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sábado, 28 de agosto de 2010

DE DIVAGANTE ERUDICIÓN (I): ALFONSO REYES Y EL ARABISTA FRANCISCO CODERA Y ZAIDÍN.



Estos días he estado revisando lecturas de varia lección del maestro mexicano Alfonso Reyes, una delicia de prosa y de ingente información variopinta que asombra, enseña y nos anima a la divagación y el estudio. Quisiera parar en uno de sus primeros libros, los Retratos reales e imaginarios, editado en México, la Lectura selecta, en 1920. Son un grupo de catorce artículos periodísticos publicados en España que él envía a sus paisanos.

"Al azar de los sucesos y de los libros, he publicado en la Prensa de Madrid unas notas, unos esbozos, reseñas, extractos de lecturas y comentarios, que yo quisiera haber escrito con sencillez", dice en el Proemio, en el que se deja derivar las asechanzas políticas mexicanas de aquel entonces: "Conservaos unidos. Sacad razones de amistad de vuestras semejanzas. Mañana caeremos en los brazos del tiempo. Opongamos, a la fuerza obscura, la muralla igual de las voluntades". Corria momentos de zozobra la Revolución mexicana, dando lugar al movimiento de Agua Prieta, en el estado de Sonora, y la rebelión delahuertista.

Alfonso Reyes se encontraba en Madrid desde octubre de 1914, en una etapa de exilio que duraría una década, después de haber sido cesado del cuerpo diplomático mexicano en Paris por el gobierno de Venustiano Carranza. Esta nueva etapa en su vida tendría una gran trascendencia en su trayectoria. Aquí colaborará con Menedez Pidal en el Centro de Estudios Históricos, llevando a cabo una amplia labor creativa, investigadora, publicitaria, traductora, que irá fructificando en artículos periodísticos o ensayísticos ( en España, la iniciativa de Ortega, El Sol, el Boletín de la Real Academia Española, la Revista de Filología, Índice), ediciones de clásicos de la literatura española (Góngora, Gracián, Ruiz de Alarcón, Arcipreste de Hita, Quevedo, Lope o Fray Servando Teresa de Mier), ofrecerá su versión en prosa del Poema de Mio Cid, editará sus libros Cartones de Madrid, El suicida y Visión de Anáhuac, publicará sus traducciones de Ortodoxia, de Chesterton y el Viaje sentimental por Francia e Italia de Laurence Sterne, participando muy activamente en la vida social y lteraria, como es el caso de la curiosa cofradía El Ventanillo de Toledo, o la Comisión histórica, Francisco del Paso y Troncoso.

Bien, es en este contexto en el que se escriben y editan estos breves relámpagos de escritura y erudión, de erudición creativa, chispeante y divagatoria. Veremos en sus páginas adquirir una vital presencia un amplio abanico de personajes: Madama Lucrecia, el último amor de Alfonso el Magnánimo, Cisneros, Lutero, Nebrija, Chateaubriand, Fray Servando Teresa de Mier, Apolonio de Tiro, Rodrigo Calderón, Baltasar Gracián, etc.


A partir de los datos, Reyes ensambla el armazón del juguete erudito, dando vivacidad al frio pasado. Por ejemplo, a partir de los documentos que aporta Francisco de Borja San Román, en un artículo publicado en el Boletín de la Real Academia de la Historia, de diciembre de 1918, pertenecientes al Archivo de Protocolos de Toledo y en los que aparece un inventario de los bienes del poeta Garcilaso de la Vega:


"Conviene imaginar teatralmente los antiguos documentos jurídicos. De otra suerte es imposible entenderlos.


La escena es en Toledo, a 3 de enero de 1537, en el estudio de Payo Rodríguez, "secretario público". Él está sentado a la mesa cuando aparece doña Elena de Zúñiga, la viuda de Garcilaso, en hábitos de duelo y con toca; la acompaña Pedro de Alcocer, su criado y procurador. Detrás vienen unos caballeros toledanos que van a servir de testigos. Doña Elena comienza a dictar el inventario de los bienes de su difunto esposo. Cae el telón.


Y cuando se vuelve a levantar , ya andamos por el barrio de Santa Leocadia..."


De esta manera acerca Alfonso Reyes retazos de la vida de Garcilaso al curioso lector, administrando locuazmente la información. Así termina el relato:


"Voy a terminar, cuando oigo unas risas en el patio: son Fátima y Mariquita (esclavas al servicio de Doña Elena) empeñadas en tirar de un macho enjaezado, que hay que hacer pasar frente a la ventana para que lo vea el señor secretario público".

Pero vangamos a lo que quería llegar, esto es, al último retrato de Alfonso Reyes que recoge de forma admirable lo que supuso la titánica tarea del arabista oscense Francisco Codera Zaidín, discípulo de Pascual Gayangos y, a su vez, ilustre maestro de Julián Ribera y Miguel Asín. Pertenece don Francisco a esa primera generación de la denominada Edad de Plata de la cultura hispánica, pero que bien podría ser tildada de segunda Edad de Oro, a esos colosos escritores y científicos de la segunda mitad del Ochocientos, que supieron crear y mantener una tradición cultural de grandiosa estructura y feraz contenido, en medio de las más adversas condiciones:


"Para sus discípulos, compone un epítome de unas cien páginas; porque es hombre capaz de síntesis, que es la condición varonil de la inteligencia. Pero cuando va a imprimir sus libros en España, faltan hasta los elementos tipográficos. Para algo ha sido Codera inventor y obrero manual: él mismo litografió su epítome, hizo adquirir una fundición árabe, compuso las leyendas de sus monedas y se construyó una prensa especial.


Como era bibliófilo, una vez se puso "con maña de artesano y paciencia de benedictino", según dice Saavedra, a reconstruir los devencijados códices de El Escorial, que, arrojados por las ventanas para salvarlos del incendio, estaban hechos unos líos informes de hojas amontonadas, casi al azar. Codera "ordenó las hojas por tamaños, contó el número de línas de cada plana, midió la longitud y latitud de lo escrito, y con estos datos, formó una tabla metódica, con ayuda de la cual pudo atribuir a muchos códices las hojas que les pertenecían".


Supo e hizo mucho; pero practicaba y enseñaba a practicar la duda científica, huyendo de todo procedimiento adivinatorio...


Así, por desinterés y sacrificio, pudo vencer los escrúpulos del musulmán sobre el franquear los tesoros de sus bibliotecas, y pudo traer de África noticias que ningún otro sabio europeo había alcanzado...


Imaginad al anciano, seco y sobrio, fabricando sobre su mesa sus juguetes científicos, el alma y el cuerpo electrizados por una idea. Como sucedió a Fray Juan de Segovia, la muerte le sorprende un día...puliendo un cáliz y rezando un Credo".

domingo, 6 de diciembre de 2009

ENCUENTRO CON EL SILENCIO. REMEMORANDO A STÉPHANE MALLARMÉ (1923)


Desde la poesía, desde el pensamiento, y sobre todo desde el silencio. En un ya lejano 14 de Octubre de 1923, un grupo de escritores fue convocado para conmemorar el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Mallarmé. La invitación corrió a cargo del escritor mexicano Alfonso Reyes y acudieron a la cita bajo una misma premisa: hallar acomodo y asiento en algún lugar del Jardín Botánico de Madrid y allí meditar en él durante cinco minutos en silencio, para más tarde escribir lo que habían pensado o urdido durante ese breve lapso de tiempo. Meses después la Revista de Occidente recogía los textos de algunos de ellos.
La fotografía de arriba nos recuerda el acto y a sus "convidados de piedra". De izquierda a derecha, en pie: Mauricio Bacarisse, José Bergamín, Antonio Marichalar, Alfonso Reyes y Enrique Díez -Canedo; sentados: Eugenio d'Ors, José Moreno Villa y José Ortega y Gasset
Los textos de los autores se publicaron en el número cinco -noviembre de 1923- de la Revista de Occidente, si bien en el número anterior, de octubre, apareció en la sección "Asteriscos" una nota anunciándolos, en la que se cercioraba el texto de la convocatoria. Decía así:
" El 14 de octubre de 1923, los miembros de la Société Mallarmé de Paris se reunirán en Valvins, a unos dos kilómetros de Fontainebleau, donde murió el maestro, para consagrarle un recuerdo.
Se propone que hagamos en Madrid una conmemoración semejante. Sin discursos. Un acto -por decirlo así- sin acto. Lo que a Mallarmé le hubiera agradado.
CINCO MINUTOS DE SILENCIO EN RECUERDO DE MALLARMÉ.
Sitio y hora: el domingo, día 14, a las once en punto de la mañana en la puerta del Botánico que da sobre la Feria del Libro.
Se cuenta con usted. Allí encontrará usted a sus amigos."
A dicha convocatoria asistieron los que aparecen en la fotografía que encabeza este post, además de quien en ese momento hacía de fotógrafo, José María Chacón. Faltaron a la reunión tres convidados: Azorín, Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna. El primero, peripuesto en sus actividades políticas, tenía que intervenir en un mitin. El segundo, haciendo gala de su mala salud, se quedó en casa "por enfriamiento", como le dijo por carta a Reyes, si bien, como también recoge otra misiva mandada al mismo destinatario, la razón estribaba, más bien, en el alejamiento de Juan Ramón de las actividades que llevaba a cabo Ortega y su grupo:
"Como era de esperar, en este 1923 se está confundiendo "sencillez" con "simpleza"; "intelectualismo " con "intelectualería"; "claridad" con "vulgaridad"; "vida" con "periodismo"; "cultura" con "filología", con "lectura secundaria", con "exhumación"; "crítica" con "desahogo"." (Ideolojia (1897-1957) (Metamorfosis IV), Antonio Sánchez Romeralo(ed.), Barcelona, 1990, p. 186)
Por su parte, Gómez de la Serna tenía, ese mismo día, a la misma hora, un entierro; y, como acertadamente comentó Eugenio D´Ors, "-¡Qué competencia!-".
Alfonso Reyes, el convocante, nos ofrece en su texto datos del evento:
"El primero en llegar fue José Ortega y Gasset. Lo vi cuando entraba en la calzada central. Lo llamé de lejos. Era un día neutro, nublado y claro. Algo París de los años 80... Sacudiendo el viento los ramajes de nubes, hizo caer escasas gotas. Luego quedó el tiempo seguro, y había una frescura casi dulce.
(...)
El Botánico tenía una iluminación de vidrieras opacas, de taller fotográfico. Cada árbol, al paso, nos decía una palabra, como al estudioso Goethe en sus escursiones de naturalista; la palabra escrita en su etiqueta: Almez, Alerce, Sófora Japónica, Pawlonia, Arce Sacarino.
Cada árbol, al paso, traía tejido en las ramas todo el ambiente de su paisaje propio: uno filtraba un cielo griego por entre su follaje claro; otro encuadraba un tenue horizonte japonés entre las antenas curvas de dos guías floridas; la torre del ciprés hendía -y lo creaba- el aire de Fiésole."
Mientras Díez-Canedo cronometraba los cinco minutos, Juan Ramón, desde su casa, depuraba un poema de 1913 que comenzaba:
"Después del resplandor súbito,
venía un vacío frío...
Fui seguro hacia su sombra,
-pero ciego-"
Mandó este poema a Revista de Occidente, con un pequeño comento, en el que se lee:
"Según mi cálculo, en los cinco eternos minutos del "silencio a Mallarmé", debí andar -con la imagen del quieto museo de vegetales mármoles negros, que ustedes misteriosamente complicaban, de nuestro carbonoso, sucia, estrepitosamente vecindado, tristísimo Botánico, viéndose entre las barras de luz de oro de los versos octosílabos- por la segunda mitad de mi poesía."
Las aportaciones fueron interesantes aunque desiguales, y pocas, ciertamente, tuvieron en cuenta a Mallarmé (salvedad de Reyes y Bergamín). De entre todas destacaré la genial de D´Ors:
"El primer minuto pudo pecar, necesariamente, de dispersión y de aleteo.
El segundo minuto se balanceó un poco y cayó con lentitud espesa, así como cae del pico del cuentagotas farmaceútico la lágrima de jarabe que dosifica una mano escrupulosa.
El tercer minuto se distrajo porque acertó a pasar por las cercanías una figura algo extraña, que sobre la calada caperuza del impermeable negro se había encasquetado un sombrero hongo, negro también. Para la aparición, nosotros fuimos recíprocamente aparición. Se detuvo un punto, miró sin demasiada curiosidad, y se fue.
El cuarto minuto de silencio tuvo calidad de roce de ala. Una tras otra lo fueron sintiendo las frentes descubiertas, con una sucesión que ya excluía el sobresalto.
El minuto final se quedó vacío, y ya dejaba sentir, acaso, cierta superfluidad. Sus paredes se volvieron delgadas y se irisaron, como las de pompa de jabón próxima a romperse. La señal de que el tiempo que había transcurrido le reventó."
Jardín Botánico, bosque meditado.
¡Qué lejos "L´après-midi d´un faune"!
¡Qué lejos Debussy!

LLUÍS GUARNER Y EL CAMP DE MORVEDRE

  El 26 de agosto de este año 2026 se cumple el 40 aniversario de la muerte del escritor Lluís Guarner, un poeta y ensayista que mantuvo una...