Salimos hacia la Sierra cuando apenas
comenzaron a horadar la niebla las gargantas de los gallos. Nos acercamos a
recoger las dos bestias que anocheciendo dejé descansar en el corral de la
calle el Agua, cerca de los últimos cerezos del pueblo. El oraje nos golpeaba
implacable y yo sentía un terrible dolor en los dientes por la humedad; a cada
zancada doliente y decidida de los milicianos, como acompañándome en el dolor,
los apretaba cada vez más, hasta apenas sentir la boca, toda ya frío.
Encontramos a los milicianos en la Alberca
del Cura cuando días atrás me dirigía con la reata hacia el corral, a
recogerla. Iba contándome las excelencias del aceite del Molino Chico, cuando
mi primo -que por aquel entonces me daba compañía llenando el tedio de la
faena- cesó en sus impresiones al llegar a la altura de la Peña del Moro,
creyendo oír unas voces que provenían de los olmos cercanos. Nos acercamos
hacia el sendero de la izquierda que conduce a las estribaciones próximas y
adelantando un poco el cuerpo, agazapados en unos ramajes cercanos, pudimos
verlos allí. Simón, preso del asombro,
salió a correr sin hacer caso de mis ruegos. Más adelante, vendría al recuerdo
este suceso cuando a mis ojos se desplegasen las hazañas pónticas del astuto
guerrero de Ítaca.
Estaban lavándose, cubiertas sus ropas en
los bardales de nieve y barro, distribuidos entre las aguas y el borde de
piedras que las rodea. Cuando se apercibieron de mi presencia callaron y me
mostraron sus rostros que aparecían nublados por un destello azul del agua y el
reverbero, como envueltos en vedijas de humo de tabaco.
"Pero a qué te metes en líos de
fusiles, loco, vas a parar mal Antonio. A ese mejor sería enviarlo a la capital
por si allí lo sanan". No oía otra cosa que recriminaciones y lamentos
continuos. Mis compañeros intentaron apartarse de mí cuando me presentaba a
ellos y como de un apestado me huían.
Las escaleras de la Iglesia no dejaron un
día de ser continuamente visitadas por los temerosos pasos apresurados de los
fieles y los bobalicones, mientras la lluvia arreciaba contra los muros del
Monumento y el musguillo verde que crecía en sus grietas y en las junturas de
los adoquines era un espectáculo para las miradas de los niños que esperaban a
su familia fuera. Cayó un velo de amargos ribetes sobre sus cabezas y se
creyeron huéspedes de una aciaga maldición; rindieron rezos y cantaron misas
por entonces, cuando los tegumentos que los cubrían de temor se extendían al
cielo y tres días sucesivos impidió que se colasen los haces luminosos,
haciéndose continua, de ese modo, la noche. Ciegos en sus requerimientos de
ahuyentar los presagios de mal agüero, solo alcanzarían a mal despertar los
espíritus de la Sierra y poner en peligro a los cabreros que, sorprendidos por
la tenaz noche, esperaban en los riscos, al resguardo en las cuevas o
improvisadas tienduchas, el regreso luminoso que les permitiera volver.
En los escasos días que permanecieron
acampados en las inmediaciones del pueblo no cesé un instante en mostrar mi
hospitalidad y agradecimiento. Después de la pertinaz noche me ayudaron a
conseguir la leña suficiente para pasar varias semanas el fuego en continua
crepitación; retiraron las malezas que se adueñaban del huerto que hacía
bastante tiempo dejé abandonado a la inclemencia de los cardos y la mala
hierba.
Otro era, sin embargo, el comportamiento
de la gente; que agachaban las cabezas y trataban sin cesar de esquinarlos,
haciendo buena esa famosa estulticia que es el epitafio con el que dan por
finalizada la definición de nuestras gentes aquellos que nos quieren mal. La
coincidencia de su llegada con la súbita perpetuidad de la noche y el
crecimiento de unas muertes que hacía tiempo esperaban pero que no se atrevían
por finalizar la pujanza, todo ello dictaminó, junto a la siempre molesta
compañía de los fusiles, incrementada a la extraña presencia de unos cabellos
de miel y una lengua ajena y remota, que su presencia fuese maldecida e imprecada,
rogando a Dios la súbita desaparición de aquella molesta pesadilla vestida de
uniforme.
Eres el mensajero, decían, tronaba como el
rayo cuando algo les era necesario; les avisaba de las trochas que debían
rehuir en la Alta Sierra y les avituallaba de lo imprescindible. Fui su guía
desde que estos aguerridos guerreros bajaran de la montaña o quizás emergieran
de las heladas aguas de la Alberca en las que, según nos contestaban cuando
preguntábamos por qué la llamaban de aquella manera, un cura encontró la muerte
mientras intentaba serenar el dolor de sus cansados pies en una tarde de larga
caminata.
Eran los guerreros de las nieves que
habitaban dormidos, como el oso de la tundra, la Sierra, desde la última
batalla que sufrieron estos parajes en algún remoto rincón, probablemente de
alguna grieta de los Tajos Lisos. Ahora volvían de su letargo envueltos en sus
gruesos abrigos, más fuertes, más corajudos, enormes como troncos de roble,
afilados como los riscos de la sierra; y de sus palabras calculaba la muestra
de su fortaleza y de su lejanía.
Acarrearon un enorme caldero hasta el
arrabal y allí, a su alrededor, apilaron un ingente número de ramas secas y
troncos partidos. Les provisioné del pedernal y recordé aquel caldero que,
siendo monaguillo por entonces, encontré encerrado en la torre de la Iglesia,
en un ángulo olvidado entre el rimero de otros enseres cargados de telillas de
araña y gruesas capas de polvo que aquella estancia almacenaba con
impasibilidad. Un grupo de la tropa se adelantó hasta allí y lograron acercarlo
hasta el arrabal, donde los otros esperaban.
Aquella noche se sacudió la tierra su
pereza y de los árboles bajaron luminarias y hojas encendidas, acudiendo a la
cita con los soldados del caldero. Las pavesas se deslizaban hacia el pueblo y
de allí ascendían como ofrenda perfumada, mientras ellos, horros de felicidad,
bebían hasta hartar sus pechos de vino, entonando cantos de extraños síncopes
que me traían a fogonazos los sonidos de los vientos corales de la Alta Sierra.
Nos dirigimos hacia Sendella la mañana
siguiente. Desde allí tomarían el Atajo del Tuerto para alcanzar por el lado
propicio el frente enemigo. Era un día de perros, la niebla baja y el intenso
frío no dejaron un momento de acosarnos todo el camino y avanzamos entre el
ruido de sus botas y los chillidos derramados de improviso por los búhos, en el
más estricto de los silencios. Les acompañé hasta el Cerro de los Alcotanes,
allí el capitán me detuvo con un gesto inesperado y amenazador: dejó caer su
mano provista de un enorme guante sobre mi hombro, inmovilizándome y, con una
sonrisa, me miró más tarde y se alejó hacia los espolones calladamente. La
compañía le siguió en la marcha y apenas anduvieron unas zancadas volvieron sus
rostros nublados, y alzando los brazos en ademán de despedida pronunciaron algo
para mí ininteligible y que, incomprensiblemente, asocié a las últimas palabras
de los ahorcados.
La batalla en Sendella duraba ya más de lo
que a la estricta lógica humana le estaba permitido soportar, más de lo que las
previsiones logísticas aconsejaban, y más, más, más. El Alto Mando aglutinó las
fuerzas de Yante, que junto a las de Sendella y algunos restos de guerrilla
-incontrolada pero eficaz- pervivían en la Alta Sierra, y decidió apostar todo en ese frente, de cuya
victoria se resarcirían sus ánimos vejados en otras batallas y permitiría
atacar con mayor decisión y encono en el frente Sur.
Todo esto lo supe más tarde, cuando la
contienda ya había finalizado y las estrategias no eran más que historia, un
juego caprichoso y papel quemado. Persistí durante bastante tiempo en la
búsqueda de algún dato que confirmase la presencia en el frente de Sendella de
un destacamento de las Brigadas Internacionales. No encontré ni una mínima
porción del rastro esperado, ninguna alusión a tropa alguna extranjera que se
incorporase al debilitado frente.
El bombardeo duró apenas unos minutos.
Todo comenzó a elevarse, a adquirir una inusitada velocidad, los olivos
saltaban con las raíces arrancadas de cuajo y las piedras golpeaban sus hojas y
ramas envueltos en columnas de polvo y terrones de labrantío. El campo quedó
convertido en un cementerio de olivos y de tumbas abiertas.
La noche que los dejé en su nevada alegría
para dirigirme a casa y reposar el cansancio, volvió de nuevo a rondarme la
fiebre y con ella el sueño que me acosó en las vísperas de la desaparición de
otros seres para mí entrañables: recogía uvas en las viñas de un cerro
apartado, no coloradas, que presagian bonanzas, sino blancas, como las lágrimas
y grandes y llené el cesto hasta los topes.
Encontré a mis cabras alrededor del
caldero que los milicianos apostaron al pie de unos pinos cercanos al tapial
del corral. Mi anciana, que estaba aguardándome desde que salí de madrugada,
alzó las manos para buscarme. Si los locos pudiesen dormir o llorar sanarían,
me dijo, cuando le acerqué mis ojos. Me dirigí al caldero, cercano a las brasas
que aún palidecían, y pude oír de su bronce, acercándome a su vientre, las
voces y los cantos de aquellos guerreros de las nieves, olivos sepultados en
una muerte de inviernos.
(Publicado en Abalorio, 9, 1985)

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