domingo, 19 de junio de 2016

ARRIATES DE UNA ISLA (IV): COMIDA PARA CENTAUROS





La llegada del verano

Tu vida ha sido larga pero demasiado solitaria,

compañero poeta de cabellos grises
que suspirabas a la espera de nuevas melodías
frente a la sombría pesadumbre
de una vieja amistad en decadencia,
de la taciturna repetición -
pues ¿quién puede medrar en soledad
cuando acepta sus frías necesidades?

Deja que el amor amanezca con la llegada

de un fresco y lluvioso verano,
sin albaricoques henchidos que caen al suelo,
ni fresas en flor,
ni vainas en los tallos,
ni cerezas en las ramas.

Neguemos lo absurdo

de todo verdadero estío:
no vivamos los malos tratos
ni las burlas de los nuevos forasteros;
elogiemos a los tordos errantes
y escuchemos sus canciones.



Este fue uno de los seis poemas que seleccionó y tradujo Lucía Graves, de entre la producción poética de su padre y que formaron parte de una carpeta suplementaria -acompañados por seis ilustraciones de artistas plásticos: Jaime Giménez de Haro, Joaquim Michavila, Carmen Grau, Mariano Maestro, Manolo Bellver y Vicente Castellano- del monográfico que la revista Abalorio publicó en su número 10-11 del Otoño-Invierno de los años 1985-86.

Fue un monográfico memorable que presentamos en Valencia acompañados por la presencia de Lucía y con una conferencia de Ignacio Gómez de Liaño, en la Lonja de la Seda. Antes de eso, fue mostrado en la Casa de cultura de Puerto de Sagunto, donde se pasó el film El grito, de Jerzy Skolimovsky, basado en un relato de Robert Graves, comentado por Pilar Pedraza.
El trabajo de varios meses había dado su fruto en aquella publicación que mi amigo Manolo Bellver diseñó y maquetó y que fue impresa, con el cuidado y buen hacer de siempre, por la Imprenta Navarro de Sagunto.
Junto a un texto de W.H. Auden sobre Robert Graves, allí se recogieron artículos de Carlos García Gual, Paul O´Prey, José V. Selma, Basilio Baltasar, Juan Noyes-Kuehn y Juan A.-Rafael Millón; textos de Robert Graves: ensayo, cartas y poemas; y, finalmente, poemas y relatos, en homenaje a Graves, de Luciano de Samosata -traducido por García Gual-, Francisco Salinas. Ramón Chantri, José Iniesta, Juan Marcel, Pilar Pedraza y Juan Antonio Millón.
Utilizando el título de uno de los ensayos de Graves: Comida para centauros.

sábado, 18 de junio de 2016

EL JAZMINERO DE LA CALLE MAYOR






EL JAZMINERO DE LA CALLE MAYOR


La vida pasa como la flor del jazmín,
aquella mancha blanca de la calle Mayor
junto a la tapia de un bello jardín intuido.
Paseas aún por allí algunas veces,
vuelve el olor intenso que detiene tu paso,
y tus ojos se lavan en la blancura de su recuerdo.
Como aquella flor que fue y es, así la vida
sigue cayendo en su belleza, en su memoria. 




PÁJAROS ENTRE DOS LUCES







PÁJAROS ENTRE DOS LUCES

Esta tarde final de tardía primavera
sumerge el sol su fulgor, su perfil de  oro pálido
ahogando en fríos cantos de lejanas montañas
las ascuas de un fuego eternamente repetido.
Un breve boceto traza en su azul la luna
con la pluma ágil de una gaviota detenida
y los oncejos del lubricán enamorados
festejan en sus gorjeos la nueva estación
que da su aliento cálido desde el horizonte.



domingo, 12 de junio de 2016

ARRIATES DE UNA ISLA (III): LOS OJOS DE ROBERT GRAVES


El autobús que había tomado de madrugada en la estación de Palma, aquella mañana de finales de julio de 1985, subía desde hacía tiempo por un estrecha carretera flanqueada por bancales de olivos y espesas pinadas. Desde mi asiento vi de lejos la Cartuja de Valldemosa y pensé en George Sand y Chopin -en mi viaje hacía exactamente diez años por estos parajes- y fantaseé las estancias por estos pagos de Melchor de Jovellanos -destarrado aquí por Godoy-, de Rubén Darío o de un jovencísimo Jorge Luis Borges junto a su amigo Jacobo Sureda.
Ese mismo día cumplía noventa años Robert Graves y su hija Lucía me había invitado a acompañarles en la fiesta para conocer a la familia y poder acceder allí a unas fotografías. No estaba nervioso, todo por entonces era para mí una dádiva y meramente disfrutaba: de aquella mañana tan limpia, de aquel sol reflejándose en las calas que pude entrever desde el autobús cuando estaba cerca de Deià, del olor a pino junto al aire salitroso que se colaba por la ventana o de aquellos olivos de voz remota.
Tuve que andar un buen trecho desde donde me había dejado el autobús que seguía su trayecto hasta Sóller. Y finalmente, después de un largo muro de piedras, encontré la entrada a la casa de Graves, Ca N´Alluny. Lucía me vio acercarme por el camino de tierra y salió a mi encuentro, presentándome después a sus hermanos, el mayor Williams -quien hoy dirige la Fundación Robert Graves-, Juan, el músico y Tomás, el pequeño, quien se ocupaba de seguir con la tradición de la imprenta que instaló su padre en Deià junto a su compañera, la poeta Laura Riding. 
Estuve un buen rato conversando con Tomás ya que él sería el encargado de hacer los fotolitos de la fotografías en una imprenta de Palma y tuvo la deferencia de enseñarme algunas de las bellas publicaciones que había hecho. Después me presentó a su madre, una mujer con una vitalidad extraordinaria, Beryl, quien me dejó unos álbumes de fotos para que eligiese aquellas que podrían ser publicadas en el monográfico. Después me pasaron al estudio del escritor y me dijeron que me quedase allí mirando las fotos y eligiendo mientras  le daban de comer a Robert. Fue entonces cuando empecé a sentirme nervioso: estaba tan cerca de la vida de Graves, en su cuarto de trabajo, delante de sus tinteros -sobre la mesa había tres, de distintas coloraciones-, de sus manuscritos, de su biblioteca; saber que él andaría muy cerca y que pronto podría saludarle...
Beryl me llamó para que pasara a verle y le encontré envuelto en una manta, sentado en una silla de ruedas, encorvado. Cuando su mujer le anunció que había ido a visitarle un joven que iba a publicar una revista dedicada a él, levantó la cabeza envuelta en una nube blanca y quedé atónito al ver sus ojos. No articuló la voz, vivía en una ancianidad callada. Pero sus ojos retenían el mar de Homero, sumergidos en un glacial azul.

miércoles, 8 de junio de 2016

ARRIATES DE UNA ISLA (II): PROLEGÓMENOS DE UN VERANO EN MALLORCA

                             García Gual y quien esto escribe, fotografiados por Gastón Segura

En el invierno de 1984, acompañado por mi compañero Gastón Segura -actualmente un notorio novelista, a quien conocí en mis años de la Facultad de Filosofía y con quien pergeñé, acompañados por Paco García Donet,  la revista universitaria Aurora- tomamos un transbordador desde el Puerto de Valencia hacia Palma.
Llevaba varios meses detrás de la idea de dedicar un monográfico de la revista de literatura que habíamos creado en Sagunto, Abalorio, a la obra de Robert Graves. Me enteré entonces, por la prensa, de que una librería y galería de arte de Palma de Mallorca, Byblos, iba a inaugurar una exposición dedicada al autor del Yo, Claudio; así que que nos dirigimos hacia allá mi amigo y un servidor.
Allí conocí al helenista Carlos García Gual a quien le relaté todo mi proyecto y quedó entusiasmado, prometiéndome participar en él no solo con un artículo sobre la novela histórica de Graves, que era lo que yo le pedía, sino también con la aportación de una traducción de alguno de los relatos fantásticos de Luciano de Samosata en los que estaba, por entonces, trabajando.
García Gual, amabilísimo en todo momento, me presentó a la hija de Graves, Lucía, quien aceptó emocionada mi idea y me invitó a visitar su casa en Deià, Ca N´Alluny, donde me presentaría a su padre y podría Beryl Pritchard, su madre y segunda esposa de Robert, dejarme algunas fotografías para el monográfico de la revista.
El desalmado y soñador jovenzuelo que se había colado en aquella fiesta mallorquina a la que no había sido invitado, convirtió la velada en un proyecto prometedor que pretendía aportar luz nueva a un autor del que más allá de los tópicos sobre sus novelas poco se conocía: su poesía, sus estudios de mitología hebraica y micología, su conocimiento de la literatura española, sus cartas, su imprenta..La promesa de un feliz verano en Mallorca.

domingo, 5 de junio de 2016

ARRIATES DE UNA ISLA (I): UN INVIERNO EN MALLORCA




Comienzo hoy una serie dedicada a Mallorca, concretamente a tres lugares de esa isla que supusieron para mí jalones sentimentales por diversas razones: Valldemosa, Deià y Palma. El primero de ellos va unido a mi primer viaje fuera de la península, viaje programado por el Colegio donde estudié octavo de EGB, lo que suponía para mí y mis compañeros el final de la etapa de nuestra educación primaria y el comienzo de nuestro adolescente bachillerato: un rito de paso.
Fue en el verano del 75. De los muchos sitios que visitamos guardo un recuerdo imborrable de la Cartuja de Valldemosa, En su tienda de souvenirs compré mi primer libro, un libro, además, "serio", ya que hasta entonces los pocos ejemplares que almacenaba mi escuálida biblioteca eran en su mayoría libros infantiles o juveniles regalados en los santos y cumpleaños, la gran mayoría de las célebres colecciones de la editorial Bruguera. El primer libro que compré con mi dinero -quiero decir, con el que me dieron mis padres- fue el de Bartomeu Ferrá, Chopin y George Sand en Mallorca. De él me atrajo, en principio, la cuidada encuadernación de la edición cartujana, la textura de sus hojas, su tipografía, su lámina desplegable; eran para mí una sorpresa, no había tenido en mis manos un libro así y atrajo toda mi atención. Por otro lado, la figura del músico Frédéric Chopin seducía mi curiosidad, al menos desde que vi en televisión, unos meses atrás, el biopic de Charles Vidor, Canción inolvidable.
Fue el comienzo de mi bibliofilia, alimentada hasta entonces tan solo con libros ajenos que podía tomar prestados de la Biblioteca municipal de Sagunto, ejemplares que me proporcionaba el inolvidable don Guillermo Andreu, bibliotecario, archivero municipal y profesor de Lengua y Literatura en el Intituto de la localidad. Allí, regresado ya del viaje, pude leer el libro que servía a Ferrá de base para el suyo, Un invierno en Mallorca de George Sand. De su lectura recuerdo especialmente las líneas que dedicó a los olivos de Valldemosa, olivos que, cuando después he tenido la suerte de retornar a la isla, siempre he visitado para recordar a aquella extraordinaria escritora y mi primera visión de aquel paisaje. He aquí el fragmento de Sand:

“Al ver el aspecto formidable, el grosor desmesurado, y las actitudes furibundas de esos árboles misteriosos, mi imaginación los ha aceptado de buena voluntad por contemporáneos de Aníbal. Cuando se pasea uno por la tarde a su sombra, es preciso que se acuerde bien de que aquello son árboles; pues si daba crédito a los ojos y a la imaginación, quedaría uno espantado en medio de todos esos monstruos fantásticos; los unos encorvándose hacia vosotros como dragones enormes con la boca abierta y las alas desplegadas; otros arrollándose sobre sí mismos como boas entumecidas; otros abrazándose con furor como luchadores gigantescos. Aquí hay un centauro al galope, llevando sobre su grupa no sé qué horrible mona; allí un reptil sin nombre que devora una cierva jadeante, más lejos un sátiro que baila con un macho cabrío menos deforme que él, y, a menudo, es un solo árbol resquebrajado, nudoso, torcido, giboso, que tomaríais por un grupo de diez árboles distintos y que representa todos estos diversos monstruos para reunirse en una sola cabeza, horrible como la de los fetiches indios y coronada por una sola rama verde, como una cimera.”