lunes, 15 de mayo de 2017

LA DIOSA DE SAL



¿Qué he perdido en Las Coloradas?
Avanzo en el coche por una estrecha carretera
intuyendo en el horizonte un borroso finisterre.
Los campesinos, en este atardecer largo,
como solo saben serlo los atardeceres mexicanos,
regresan en camiones hacia el pueblo.
Una muchacha deja que el viento de popa
levante sus faldas y recoja su cintura como una flor,
mientras el aire se adensa y para su carrera,
y penetra en la piel enervada.
El río Lagartos se desliza pacientemente
dejando escuchar las leves sirenas de sus aguas.
Más allá de la línea imaginaria que dibujan las gallinas
y las redes abandonadas de los pescadores,
las máquinas trabajan a la salida del pueblo,
provistas de faros potentes, que imitan al sol declinante.
La carretera nos conduce,
flanqueados por los cauces de dos corrientes paralelas
que llegarán a un punto común:
el ser y el no ser se aventan mutuamente
en esta carrera hacia un fin que es vuelta de nuevo.
Salgo del coche, 
cansado, aturdido, ahíto de sal
y mis ojos se ciegan en las líneas parejas 
del río, 
            del mar, 
                          del cielo...
Caminamos por las dunas
 y los restos de una hoguera nos detienen:
amores desdeñados, besos olvidados en las brasas de un adiós.
¿Qué he perdido en La Coloradas?
Un haz de flamencos traza un borrón rosa en un azul mortecino,
mientras seguimos el sendero de la salina roja,
como un viaje por el origen del tiempo.
Oh, Diosa, 
aparta este cáliz de belleza, 
llévame a tu sueño salobre
donde reposan las almas de los viajeros.

                                                       (De Apuntes de una pascua mexicana)




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