lunes, 20 de agosto de 2012

FUNESTA Y DIVINA


Sintió el aliento dulce y seco de la mañana al salir del hotel romano en el que se hospedaba, a las afueras de la ciudad, junto a su mujer, su hijo, los compañeros y demás ralea que conformaban el grupo heterogéneo de la agencia de viajes. El bochorno presumible aún no se dejaba notar en aquella temprana hora, mientras se dirigían hacia el autobús que les esperaba a resguardo, bajo unos enormes plataneros que surgían titánicos de los adoquines rotos de la vía.
Se había preparado la noche pasada, un poco, la visita de la mañana a los museos vaticanos, no porque él necesitase de recordatorio alguno, ni tampoco porque fuese amigo de la ilustración previa; antes al contrario, deseaba que la visión fuese un corolario de sorpresa y recuerdo redivivo. Pero la previsible aparición de una pareja que les acechaba siempre, cada vez que entraban en algún museo o recinto histórico o artístico, con intención de atosigar y buscar la retahíla, no le dejaba otra opción que preparar cuatro párrafos mal pergeñados.
Al sentarse en su asiento tuvo un vago y desagradable sentimiento de angustia. Quizá la rapidez de la ingesta o el propio desayuno no le habían sentado bien, pero sea lo que fuese empezó a intranquilizarle. “¿Te encuentras bien?”, le preguntó su mujer al verlo callado y algo pálido. “Sí, sí. Es que no me ha sentado bien el zumo…No sé, demasiado ácido para mi estómago…Nada”. La mañana era plomiza, la humedad del Tíber comenzaba a sentirse pegadiza, conforme se adentraban en la ciudad, y el maldito aire acondicionado del autobús seguía sin funcionar.
Llegar al Vaticano y salir de aquel vehículo fue un alivio para él. Tomó de la mano a su hijo, se aferró a su bastón y con paso decidido se dirigió con el grupo y el guía hacia la entrada de los museos. El hecho de ser un grupo les ahorró el tener que afrontar la ya larga fila que se había formado a la entrada; se dirigieron, pues, directamente al vestíbulo, donde el guía les informó, con una rapidez inusitada, diabólica, de todo lo que iban a ver. Los atropellos de las palabras del guía los sufría como golpes cruentos, la amalgama de conceptos que ensamblaba se le antojaba un trabajo endeble de marquetería hueca. Todo aquello, junto al calor sofocante del vestíbulo, acabó por sumirlo en un sopor desasosegante. Tuvo que ir al baño urgentemente.
“Pero, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien?”, volvió a preguntarle su mujer. Estaba empapado de agua porque se había refrescado la cabeza en el destartalado grifo, después de tener unas arcadas en la taza del váter. “Ya ha pasado, no te preocupes, ya me encuentro bien. He vomitado y me siento mucho mejor”. “Vamos, deprisa porque nuestro grupo ya ha comenzado a subir las escaleras”, dijo su mujer. Lo que le faltaba, prisas, a él que tanto le cuesta subir los peldaños. Bueno, debía calmarse, ahora que se sentía refrescado y la cháchara del guía la había evacuado por completo.
A pesar de ir rezagados durante el primer trayecto de la visita volvieron a reunirse con el grupo en el Cortille della Pigna. Más adelante, intentó, por varios medios,  distanciarse lo más posible del guía, pero siempre una extraña atracción gravitatoria, sin duda debida a los empujones y codazos que recibía de quienes se abalanzaban sobre el centro de la explicación, lo devolvía a aquella cantilena. Al llegar a los pasillos y las salas del museo Pío-Clementino notó una aglomeración excesiva de muchedumbre. Tuvo que obviar el acercarse al Laocoonte o al Apolo de Belvedere por pura imposibilidad física, a riesgo de su integridad. La ola humana, arrastrada por las variopintas voces de los guías, como remolcadores que pujan a un pesado buque, avanzaba sin misericordia.
Quedó atónito cuando, sin siquiera apercibirlo, se vio envuelto en una aglomeración que se iba estrechando como el eslabón de una cadena, con ribetes de angustia,  a la entrada de la Sala della Rotonda. Pudo, sin embargo, decirle a su hijo que se encaminara hacia la pared,  ya que allí encontrarían algún hueco que los liberaría del agobio del amasijo de los cuerpos empujándose unos a otros. Pasado el dintel de la sala, pudo respirar cómodamente, aunque el barullo aún era mayúsculo ante la bañera de Nerón, de un radiante porfirio alejandrino, y las estatuas de dioses y emperadores que rodeaban la estancia, simulacro del Panteón de Adriano. Pero él solo dirigió su atenta mirada al suelo, por cuidar de los pisotones incordiantes que le martirizaban y por ver el extraordinario mosaico, expoliado de la cercana Otrícoli.
Lo que quedó hasta llegar a la Capilla Sixtina fue para él un cruel martirio, fiel modelo de los que vio que recogía algún tapiz de la Galleria degli Arazzi. El intenso olor de las fibras ancianas le comenzó a producir una terrible jaqueca y sin que le diese tiempo a avisar a su mujer y a su hijo, que no andaban muy lejos, se desplomó, nada más comenzar la bajada de los escalones que le conducían al nuevo Templo católico de Salomón. La caída de su cuerpo pudo amortiguarla, con fortuna,  un guardia de seguridad del recinto, que se le acercó previamente al verlo balancear y trastabillarse. Su bastón, impelido por la fuerza del desplome, se coló, solitario, ante la mirada fija de los frescos de Miguel Ángel.
Lo reanimaron dándole friegas por las sienes y el cuello, con un pañuelo empapado en agua fría. Cuando ya vino en sí pidió a gritos su bastón al tumulto de gente que se arremolinaba a su alrededor, justo a la entrada de la Capilla. Su hijo se dirigió a recogerlo cuando, sorpresivamente, alguien de los que estaba cerca de uno de los guardias le arrebató a éste la pistola y corriendo hacia el hijo, lo cogió, tomándolo como rehén, apuntándole con el arma. No podía salir de su estupor, pero ¿quién era aquel tipo?, ¿qué quería?, ¿por qué le estaba sucediendo esto a él?
Cada vez que recuerda o cuenta aquella pesadilla no puede salir de su estupor. Nada menos que un tenor chiflado, que llevado de su locura megalómana quería entonar a capella, en solitario, ante el público pasmado, el Ave Maria de Schubert. Estupefactos se quedaron los guardias que le rodearon cuando pidió que únicamente le dejasen entonar aquella canción, “en el más estricto silencio”, pidió, en aquel sagrado recinto. Cuando terminase, dejaría libre al niño y se entregaría, sin concesiones ni resistencia.
No fue necesario obligar callar a nadie, todos celaron el silencio ante aquel estro divino que empujaba la voz hacia alturas inigualables. Y la ovación y la liberación del niño pusieron el broche final a aquella mañana funesta y divina.

1 comentario:

Isabel dijo...

No creo que quien te lea repita un viaje organizado, y más si sigue con atención el crecer del relato hasta quedar en suspenso. Suerte del final, me temía lo peor.

Saludos.