sábado, 30 de enero de 2016

STÉPHANE MALLARMÉ. LA PIPA



Ayer, anhelando una larga tarde de trabajo, de buen trabajo de invierno, encontré mi pipa. Descartados los cigarrillos con todos sus juegos infantiles del pasado que iluminan las hojas azules del sol, las muselinas, retomé mi pipa grave para un hombre circunspecto que desea fumar por mucho tiempo, sin distraerse, con el deseo de trabajar mejor; pero no esperaba la sorpresa que la abandonada me deparaba; apenas di la primera calada, olvidé los grandes libros que debía escribir, maravillado, enternecido, respiré el invierno pasado, que regresaba.

No había tocado a mi fiel amiga desde mi regreso a Francia, y todo Londres, el Londres que había vivido para mí solo hace un año, regresó; primero las queridas brumas que empañan nuestro cerebro, y tienen allí un olor tan suyo cuando se cuelan por las ventanas. Mi tabaco olía a cuarto oscuro con muebles de cuero espolvoreados por el hollín de carbón sobre los que retozaba un flaco gato negro; ¡grandes fuegos! y la chica de brazos rojizos echaba los carbones del cubo metálico a la cesta de hierro, la mañana ―¡mientras el cartero llamaba con un doble golpe solemne, que me daba vida!― He vuelto a ver por las ventanas los árboles enfermos de la plaza solitaria ―he visto el horizonte a menudo atravesado este invierno, temblando sobre el puente del steamer mojado por la llovizna y ennegrecido de tizne― con mi pobre bienamada errante, con hábito de viajera, un largo traje sin brillo coloreado por el polvo de los caminos, una capa pegada a sus fríos hombros, uno de esos sombreros de paja sin plumas y casi sin cintas que las damas ricas lanzan cuando llegan, pues se desmenuzan por el aire de la mar y que las pobres bienamadas vuelven a reparar para que duren algunas estaciones más. Alrededor de cuello se arrebujaba el terrible pañuelo que se agitaba diciendo adiós, para siempre.

(De Divagations, 1897)


viernes, 29 de enero de 2016

ÍTACA REMOTA



Al pasar el Boquete de Zafarraya, dejamos atrás las tierras de Alhama de Granada y nos lanzamos al albor de la raigambre, pegados a las estribaciones de la sierra de Alhama. Al fondo, la Sierra de Tejeda con los pueblos encaramados (Espino, Alcaucín y, ay, Canillas de Aceituno), y allá, aún más allá, la voz del padre relatándote una épica de dolor y miseria, de brío y esperanza. Un viaje hacia el instante aquel, hacia la extraña claridad del descubrir, un éxodo a una ítaca remota.
El 11 de marzo de 2011, poco después de morir mi padre, escribí estas palabras, recordando una película que vi con mi hijo, Departures:

"Vi esta película con mi hijo. Después de verla, él quiso cambiar su estudio del instrumento del violín por el de cello. Me hizo mucha ilusión que tomara esa decisión. Aunque hoy ya haya dejado de tocarlo, suelo recordar imágenes de la película que tanto me impactó, por recordar tantas cosas...como hoy, que recuerdo a mi padre, como aquel niño japonés. A él su padre le daba guijarros del río y los atrapaba en su mano y en su memoria. Yo atrapé del mío sus historias en el viaje de regreso a su pueblo natal, a Canillas de Aceituno. Al cruzar el límite provincial de Granada y Málaga, allá en lo alto, pasando por el boquete de Zafarraya, se veía un espectáculo de cielo y montañas. Entonces mi padre me recordaba sus aventuras por la sierra, con las cabras, con el esparto, el frío, el dolor inmenso de espalda, el miedo de la noche y los guardias civiles...Tantas veces volvimos a Canillas, tantas veces me contaba sus historias, tantas veces yo aguardaba a pasar aquel límite para asistir al espectáculo de la vida y el misterio. Y espero volver pronto a dejar reposar a mi padre cerca de aquellas sierras. Sí, una dulce despedida, es todo lo quiero".

Parte de las cenizas de mis padres las depositamos mis hermanos y yo en un rincón de la Rahije, en Canillas, poco después de morir mi madre. Pero en ese viaje no fuimos por la antigua ruta que cogía mi padre, la de Alhama de Granada. Finalmente, estas Navidades pude cumplir el deseo de visitar Zafarraya y hacer el viaje de tantos sueños.






















IMPRESIÓN DE FUENTE VAQUEROS



Una mañana de diciembre, visitando la vega de Granada, leo en el primerizo libro de García Lorca, Impresiones y paisajes:

"Está la vega aplanada. Estos días tristes de invierno la convierten en campo de ensueño".

Después de Viznar, me acerqué a Fuente Vaqueros, a la casa donde la luz primera abrió los ojos. 
El agua del Genil limpia las telas de la añoranza.


jueves, 21 de enero de 2016

IMPRESIÓN DEL BARRANCO DE VÍZNAR




Antes de finalizar el año que hemos dejado atrás, me acerqué, en un corto viaje, a las tierras de Andalucía. El primer destino era llegar a Málaga, a la Sierra de Tejeda, pero quise antes acudir  a alguno de los sitios que desde hacía tiempo quería visitar, pero que siempre alguna razón se interponía y me impedía poder hacerlo. 
Entrando ya en Granada, por la autopista A-92, salí hacia Víznar y cogí una estrecha carreterilla que une esta encaramada población con su vecina de Alfacar, donde se encuentra la Fuente Grande, también llamada Ainadamar o Fuente de las lágrimas. Después de la serpentina de curvas, que sortean un pronunciado barranco que da vértigo -hoy rotulan a este paso, pomposamente, "Ruta del califato"- me topé con el monolito que recuerda el lugar adonde condujeron, agazapados por una vil oscuridad, a García Lorca, junto a otros, para acabar allí con su vida.
Tuve una percepción extraña conforme avanzaba, movida por un deleitoso sosiego y una extraña euforia. Se me vino encima la noche de aquel verano del 79, leyendo hasta altas horas el libro de Ian Gibson, Granada,1936. El asesinato de García Lorca. Se me vino encima el miedo.
Aparqué el coche y, al acercarme a la pineda cercana, un helado frío me enderezó el espinazo. Era una mañana de diciembre plácida, un dulce sol de invierno templaba el día y cerca de allí un cabrero conducía el paso lento de una reata que transitaba junto a mí cuando me decidí a volver hacia el coche. Algo rezagado, un macho cabrío, con una desproporcionada esquila, dio un brinco y se puso junto al coche, mirándo fijamente hacia donde me encontraba. Era una mole brutal, un semental de impresionante facha que logró amedrentarme. Me dispuse a coger la cámara para retratar esa mirada indolente y fatídica, pero bastaron esos escasos segundos para que desapareciese, confundiéndose, cobardemente, entre la recua.