo llevo en hombros hacia casa
y lo acuesto, desvistiéndolo lentamente
y como siguiendo un ritual muy limpio
y en todo maternal, hasta quedar desnudo.
Duerme dentro de mi alma
y a veces se despierta de noche
y juega con mis sueños.
Pone patas arriba a unos,
coloca unos encima de otros
y aplaude a solas
sonriendo a mi sueño.
…............................


Cuando yo muera, hijo mío,
que sea yo la criatura, el más pequeño.
Cógeme en hombros
y llévame hacia dentro de tu casa.
Desnuda mi ser cansado y humano
y acuéstame en tu cama.
Y cuéntame historias, si me desvelo,
para tornarme a adormecer.
Y dame tus sueños para que juegue
hasta que nazca en cualquier día
que tú ya sabes cuál es.
…...................................


Ésta es la historia de mi Niño Jesús.
¿Por qué razón que se comprenda
no ha de ser más verdadera
que todo cuanto los filósofos piensan
y todo cuanto las religiones enseñan?




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