martes, 10 de marzo de 2026

LA MONEDA CARTAGINESA (Relato)



Eusebio estuvo esperando impaciente el desmontaje del escaparate de la tienda. A pesar de que había transcurrido tanto tiempo, desde aquella mañana en la que él contaba con tan solo ocho años y junto a un grupo de amigos jugaban con la moneda, volvía a sentir de nuevo un escozor íntimo por reparar una pérdida tan antigua.

        Aquella mañana era la de un tórrido agosto, él y sus compañeros habían estado jugando bajo el sol inclemente y decidieron buscar una sombra para descansar y refrescarse. Eusebio les dijo que fueran a la tienda de su padre, que allí su madre les daría agua fresca con limón y azúcar y podrían seguir jugando a las canicas, en las lisas y frías baldosas de un escaparate apartado.

        A pesar de que no llegaba mucha luz hasta aquel rincón, era un buen sitio donde hacer correr las bolas de cristal que atesoraban sus bolsillos y aquellas otras de barro cocido al sol cuya lisura y redondez tanto les había costado conseguir. Allí estaban liberados de las tediosas regañinas de los mayores y aprovechaban lo guarecido del lugar para entablar confidencias.

        En un momento de silencio, Eusebio les enseñó un pequeño secreto que guardaba, pero les pidió que no dijesen a nadie que lo habían visto. Era una enmohecida moneda que él aseguraba que era del mismísimo Aníbal. La encontró husmeando en una casa abandonada, gran parte de ella derribada y llena de escombros, al final de una de esas callejuelas que llevan a las laderas de la montaña del Castillo.

        Su amigo Alberto quiso bromear con ella y la lanzó a rodar por las baldosas, con tal infortunio que se deslizó por la rendija del escaparate. Eusebio lanzó un grito y todos quedaron atónitos. Anduvieron un buen rato intentando recuperarla, pero a cada intento la moneda se hundía cada vez más hacia dentro, hasta que finalmente ya no alcanzaron a verla, sumida en la oscuridad de los fondos del escaparate.

        Después de aquel día, Eusebio no dejó, durante un buen tiempo, de intentar por todos los medios de recuperarla, llegando un día incluso a intentar levantar la marquetería del interior del escaparate, aprovechando que su padre no lo veía, para poder acceder a ella. En vano. Estaban tan bien ensambladas las tablas que no podía desgajarlas sin romper el suelo del escaparate. ¿Cuántas veces imaginó, entonces, que recuperaba su tesoro, barajando triquiñuelas imposibles?

       Pero hoy, de nuevo, pasados cuarenta años, se enfrentaba otra vez a aquella misteriosa moneda; por fin podría comprobar lo que tanto había ansiado en aquel tiempo. Su sorpresa fue mayúscula al ver el suelo levantado del escaparate. Aparte de suciedad y telarañas, solo encontró unos papeles de propaganda —aquellos que utilizaron aquella mañana de verano él y sus amigos intentando recuperar su tesoro— y, en un rincón, casi imperceptible, un duro oxidado.

        ¿Era aquella la moneda que él había encontrado en la casa abandonada, la que guardaba como tesoro y la que su amigo Alberto introdujo debajo del escaparate aquella calurosa mañana? Se resistía a pensar que todo había sido una fabulación infantil; aunque, había pasado tanto tiempo y él era tan pequeño, que podría ser que todo no fuese sino invención y su mente infantil convirtiera en moneda antigua lo que solo era vil metal de ceca moderna.

        Si bien la incredulidad y la decepción fueron su primera respuesta, la alegría de saberse un niño fabulador y feliz le congratuló y alivió la pérdida de aquella esperanza antigua.

        Lo que no supo Eusebio es que aquel duro lo depositó allí su padre, después de verle escudriñar con tanto ahínco entre las tablas del escaparate, después de recoger aquella moneda enmohecida que, días más tarde vendería a un amigo coleccionista de antigüedades.


(Publicado en El coloquio de los perros, junio de 2022)






lunes, 9 de marzo de 2026

LA HERMANA MUERTA (Relato)

 


Buscar las razones de un hecho que se encuentra en la neblina de los recuerdos es algo arduo, piensa mi amigo. Apenas podemos vislumbrar la secuencia integral de las imágenes que nos golpean con insistencia, que nos llegan de forma equívoca y sin haberlas invocado con premeditación.

Algunos de nuestros recuerdos se nos muestran caprichosos y nos sojuzgan, nos rondan de forma intermitente aunque precisa y se vuelven inopinadamente obsesivos, recalcitrantes. De su razón apenas podemos encontrar la ayuda y el consuelo de los demás y no solo porque es fastidioso contar una imagen infantil tan absurda, tan sin sentido que nos pondría en un aprieto, sino porque es difícil encontrar las palabras adecuadas para expresarla.

Y, después de todo, quién sería capaz de ayudarnos si ni tan siquiera podemos dar con testigos de aquel hecho, llevado a cabo en la más estricta soledad, en la más estricta intimidad, en la más estricta quietud y silencio de aquel apartado cementerio del pueblecito de Sobrago. Eso, al menos, pensaba mi amigo.

La hermana de mi amigo murió cuando él apenas contaba con un año de edad. Por más que intentaba deambular por los pasillos de la memoria intentado encontrar una imagen, una sombra, algún indicio de ella, solo le sobrevenía un aroma claveles, un frío intenso en la espalda y algo parecido a una caricia.

Fue hasta mucho tiempo después, cuando estudiábamos en el Instituto, cuando Pablo me hizo estas confidencias, porque, hasta entonces, la única persona a la que permitió entrar en su indagación personal fue, cómo no, su madre. Si alguien podía ser capaz de desenredar aquel ovillo enmarañado y dar con el cabo del hilo, ya que no él, esa era sin dudarlo la señora Amparo. A ella acudió en más de una ocasión para saber de su hermana, esperando encontrar en el relato una respuesta que le permitiera explicarse las dudas que lo acechaban.

-Sabes que no me gusta hablar de eso, Pablito, ya te lo dicho muchas veces…Tu hermana era un ángel, un ángel y cuánto te quería, te quería con locura- le decía a su hijo, apesadumbrada, la señora Amparo.

Siempre le decía lo mismo,  yo fui testigo de ello en un par de ocasiones, cuando Pablo me invitó a su casa a probar el chocolate caliente que su madre le preparaba para merendar, con aquellas deliciosas galletas.  Aunque, por entonces,  ya sabía, me lo había dicho mi madre, cómo había muerto la hermana de Pablo: “Niño, ten cuidado con las tracas, que no te pase lo que a la hermana de tu amigo, que se las llevó a la boca y ahí la tienes a la pobrecita, muertecita en una tumba”.

El florero vacío sobre la lápida de mármol, la enorme cruz y la fotografía ovalada de tu hermana protegida por un cristal que limpiabas cuidadosamente  con el pañuelo. Allí llegabas con tu bicicleta, la dejabas en la reja de la entrada del camposanto, te acercabas con unas flores silvestres que habías recogido por el camino, de cualquier huerto, y allí le rezabas. Y, al igual que siempre, el aleteo feroz de un palomo por encima de tu cabeza, paralizando su vuelo en aquel mismo instante en que tratabas de recordarla. Mirabas hacia arriba y solo veías un destello de luz y el zumbido ensordecedor, y, finalmente,  las plumas coloreadas esparcidas sobre la lápida blanca de tu hermana muerta.

Pero no le dije nada a Pablo, no le dije que yo estaba al tanto de su secreto, no quería darle explicaciones embarazosas sobre mi silencio. Quizá fuese el miedo, la misma atracción que él sentía por visitar aquella tumba hasta que despareció, cuando trasladaron los restos de su hermana al osario común.

Intento buscar las razones, pero solo un aroma de claveles, un frío intenso en la espalda y algo parecido a una caricia siento, cuando visito la tumba de mi amigo.


(Publicado en Els plecs de l’Udiva, 4, 2012)




viernes, 6 de marzo de 2026

LOS ESTANDARTES DE YANTE (Relato)

 


Salimos hacia la Sierra cuando apenas comenzaron a horadar la niebla las gargantas de los gallos. Nos acercamos a recoger las dos bestias que anocheciendo dejé descansar en el corral de la calle el Agua, cerca de los últimos cerezos del pueblo. El oraje nos golpeaba implacable y yo sentía un terrible dolor en los dientes por la humedad; a cada zancada doliente y decidida de los milicianos, como acompañándome en el dolor, los apretaba cada vez más, hasta apenas sentir la boca, toda ya frío.

 

Encontramos a los milicianos en la Alberca del Cura cuando días atrás me dirigía con la reata hacia el corral, a recogerla. Iba contándome las excelencias del aceite del Molino Chico, cuando mi primo -que por aquel entonces me daba compañía llenando el tedio de la faena- cesó en sus impresiones al llegar a la altura de la Peña del Moro, creyendo oír unas voces que provenían de los olmos cercanos. Nos acercamos hacia el sendero de la izquierda que conduce a las estribaciones próximas y adelantando un poco el cuerpo, agazapados en unos ramajes cercanos, pudimos verlos allí.  Simón, preso del asombro, salió a correr sin hacer caso de mis ruegos. Más adelante, vendría al recuerdo este suceso cuando a mis ojos se desplegasen las hazañas pónticas del astuto guerrero de Ítaca.

 

Estaban lavándose, cubiertas sus ropas en los bardales de nieve y barro, distribuidos entre las aguas y el borde de piedras que las rodea. Cuando se apercibieron de mi presencia callaron y me mostraron sus rostros que aparecían nublados por un destello azul del agua y el reverbero, como envueltos en vedijas de humo de tabaco.

 

"Pero a qué te metes en líos de fusiles, loco, vas a parar mal Antonio. A ese mejor sería enviarlo a la capital por si allí lo sanan". No oía otra cosa que recriminaciones y lamentos continuos. Mis compañeros intentaron apartarse de mí cuando me presentaba a ellos y como de un apestado me huían.

 

Las escaleras de la Iglesia no dejaron un día de ser continuamente visitadas por los temerosos pasos apresurados de los fieles y los bobalicones, mientras la lluvia arreciaba contra los muros del Monumento y el musguillo verde que crecía en sus grietas y en las junturas de los adoquines era un espectáculo para las miradas de los niños que esperaban a su familia fuera. Cayó un velo de amargos ribetes sobre sus cabezas y se creyeron huéspedes de una aciaga maldición; rindieron rezos y cantaron misas por entonces, cuando los tegumentos que los cubrían de temor se extendían al cielo y tres días sucesivos impidió que se colasen los haces luminosos, haciéndose continua, de ese modo, la noche. Ciegos en sus requerimientos de ahuyentar los presagios de mal agüero, solo alcanzarían a mal despertar los espíritus de la Sierra y poner en peligro a los cabreros que, sorprendidos por la tenaz noche, esperaban en los riscos, al resguardo en las cuevas o improvisadas tienduchas, el regreso luminoso que les permitiera volver.

 

En los escasos días que permanecieron acampados en las inmediaciones del pueblo no cesé un instante en mostrar mi hospitalidad y agradecimiento. Después de la pertinaz noche me ayudaron a conseguir la leña suficiente para pasar varias semanas el fuego en continua crepitación; retiraron las malezas que se adueñaban del huerto que hacía bastante tiempo dejé abandonado a la inclemencia de los cardos y la mala hierba.

 

Otro era, sin embargo, el comportamiento de la gente; que agachaban las cabezas y trataban sin cesar de esquinarlos, haciendo buena esa famosa estulticia que es el epitafio con el que dan por finalizada la definición de nuestras gentes aquellos que nos quieren mal. La coincidencia de su llegada con la súbita perpetuidad de la noche y el crecimiento de unas muertes que hacía tiempo esperaban pero que no se atrevían por finalizar la pujanza, todo ello dictaminó, junto a la siempre molesta compañía de los fusiles, incrementada a la extraña presencia de unos cabellos de miel y una lengua ajena y remota, que su presencia fuese maldecida e imprecada, rogando a Dios la súbita desaparición de aquella molesta pesadilla vestida de uniforme.

 

Eres el mensajero, decían, tronaba como el rayo cuando algo les era necesario; les avisaba de las trochas que debían rehuir en la Alta Sierra y les avituallaba de lo imprescindible. Fui su guía desde que estos aguerridos guerreros bajaran de la montaña o quizás emergieran de las heladas aguas de la Alberca en las que, según nos contestaban cuando preguntábamos por qué la llamaban de aquella manera, un cura encontró la muerte mientras intentaba serenar el dolor de sus cansados pies en una tarde de larga caminata.

 

Eran los guerreros de las nieves que habitaban dormidos, como el oso de la tundra, la Sierra, desde la última batalla que sufrieron estos parajes en algún remoto rincón, probablemente de alguna grieta de los Tajos Lisos. Ahora volvían de su letargo envueltos en sus gruesos abrigos, más fuertes, más corajudos, enormes como troncos de roble, afilados como los riscos de la sierra; y de sus palabras calculaba la muestra de su fortaleza y de su lejanía.

 

Acarrearon un enorme caldero hasta el arrabal y allí, a su alrededor, apilaron un ingente número de ramas secas y troncos partidos. Les provisioné del pedernal y recordé aquel caldero que, siendo monaguillo por entonces, encontré encerrado en la torre de la Iglesia, en un ángulo olvidado entre el rimero de otros enseres cargados de telillas de araña y gruesas capas de polvo que aquella estancia almacenaba con impasibilidad. Un grupo de la tropa se adelantó hasta allí y lograron acercarlo hasta el arrabal, donde los otros esperaban.

 

Aquella noche se sacudió la tierra su pereza y de los árboles bajaron luminarias y hojas encendidas, acudiendo a la cita con los soldados del caldero. Las pavesas se deslizaban hacia el pueblo y de allí ascendían como ofrenda perfumada, mientras ellos, horros de felicidad, bebían hasta hartar sus pechos de vino, entonando cantos de extraños síncopes que me traían a fogonazos los sonidos de los vientos corales de la Alta Sierra.

 

Nos dirigimos hacia Sendella la mañana siguiente. Desde allí tomarían el Atajo del Tuerto para alcanzar por el lado propicio el frente enemigo. Era un día de perros, la niebla baja y el intenso frío no dejaron un momento de acosarnos todo el camino y avanzamos entre el ruido de sus botas y los chillidos derramados de improviso por los búhos, en el más estricto de los silencios. Les acompañé hasta el Cerro de los Alcotanes, allí el capitán me detuvo con un gesto inesperado y amenazador: dejó caer su mano provista de un enorme guante sobre mi hombro, inmovilizándome y, con una sonrisa, me miró más tarde y se alejó hacia los espolones calladamente. La compañía le siguió en la marcha y apenas anduvieron unas zancadas volvieron sus rostros nublados, y alzando los brazos en ademán de despedida pronunciaron algo para mí ininteligible y que, incomprensiblemente, asocié a las últimas palabras de los ahorcados.

 

La batalla en Sendella duraba ya más de lo que a la estricta lógica humana le estaba permitido soportar, más de lo que las previsiones logísticas aconsejaban, y más, más, más. El Alto Mando aglutinó las fuerzas de Yante, que junto a las de Sendella y algunos restos de guerrilla -incontrolada pero eficaz- pervivían en la Alta Sierra,  y decidió apostar todo en ese frente, de cuya victoria se resarcirían sus ánimos vejados en otras batallas y permitiría atacar con mayor decisión y encono en el frente Sur.

 

Todo esto lo supe más tarde, cuando la contienda ya había finalizado y las estrategias no eran más que historia, un juego caprichoso y papel quemado. Persistí durante bastante tiempo en la búsqueda de algún dato que confirmase la presencia en el frente de Sendella de un destacamento de las Brigadas Internacionales. No encontré ni una mínima porción del rastro esperado, ninguna alusión a tropa alguna extranjera que se incorporase al debilitado frente.

 

El bombardeo duró apenas unos minutos. Todo comenzó a elevarse, a adquirir una inusitada velocidad, los olivos saltaban con las raíces arrancadas de cuajo y las piedras golpeaban sus hojas y ramas envueltos en columnas de polvo y terrones de labrantío. El campo quedó convertido en un cementerio de olivos y de tumbas abiertas.

 

La noche que los dejé en su nevada alegría para dirigirme a casa y reposar el cansancio, volvió de nuevo a rondarme la fiebre y con ella el sueño que me acosó en las vísperas de la desaparición de otros seres para mí entrañables: recogía uvas en las viñas de un cerro apartado, no coloradas, que presagian bonanzas, sino blancas, como las lágrimas y grandes y llené el cesto hasta los topes.

 

Encontré a mis cabras alrededor del caldero que los milicianos apostaron al pie de unos pinos cercanos al tapial del corral. Mi anciana, que estaba aguardándome desde que salí de madrugada, alzó las manos para buscarme. Si los locos pudiesen dormir o llorar sanarían, me dijo, cuando le acerqué mis ojos. Me dirigí al caldero, cercano a las brasas que aún palidecían, y pude oír de su bronce, acercándome a su vientre, las voces y los cantos de aquellos guerreros de las nieves, olivos sepultados en una muerte de inviernos.


(Publicado en Abalorio, 9, 1985)

LA MONEDA CARTAGINESA (Relato)

Eusebio estuvo esperando impaciente el desmontaje del escaparate de la tienda. A pesar de que había transcurrido tanto tiempo, desde aquella...