viernes, 22 de febrero de 2013

LOS ESTANDARTES DE YANTE


 
Salimos hacia la Sierra cuando apenas comenzaron a horadar la niebla las gargantas de los gallos. Nos acercamos a recoger las dos bestias que anocheciendo dejé descansar en el corral de la calle el Agua, cerca de los últimos cerezos del pueblo. El oraje nos golpeaba implacable y yo sentía un terrible dolor en los dientes por la humedad; a cada zancada doliente y decidida de los milicianos, como acompañándome en el dolor, los apretaba cada vez más, hasta apenas sentir la boca, toda ya frío.

Encontramos a los milicianos en la Alberca del Cura cuando días atrás me dirigía con la reata hacia el corral, a recogerla. Iba contándome las excelencias del aceite del Molino Chico, cuando mi primo -que por aquel entonces me daba compañía llenando el tedio de la faena- cesó en sus impresiones al llegar a la altura de la Peña del Moro, creyendo oír unas voces que provenían de los olmos cercanos. Nos acercamos hacia el sendero de la izquierda que conduce a las estribaciones próximas y adelantando un poco el cuerpo, agazapados en unos ramajes cercanos, pudimos verlos allí.  Simón, preso del asombro, salió a correr sin hacer caso de mis ruegos. Más adelante, vendría al recuerdo este suceso cuando a mis ojos se desplegasen las hazañas pónticas del astuto guerrero de Ítaca.

Estaban lavándose, cubiertas sus ropas en los bardales de nieve y barro, distribuidos entre las aguas y el borde de piedras que las rodea. Cuando se apercibieron de mi presencia callaron y me mostraron sus rostros que aparecían nublados por un destello azul del agua y el reverbero, como envueltos en vedijas de humo de tabaco.

"Pero a qué te metes en líos de fusiles, loco, vas a parar mal Antonio. A ese mejor sería enviarlo a la capital por si allí lo sanan". No oía otra cosa que recriminaciones y lamentos continuos. Mis compañeros intentaron apartarse de mí cuando me presentaba a ellos y como de un apestado me huían.

Las escaleras de la Iglesia no dejaron un día de ser continuamente visitadas por los temerosos pasos apresurados de los fieles y los bobalicones, mientras la lluvia arreciaba contra los muros del Monumento y el musguillo verde que crecía en sus grietas y en las junturas de los adoquines era un espectáculo para las miradas de los niños que esperaban a su familia fuera. Cayó un velo de amargos ribetes sobre sus cabezas y se creyeron huéspedes de una aciaga maldición; rindieron rezos y cantaron misas por entonces, cuando los tegumentos que los cubrían de temor se extendían al cielo y tres días sucesivos impidió que se colasen los haces luminosos, haciéndose continua, de ese modo, la noche. Ciegos en sus requerimientos de ahuyentar los presagios de mal agüero, solo alcanzarían a mal despertar los espíritus de la Sierra y poner en peligro a los cabreros que, sorprendidos por la tenaz noche, esperaban en los riscos, al resguardo en las cuevas o improvisadas tienduchas, el regreso luminoso que les permitiera volver.

En los escasos días que permanecieron acampados en las inmediaciones del pueblo no cesé un instante en mostrar mi hospitalidad y agradecimiento. Después de la pertinaz noche me ayudaron a conseguir la leña suficiente para pasar varias semanas el fuego en continua crepitación; retiraron las malezas que se adueñaban del huerto que hacía bastante tiempo dejé abandonado a la inclemencia de los cardos y la mala hierba.

Otro era, sin embargo, el comportamiento de la gente; que agachaban las cabezas y trataban sin cesar de esquinarlos,  haciendo buena esa famosa estulticia que es el epitafio con el que dan por finalizada la definición de nuestras gentes aquellos que nos quieren mal. La coincidencia de su llegada con la súbita perpetuidad de la noche y el crecimiento de unas muertes que hacía tiempo esperaban pero que no se atrevían por finalizar la pujanza, todo ello dictaminó, junto a la siempre molesta compañía de los fusiles, incrementada a la extraña presencia de unos cabellos de miel y una lengua ajena y remota, que su presencia fuese maldecida e imprecada, rogando a Dios la súbita desaparición de aquella molesta pesadilla vestida de uniforme.

Eres el mensajero, decían, tronaba como el rayo cuando algo les era necesario; les avisaba de las trochas que debían rehuir en la Alta Sierra y les avituallaba de lo imprescindible. Fui su guía desde que estos aguerridos guerreros bajaran de la montaña o quizás emergieran de las heladas aguas de la Alberca en las que, según nos contestaban cuando preguntábamos por qué la llamaban de aquella manera, un cura encontró la muerte mientras intentaba serenar el dolor de sus cansados pies en una tarde de larga caminata.

Eran los guerreros de las nieves que habitaban dormidos, como el oso de la tundra, la Sierra, desde la última batalla que sufrieron estos parajes en algún remoto rincón, probablemente de alguna grieta de los Tajos Lisos. Ahora volvían de su letargo envueltos en sus gruesos abrigos, más fuertes, más corajudos, enormes como troncos de roble, afilados como los riscos de la sierra; y de sus palabras calculaba la muestra de su fortaleza y de su lejanía.

Acarrearon un enorme caldero hasta el arrabal y allí, a su alrededor, apilaron un ingente número de ramas secas y troncos partidos. Les provisioné del pedernal y recordé aquel caldero que siendo monaguillo, por entonces, encontré encerrado en la torre de la Iglesia, en un ángulo olvidado entre el rimero de otros enseres cargados de telillas de araña y gruesas capas de polvo que aquella estancia almacenaba con impasibilidad. Un grupo de la tropa se adelantó hasta allí y lograron acercarlo hasta el arrabal, donde los otros esperaban.

Aquella noche se sacudió la tierra su pereza y de los árboles bajaron luminarias y hojas encendidas, acudiendo a la cita con los soldados del caldero. Las pavesas se deslizaban hacia el pueblo y de allí ascendían como ofrenda perfumada, mientras ellos, horros de felicidad, bebían hasta hartar sus pechos de vino, entonando cantos de extraños síncopes que me traían a fogonazos los sonidos de los vientos corales de la Alta Sierra.

Nos dirigimos hacia Sendella la mañana siguiente. Desde allí tomarían el Atajo del Tuerto para alcanzar por el lado propicio el frente enemigo. Era un día de perros, la niebla baja y el intenso frío no dejaron un momento de acosarnos todo el camino y avanzamos entre el ruido de sus botas y los chillidos derramados de improviso por los búhos, en el más estricto de los silencios. Les acompañé hasta el Cerro de los Alcotanes, allí el capitán me detuvo con un gesto inesperado y amenazador: dejó caer su mano provista de un enorme guante sobre mi hombro, inmovilizándome y, con una sonrisa, me miró más tarde y se alejó  hacia los espolones calladamente. La compañía le siguió en la marcha y apenas anduvieron unas zancadas volvieron sus rostros nublados, y alzando los brazos en ademán de despedida pronunciaron algo para mí ininteligible y que, incomprensiblemente, asocié a las últimas palabras de los ahorcados.

La batalla en Sendella duraba ya más de lo que a la estricta lógica humana le estaba permitido soportar, más de lo que las previsiones logísticas aconsejaban, y más, más, más. El Alto Mando aglutinó las fuerzas de Yante, que junto a las de Sendella y algunos restos de guerrilla -incontrolada pero eficaz- pervivían en la Alta Sierra,  y decidió apostar todo en ese frente, de cuya victoria se resarcirían sus ánimos vejados en otras batallas y permitiría atacar con mayor decisión y encono en el frente Sur.

Todo esto lo supe más tarde, cuando la contienda ya había finalizado y las estrategias no eran más que historia, un juego caprichoso y papel quemado. Persistí durante bastante tiempo en la búsqueda de algún dato que confirmase la presencia en el frente de Sendella de un destacamento de las Brigadas Internacionales. No encontré ni una mínima porción del rastro esperado, ninguna alusión a tropa alguna extranjera que se incorporase al debilitado frente.

El bombardeo duró apenas unos minutos. Todo comenzó a elevarse, a adquirir una inusitada velocidad, los olivos saltaban con las raíces arrancadas de cuajo y las piedras golpeaban sus hojas y ramas envueltos en columnas de polvo y terrones de labrantío. El campo quedó convertido en un cementerio de olivos y de tumbas abiertas.

La noche que los dejé en su nevada alegría para dirigirme a casa y reposar el cansancio, volvió de nuevo a rondarme la fiebre y con ella el sueño que me acosó en las vísperas de la desaparición de otros seres para mí entrañables: recogía uvas en las viñas de un cerro apartado, no coloradas,  que presagian bonanzas, sino blancas, como las lágrimas y grandes y llené el cesto hasta los topes.

Encontré a mis cabras alrededor del caldero que los milicianos apostaron al pie de unos pinos cercanos al tapial del corral. Mi anciana, que estaba aguardándome desde que salí de madrugada, alzó las manos para buscarme. Si los locos pudiesen dormir o llorar sanarían, me dijo, cuando le acerqué mis ojos. Me dirigí al caldero, cercano a las brasas que aún palidecían, y pude oír de su bronce, acercándome a su vientre, las voces y los cantos de aquellos guerreros de las nieves, olivos sepultados en una muerte de inviernos.

 
Sagunto, Veranillo de San Miguel, 1984.

2 comentarios:

Isabel dijo...

Estremecedor tu relato, ¡Cómo han acallado las voces de nuevo!
¿Cuánto tarda el tiempo en poner las cosas en su sitio?

Un abrazo.

Juan Antonio Millón dijo...

Gracias, Isabel. Es un honor tenerte como lectora. Un abrazo.