miércoles, 20 de enero de 2010

AGUSTÍN GARCÍA CALVO Y LEWIS CARROLL


Corría el mes de junio del año 83 cuando hice mi segundo viaje a Madrid. Como el primero, lo hacía casi a hurtadillas, sin el conocimiento de mis padres, con arrojo y decisión, esperando vivir en ellos una ansiada aventura que alimentó hasta lo indecible las vísperas. ¡Qué emoción, entonces!

La primera aventura, que llevaba el sello de lo casi clandestino, fue para asistir al Congreso de la unificación de dos partidos extraparlamentarios: el Moviemiento Comunista y la OIC, en el invierno de 79; yo, por entonces, cachorro de la Jove Germanía. La segunda, aparentemente alejada de aquel acto político, llevaba, sin embargo, también el sello de la remoción interior y suponía también un compromiso. Aunque había leído ya mucho de García Calvo, aquel encuentro abriría en mí una nueva estancia , ocupada por mi pasión hacia su obra.


Se trataba de un acto de homenaje a Lewis Carroll, que se tributaba en el Ateneo de Madrid, y junto a García Calvo disertó aquella tarde el escritor y traductor, Mauro Armiño. Grabé la conferencia, de la que quedé prendado, e intenté acercarme a Agustín para explicarle mi intención de transcribir sus palabras y mandárselas para que las corrigiera, para después editarlas en un número monográfico de la revista saguntina Abalorio, que dedicaríamos a Carroll.


Después de intentarlo en el salón del Ateneo, de todo punto imposible por la aglomeración de gente que quería felicitarle, saludarle y hablar con él, por fin me pude acercar, en una cervecería cercana adonde se dirigió más tarde. Apenas pude comentarle el proyecto, pero fue lo suficiente para que me alargara sus señas en una de las servilletas que tenía a su alcance.


Más tarde, ya en Valencia, en el Hotel Ingés, después de una conferencia sobre épica y tradición popular que dictó en el Ateneo, corrigió el texto, que saldría publicado en el año 84, pero no ya en Abalorio, sino en otra revista, Aurora, que creé, junto a mis amigos Francesc García Donet y Gastón Segura Valero, en la Facultad de Filosofía de Valencia.


La escasa difusión del texto, la dificultad para hacerse con un ejemplar de aquella revista (de la que volveré a escribir en otra ocasión, con más detenimiento) y el indudable interés que posee, me han hecho volver a él y ofrecerlo aquí, en un intento de acercar los textos de García Calvo, en este caso con el aliciente bien curioso de su tratamiento de la escritura de Lewis Carroll. Espero que lo disfruten.





LA LÓGICA Y LA TRADICIÓN POÉTICA ANÓNIMA EN LEWIS CARROLL




Agustín García Calvo



Yo sí que en verdad sé muy poco acerca de Carroll. He leído, naturalmente, algunas cosas sobre él, y casi todas se me han olvidado; y en parte por desinterés por la persona de los creadores, poetas, filósofos o lo que sean: un desinterés que pienso que es razonable porque estamos hartos de sufrir el hecho de que la persona de los creadores, sean poetas, filósofos o lo que sean, se coma las producciones mismas; y tanto más progrese la cultura de los nombres de los poetas, filósofos y demás, cuanto menos se utilice por el público en general la poesía, la lógica u otras formas de pensamiento. Tal vez por esto es por lo que sé tan poco acerca de Carroll.
Otra cosa es, en cambio, lo que se refiere al uso de muchas de sus obras. Sobre esto sí que tengo algo en mi haber: este librote me ha acompañado casi constantemente desde hace cerca de veinte años, las Obras Completas de Carroll. No diré que sea mi libro de cabecera, puesto que para eso sería algo incómodo, tomándolo al pie de la letra, pero, en fin, como buen compañero lo cuento entre los pocos a los que tengo que agradecer mucho de placer, descubrimiento, alimento de la paciencia para sostener una cierta lucha desesperada contra eso que le constituye también a uno mismo, que se llama realidad.
Esto me mete en el tema que quería sacar ante ustedes. Si yo estimo mucho este libro y muchas de sus obras, y tengo ese agradecimiento por las ayudas prestadas, es sin duda porque algo hay en ellas, no sólo en Alicia o La Caza del Snark, sino también en algunas non-sense rhymes, limericks y riddles u otras pequeñas composiciones, insertas en varios de sus libros o conservadas como envíos a algunas de sus pequeñas amigas; algo hay de denuncia de eso que vengo llamando realidad, algo hay de descubrimiento: descubrimiento de la falsedad de esto en lo que los adultos vivimos y que a los adultos nos constituye también, a cada uno según su lugar especifico ...
Tal vez son diversas las técnicas que algunos hombres han podido emplear para llevar a cabo esta denuncia o descubrimiento. La de Carroll en concreto me parece sostenida por dos elementos en los que voy a hacer parar mientes brevemente: uno es la lógica o la matemática ... digamos «la lógica»; otro es la tradición de la gente corriente, de la gente indefinida, más o menos parlante, y dentro de la gente en especial los niños, y dentro de los niños en especial las niñas, pero todo ello formando parte de la gente.
En cuanto a lo primero, muchos de ustedes han disfrutado sin duda de las producciones matemáticas y lógicas de Carroll, conocen al menos parte de la colección de apasionantes problemas de carácter matemático o lógico; y lo más admirable en él es que estos mismos elementos penetran también en las producciones poéticas, sean en las rimadas, sean en la prosa: es uno de los casos más ilustres de compaginación, de colaboración, de las técnicas poéticas y las técnicas de la lógica.
Querría, antes de pasar al segundo tema, mejor hablar mucho de esto, darles una muestra (si se descuidan ustedes, en mi deseo de no hablarles de Carroll, me verían leyéndoles partes de este librote) de las que recuerdo bien: es un poco largo el ejemplo como muestra de la producción lógica, y no voy a poder traducirla aquí entera, pero algunos de ustedes la conocerán: el pequeño cuento de lo que la tortuga le dijo a Aquiles. Aquiles había alcanzado a la tortuga y se había sentado confortablemente en su lomo. «Así que has llegado al final de nuestra carrera -dijo la tortuga-, incluso aunque consiste de hecho en una infinita serie de distancias. Creía que algún sabihondo que otro había probado que eso no podía hacerse»; dijo Aquiles: «¡Es un hecho!, solvitur deambulando. Ya ves que las distancias iban disminuyendo constantemente y así...». «Pero ¿y si hubieran ido creciendo constantemente? -interrumpió la tortuga-, ¿entonces qué?» ....«Entonces no estaría yo aquí -replicó Aquiles-, y habría dado por varias veces la vuelta al mundo a las horas que son». «Me halagas, me aplastas, quiero decir» dijo la tortuga. La narración a continuación pasa a tomar esta conocida aporía de Zenón, que en lo que se nos conserva, mal, de los textos de Zenón de Elea se plantea flsicamente, y la traslada a un planteamiento que se refiere al propio lenguaje del planteamiento, al propio lenguaje de la aporía y especialmente a la lógica de las proposiciones hipotéticas; así que al cabo de un rato la tortuga le propone a Aquiles que se dedique a un juego para el cual le pide que saque de su casco un cuadernillo y un lápiz y vaya apuntando lo que dice. Lo que dice es, en primer lugar, una constatación de lo que sucede en la paradoja de Zenón: le dice que escriba las siguientes proposiciones: A) Las cosas que son iguales a una misma son iguales entre sí; B) Los dos lados de este triángulo son cosas iguales a una misma; Z) Los dos lados de este triángulo son iguales entre sí. Aquiles escribe esto y entonces la tortuga le plantea la escisión entre las premisas A y B y la conclusión Z. Le dice Aquiles: «Está claro que de las dos premisas se deduce la conclusión». Dice la tortuga: «Sí, en caso de que uno admita la proposición de que si A y B son ciertas, entonces Z es cierta también». «Claro, claro, por supuesto: en el caso de que uno admita esta proposición» dijo Aquiles. «Bien, entonces, merece la pena a su vez escribirla: escríbela en forma de proposición C»; de forma que queda la proposición C que dice: "Si A y B son ciertas, Z tiene que ser verdad"; esta proposición queda escrita como tercera. Bueno, ya ven ustedes por dónde va la historia, que tiene tres páginas en esta edición inglesa: naturalmente, cuando Aquiles se apresura a creer que esa carrera lógica ha terminado, la tortuga le hace constar que para que Z se deduzca lógicamente de A, B y C, es preciso admitir la proposición de que si A, B y C son ciertas, entonces Z es cierta; pero ésta es una proposición D, que Aquiles debe escribir a continuación de la C. Carroll dice que en ese momento se aleja del grupo, y que al volver al cabo de varios meses, se encuentra a Aquiles agotando su cuadernillo, escribiendo como loco las series de proposiciones del pretendido silogismo; y la cosa termina en la desesperación, que se manifiesta en insultos mutuos que se dirigen la tortuga y Aquiles con una serie de juegos de palabras que no traduciré aquí.
Bien, ésta es la muestra, entre otras, de la producción lógica, de la técnica de lenguaje a la que antes me refería. Ven ustedes que no es grano de anís esta hazaña de trasladar del ámbito, aparentemente físico, la teoría de Zenón a un ámbito que está constituido precisamente por el lenguaje, en este caso en especial por esta manifestación tan curiosa del lenguaje que son los enunciados hipotéticos, a los que los lógicos más avanzados no hacen mas que dar vueltas, cada vez más incómodas y desesperadas. Bien, no quiero entretenerles sacándoles más ejemplos acerca de estas artes lógicas: únicamente vuelvo a hacer constar mi admiración de cómo mucha veces estas artes se mezclan en común con las artes que solemos llamar poéticas.
Pero paso a lo que he dicho que era la segunda vía por la que veo alimentándose esta arte lingüística que aparece en muchas de las producciones de Carroll, rimadas o no, más o menos lógicas, más o menos narrativas, más o menos poéticas: he dicho que esto viene de la tradición de la gente corriente, y, en su caso en especial, de una cierta tradición inglesa; porque inglesa para mí no quiere decir nada de nación o raza, sino simplemente concebida en el idioma inglés, más o menos oficial o popular. En efecto, todas estas non sense rhymes o estos riddles que en los libros de Alicia y en otros muchos aparecen, no son ninguna invención personal de Carroll, están fundadas en una larga tradición de rimas de versos sin-sentido o de contrasentido, y en acertijos y otras cosas por el estilo, y de esta tradición es de donde, entre otras cosas, Carroll ha tomado el ritmo, ha tomado los juegos de sintaxis, cosas ambas en las que él tenía que tener un especial interés, tanto en el ritmo como en la sintaxis.
Hasta qué punto esto es así lo voy a demostrar con otro ejemplo, antes mejor que hablar mucho sobre ello. Por ejemplo, tomemos los versos, el tipo de versos, en que está escrita La Caza del Snark:


«Just the place for a Snark! l have said it twice:
That alone should encourage the crew.
Just the place for a Snark! 1 have said it twice:
What 1 tell you three times is true.»



Supongo que perciben ustedes más o menos esta alternancia de los versos de cuatro tiempos y los de tres, y sobre todo esa utilización del ritmo anapéstico, en el cual quiero centrar su atención, para hacer evidente esto de la tradición popular anónima.
Tienen ustedes conexiones con anónimos pertenecientes a la tradición inglesa. Me voy a limitar, si la memoria no me falla, a recordarles uno de estos poemillas que está en este mismo tipo de ritmo anapéstico, y en el que, de paso, no deja de ejercerse una cierta función también dialéctica, precisamente en torno a la ontología del yo; es decir que sería un poema que Carroll podría haber compuesto, pero que no lo compuso él, está en la tradición anónima inglesa. Esto, en traducción, dice así:




Había una vieja, habéis de saber,
que a la feria sus huevos iba a vender.
Un día de feria a la feria marchó
y al pie de la ruta dormida quedó.
Pasó un buhonero muy burlador
le cortó las enaguas todo alrededor.
Hasta las rodillas las faldas cortó,
con lo cual a la vieja un frío le entró.
Y cuando la vieja se fue a despertar,
a temblar se puso, se echó a tiritar;
se puso a mirarse, a llorar se echó:
¡Por Dios!, ¡Dios me valga!, que ésta no soy yo.
Pero si es que soy yo, y lo seré quizá,
tengo en casa un perrito y me conocerá;
si soy yo, su rabito vendrá a menear,
y si no soy yo, a gruñir y ladrar.
A casa la vieja se fue, y al llegar
salió su perrito, se puso a ladrar.
Al ver que ladraba, a llorar se echó:
¡Por Dios!, ¡Dios me valga!, que no, no soy yo.





Y creo que no tengo que hablar mucho para esclarecerles hasta qué punto hay una continuidad entre las producciones anónimas de este tipo, más o menos producidas por niños, más o menos producidas para niños, y las cosas a las que Carroll se dedica. Espero que vean cómo dos cosas tan aparentemente opuestas, la inspiración en la matemática y la lógica y la inspiración en las tradiciones populares y anónimas, convergen y hacen posiblemente la parte principal de la fuerza de las producciones de Carroll.
Naturalmente, de esta tradición popular Carroll no sólo ha tomado estas costumbres de los ritmos anapésticos y trocaicos y los juegos de sintaxis, ha tomado muchas otras cosas que pueden ser útiles para poner al desnudo aunque nada más sea por un momento, por un vislumbre, esta falsedad real sobre la que los adultos viven y a los adultos constituye.
Por eso es por lo que la inspiración de Carroll ha tenido que venir especialmente de esa parte del pueblo, de la gente indefinida, que son los niños; los niños tienen esta enorme ventaja: que por muy corrompidos que estén (desde pequeñitos, por supuesto, desde que aprenden a hablar lo están y esto muy bien lo sabía Freud), sin embargo están mucho más imperfectamente formados, no tienen una cantidad de actitudes, de intereses, empeños, vicios y por tanto ideas, que defender, para con ellas defenderse, que es la característica de todo hombre más o menos. Ésta es la ventaja que puede hacer que los niños, si fuéramos capaces de oirlos, fueran naturalmente mucho más clarividentes y capaces de descubrir esta falsedad a la que llamamos realidad.
Vean que cuando pasan las cosas que pasan, por ejemplo, en los libros de Alicia, no se trata de que estemos entrando en un mundo fantástico, es sobre todo que ese mundo fantástico se nos presenta lleno de detalles del mundo real, como muy natural, como muy cotidiano; un mundo en el que se sigue celebrando la ceremonia del té, donde la reina recibe como ama de casa, etc.; de forma que es todo lo contrario de lo que puede llamarse literatura de evasión. En este sentido puede ser lo que aludo más bien como una producción de descubrimiento, se trata de que lo que aparece en ese otro mundo, al menos como un espejo hace ver, contra éste que se da por real lo absurdo, lo maravilloso, lo increíblemente cabeza abajo que está este mundo de los adultos. Los niños saben esto muy bien.
En otro aspecto, incluso, los juegos de palabras ¿qué otra cosa son?: esa especie de palabras híbridas que fabrica con tanto gusto Carroll, por ejemplo la misma palabra 'Snark, ¿qué otra cosa es sino refinamientos de aquello a lo que los niños se entregan una y otra vez, repitiendo incansablemente, volviendo del revés, cambiando el orden de las sílabas de las palabras convencionales que comprende el lenguaje adulto, hasta que por medio de estos juegos la palabra empieza a producir ese efecto que muchos de ustedes recordarán, el efecto del descubrimiento del vacío, del sinsentido, que es precisamente parte de ese descubrimiento de la falsedad de la realidad de la que vengo hablando?
Y si esto puede decirse de los niños, así puede decirse que Carroll escribía solamente en apariencia para ellos, pero mucho más verdad es que lo que hacía era interpretar, resucitar algo que los niños saben y que tal vez no podría formular con tanta precisión literaria, pero que al fin y al cabo es lo que los niños saben. Carroll ha aprendido de los niños: habla como un niño, habla, si ustedes quieren, como hablaría un niño que por algún milagro hubiera tenido, sin embargo, grandes habilidades en la matemática y la lógica o en las otras artes poéticas.
Y ha aprendido especialmente de las niñas. ¿Por qué las niñas suelen ser más clarividentes, de esa clarividencia común a los niños en general, y por tanto de ellas se puede aprender más en esta labor de desmontar o descubrir la falsedad de la realidad? Bueno, yo pienso, sin darle muchas vueltas a la cosa, que es bastante sencillo... Los niños están conducidos en la práctica, si no se mueren antes, a convertirse en adultos, pero las niñas, además, están condenadas a la suerte doblemente trágica de convertirse en adultos del sexo dominado, con todo lo que esto puede comportar consigo; de manera que en cierto sentido el destino es doblemente trágico, en cuanto que tiene que acceder a convertirse en mujer, y no puedo por menos de poner en relación con este carácter doblemente trágico del destino esa especie de listeza, de finura, capacidad de descubrimiento y de denuncia que en las niñas se presenta de manera más segura, con frecuencia, que en los niños.
Pero sobre todo quisiera terminar instándoles a que no separen mucho a los niños y las niñas de lo que he llamado gente en general: en efecto si una de las cosas que puede poner en obra una técnica de descubrimiento es esa sabiduría en las habilidades lógicas de la que ustedes han visto un ejemplo, por otro lado Carroll ha aprendido especialmente de la gente que no es nadie determinado, del aprendizaje de la tradición anónima; y solamente de esta gente, y como ejemplo de ello les invito a considerar cómo Carroll ha aprendido mucho de esa parte de la gente, todavía no demasiado formada, todavía no demasiado obligada, que son los niños y particularmente las niñas. Con ello doy por terminada mi intervención.

miércoles, 13 de enero de 2010

RUMI Y ELENI KARAINDROU




Hace unos años, en nuestro viaje a Estambul, pude vivir uno de esos momentos mágicos en los que uno cree estar cerca de todo lo suyo, que todo lo suyo se ha reunido en un punto, aquí, en estas notas que oigo inopinadamente en esta calle que piso por vez primera y, sin embargo, es como si aquí hubiera vivido siempre, adonde se reúne el tiempo gozado, lo que me acerca y me aleja, lo que me columpia, desnudando y abrigando esto que somos.

Después de comer en un pequeño bar, donde quizá se me fue la mano con el raki, nos dirigimos a la cercana Torre Gálata, o Megalos Pyrgos, como la llamaban los bizantinos. Allí sentimos el orden mercantil, la dádiva genovesa por aquellas tierras del turco, ante el rumor cercano del encabalgamiento del Mármara.

Nos encaminamos, pues era aún muy pronto, por Istiklal Caddesi, o avenida Beyoglu, surcada por unas vías de hierro por las que circula intermitentemente un curioso trenecillo. Allí, mientras hacíamos tiempo para visitar el monasterio meleví de los derviches giróvagos, tuvo lugar ese instante de convergencia y confusión. Un instante proustiano de saturación y elasticidad del tiempo. Algo similar a la idea de infinito.

Una música imprevista comenzó a sonar, no sabíamos muy bien de dónde, más tarde averiguaríamos que eran unos altavoces que provenían de una tienda de antigüedades. Y no pude moverme. La amable señora que regentaba la tienda nos dijo que era una música de la última película de Theo Angelopoulos, The Weeping Meadow. Su autora, Eleni Karaindrou.

Fue quizá una premonición, un augurio de nuestro descubrimiento del agreste cementerio derviche, ataestado de gatos, en cuyo silencio las estelas deletreaban versos del poeta persa Rumi, con una música de fondo, la de Karaindrou.


Poema de Rumi:

Ahí afuera, mas allá de ideas de bien o mal, hay un lugar
Nos vemos ahí.
Cuando el alma yace sobre la yerba
El mundo esta demasiado lleno para hablar de él
Las ideas, el lenguaje, incluso la frase 'cada uno'
No tienen sentido.

(Traducción de Ruth Terrones y Alí Bahman)

Y aquí la música de Eleni:



domingo, 3 de enero de 2010

Υδρα















No he podido aún cumplir uno de mis deseos, visitar la isla de Zakynthos, epónimo del héroe mitológico, compañero de Hércules en sus fatigosas empresas, quien según Silio Itálico, murió en un lugar de la costa hispánica del Mediterráneo, que más tarde ocuparía el enclave de la antigua Saguntum. Pero, guiado por la sabia mano literaria de la escritora canadiense Anne Michaels, recalé este verano en una de las islas del Egeo, en la que, además de la ya antes citada, transcurre la extraordinaria historia de su novela poética, Piezas en fuga. Su nombre es Idhra. Dice Anne: "No es ni en Idhra ni en Zakynthos sino entre los abedules de Michaela donde me siento por primera vez seguro sobre la tierra, acollado en una tormenta"
Mi fascinación por la escritura de Michaels, esa teluridad, esa potencia de la palabra que esculpe pasiones y luchas denodadas, hicieron que mi viaje, desde Atenas hasta allí, fuese embargado por una vigilia llena de premoniciones y anhelos.

Fue un día apacible, el espíritu griego serenó mi pulso y sentado en un escalón, mirando el azul, mirando al horizonte jónico de Zakynthos, tomé unas notas dispersas en mi cuaderno y urdí este breve poema, dictado por los sonidos del Metelmi sobre las hojas y las rocas de la isla:



ÉXODOS.
UNA GATA BAJO EL SOL DE IDHRA

Marca su paso con decisión, monótonamente
movida por un fin que no vislumbro,
una pequeña gata, camino del faro,
sorda a mis reclamos.
Como madre sus ubres cuelgan pidiendo
unas bocas que la amamanten.
Ya veo el resorte secreto de su paso,
en la calima de la media tarde.
Son sus vástagos perdidos la oscura
razón que la dirige, perdida ya
por siempre en esta isla perdida
de este recóndito Egeo.


Idhra, 10 de Agosto de 2009.




La obra de Anne Michaels fue llevada al cine por el director canadiense Jeremy Podeswa. He aquí su trailer: