lunes, 27 de septiembre de 2010

OR SE´ SALITO SI COME LO MARE


Corría el año 1981 cuando Andrés Trapiello, gobernando la aventura de la revista Número, una excelencia en diseño y tipografía, y en la calidad literaria de los textos, nos acercaba allí rarezas y lindezas.
En Número encontré un extraordinario soneto del grupo que Francesco de Sanctis denominó "Dolce stil novo". Un anónimo soneto de finales del siglo XIII o principios del trecento. Pero la gracia no sólo venía del texto italiano, que más tarde Francesco Trucchi -en su, Poesie italiane inedite di dugento autore, Prato, 1847- atribuyó a Nina la Siciliana, sino de su primer traductor al castellano, el escritor de la Escuela Romana del Pirineo, Rafael Sánchez Mazas.
Lo aprendí de memoria y lo recité, por entonces, a algunos de mis amigos de la revista, que por entonces sacábamos aquí en Sagunto, Abalorio. A mi amigo, hoy desgraciadamente ausente, Francisco Salinas, le gustó aquella pieza y compartimos también lecturas de las Rimas de Guido Cavalcanti, traducidas al castellano por Juan Ramón Masoliver.
Rafael Sánchez Mazas no sólo fue un gran prosista, sino también un apreciable poeta. Sus versos fueron dispersamente publicados en varias revistas, si bien dio a la edición un poemario, en 1944, con el título de Quince sonetos para quince esculturas de Moisés Huerta.
Tendría que pasar el tiempo para que su voz fuese recuperada y valorada. Fue en 1971, en la emblemática colección Ocnos de la editorial catalana, Llibres de la Sinera. Aquella colección, dirigida por Joaquín Marco, y de la que formaban parte de su redacción, Jaime Gil de Biedma, Pere Gimferrer, José Agustín Goytisolo, Luis Izquierdo y Manuel Vázquez Montalbán, tuvo la valentía y el buen atino de reunir en un volumen un grupo significativo de la producción poética de nuestro autor.
Al lado de la obra de su costal, tambien se encontrará su labor de trujamán. Además de su traducción de "Tapina me ch´amava uno sparviero", se ofrecen sus versiones del "Soneto del mayo florentino" de Fólgore da San Gimignano, y del "Hereux qui comme Ulysse a fait un beau voyage" de Joaquín de Bellay.
Disfruten del buen hacer de Sánchez Mazas y de la cuita amorosa italiana:

Tapina ahimé, ch'amava uno sparvero:
amaval tanto ch'io me ne moria;
a lo richiamo ben m'era manero,
e dunque pascer troppo nol dovia.

Or è montato e salito sì altero,
assai più alto che far non solìa
ed è assiso dentro a uno verzero:
un'altra donna lo tene in balìa.

Isparvero mio, ch'io t'avea nodrito,
sonaglio d'oro ti facea portare
perché dell'uc(c)ellar fosse più ardito:

or se' salito sì come lo mare,
ed ha' rotto li geti e se' fuggito,
quando eri fermo nel tuo uc(c)ellare.



¡Pobre de mí, que amaba un alcotán!
¡Lo amaba tanto yo que me moría!
¡A mi reclamo bien que era galán,
aunque no mucho cebo le ponía!

Ahora muy altanero lo verán,
mucho más alto que antes no solía.
En un vergel reposa de su afán,
y otra dama lo tiene en tiranía.

¡Ay mi alcotán! ¡Te había yo nutrido
y un cascabel de oro regalado,
porque hubiera más júbilo en tu vuelo!

Y ahora como la mar te me has alzado
y has roto ligaduras y has huído
cuando estabas tan fiel a mi señuelo.


De la obra poética de Sánchez Mazas quisiera rescatar este soneto:


EN LA PIEDRA SEPULCRAL DE MI TÍO LABRADOR

Puso viña y olivo en la llanura;
plantó chopos reales junto al río;
el monte que era pedregal bravío
convirtió en heredades y espesura.

Tuvo la casa en una suave altura:
era torre, solar y caserío,
confortada de libros de lectura
y aceite y vino y mies de labrantío.

Fue de la paz de Cristo caballero
y simple solitario y limosnero;
para todos tenía un "Dios os guarde"-

No tuvo coche ni corcel de silla
y en su vejez, volviendo de la trilla,
cabalgaba un asnillo por la tarde.

martes, 21 de septiembre de 2010

EL RESCOLDO DE LA MEMORIA



Por más que quiso, no pudo alzar la voz y su grito quedó ahogado. Tal fue la mudez que le deparó la visión del abismo, aquel que se le imponía ante aquella vieja fotografía que guardaba desde niño. La aplastó entre sus manos para más tarde llevar a cabo aquel acto que treinta y tres años atrás él mismo impidió llevar a término, al rescatar de entre un buen número de enseres que ardían en una pira que hizo su padre en el corral, aquella imagen que ahora comprendía en su fatal extensión de terror. Quemó aquella imagen no sólo llevado por su rabia sino por el deseo de borrar para siempre la huella del mal. Él, el fiel rescatador de la memoria, el pertinaz escrutador y escrupuloso mostrador de la barbarie, se veía ahora convertido en una mera alimaña, sorprendida en el horror íntimo, y decidía instintivamente suprimir la verdad, ocultar la evidencia. Pero las evidencias, después lo comprendería él también, fatalmente, no pueden ser borradas y menos aún por quien fue el artífice de hacerlas retornar.

martes, 14 de septiembre de 2010

ABEL MARTÍN Y JUAN DE MAIRENA: HUELLA DE MACHADO EN VALENCIA

(Viñeta de Ramón Gaya, sobre A. Machado, publicada en Hora de España)



Con fecha de Enero de 1937, en las páginas del primer número de la mítica revista, Hora de España, se editaba en Valencia, bajo el título de "Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín", un grupo de fragmentos ensayísticos de los que son un buen ejemplo los cuatro que más adelante recogemos.


Aparecieron junto a ellos, en la revista, textos de María Zambrano, José Bergamín, Juan Gil-Albert, o Rafael Dieste, entre otros. En ellos se nos muestran las ideas de los "complementarios" de Machado, sobre el silencio, la guerra, la fraternidad, y la duda.

Se hallaba Machado, por aquel entonces, alojado junto a su familia en el chalet "Villa Amparo", en el pueblo valenciano de Rocafort, y allí escribiría poemas, junto a otros textos de diversa índole, que iría bien ofreciendo a revistas y a la prensa periodística, bien exponiéndolos públicamente en actos vindicativos, e incluso llegando con ellos a publicar el libro La guerra, último libro que publicó Machado en vida.





ABEL MARTÍN / JUAN DE MAIRENA




I
Sólo en el silencio, que es, como decía mi maestro, el aspecto sonoro de la nada, puede el poeta gozar plenamente del gran regalo que le hizo la divinidad, para que fuese cantor, descubridor de un mundo de armonías. Por eso el poeta huye de todo guirigay y aborrece esas máquinas parlantes con que se pretende embargarnos el poco silencio de que aún pudiéramos disponer.




II
Aprende a dudar, hijo, y acabarás dudando de tu propia duda. De este modo premia Dios al escéptico y confunde al creyente.



III
Cuando el Cristo vuelva –decía mi maestro–, predicará el orgullo a los humildes, como ayer predicaba la humildad a los poderosos. Y sus palabras serán, aproximadamente, las mismas: «Recordad que vuestro padre está en los cielos; tan alta es vuestra alcurnia por parte de padre. Sobre la tierra sólo hay ya para vosotros deberes fraternos, independientes de los vínculos de la sangre. Licenciad de una vez para siempre al bíblico semental humano.»

IV
Cuando los hombres acuden a las armas, la retórica ha terminado su misión. Porque ya no se trata de convencer, sino de vencer y abatir al adversario. Sin embargo, no hay guerra sin retórica. Y lo característico de la retórica guerrera consiste en ser ella la misma para los dos beligerantes, como si ambos comulgasen en las mismas razones y hubiesen llegado a un previo acuerdo sobre las mismas verdades. De aquí deducía mi maestro la irracionalidad de la guerra, por un lado, y de la retórica, por otro.

sábado, 11 de septiembre de 2010

ANDRÉS SANTALLANA: TODA MIRADA ES UN ACTO DE FE













Hay un poeta apócrifo, con el mismo apellido de Santayana, nacido también en Madrid, aunque treinta y seis años menor y con el nombre de Andrés, que nos ha legado un poema extraordinario, recogido por Antonio Machado en su Cancionero apócrifo. No sólo nos recuerda su apellido al filósofo Geoge Santayana, sino también ese vientecillo de misterio y reflexividad:


EL MILAGRO


En Segovia, una tarde, de paseo
por la alameda que el Eresma baña,
para leer mi Biblia
eché mano al estuche de las gafas
en busca de ese andamio de mis ojos,
mi volado balcón de la mirada.
Abrí el estuche con el gesto firme
y doctoral de quien se dice: Aguarda,
y ahora verás si veo…
Abrí el estuche pero dentro: nada;
point de lunettes… ¿Huyeron? Juraría
que algo brilló cuando la negra tapa
abrí del diminuto
ataúd de bolsillo, y que volaban,
huyendo de su encierro,
cual mariposa de cristal, mis gafas.
El libro bajo el brazo,
la orfandad de mis ojos paseaba
pensando: hasta las cosas que dejamos
muertas de risa en casa
tienen su doble donde estar debieran
o es un acto de fe toda mirada.

sábado, 4 de septiembre de 2010

GEORGE SANTAYANA: CONSIDERACIONES DE UN ESCÉPTICO EN MATERIA DE RELIGIÓN




Corría el año 1932 cuando Santayana abandona la ciudad de Roma, su "celda encalada de un convento de monjas situado en la falda del Aventino, frente a las ruinas del Palatino, que es como estar más allá de la historia", como describió el aposento Maria Zambrano; y se dirige a La Haya para dar en la Domus Spnoziana una conferencia bajo el título de "Religión última", en conmemoración del trigésimo centenario del nacimiento de Baruch Spinoza.


El texto de la conferencia se publicó al año siguiente en la Septimana Spinoziana, y ese mismo año, 1933, lo traducirá Antonio Marichalar y lo publicará en la Revista de Occidente. En el prólogo que acompaña a la traducción recogía Marichalar unos versos de Alfred Kreimborg que describen a nuestro filósofo:




Un alma escéptica


dentro de un pecho fervoroso


aporta su testimonio ecuánime


a la reyerta de los dioses




Traigo aquí un extraordinario y significativo fragmento de dicha conferencia en el que no sólo demuestra su maestría argumentativa, aportando un tensado hilo meditativo y reflexivo, sino que impregna los conceptos de una extraordinaria plasticidad y vivacidad:




"Cuando es nuestra voluntad la que manda, y parece que, sin saber nosotros cómo, no sólo nuestro cuerpo, sino el mundo la obdece, somos como Josué viendo el sol detenerse a una orden suya. En cambio, cuando damos órdenes y nada sucede sin embargo, somos como el rey Canuto, atónito ante la marea creciente que no le acata. Pero cuando hemos llevado a cabo una gran obra y hasta hemos encauzado de nuevo el curso de la historia, somos como Cantaclaro, que atribuye a su canto la presencia de la aurora.


¿Y cuál es el resultado? Que por un mero acto de conciencia y sinceridad, logra el espíritu inmediatamente, y de súbito, una de las percepciones religiosas más radicalmente importantes. Se da cuenta de que, a pesar de estar viviendo, es incapaz de vivir; de que aún pudiendo morir es incapaz de morir; y que, en suma, se encuentra -en cada instante y en cada evento- en manos de un poder ajeno e impenetrable.


Y eso es todo lo que sé de este poder, sentido. Por ahora, sólo es, para mí, la contraparte de mi impotencia. Desde el momento en que no tengo medios para saber hasta dónde llega ese poder, no me atrevería a llamarlo todopoderoso, pero no dudo en llamarlo, acuñando una palabra. "omnificiente"; ya que es, para mí, por definición, el hacedor de todo lo hecho.


No sostengo la validez física de este sentido de causa o de agencia: me limito a sentir lo que hay de fuerte, de bueno, de hostil, o de impenetrable en el mundo. Manifiesto tan sólo una impresión; y falta acaso bastante de aquí a que mi sentido del poder omnipresente pueda ser erigido en una teoría teológica de la omnipotencia de Dios. Pero la presencia moral del poder le sobreviene al hombre de noche, estando en el desierto, cuando se encuentra, como dicen los árabes, sólo con Alá. Reaparece asimismo en todo agudo predicamento, en las situaciones extremas, en el acto de nacer una criatura, en el de encararse con la muerte. Por lo que respecta a la unidad de este poder, no he de hallarla en sus diversas manifestaciones, sino más bien en mi propia soledad; en la unidad de este espíritu doliente, acosado por todos estos accidentes. Mi destino es solitario, tágicamente solitario; no importa lo diverso de sus causas. Atónito, como estoy, no se me exige que, aunque hubiera penetrado en el engrnaje interno de las cosas, explicase si ese poder omnificiente es simple o complejo, contínuo o espasmódico, intencional o ciego. Me hallo frente a él en actitud sencillamente receptiva, del mismo modo que si me encontrase en Roma frente a la gran fuente de Trevi ¿Qué veo allí? Veo chorros y cascadas fluir en surtidores separados y en diversas direcciones. No estoy cierto de que sea un solo Pontifex Maximus quien la haya trazado por entero, encauzando esas aguas melodiosas por esos precisos canales. Más de una corriente se habrá agostado desde su creación, o se habrá desviado. Frescas lluvias del cielo han podido, hoy, sumar quizá nuevos riachuelos. Qién sabe si detrás de aquellas falsas rocas no hay algún geniecillo oculto que tergiversa las aguas por juego. Y ¿cómo conocer el cúmulo de detalles que, en mi imaginación, han cambiado de sitio o se han multiplicado por un efecto de óptica tan sólo? Y, sin embargo, existe aquí para el espítitu una impresión total y maravillosa: el estruendo de una fuerza que se afronta conmigo en un admirable y teatral espectáculo."


viernes, 3 de septiembre de 2010

GEORGE SANTAYANA Y JORGE GUILLÉN












Hacia 1947 George Santayana acometió la tarea de traducir una décima de Jorge Guillén, perteneciente al poemario Cántico. Realizó de ella varias versiones hasta que finalmente le envió la definitiva al autor vallisoletano en julio de 1950, al Wesley College de Massachusetts, donde entonces aquel impartía la docencia. Esta versión será la que recoja el volumen manuscrito Posthumous Poems y que se publicará en el volumen póstumo The Poet´s Testament (1953)
He aquí el poema de Guillén, seguido de la traducción de George Santayana:

ESTATUA ECUESTRE

Permanece el trote aquí,
Entre su arranque y mi mano.
Bien ceñida queda así
Su intención de ser lejano.
Porque voy en un corcel
A la maravilla fiel:
Inmóvil con todo brío.
¡Y a fuerza de cuánta calma
Tengo en bronce toda el alma,
Clara en el cielo del frío!


EQUESTRIAN STATUE

Motion stays suspended here
Twixt its starting and my hand.
Tightly braced the paces stand
Well planned for a far career.
For I ride a courser bent
On a marvelous intent:
Never moving, ever bold.
Ah, by whatcalm strenght of will
Lives in bronze my whole soul still
Clearer in the ethereal cold!


En 1951 Jorge Guillén visitará a George Santayana en Roma, por entonces recluido -desde finales de 1941-en una habitación de la Clinica della Piccola Compagna di Maria, cuidado por las Hermanas Azules irlandesas (Blue Nuns). De este encuentro se tiene noticia por una carta enviada a Pedro Salinas y por las declaraciones que hizo a Juan Guerrero y que esté plasmó en un artículo publicado en la revista Ínsula, en el año 1952.


En esta visita, Guillén le agradece su traducción del poema al inglés y le expresa su deseo de traducir él alguno de los suyos al castellano. Aunque no se decide por ninguno en particular, será, finalmente, el "Soneto L", de 1895, recogido en Poems (1923), el que elija Guillén, publicado junto al poema traducido por Santayana en The Journal of Philosophy, en 1964, en conmemoración del primer centenario del nacimiento del "Old Philosopher", como lo llamara su amigo Wallace Stevens en un célebre poema.
He aquí el soneto de Santayana y la traducción que de él hizo Jorge Guillén:

SONNET L

Though utter death should swallow up my hope
And choke whith dust the mouth of my desire.
Though no dawn burst, and no aurorean choir
Sing GLORIA DEO when the heavens ope.

Yet have I light of love, nor need to grope
Lost, wholly lost, without and inward fire;
The flame that quickeneth the world entire
Leaps in my breast, with cruel death to cope.

Hath not the night-environed earth her flowers?
Hath not my grief the blessed joy of thee?
Is not tne comfort of these singing hours.

Full of thy perfectnees, enough for me?
They are not evil, then, those hidden powers:
One love sufficeth an eternity

SONETO L
A la memoria de Jorge Ruiz de Santayana.

Aunque muerte absoluta se trague mi esperanza
Y con polvo sofoque la boca a mi deseo,
Aunque ninguna aurora despunte y ningún coro
Entone GLORIA DEO cuando el cielo se abre

Tengo una luz de amor, no voy perdido a tientas,
Del todo ya perdido, sin un fuego por dentro.
La llama que animó todo el espacio humano
Cubre a saltos mi pecho, se encara con la muerte.

¿No posee la noche de la tierra sus flores?
¿Mi aflicción no posee contigo la alegría?
¿No será suficiente para mí el gran consuelo

De estas horas que así, por ti perfectas, cantan?
No son malos entonces los ocultos poderes,
Que basta un solo amor para una eternidad.