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martes, 10 de marzo de 2026

LA MONEDA CARTAGINESA (Relato)



Eusebio estuvo esperando impaciente el desmontaje del escaparate de la tienda. A pesar de que había transcurrido tanto tiempo, desde aquella mañana en la que él contaba con tan solo ocho años y junto a un grupo de amigos jugaban con la moneda, volvía a sentir de nuevo un escozor íntimo por reparar una pérdida tan antigua.

        Aquella mañana era la de un tórrido agosto, él y sus compañeros habían estado jugando bajo el sol inclemente y decidieron buscar una sombra para descansar y refrescarse. Eusebio les dijo que fueran a la tienda de su padre, que allí su madre les daría agua fresca con limón y azúcar y podrían seguir jugando a las canicas, en las lisas y frías baldosas de un escaparate apartado.

        A pesar de que no llegaba mucha luz hasta aquel rincón, era un buen sitio donde hacer correr las bolas de cristal que atesoraban sus bolsillos y aquellas otras de barro cocido al sol cuya lisura y redondez tanto les había costado conseguir. Allí estaban liberados de las tediosas regañinas de los mayores y aprovechaban lo guarecido del lugar para entablar confidencias.

        En un momento de silencio, Eusebio les enseñó un pequeño secreto que guardaba, pero les pidió que no dijesen a nadie que lo habían visto. Era una enmohecida moneda que él aseguraba que era del mismísimo Aníbal. La encontró husmeando en una casa abandonada, gran parte de ella derribada y llena de escombros, al final de una de esas callejuelas que llevan a las laderas de la montaña del Castillo.

        Su amigo Alberto quiso bromear con ella y la lanzó a rodar por las baldosas, con tal infortunio que se deslizó por la rendija del escaparate. Eusebio lanzó un grito y todos quedaron atónitos. Anduvieron un buen rato intentando recuperarla, pero a cada intento la moneda se hundía cada vez más hacia dentro, hasta que finalmente ya no alcanzaron a verla, sumida en la oscuridad de los fondos del escaparate.

        Después de aquel día, Eusebio no dejó, durante un buen tiempo, de intentar por todos los medios de recuperarla, llegando un día incluso a intentar levantar la marquetería del interior del escaparate, aprovechando que su padre no lo veía, para poder acceder a ella. En vano. Estaban tan bien ensambladas las tablas que no podía desgajarlas sin romper el suelo del escaparate. ¿Cuántas veces imaginó, entonces, que recuperaba su tesoro, barajando triquiñuelas imposibles?

       Pero hoy, de nuevo, pasados cuarenta años, se enfrentaba otra vez a aquella misteriosa moneda; por fin podría comprobar lo que tanto había ansiado en aquel tiempo. Su sorpresa fue mayúscula al ver el suelo levantado del escaparate. Aparte de suciedad y telarañas, solo encontró unos papeles de propaganda —aquellos que utilizaron aquella mañana de verano él y sus amigos intentando recuperar su tesoro— y, en un rincón, casi imperceptible, un duro oxidado.

        ¿Era aquella la moneda que él había encontrado en la casa abandonada, la que guardaba como tesoro y la que su amigo Alberto introdujo debajo del escaparate aquella calurosa mañana? Se resistía a pensar que todo había sido una fabulación infantil; aunque, había pasado tanto tiempo y él era tan pequeño, que podría ser que todo no fuese sino invención y su mente infantil convirtiera en moneda antigua lo que solo era vil metal de ceca moderna.

        Si bien la incredulidad y la decepción fueron su primera respuesta, la alegría de saberse un niño fabulador y feliz le congratuló y alivió la pérdida de aquella esperanza antigua.

        Lo que no supo Eusebio es que aquel duro lo depositó allí su padre, después de verle escudriñar con tanto ahínco entre las tablas del escaparate, después de recoger aquella moneda enmohecida que, días más tarde vendería a un amigo coleccionista de antigüedades.


(Publicado en El coloquio de los perros, junio de 2022)






lunes, 9 de marzo de 2026

LA HERMANA MUERTA (Relato)

 


Buscar las razones de un hecho que se encuentra en la neblina de los recuerdos es algo arduo, piensa mi amigo. Apenas podemos vislumbrar la secuencia integral de las imágenes que nos golpean con insistencia, que nos llegan de forma equívoca y sin haberlas invocado con premeditación.

Algunos de nuestros recuerdos se nos muestran caprichosos y nos sojuzgan, nos rondan de forma intermitente aunque precisa y se vuelven inopinadamente obsesivos, recalcitrantes. De su razón apenas podemos encontrar la ayuda y el consuelo de los demás y no solo porque es fastidioso contar una imagen infantil tan absurda, tan sin sentido que nos pondría en un aprieto, sino porque es difícil encontrar las palabras adecuadas para expresarla.

Y, después de todo, quién sería capaz de ayudarnos si ni tan siquiera podemos dar con testigos de aquel hecho, llevado a cabo en la más estricta soledad, en la más estricta intimidad, en la más estricta quietud y silencio de aquel apartado cementerio del pueblecito de Sobrago. Eso, al menos, pensaba mi amigo.

La hermana de mi amigo murió cuando él apenas contaba con un año de edad. Por más que intentaba deambular por los pasillos de la memoria intentado encontrar una imagen, una sombra, algún indicio de ella, solo le sobrevenía un aroma claveles, un frío intenso en la espalda y algo parecido a una caricia.

Fue hasta mucho tiempo después, cuando estudiábamos en el Instituto, cuando Pablo me hizo estas confidencias, porque, hasta entonces, la única persona a la que permitió entrar en su indagación personal fue, cómo no, su madre. Si alguien podía ser capaz de desenredar aquel ovillo enmarañado y dar con el cabo del hilo, ya que no él, esa era sin dudarlo la señora Amparo. A ella acudió en más de una ocasión para saber de su hermana, esperando encontrar en el relato una respuesta que le permitiera explicarse las dudas que lo acechaban.

-Sabes que no me gusta hablar de eso, Pablito, ya te lo dicho muchas veces…Tu hermana era un ángel, un ángel y cuánto te quería, te quería con locura- le decía a su hijo, apesadumbrada, la señora Amparo.

Siempre le decía lo mismo,  yo fui testigo de ello en un par de ocasiones, cuando Pablo me invitó a su casa a probar el chocolate caliente que su madre le preparaba para merendar, con aquellas deliciosas galletas.  Aunque, por entonces,  ya sabía, me lo había dicho mi madre, cómo había muerto la hermana de Pablo: “Niño, ten cuidado con las tracas, que no te pase lo que a la hermana de tu amigo, que se las llevó a la boca y ahí la tienes a la pobrecita, muertecita en una tumba”.

El florero vacío sobre la lápida de mármol, la enorme cruz y la fotografía ovalada de tu hermana protegida por un cristal que limpiabas cuidadosamente  con el pañuelo. Allí llegabas con tu bicicleta, la dejabas en la reja de la entrada del camposanto, te acercabas con unas flores silvestres que habías recogido por el camino, de cualquier huerto, y allí le rezabas. Y, al igual que siempre, el aleteo feroz de un palomo por encima de tu cabeza, paralizando su vuelo en aquel mismo instante en que tratabas de recordarla. Mirabas hacia arriba y solo veías un destello de luz y el zumbido ensordecedor, y, finalmente,  las plumas coloreadas esparcidas sobre la lápida blanca de tu hermana muerta.

Pero no le dije nada a Pablo, no le dije que yo estaba al tanto de su secreto, no quería darle explicaciones embarazosas sobre mi silencio. Quizá fuese el miedo, la misma atracción que él sentía por visitar aquella tumba hasta que despareció, cuando trasladaron los restos de su hermana al osario común.

Intento buscar las razones, pero solo un aroma de claveles, un frío intenso en la espalda y algo parecido a una caricia siento, cuando visito la tumba de mi amigo.


(Publicado en Els plecs de l’Udiva, 4, 2012)




viernes, 6 de marzo de 2026

LOS ESTANDARTES DE YANTE (Relato)

 


Salimos hacia la Sierra cuando apenas comenzaron a horadar la niebla las gargantas de los gallos. Nos acercamos a recoger las dos bestias que anocheciendo dejé descansar en el corral de la calle el Agua, cerca de los últimos cerezos del pueblo. El oraje nos golpeaba implacable y yo sentía un terrible dolor en los dientes por la humedad; a cada zancada doliente y decidida de los milicianos, como acompañándome en el dolor, los apretaba cada vez más, hasta apenas sentir la boca, toda ya frío.

 

Encontramos a los milicianos en la Alberca del Cura cuando días atrás me dirigía con la reata hacia el corral, a recogerla. Iba contándome las excelencias del aceite del Molino Chico, cuando mi primo -que por aquel entonces me daba compañía llenando el tedio de la faena- cesó en sus impresiones al llegar a la altura de la Peña del Moro, creyendo oír unas voces que provenían de los olmos cercanos. Nos acercamos hacia el sendero de la izquierda que conduce a las estribaciones próximas y adelantando un poco el cuerpo, agazapados en unos ramajes cercanos, pudimos verlos allí.  Simón, preso del asombro, salió a correr sin hacer caso de mis ruegos. Más adelante, vendría al recuerdo este suceso cuando a mis ojos se desplegasen las hazañas pónticas del astuto guerrero de Ítaca.

 

Estaban lavándose, cubiertas sus ropas en los bardales de nieve y barro, distribuidos entre las aguas y el borde de piedras que las rodea. Cuando se apercibieron de mi presencia callaron y me mostraron sus rostros que aparecían nublados por un destello azul del agua y el reverbero, como envueltos en vedijas de humo de tabaco.

 

"Pero a qué te metes en líos de fusiles, loco, vas a parar mal Antonio. A ese mejor sería enviarlo a la capital por si allí lo sanan". No oía otra cosa que recriminaciones y lamentos continuos. Mis compañeros intentaron apartarse de mí cuando me presentaba a ellos y como de un apestado me huían.

 

Las escaleras de la Iglesia no dejaron un día de ser continuamente visitadas por los temerosos pasos apresurados de los fieles y los bobalicones, mientras la lluvia arreciaba contra los muros del Monumento y el musguillo verde que crecía en sus grietas y en las junturas de los adoquines era un espectáculo para las miradas de los niños que esperaban a su familia fuera. Cayó un velo de amargos ribetes sobre sus cabezas y se creyeron huéspedes de una aciaga maldición; rindieron rezos y cantaron misas por entonces, cuando los tegumentos que los cubrían de temor se extendían al cielo y tres días sucesivos impidió que se colasen los haces luminosos, haciéndose continua, de ese modo, la noche. Ciegos en sus requerimientos de ahuyentar los presagios de mal agüero, solo alcanzarían a mal despertar los espíritus de la Sierra y poner en peligro a los cabreros que, sorprendidos por la tenaz noche, esperaban en los riscos, al resguardo en las cuevas o improvisadas tienduchas, el regreso luminoso que les permitiera volver.

 

En los escasos días que permanecieron acampados en las inmediaciones del pueblo no cesé un instante en mostrar mi hospitalidad y agradecimiento. Después de la pertinaz noche me ayudaron a conseguir la leña suficiente para pasar varias semanas el fuego en continua crepitación; retiraron las malezas que se adueñaban del huerto que hacía bastante tiempo dejé abandonado a la inclemencia de los cardos y la mala hierba.

 

Otro era, sin embargo, el comportamiento de la gente; que agachaban las cabezas y trataban sin cesar de esquinarlos, haciendo buena esa famosa estulticia que es el epitafio con el que dan por finalizada la definición de nuestras gentes aquellos que nos quieren mal. La coincidencia de su llegada con la súbita perpetuidad de la noche y el crecimiento de unas muertes que hacía tiempo esperaban pero que no se atrevían por finalizar la pujanza, todo ello dictaminó, junto a la siempre molesta compañía de los fusiles, incrementada a la extraña presencia de unos cabellos de miel y una lengua ajena y remota, que su presencia fuese maldecida e imprecada, rogando a Dios la súbita desaparición de aquella molesta pesadilla vestida de uniforme.

 

Eres el mensajero, decían, tronaba como el rayo cuando algo les era necesario; les avisaba de las trochas que debían rehuir en la Alta Sierra y les avituallaba de lo imprescindible. Fui su guía desde que estos aguerridos guerreros bajaran de la montaña o quizás emergieran de las heladas aguas de la Alberca en las que, según nos contestaban cuando preguntábamos por qué la llamaban de aquella manera, un cura encontró la muerte mientras intentaba serenar el dolor de sus cansados pies en una tarde de larga caminata.

 

Eran los guerreros de las nieves que habitaban dormidos, como el oso de la tundra, la Sierra, desde la última batalla que sufrieron estos parajes en algún remoto rincón, probablemente de alguna grieta de los Tajos Lisos. Ahora volvían de su letargo envueltos en sus gruesos abrigos, más fuertes, más corajudos, enormes como troncos de roble, afilados como los riscos de la sierra; y de sus palabras calculaba la muestra de su fortaleza y de su lejanía.

 

Acarrearon un enorme caldero hasta el arrabal y allí, a su alrededor, apilaron un ingente número de ramas secas y troncos partidos. Les provisioné del pedernal y recordé aquel caldero que, siendo monaguillo por entonces, encontré encerrado en la torre de la Iglesia, en un ángulo olvidado entre el rimero de otros enseres cargados de telillas de araña y gruesas capas de polvo que aquella estancia almacenaba con impasibilidad. Un grupo de la tropa se adelantó hasta allí y lograron acercarlo hasta el arrabal, donde los otros esperaban.

 

Aquella noche se sacudió la tierra su pereza y de los árboles bajaron luminarias y hojas encendidas, acudiendo a la cita con los soldados del caldero. Las pavesas se deslizaban hacia el pueblo y de allí ascendían como ofrenda perfumada, mientras ellos, horros de felicidad, bebían hasta hartar sus pechos de vino, entonando cantos de extraños síncopes que me traían a fogonazos los sonidos de los vientos corales de la Alta Sierra.

 

Nos dirigimos hacia Sendella la mañana siguiente. Desde allí tomarían el Atajo del Tuerto para alcanzar por el lado propicio el frente enemigo. Era un día de perros, la niebla baja y el intenso frío no dejaron un momento de acosarnos todo el camino y avanzamos entre el ruido de sus botas y los chillidos derramados de improviso por los búhos, en el más estricto de los silencios. Les acompañé hasta el Cerro de los Alcotanes, allí el capitán me detuvo con un gesto inesperado y amenazador: dejó caer su mano provista de un enorme guante sobre mi hombro, inmovilizándome y, con una sonrisa, me miró más tarde y se alejó hacia los espolones calladamente. La compañía le siguió en la marcha y apenas anduvieron unas zancadas volvieron sus rostros nublados, y alzando los brazos en ademán de despedida pronunciaron algo para mí ininteligible y que, incomprensiblemente, asocié a las últimas palabras de los ahorcados.

 

La batalla en Sendella duraba ya más de lo que a la estricta lógica humana le estaba permitido soportar, más de lo que las previsiones logísticas aconsejaban, y más, más, más. El Alto Mando aglutinó las fuerzas de Yante, que junto a las de Sendella y algunos restos de guerrilla -incontrolada pero eficaz- pervivían en la Alta Sierra,  y decidió apostar todo en ese frente, de cuya victoria se resarcirían sus ánimos vejados en otras batallas y permitiría atacar con mayor decisión y encono en el frente Sur.

 

Todo esto lo supe más tarde, cuando la contienda ya había finalizado y las estrategias no eran más que historia, un juego caprichoso y papel quemado. Persistí durante bastante tiempo en la búsqueda de algún dato que confirmase la presencia en el frente de Sendella de un destacamento de las Brigadas Internacionales. No encontré ni una mínima porción del rastro esperado, ninguna alusión a tropa alguna extranjera que se incorporase al debilitado frente.

 

El bombardeo duró apenas unos minutos. Todo comenzó a elevarse, a adquirir una inusitada velocidad, los olivos saltaban con las raíces arrancadas de cuajo y las piedras golpeaban sus hojas y ramas envueltos en columnas de polvo y terrones de labrantío. El campo quedó convertido en un cementerio de olivos y de tumbas abiertas.

 

La noche que los dejé en su nevada alegría para dirigirme a casa y reposar el cansancio, volvió de nuevo a rondarme la fiebre y con ella el sueño que me acosó en las vísperas de la desaparición de otros seres para mí entrañables: recogía uvas en las viñas de un cerro apartado, no coloradas, que presagian bonanzas, sino blancas, como las lágrimas y grandes y llené el cesto hasta los topes.

 

Encontré a mis cabras alrededor del caldero que los milicianos apostaron al pie de unos pinos cercanos al tapial del corral. Mi anciana, que estaba aguardándome desde que salí de madrugada, alzó las manos para buscarme. Si los locos pudiesen dormir o llorar sanarían, me dijo, cuando le acerqué mis ojos. Me dirigí al caldero, cercano a las brasas que aún palidecían, y pude oír de su bronce, acercándome a su vientre, las voces y los cantos de aquellos guerreros de las nieves, olivos sepultados en una muerte de inviernos.


(Publicado en Abalorio, 9, 1985)

viernes, 29 de octubre de 2021

Υδρα: un viaje a Grecia en 2009
















No he podido aún cumplir uno de mis deseos, visitar la isla de Zakynthos, epónimo del héroe mitológico, compañero de Hércules en sus fatigosas empresas, quien según Silio Itálico murió en un lugar de la costa hispánica del Mediterráneo que más tarde ocuparía el enclave de la antigua Saguntum. Pero, guiado por la sabia mano literaria de la escritora canadiense Anne Michaels, recalé el verano de 2009 en una de las islas del Egeo, en la que, además de la ya antes citada, transcurre la extraordinaria historia de su novela poética Piezas en fuga. Su nombre es Idhra. 
Dice allí Anne: "No es ni en Idhra ni en Zakynthos sino entre los abedules de Michaela donde me siento por primera vez seguro sobre la tierra, acollado en una tormenta".
Mi fascinación por la escritura de Michaels, esa teluridad, esa potencia de la palabra que esculpe pasiones y luchas denodadas, hicieron que mi viaje, desde Atenas hasta allí, fuese embargado por una vigilia llena de premoniciones y anhelos.
Fue un día apacible, el espíritu griego serenó mi pulso y sentado en un escalón, mirando el azul, mirando al horizonte jónico de Zakynthos, tomé unas notas dispersas en mi cuaderno y urdí este breve poema, dictado por los sonidos del "metelmi" sobre las hojas y las rocas de la isla:


ÉXODOS.
UNA GATA BAJO EL SOL DE IDHRA

Marca su paso con decisión, monótonamente
movida por un fin que no vislumbro,
una pequeña gata, camino del faro, sorda a mis reclamos.
Como madre, sus ubres cuelgan pidiendo
unas bocas que la amamanten.
Ya veo el resorte secreto de su paso,
en la calima de la media tarde.
Son sus vástagos perdidos la oscura
razón que la dirige, perdida ya
por siempre en esta isla perdida
de este recóndito Egeo. 

(Idhra, 10 de Agosto de 2009)


La obra de Anne Michaels fue llevada al cine por el director canadiense Jeremy Podeswa. He aquí su trailer:

viernes, 29 de diciembre de 2017

NUEVA PUBLICACIÓN: SENDAS



Este libro recoge los poemas que desde 2009 he ido publicando en el blog Sendas y divagaciones. Está dividido en dos volúmenes: el primero recoge los poemas propios y el segundo las traducciones que fui ofreciendo de aquellos poemas que, por diversas circunstancias, se me hizo premiosa su versión al castellano. En la selección de poetas y poemas no hay ninguna premisa previa, fueron azarosamente trabajados, guiado por la necesidad poética y el deleite que la traducción me deparaba; únicamente los une, creo yo, la matriz latina de la lengua de origen.

 

Sendas, que bien tracé o bien trazaron otros, quiere exponer distintas voces que nos ayuden a recorrer los viejos temas de la poesía, o, lo que es lo mismo, de la vida: el tiempo y la naturaleza; la muerte o la dicha de vivir; el asombro y el estupor.

 

Podéis conseguir los libros accediendo al siguiente enlace:

 

 http://sendas.bigcartel.com/product/sendas

domingo, 28 de agosto de 2016

NOTAS DEL BÁLTICO






CAMAROTE

Llueve en el mar de cristal y las regatas dibujan senderos imprevisibles. Tensada la flecha de la vida es la estela que me lanza a un viaje de puertos ignorados.







GAVIOTAS

Muestran sus picos amarillos y otean nuestras vidas desde lo alto. No nos despiden en nuestra partida, celebran el juego del movimiento, la fuerza del aire cálido del barco, encandiladas de las ráfagas chispeantes de nuestras cámaras.




viernes, 29 de enero de 2016

ÍTACA REMOTA
























Al pasar el Boquete de Zafarraya, dejamos atrás las tierras de Alhama de Granada y nos lanzamos al albor de la raigambre, pegados a las estribaciones de la sierra de Alhama. Al fondo, la Sierra de Tejeda con los pueblos encaramados (Espino, Alcaucín y, ay, Canillas de Aceituno), y allá, aún más allá, la voz del padre relatándote una épica de dolor y miseria, de brío y esperanza. Un viaje hacia el instante aquel, hacia la extraña claridad del descubrir, un éxodo a una ítaca remota.

El 11 de marzo de 2011, poco después de morir mi padre, escribí estas palabras, recordando una película que vi con mi hijo, Departures:

 "Vi esta película con mi hijo. Después de verla, él quiso cambiar su estudio del instrumento del violín por el de cello. Me hizo mucha ilusión que tomara esa decisión. Aunque hoy ya haya dejado de tocarlo, suelo recordar imágenes de la película que tanto me impactó, por recordar tantas cosas...como hoy, que recuerdo a mi padre, como aquel niño japonés. A él su padre le daba guijarros del río y los atrapaba en su mano y en su memoria. Yo atrapé del mío sus historias en el viaje de regreso a su pueblo natal, a Canillas de Aceituno. Al cruzar el límite provincial de Granada y Málaga, allá en lo alto, pasando por el boquete de Zafarraya, se veía un espectáculo de cielo y montañas. Entonces mi padre me recordaba sus aventuras por la sierra, con las cabras, con el esparto, el frío, el dolor inmenso de espalda, el miedo de la noche y los guardias civiles...Tantas veces volvimos a Canillas, tantas veces me contaba sus historias, tantas veces yo aguardaba a pasar aquel límite para asistir al espectáculo de la vida y el misterio. Y espero volver pronto a dejar reposar a mi padre cerca de aquellas sierras. Sí, una dulce despedida, es todo lo quiero".

 

Parte de las cenizas de mis padres las depositamos mis hermanos y yo en un rincón de la Rahije, en Canillas, poco después de morir mi madre. Pero en ese viaje no fuimos por la antigua ruta que cogía mi padre, la de Alhama de Granada. Finalmente, estas Navidades pude cumplir el deseo de visitar Zafarraya y hacer el viaje de tantos sueños.




IMPRESIÓN DE FUENTE VAQUEROS



Una mañana de diciembre, visitando la vega de Granada, leo en el primerizo libro de García Lorca, Impresiones y paisajes:

"Está la vega aplanada. Estos días tristes de invierno la convierten en campo de ensueño".

Después de Viznar, me acerqué a Fuente Vaqueros, a la casa donde la luz primera abrió los ojos. 
El agua del Genil limpia las telas de la añoranza.


jueves, 21 de enero de 2016

IMPRESIÓN DEL BARRANCO DE VÍZNAR




Antes de finalizar el año que hemos dejado atrás, me acerqué, en un corto viaje, a las tierras de Andalucía. El primer destino era llegar a Málaga, a la Sierra de Tejeda, pero quise antes acudir  a alguno de los sitios que desde hacía tiempo quería visitar, pero que siempre alguna razón se interponía y me impedía poder hacerlo. 
Entrando ya en Granada, por la autopista A-92, salí hacia Víznar y cogí una estrecha carreterilla que une esta encaramada población con su vecina de Alfacar, donde se encuentra la Fuente Grande, también llamada Ainadamar o Fuente de las lágrimas. Después de la serpentina de curvas, que sortean un pronunciado barranco que da vértigo -hoy rotulan a este paso, pomposamente, "Ruta del califato"- me topé con el monolito que recuerda el lugar adonde condujeron, agazapados por una vil oscuridad, a García Lorca, junto a otros, para acabar allí con su vida.
Tuve una percepción extraña conforme avanzaba, movida por un deleitoso sosiego y una extraña euforia. Se me vino encima la noche de aquel verano del 79, leyendo hasta altas horas el libro de Ian Gibson, Granada,1936. El asesinato de García Lorca. Se me vino encima el miedo.
Aparqué el coche y, al acercarme a la pineda cercana, un helado frío me enderezó el espinazo. Era una mañana de diciembre plácida, un dulce sol de invierno templaba el día y cerca de allí un cabrero conducía el paso lento de una reata que transitaba junto a mí cuando me decidí a volver hacia el coche. Algo rezagado, un macho cabrío, con una desproporcionada esquila, dio un brinco y se puso junto al coche, mirando fijamente hacia donde me encontraba. Era una mole brutal, un semental de impresionante facha que logró amedrentarme. Me dispuse a coger la cámara para retratar esa mirada indolente y fatídica, pero bastaron esos escasos segundos para que desapareciese, confundiéndose, cobardemente, entre la recua.



martes, 23 de noviembre de 2010

ERRANCIA DEL CUERPO Y DEL DESEO (GAVILLA DE COLOQUIOS PARA JAIME GIMÉNEZ DE HARO)


NOTA PREVIA: Lo que a continuación sigue es el texto que escribí para la exposición que el pintor Jaime Giménez de Haro (Sagunto, 1951) realizó en mayo de 2005 en el Castell d'Alaquàs. Lo recupero para este blog después de asistir a una nueva exposición del artista en Valencia, en el Café Malvarrosa-Espai Paral·lel. Un gozo al que estáis todos invitados.



ACOTACIÓN


Las obras que nos propone Jaime para esta exposición procuran una densidad tal, que más allá de la forma, del color, de la materia, van urdiendo un rumor de voces que acaba por imponer su propio discurso dialógico. No es materia onírica, aunque invite a ella, sino muchedumbre de palabras que incitan a la recreación de la obra por parte del espectador, al diálogo ameno o encarnizado, a la impúdica exposición de deseos, al entrañamiento de las invitaciones reflexivas a que nos exponen las obras.
Michel Foucault planteó, desde su arriesgada reflexión, un "Theatrum Philosophicum". Desde esta exposición, y desde esta lectura que proponemos, la obra de Jaime se nos aparece como un "Theatrum Artis". Pero no desde la espectacularidad, desde la "ob-scenidad", sino más bien desde la complicidad dialógica de la confidencia, del susurro, de la palabra anhelante e invitadora.
Su pintura, sus objetos, anclan un pasadizo entre las cumbres de la clasicidad y la modemidad. Agita el aire que recorren las visiones de los mundos pictóricos anteriores, moviliza el ojo a una expansión del espacio, y desde esta apertura, desde esta oquedad sugen los ecos que van conformando una escritura de voces dialogantes, empapadas de luminosidad y de materia pictórica.
Son signos errabundos trazados desde la dádiva, configurando orillas de diálogo: a veces desde una transparencia, a veces desde el misterio. Hay inocencia y hay riesgo. Una extraña medida de la distancia crítica del autor con respecto a su obra y a la tradición. Pero, sobre todo, hay una edificacion de su propio mundo, que nos urge a compartir; una cimentación que basa su fortaleza en la intimidad, en el recorrido de los afectos, de las verdades íntimas.


1ª ESCENA:
ENTELEQUIA DE GESTOS

" ... y sin letras forma en el aire renglones clarísimos"
Francisco Bances Candamo, Theatro de los theatros.


Un mundo abreviado de zarcillos, de trenzas como trilobites, de miradas enfrentadas a la púdica visión; sin el furtivo deseo de la apropiación falsa, meramente expuestas a la caricia de un ensueño. Convidados al ágape de la danza de cuerpos femeninos hacia otra vuelta del sentido, hacia los sentidos vueltos a la preñez de la pintura y su trazo divagante.
Rómpese la tela del encuentro, una clara invitación a la vida, sólo caricia o abrazo próximo, de estos fragmentos que juntos tienden a una cita, a una encrucijada en la que el mero instante deviene un gesto etemo, el kairós al que tendía Goethe, al que nos invita Jaime, de la mano de la vida gesticulante. Álzase el cristal del tiempo.

LAS MANOS: El gesto es elocuencia fuera de toda voz, de toda caligrafía, viva en la pura música del movimiento, en el espacio habitado, humano, de la figura.

LOS BRAZOS: Sois himno de la línea, "Oh regalada llaga! Oh mano blanda", como quiso Juan de Yepes trazaros.

LA CARA: Me parecéis, brazos, belleza ansiante, arremolinado clamor, embriago de estulticia. Desde el sueño de la línea que imanta y subraya el claro color, muestra el ademán su atemperado carácter, henchido de placidez, órdago de la belleza.

EL TORSO: Quiebros del cuerpo y esfuerzo de los brazos, ha sido dicho. Gravedad y levedad unidas, en íntima coyunda como los miembros a mí asidos, representáis. Es la mano de vuestro pintor, o su alma, que es lo mismo, la que sopla en vuestro aliento. Así certificó Carducho: "Mueve su pintura las almas de los que le oyen".
La mirada se detiene aunque el gesto no cesa, y en ese intervalo, en esa "pausa oscura" de la que habló Rilke, brota la semilla de ese mundo abreviado que Jaime nos expone, rememorando las "Puellae gaditanae" de Juvenal, aquellos pies que semejan medir el mundo desde sus contorsiones, sentenciando artísticamente lo que dejó dicho Plinio: "Creer que hay infinitos mundos procedió de querer medir el mundo en pies". Y no hay cabo, no hay fin, en este mundo abreviado o en estos infinitos mundos a los que nos abocan los cuadros de Jaime Giménez de
Haro; mientras la tela rasgada recompone y desciende su figura en un supremo gesto final.


2ª ESCENA:
DECLARACIÓN A LA LUZ DE UNA VELA

El pintor y la modelo clarean su viso en la luz refleja de la vela de un estudio, mientras los cuerpos se confunden y en un mismo trazo sus deseos componen un laude rotundo a la vida, un festivo manantial de íntima arrogancia.

LA MODELO: Es diestra tu mano en la concesión a mi fugura de enaltecimiento, de beata concupiscencia, de un mítico manto de sutil transparencia.

EL PINTOR: Borrar el límite es lo que ansío, o al menos acercar las dos realidades que a ambos nos conforman, tendiendo la voz de mi cuadro a un eco irrepetible. Lo finito y lo infinito, la totalidad y el fragmento. Busco los contamos difusos, las esquinas alentadoras de los encuentros, los colores que atrapan una caricia, los trazos del abrazo, presos en una confusión imposible de cuerpos, más allá de este recuadro, de este mundo, de este muro.

LA MODELO: El límite es sólo la esperanza. No alcanzará tu pincel aquel espacio deseado, aquella llama oculta que en su extinción nos salva. Postrero será el día en que tus manos y tus pies puedan alcanzarlo, y tu vida y tu deseo sean sólo uno e indiviso.

EL PINTOR: De nada me sirven las futuras realidades. Hoy, aquí, proclamo la identidad irredimible de mi vida, y es mi deseo parangón de un universo de formas que envuelven, como mantos transparentes, esos espacios que las figuras someten a una perpetua fluencia de saludos y de adioses.

LA MODELO: Siento el velo del azul y la exaltación del ocre; el temblor del amarillo y la mudez del gris. Me enceguece el rojo y es tibia la claridad del verde. Rauda es la luz y me pierdo en el sentido de tus visiones.

EL PINTOR: Perdido voy también yo, en la bruma de este atroz deseo. Rasgo con mis colores la luz del dia buscando una luz más prístina, buscando luz más allá de la luz. Y en este vagar, en esta errancia, tú, mi modelo, me impones el don de la belleza, entendida ésta como luz en su ebriedad, como alma pánida que celebra la vida.


En la habitación el pábilo tristemente se consume y un fino helor, apenas, de llama azul,
prende de su escuálida vela. El hálito del pintor, finalmente, fatalmente, oscurece la tela del encuentro y una rediviva luz resplandece de su obra.

LLUÍS GUARNER Y EL CAMP DE MORVEDRE

  El 26 de agosto de este año 2026 se cumple el 40 aniversario de la muerte del escritor Lluís Guarner, un poeta y ensayista que mantuvo una...