domingo, 24 de abril de 2011

EL ESTABLO












La vaca mugía con desesperación en la oscuridad de la cabaña y Manuel hundía su brazo desnudo, repleto de sangre y líquido amniótico, en el cuerpo de la madre para ayudar a salir al ternero. Sólo una madeja de haces de luz sucia de candil apartaba a duras penas una tenaz oscuridad y permitía difícilmente columbrar la masa sanguinolenta que luchaba por salir, entre los vahos que emergían de la hembra, en aquel pequeño reducto repleto de reses apiladas, buscando acumular el mayor calor posible en aquella noche helada, cuya copiosa nevada presagiaba una larga temporada del rebaño en el establo.
Al fin surgió todo el cuerpo, entre los mugidos lastimeros de la vaca que ya afanaba su lengua para lamer al pequeño, al tiempo que Manuel se disponía a cortar y desinfectarle el cordón umbilical. Mientras le aplicaba el yodo al ternero recordaba su tierra, las duras y largas noches del invierno del sur, en la alta sierra, con las cabras estabuladas hasta que pasara el mal tiempo y las lograra sacar de allí y dirigirlas a frescos campos de hierba. Qué lejos de los tajos, del pedregal. También él había roto con la madre, pero no había tenido un pastor amigo que le curara la herida y aún quedaban muescas de infección que le dañaban su memoria, con cuánto dolor, en estas cumbres del Pirineo, hastiado, dolorido, aterido de frío.

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