sábado, 10 de junio de 2017

PNEUMA



Y en el comienzo de todo, en todo estaba el aire. Un viento sibilante cruzaba, entre tinieblas, las espaciosas llanuras, agitaba las aguas de lagunas y mares, encerraba en remolinos los escarpados riscos, penetraba en lo recóndito de las grietas.
Antes de abrir sus ojos, sobre el primer ser humano, acurrucado en la piedra de una caverna, una leve corriente de aire fue extendiéndose: enervó su piel, aventó sus oídos, insufló sus orificios llegando hasta los pulmones, engendrando su aliento primero. Y el primer hombre gimió.

Pablo, como todos los hombres, así vino al mundo, repitiendo aquel momento inicial de la cadena que ahora llegaba a su último eslabón. Su familia se encontraba arremolinada alrededor de la cama, escrutando los últimos gestos. Todo era silencio, menos el leve gimoteo de sus hijos. Pablo cerró sus ojos y su cuerpo cayó en una galería, acurrucado. El aire de sus pulmones fue retirándose lentamente, saliendo de su cuerpo y uniéndose al flujo de las corrientes, hasta confundirse con el viento de la mañana y volver así al comienzo de todo, en donde todo era aire.



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