sábado, 23 de abril de 2011

ACCIDENTE







Su voz se agazapaba en el sollozo mientras el padre dormitaba a su lado. Habían transcurrido decenas de kilómetros en el coche que les conducía de nuevo a casa, de retorno al hogar. El cansancio de la terrible jornada los abatía a los dos, a uno lo sumía en el sopor, al otro en una rabia impotente. Volvía de nuevo a gemir y a decirle a su padre en el silencio más elocuente de la pena, ¿por qué te odio, padre?, ¿por qué esta rabia que me lleva a insultarte, hasta levantar mi mano contra ti? Por Dios, ¿por qué no te has dignado a jugar una sola vez conmigo, por qué en mis recuerdos sólo oigo tu voz severa, lacerante, maldiciendo los días, la vida, todo? Sabes cuál ha sido la frase que más me ha dolido oír de ti: “No es tuya ni la mierda que tienes en las tripas”. ¿Qué te debo? Dime, ¿cuál fue mi delito? ¿Hasta cuándo tendré que pagar mi deuda contigo? Padre, sólo te pido una caricia, una palabra de consuelo, una mirada cómplice, un gesto amistoso. Lo siento, yo sólo encuentro desprecio, una fría mirada, un reproche continuo. ¿Tanto te ha dañado mi vida, tanto te daña mi existencia? Cuando mamá me recuerda que tú te pasabas las horas junto a mi cama, cuando yo sufrí mi terrible enfermedad, con apenas un año de vida y le pedías a Dios que te diera a ti el daño que a mí me infligía, llorando; entonces, pienso en ti, en el padre que quisiera haber tenido, en el hombre firme ante la desgracia, pero también en el dulce y consolador padre, que me diera fuerza y cariño. Cómo me gustaría obtener una respuesta a todas mis preguntas y que tú me respondieras, con tranquilidad, y aplomo, a todas mis dudas, y yo sonriera y te pidiera perdón por mi testarudez, por mi egoísmo.
Aunque él no pudo enunciarlas, finalmente todas las palabras llegaron a su padre, a sus ojos que derramaron una súplica y un dolor infinitos, mientras sus cuerpos rodaban, callados y unidos, por el asfalto hasta estrellarse contra un montículo de tierra.

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