lunes, 9 de marzo de 2026

LA HERMANA MUERTA (Relato)

 


Buscar las razones de un hecho que se encuentra en la neblina de los recuerdos es algo arduo, piensa mi amigo. Apenas podemos vislumbrar la secuencia integral de las imágenes que nos golpean con insistencia, que nos llegan de forma equívoca y sin haberlas invocado con premeditación.

Algunos de nuestros recuerdos se nos muestran caprichosos y nos sojuzgan, nos rondan de forma intermitente aunque precisa y se vuelven inopinadamente obsesivos, recalcitrantes. De su razón apenas podemos encontrar la ayuda y el consuelo de los demás y no solo porque es fastidioso contar una imagen infantil tan absurda, tan sin sentido que nos pondría en un aprieto, sino porque es difícil encontrar las palabras adecuadas para expresarla.

Y, después de todo, quién sería capaz de ayudarnos si ni tan siquiera podemos dar con testigos de aquel hecho, llevado a cabo en la más estricta soledad, en la más estricta intimidad, en la más estricta quietud y silencio de aquel apartado cementerio del pueblecito de Sobrago. Eso, al menos, pensaba mi amigo.

La hermana de mi amigo murió cuando él apenas contaba con un año de edad. Por más que intentaba deambular por los pasillos de la memoria intentado encontrar una imagen, una sombra, algún indicio de ella, solo le sobrevenía un aroma claveles, un frío intenso en la espalda y algo parecido a una caricia.

Fue hasta mucho tiempo después, cuando estudiábamos en el Instituto, cuando Pablo me hizo estas confidencias, porque, hasta entonces, la única persona a la que permitió entrar en su indagación personal fue, cómo no, su madre. Si alguien podía ser capaz de desenredar aquel ovillo enmarañado y dar con el cabo del hilo, ya que no él, esa era sin dudarlo la señora Amparo. A ella acudió en más de una ocasión para saber de su hermana, esperando encontrar en el relato una respuesta que le permitiera explicarse las dudas que lo acechaban.

-Sabes que no me gusta hablar de eso, Pablito, ya te lo dicho muchas veces…Tu hermana era un ángel, un ángel y cuánto te quería, te quería con locura- le decía a su hijo, apesadumbrada, la señora Amparo.

Siempre le decía lo mismo,  yo fui testigo de ello en un par de ocasiones, cuando Pablo me invitó a su casa a probar el chocolate caliente que su madre le preparaba para merendar, con aquellas deliciosas galletas.  Aunque, por entonces,  ya sabía, me lo había dicho mi madre, cómo había muerto la hermana de Pablo: “Niño, ten cuidado con las tracas, que no te pase lo que a la hermana de tu amigo, que se las llevó a la boca y ahí la tienes a la pobrecita, muertecita en una tumba”.

El florero vacío sobre la lápida de mármol, la enorme cruz y la fotografía ovalada de tu hermana protegida por un cristal que limpiabas cuidadosamente  con el pañuelo. Allí llegabas con tu bicicleta, la dejabas en la reja de la entrada del camposanto, te acercabas con unas flores silvestres que habías recogido por el camino, de cualquier huerto, y allí le rezabas. Y, al igual que siempre, el aleteo feroz de un palomo por encima de tu cabeza, paralizando su vuelo en aquel mismo instante en que tratabas de recordarla. Mirabas hacia arriba y solo veías un destello de luz y el zumbido ensordecedor, y, finalmente,  las plumas coloreadas esparcidas sobre la lápida blanca de tu hermana muerta.

Pero no le dije nada a Pablo, no le dije que yo estaba al tanto de su secreto, no quería darle explicaciones embarazosas sobre mi silencio. Quizá fuese el miedo, la misma atracción que él sentía por visitar aquella tumba hasta que despareció, cuando trasladaron los restos de su hermana al osario común.

Intento buscar las razones, pero solo un aroma de claveles, un frío intenso en la espalda y algo parecido a una caricia siento, cuando visito la tumba de mi amigo.


(Publicado en Els plecs de l’Udiva, 4, 2012)




viernes, 6 de marzo de 2026

LOS ESTANDARTES DE YANTE (Relato)

 


Salimos hacia la Sierra cuando apenas comenzaron a horadar la niebla las gargantas de los gallos. Nos acercamos a recoger las dos bestias que anocheciendo dejé descansar en el corral de la calle el Agua, cerca de los últimos cerezos del pueblo. El oraje nos golpeaba implacable y yo sentía un terrible dolor en los dientes por la humedad; a cada zancada doliente y decidida de los milicianos, como acompañándome en el dolor, los apretaba cada vez más, hasta apenas sentir la boca, toda ya frío.

 

Encontramos a los milicianos en la Alberca del Cura cuando días atrás me dirigía con la reata hacia el corral, a recogerla. Iba contándome las excelencias del aceite del Molino Chico, cuando mi primo -que por aquel entonces me daba compañía llenando el tedio de la faena- cesó en sus impresiones al llegar a la altura de la Peña del Moro, creyendo oír unas voces que provenían de los olmos cercanos. Nos acercamos hacia el sendero de la izquierda que conduce a las estribaciones próximas y adelantando un poco el cuerpo, agazapados en unos ramajes cercanos, pudimos verlos allí.  Simón, preso del asombro, salió a correr sin hacer caso de mis ruegos. Más adelante, vendría al recuerdo este suceso cuando a mis ojos se desplegasen las hazañas pónticas del astuto guerrero de Ítaca.

 

Estaban lavándose, cubiertas sus ropas en los bardales de nieve y barro, distribuidos entre las aguas y el borde de piedras que las rodea. Cuando se apercibieron de mi presencia callaron y me mostraron sus rostros que aparecían nublados por un destello azul del agua y el reverbero, como envueltos en vedijas de humo de tabaco.

 

"Pero a qué te metes en líos de fusiles, loco, vas a parar mal Antonio. A ese mejor sería enviarlo a la capital por si allí lo sanan". No oía otra cosa que recriminaciones y lamentos continuos. Mis compañeros intentaron apartarse de mí cuando me presentaba a ellos y como de un apestado me huían.

 

Las escaleras de la Iglesia no dejaron un día de ser continuamente visitadas por los temerosos pasos apresurados de los fieles y los bobalicones, mientras la lluvia arreciaba contra los muros del Monumento y el musguillo verde que crecía en sus grietas y en las junturas de los adoquines era un espectáculo para las miradas de los niños que esperaban a su familia fuera. Cayó un velo de amargos ribetes sobre sus cabezas y se creyeron huéspedes de una aciaga maldición; rindieron rezos y cantaron misas por entonces, cuando los tegumentos que los cubrían de temor se extendían al cielo y tres días sucesivos impidió que se colasen los haces luminosos, haciéndose continua, de ese modo, la noche. Ciegos en sus requerimientos de ahuyentar los presagios de mal agüero, solo alcanzarían a mal despertar los espíritus de la Sierra y poner en peligro a los cabreros que, sorprendidos por la tenaz noche, esperaban en los riscos, al resguardo en las cuevas o improvisadas tienduchas, el regreso luminoso que les permitiera volver.

 

En los escasos días que permanecieron acampados en las inmediaciones del pueblo no cesé un instante en mostrar mi hospitalidad y agradecimiento. Después de la pertinaz noche me ayudaron a conseguir la leña suficiente para pasar varias semanas el fuego en continua crepitación; retiraron las malezas que se adueñaban del huerto que hacía bastante tiempo dejé abandonado a la inclemencia de los cardos y la mala hierba.

 

Otro era, sin embargo, el comportamiento de la gente; que agachaban las cabezas y trataban sin cesar de esquinarlos, haciendo buena esa famosa estulticia que es el epitafio con el que dan por finalizada la definición de nuestras gentes aquellos que nos quieren mal. La coincidencia de su llegada con la súbita perpetuidad de la noche y el crecimiento de unas muertes que hacía tiempo esperaban pero que no se atrevían por finalizar la pujanza, todo ello dictaminó, junto a la siempre molesta compañía de los fusiles, incrementada a la extraña presencia de unos cabellos de miel y una lengua ajena y remota, que su presencia fuese maldecida e imprecada, rogando a Dios la súbita desaparición de aquella molesta pesadilla vestida de uniforme.

 

Eres el mensajero, decían, tronaba como el rayo cuando algo les era necesario; les avisaba de las trochas que debían rehuir en la Alta Sierra y les avituallaba de lo imprescindible. Fui su guía desde que estos aguerridos guerreros bajaran de la montaña o quizás emergieran de las heladas aguas de la Alberca en las que, según nos contestaban cuando preguntábamos por qué la llamaban de aquella manera, un cura encontró la muerte mientras intentaba serenar el dolor de sus cansados pies en una tarde de larga caminata.

 

Eran los guerreros de las nieves que habitaban dormidos, como el oso de la tundra, la Sierra, desde la última batalla que sufrieron estos parajes en algún remoto rincón, probablemente de alguna grieta de los Tajos Lisos. Ahora volvían de su letargo envueltos en sus gruesos abrigos, más fuertes, más corajudos, enormes como troncos de roble, afilados como los riscos de la sierra; y de sus palabras calculaba la muestra de su fortaleza y de su lejanía.

 

Acarrearon un enorme caldero hasta el arrabal y allí, a su alrededor, apilaron un ingente número de ramas secas y troncos partidos. Les provisioné del pedernal y recordé aquel caldero que, siendo monaguillo por entonces, encontré encerrado en la torre de la Iglesia, en un ángulo olvidado entre el rimero de otros enseres cargados de telillas de araña y gruesas capas de polvo que aquella estancia almacenaba con impasibilidad. Un grupo de la tropa se adelantó hasta allí y lograron acercarlo hasta el arrabal, donde los otros esperaban.

 

Aquella noche se sacudió la tierra su pereza y de los árboles bajaron luminarias y hojas encendidas, acudiendo a la cita con los soldados del caldero. Las pavesas se deslizaban hacia el pueblo y de allí ascendían como ofrenda perfumada, mientras ellos, horros de felicidad, bebían hasta hartar sus pechos de vino, entonando cantos de extraños síncopes que me traían a fogonazos los sonidos de los vientos corales de la Alta Sierra.

 

Nos dirigimos hacia Sendella la mañana siguiente. Desde allí tomarían el Atajo del Tuerto para alcanzar por el lado propicio el frente enemigo. Era un día de perros, la niebla baja y el intenso frío no dejaron un momento de acosarnos todo el camino y avanzamos entre el ruido de sus botas y los chillidos derramados de improviso por los búhos, en el más estricto de los silencios. Les acompañé hasta el Cerro de los Alcotanes, allí el capitán me detuvo con un gesto inesperado y amenazador: dejó caer su mano provista de un enorme guante sobre mi hombro, inmovilizándome y, con una sonrisa, me miró más tarde y se alejó hacia los espolones calladamente. La compañía le siguió en la marcha y apenas anduvieron unas zancadas volvieron sus rostros nublados, y alzando los brazos en ademán de despedida pronunciaron algo para mí ininteligible y que, incomprensiblemente, asocié a las últimas palabras de los ahorcados.

 

La batalla en Sendella duraba ya más de lo que a la estricta lógica humana le estaba permitido soportar, más de lo que las previsiones logísticas aconsejaban, y más, más, más. El Alto Mando aglutinó las fuerzas de Yante, que junto a las de Sendella y algunos restos de guerrilla -incontrolada pero eficaz- pervivían en la Alta Sierra,  y decidió apostar todo en ese frente, de cuya victoria se resarcirían sus ánimos vejados en otras batallas y permitiría atacar con mayor decisión y encono en el frente Sur.

 

Todo esto lo supe más tarde, cuando la contienda ya había finalizado y las estrategias no eran más que historia, un juego caprichoso y papel quemado. Persistí durante bastante tiempo en la búsqueda de algún dato que confirmase la presencia en el frente de Sendella de un destacamento de las Brigadas Internacionales. No encontré ni una mínima porción del rastro esperado, ninguna alusión a tropa alguna extranjera que se incorporase al debilitado frente.

 

El bombardeo duró apenas unos minutos. Todo comenzó a elevarse, a adquirir una inusitada velocidad, los olivos saltaban con las raíces arrancadas de cuajo y las piedras golpeaban sus hojas y ramas envueltos en columnas de polvo y terrones de labrantío. El campo quedó convertido en un cementerio de olivos y de tumbas abiertas.

 

La noche que los dejé en su nevada alegría para dirigirme a casa y reposar el cansancio, volvió de nuevo a rondarme la fiebre y con ella el sueño que me acosó en las vísperas de la desaparición de otros seres para mí entrañables: recogía uvas en las viñas de un cerro apartado, no coloradas, que presagian bonanzas, sino blancas, como las lágrimas y grandes y llené el cesto hasta los topes.

 

Encontré a mis cabras alrededor del caldero que los milicianos apostaron al pie de unos pinos cercanos al tapial del corral. Mi anciana, que estaba aguardándome desde que salí de madrugada, alzó las manos para buscarme. Si los locos pudiesen dormir o llorar sanarían, me dijo, cuando le acerqué mis ojos. Me dirigí al caldero, cercano a las brasas que aún palidecían, y pude oír de su bronce, acercándome a su vientre, las voces y los cantos de aquellos guerreros de las nieves, olivos sepultados en una muerte de inviernos.


(Publicado en Abalorio, 9, 1985)

lunes, 28 de julio de 2025

RESEÑA DE 'PAISAJE DESDE EL SUEÑO', de ANTONI GÓMEZ

 




Pertany Juan Antonio Millón (Sagunt, 1960) al cercle de poetes i lletraferits que al llarg de quasi dues décades publicaren a Sagunt la revista literaria Abalorio i dinamitzaren la vida cultural de la ciutat amb una elegáncia, un rigor i una creativitat poc corrent en el temps actuals. Conegut sobretot pels seus estudis literaris i historics en diferents revistes i publicacions, el seu últim treball, editat perla Biblioteca Valenciana, va estar dedicat al poeta, filóleg i traductor Lluis Guarner.

En aquesta ocasió Millón ha agrupat en un poemari els fruits d'una dedicació que sempre havia mantingut en la segona línia de les seues dedicacions intel·lectuals, tot i que des de fa anys escrivia poemes que publicava esporádicament. Paisaje desde el sueño, amb un espléndid próleg del poeta i critic literari Jaime Siles, és la primera plasmació en forma de poemari d'aquesta discreta dedicació de l'autor, discreta peró també important. Possiblement, aquesta actitud de treball pacient i discret, allunyat dels oripells, siga una constant dels poetes del grup Abalorio. Quasitots els que han publicat poesia ho han fet tard i sense presses, madurant com a terrissers les seues obres. l en tots ells hom pot observar un inevitable gust pel classicisme, són versos escrits des d'una rotunda consciéncia dela tradició literária i de la história.

La poesia de Millón arrossega també aquesta caracteristica. Es una poesia clàssica en la construcció expressiva de les imatges, amerades d'equilibri i serenor, oferint-nos una "voz templada tanto por el sonido como por el silencio y que siente tan suya la luz como la oscuridad”, com escriu Jaime Siles. Poesia culturalista, intel·lectual, on predomina l’ocultació del jo en una “superposición de evocadas ausencias” i sura sobretot la influencia de Juan Ramón Jiménez, San Juan de la Cruz, Paul Celan, María Zambrano, José Ángel Valente i Juan Gil-Albert. Són imatges de solitud, buit i incerteza que habiten un espai d’absències entre el jo i la realitat, entre la llum i la tenebra, entre l’ésser i el no ésser: “Arracimada la luz/ en el pálpito oscuro/ de la tiniebla,/ en la delirada ansia/ de la plenitud del ser”.

El poemari, construït amb un gran sentit unitari, està dividit en tres parts que evolucionen des de la reflexió filosófica de la primera, “Alcancías”, fins als versos més càlids, tot i que també continguts, de l’última part, “Alientos del deseo”: “Perfumas las sílabas que pronuncias/ tal como la piel de mi cuerpo/ acariciado por la dádiva de tu mano/ que pulsa, enervado, el sonido de mi deseo”, passant per la segona, “Espacios de albor y espesura”, formada per bellíssimes evocacions de paisatges pròxims a l’autor amb deutes literàries inconfunsibles: “Y en su sonora soledad/ estremecidos aires desanudan/ las vibrátiles notas/ de su eco oscuro”.


(Publicado en el suplemento literario Postdata, de Levante EMV, 5 de diciembre de 2008)



jueves, 5 de junio de 2025

RESEÑA DE 'COMO UN MAR ANTIGUO', de HILARIO BARRERO

 


Como un mar antiguo, comienza con cuatro poemas a una Atlántida olvidada en el mar, en ella el poeta espera “que algún futuro nos encuentre allí desnudos / aferrados a la barca varada / hacia un viaje final”. Aparecerá el mar de nuevo con otras formas, como en el espléndido poema “Las edades bárbaras”, escrito en vigorosos endecasílabos, donde el poeta recuerda:

 

Fue la niñez feliz, aunque el dolor

bastía el descubrimiento del mundo

y las heridas de la piel y del alma

mascaban las lindes de nuestro cuerpo.

 

De “aquella Atlántida que fuimos” de un mar imposible, Juan Antonio Millón (1960) nos lleva a un viaje por la naturaleza y nos enseña otros mares de olas y olivas, ríos y fuente, piedra y alma y a esa honda melancolía que uno siente al ver pasar la vida, la llegada del otoño, que es un poco el morir:

 

Como una canción antigua,

inesperada y feliz,

el otoño volverá.

 

El crítico García Martín, en la contraportada del libro, escribe: “Con pluralidad de formas, del soneto al haiku, pasando por un verso blanco entre rítmico y conversacional, Juan Antonio Millón reflexiona sobre la usura de los años y rescata para siempre y para todos, los pecios más preciados del naufragio del vivir”

 

Uno de los poemas finales, “A pie de playa”, nos invita, como lo hace Aleixandre en el poema “En la plaza”: “desnuda el sentimiento / de todo lo pasajero” y a entrar al mar:

 

Rompe el grito contra la espuma

y espera la distancia de los adioses.

Olvídate,

desnuda el sentimiento

de todo aquello pasajero

y mójate los pies

en esta playa leve

esperando un rayo

de claridad infinita

justo en medio de la noche.

 

Un libro que es un salvavidas para el recuerdo, una barca con un Caronte de sal y viento que nos ayudará a pasar la Estigia, un viaje a la noche iluminada por el sol de la sombra. Poesía honda, equilibrada, poesía donde vibra la emoción, poesía orientada con la brújula de la razón a babor y la rosa de los vientos a estribor. Nave que nos lleva por un mar antiguo, en búsqueda de esa Atlántida que nos espera para el viaje final.


NUNCA


Regresan las palabras como un mar antiguo,

lenta, pausadamente,

a decirme de nuevo la verdad inconfesable:

lo que no te dije 

y siempre quise decir,

la mano tendida que nunca 

llegó a acariciar tu piel

cuando más que nunca

estuve tan cerca de ti,

la voluntad nunca cumplida,

el sueño nunca soñado,

la lágrima nunca vertida, 

el nunca escuchado grito.

No sabrás nunca 

cuanto te quise, compañera,

nunca tendrás todo el calor

de este silencio que quema.


(Editado en el blog Cuadernos de Humo, 6 de junio de 2023)

lunes, 2 de junio de 2025

SOBRE 'TODO LO QUE VERÁN TUS OJOS' (III), de PEDRO GARCÍA CUETO

 


Editado por Trencatimons editores, Todo lo que verán tus ojos, el último libro del profesor y poeta Juan Antonio Millón es un resplandor, un reencuentro con la Naturaleza que es esplendor siempre.  Late en la luz del amanecer mucho mar, como el de la cubierta del libro, pero también una fusión con la Naturaleza, pero también un canto a los seres queridos, que viven en él como amanecida. En el poema «Farolillos de estío», Juan Antonio expresa el amor por la Naturaleza, que ha sido su ventana hacia el mundo: «Allí arriba la luna sola se agiganta / en el viento frío de la anochecida, / y un húmedo soplo acá me anuncia / la arribada portuaria de las aguas estivales».

  El paisaje que va tejiendo el poeta, el tapiz que es lenguaje y que es orfebrería en manos del amanuense que descifra la vida en sus detalles. Juan Antonio Millón escribe desde el amor por la tierra, por la vida, sin olvidar que somos fugaces, puras olas que han de pasar en la noche de los tiempos. Y el contraste del mundo, por ello titula un poema «Primavera de invierno», porque todos somos retazos de una vida que nos teje y nos desteje a la vez. El paisaje se convierte en confidente, el mundo es un tapiz que también sangra:  «Las arboledas se queman / en primavera de invierno, / reducidas a rescoldos / de hosca brasa vegetal».  Y la belleza presente en esta primavera que es el poema, porque todo esplende en un azul donde convive el amor con la ternura, la luz con la sombra. Por ello, titula «Preguntas a una primavera» un bello poema donde dice:  «¿serán labios las flores / y sus caídas un largo beso ansiado / al seno de la madre? / ¿Y el perfume, una despedida del aire?». Todo el libro es un tapiz donde el poeta sabe que el cuerpo es un paisaje y el amor una luz que anuncia el día. 

 

    Y los padres están presentes en el poema «Rosa de cenizas», vínculo tejido con la calma del tiempo, seres eslabonados a su vida para siempre. El recuerdo bajo la arcilla, como dice el poema, porque todo es ceniza, al fin y al cabo. Vidas que se convierten en polvo, vidas que fueron luz cegadora y ahora son evocación del amor verdadero.  Y pienso al leer el libro que «Todo lo que verán tus ojos» dedicado a su Beatriz es a su hija, fecundo nexo con la tierra, el mejor fruto de la cosecha: «Busco atrás en el tiempo / y recuerdo, ¡qué alegría! / tu primera mirada. / Detrás del cristal esperé –esperamos- / a que abrieras los ojos». Cierra Juan Antonio Millón el círculo de la vida, sus padres, su hija, la primavera que esplende, pero que también se muta en invierno cuando el corazón sufre. 

 

  Estamos ante un libro hermoso de un poeta que sabe que lo más importante está en la tierra, la que queremos, la que nos quiso y la que nos acogerá. Libro luminoso, que es un canto al futuro también, sin olvidar el pasado. Los recuerdos de su niña en la Provenza convierten al poema en ese tejido donde el poeta cumple su destino: unir los lazos afectivos y saber que el pasado feliz aún vive en el recuerdo. Presente y futuro quedan en esa espera que la vida siempre va guiando. Y en su último apartado «Poesía viajera» podemos sentir que el viaje es un rito de descubrimiento que nos hace más cultos y más libres. 

 

   En suma, Todo lo que verán tus ojos es un libro que ilumina, un poeta que ya ha tejido el telar donde nos ofrece un mosaico de paisajes desde dentro a afuera, desde afuera hacia el interior.

 

PEDRO GARCÍA CUETO

 

(Culturamas, 10 de octubre de 2022)



SOBRE 'TODO LO QUE VERÁN TUS OJOS' (II), de JOSÉ LUIS MORANTE

 


 Asevera la propia experiencia que, en el intervalo digital, el blog se ha convertido en eficiente cuaderno de campo. Constata un pausado deambular que focaliza secuencias del taller literario. Así han ido amaneciendo en la bitácora “Sendas y divagaciones”, junto a  poemas integrados en otros ámbitos, muchas de las composiciones del libro Todo lo que verán tus ojos  del poeta, ensayista y traductor Juan Antonio Millón (Sagunto, 1960). Una nota previa recuerda que la primera versión de esta salida, tras el inicial Paisaje desde el sueño (2008), se publicó en México con el título de Sendas que tracé, dentro del catálogo de Ediciones Inestables. La voz poética de José Antonio Muñoz Rojas, sálmica y sentenciosa, advierte que “Sin canto no hay silencio donde crecer”; y convierte en certeza el carácter reflexivo del poema como rumor que enlaza el paisaje sentimental del pretérito y los pasos inciertos del presente.

 

   La palabra concilia sensibilidad y escritura en un marco temporal sosegado y confidencial que alienta una percepción reflexiva. Tras la amanecida despierta la voluntad escritural, retorna la necesidad de un fluir lírico que deje constancia de la vida al paso. Como si la palabra enlazara lo transitorio con lo más elemental, no hay ninguna pretensión solemne, solo la hermosa cadencia de un trayecto de afirmación vital, en cuyo espacio se van diluyendo rastros de ternura, la efímera prestancia de lo que se mueve.

 

   El poeta reflexiona sobre la propia identidad a través del recuerdo. Desandar el tiempo es escuchar de nuevo la voz de la madre, dar vuelo a los sueños juveniles, y aprender la caligrafía borrosa de los sentimientos, su vanidad de vida y de belleza que poco a poco se va transformando en niebla fría, en páginas de una memoria frágil a la intemperie: “La vida pasa, como la flor del jazmín”.

 

   Aunque el formato general del libro es el poema breve en verso libre, Juan Antonio Millón deja otras formas expresivas como el haiku, estrofa que da pie a un abanico de composiciones integrado en “haikus de la alcancía”. El reloj gotea instantes y desde su fugacidad y vuelo etéreo nacen las ramas que exploran el intangible rastro de su paso. El poeta refuerza el núcleo semántico de cada haiku mediante un título fuerte que deja en su cavidad el tema básico de cada estrofa: alcancía, melancolía, zánganos, verano, pájaros… son sustantivos que enlazan sensaciones y gestos del sujeto, una nítida crepitación de lo que aflora en la amanecida.

 

  El escritor cierra la entrega con el apartado “Poesía viajera”, que convierte al desplazamiento en senda cognitiva y confidencial. El sujeto expande su estar nómada entre la luz cambiante de una geografía mudable, donde las cosas se diluyen para ser meros rastros en la memoria, empeñados en buscar sentido. Desde esta mirada sensitiva, van llegando las vibrantes notas de los recorridos y el empeño del yo en establecer sus propios itinerarios interiores: “Escrutar para entrever, / en este matojo de callejuelas / de las tenerías del alma, / como en un remolino de agua /el ser.”

 

 La realidad poética de Todo lo que verán tus ojos muestra los signos desvelados del yo y su conciencia de lo temporal. Los pasos del ahora arrastran consigo evocaciones y recuerdos, itinerarios y retornos que testimonian un entorno cambiante, donde el yo reafirma su logos reflexivo, sus afectos, su empeño en hacer de la palabra una sencilla confesión. Las horas en calma postulan una condición de ser testigo que exige abrir los ojos y cobijar en ellos unos hilos de luz.

 

JOSÉ LUIS MORANTE

 

(Del blog Puentes de papel, 24 de julio de 2022)



SOBRE 'TODO LO QUE VERÁN TUS OJOS' (I), de MARCOS TRAMÓN


                                          El poeta Marcos Tramón en un bar de Oviedo


Juan Antonio Millón (Sagunto, 1960) publica "Todo lo que verán tus ojos", un libro de poemas que ya había sido editado en México, en diciembre de 2017, con el título "Sendas que tracé".

Se divide en dos partes, "Sendas de la voz poética" y "Poesía viajera".

Comienza Millón una de sus composiciones confesando: "Fui, como otras veces, a la búsqueda del pasado"; y es que hay mucho en este volumen de eso, de confesionalismo, de melancólica introspección en el tiempo que se nos ha quedado atrás. No carece la voz Juan Antonio Millón de cierto tono áspero, que no desentona junto a un delicado lirismo y una atenta observación de la naturaleza o de algunos paisajes escogidos.

Todo lo que verán los ojos del lector de este libro altamente recomendable será un buen puñado de excelentes poemas.

 

(Muro de Faceboock de Marcos Tramón, 2 de junio de 2022).


martes, 11 de marzo de 2025

RESEÑA DE 'PAISAJE DESDE EL SUEÑO', de MIQUEL MARTÍNEZ


 

Magnífica cuna poética, la de Sagunto. Demos la bienvenida a Juan Antonio Millón. Paisaje desde el sueño rebosa honestidad. La sabiduría acumulada se disuelve a favor de la indagación más personal.

Parece obedecer el libro a la triple acción del arquero: máxima exigencia conceptual en la primera parte, «Alcancía», para tensar el arco; en la segunda, «Espacios de albor y de espesura», geografía temporal donde ubicar los hallazgos, instante en que el arquero ha encontrado un paisaje para el dardo, pero éste no se ha movido un ápice todavía; y tercera, «Alientos del deseo», donde el poeta queda al alcance de las heridas que provoca su propia flecha. Siendo el conjunto una luminosa apuesta, resultan más convincentes y vigorosos los dos primeros tramos; «Alientos del deseo», con ser, como bien indica Jaime Siles, la sección más lírica del libro, no sostiene el alto nivel de exigencia indagatoria del resto. Millón alcanza que todo acontecer es ruina, «Y lo que fue se fue», cuya raíz procura su oro en humedades profundas. Entendemos que el olvido no es la nada, es el recuerdo todo. Para el alma todo acaba de suceder, «Somos un alma de ausencias vivas”. Azorín estaría orgulloso de «Alba de ausencias», «Luz y soplo. Aire encadenado y prendida llama de la lejanía, / como un tiempo y un espacio meditados». Los otros, los que se han ido, aquí siguen, pues son proyecciones del yo. Mientras vives ya inventas, nunca fue éste atributo exclusivo del recuerdo. Afán de infinito, vocación de ser llama, brasa, ceniza, «Sucesión del humo”. Ya previó, nombrando la penumbra, el imperecedero bascular de uno a su yo mismo, «Anidas, conciso, / el feraz olivo y su remota sombra”. El saber, luego de extrañarse en lo vivido. El vacío es asedio del deseo, «Numen de lo que espera/ en la estación sin tiempo». Donde «ausencia» leamos «deseo», donde «olvido», recuerdo para siempre. «Sed, en fin, sed», pues vivir es esperar. Sueño, «errático paisaje», e infancia, confuso eco, resuenan en un «corazón deshabitado». Bella imagen la del tren para agrupar pasado y presente, «Trepa y la memoria con él/ viaja hacia las sombras de una luz de estío». Barcas son deseos fondeados, permiten la ilusión del eterno comenzar. Humilde mirada, papel preciado, «Lo inabarcable de la mirada/ resuelta en tu mirada/ de lo inabarcable». Evocador reconocimiento, en fin, hazme sentir, amada, «Pronúnciame». Sentirás deseo por sentirte deseado, el deseo que presta unicidad a «estos fragmentos anhelantes de ti». El dardo y la herida son lo mismo, «Fuiste la razón de lo que fui/ y hoy sólo huyo de lo que fuiste». Sea bello pórtico. Aguardemos lo mejor de Juan Antonio Millón.

Lletres Valencianes, nº 25 pp. 88-89 (2009)


lunes, 10 de marzo de 2025

EL ESCRITOR TUROLENSE ISIDORO VILLARROYA Y EL “MITO DE SAGUNTO”



Poco se sabe del autor turolense Isidoro Villarroya y Crespo, escritor de la primera mitad del siglo XIX, pero hemos podido acceder a su expediente administrativo, su “Hoja de servicios” —que se encuentra en el Archivo del Instituto “Vega del Turia” de Teruel—, y de ella podemos extraer los datos biográficos y bibliográficos básicos que exponemos a continuación.

Biografía de Isidoro Villarroya y Crespo

Nace el 3 de abril de 1800 en el pueblo turolense de Corbalán y a los 13 años comienza sus estudios de Gramática latina en las aulas públicas de la ciudad de Teruel. Un año después, en 1814, obtiene una beca de número en el Real y Conciliar Seminario de Teruel y cursa como seminarista interno Filosofía, y dos años de Teología escolástico-dogmática y Sagradas Escrituras. En 1824 obtiene por oposición el Magisterio de latinidad en la villa de Mora de Rubielos, y en 1827 el título de Preceptor de latinidad. Ese mismo año, es invitado por el Obispo de Teruel a desempeñar la Cátedra de Retórica y mayores del Seminario Conciliar, cargo que ejercerá durante 18 años.

En 1834 es nombrado vocal de la Junta de Instrucción primaria de la provincia de Teruel y en 1845 será comisionado por el Excelentísimo Ayuntamiento para redactar la contestación que se debía remitir a la Comisión provincial de Monumentos históricos y artísticos de dicha ciudad. También el año 1845 fue invitado, con motivo de la creación del Instituto Provincial de Segunda Enseñanza, a ocupar la misma Cátedra que desempeñaba en el Seminario Conciliar. En marzo de 1847 recibió el nombramiento de Catedrático de Latín y Castellano de ese mismo Instituto. En 1853 fue invitado por el Obispo de Teruel a impartir clases de griego en el Seminario, lo que hará hasta su muerte el 19 de mayo de 1855.

La práctica totalidad de sus libros los edita en Teruel, en tres Imprentas (Gimeno, García y Zarzoso), pero editará un libro, por el que es más conocido, en Valencia, en la colección del librero, editor e impresor, Mariano de Cabrerizo.

El primer texto que publica es un folleto en 16º, El Santo Via-Crucis y Dolores de María, en cuartetas y décimas (Gimeno, Teruel), en 1834. Tres años después,  en  1837, unas Lecciones de geografía (Gimeno, Teruel), en un tomo en 8º. Al año siguiente la novela histórica, Marcilla y Segura o los amantes de Teruel. Historia del siglo XIII, en dos tomos en 16º, editados por Cabrerizo en Valencia. En 1840 edita en un folleto en 16º, unas cuartetas con el título, Inventiva contra la blasfemia (Zarzoso, Teruel). Cinco años después, en 1845, publica tres libros: Baturrillo o una caravana estudiantina (Zarzoso, Teruel), en dos tomos en 16º papel marquilla, una obra satírica; y los dos libritos que a nosotros nos interesan, Las ruinas de Sagunto. Poema histórico perteneciente a la época de la dominación cartaginesa de la España Antigua y El hombre de la cueva negra o las ruinas y restauración de Sagunto, hoy Murviedro, los dos libros editados en Teruel, por la imprenta García, en dos tomos en 8º.

Isidoro Villarroya y el “mito de Sagunto”

Estos dos últimos libros pueden considerarse como formando una unidad, tanto desde un punto de vista temático como de cronología referencial: los avatares de Sagunto desde su asedio y destrucción en el año 219 a. de C, hasta su reconquista por los hermanos Escipión, Publio y Cneo Cornelio, cinco años después, en el 212 a. de C. Si bien,  ambos difieren en su género textual. Por una parte, Las ruinas…, es un largo poema épico, escrito en versos endecasílabos, con rima asonante en los versos pares (manteniendo la siguiente regularidad: los cantos I y II la rima es é o; el III y IV,  í o; el V y VI,  á o; y el VII y VIII,  é a) y en él se refieren los hechos constitutivos del “mito de Sagunto”, siguiendo las fuentes clásicas y los estudios historiográficos contemporáneos a su autor, como él mismo refiere en el prólogo y en la multitud de notas que acompañan a su texto.

Por otra parte, El hombre de la cueva negra…, es una novela en prosa, en la que el autor narra unos amores y unas peripecias ficticias, enmarcadas en el periodo siguiente a la destrucción de Sagunto hasta desembocar en la restitución de la ciudad tras su conquista por el ejército romano, si bien todo el primer capítulo, así como la totalidad del tercero, y parte del segundo y cuarto, refieren acontecimientos históricos anteriores que lo ligan con el poema épico.

Las ruinas…, es un poema de factura clásica, que sigue estrictamente el canon épico y se atiene al paradigma de la narración del mito saguntino, extrayendo su información de las fuentes clásicas (Polibio y los excerpta de Fabio Píctor, Tito Livio y Apiano), así como lo referido por otros autores, posteriores, o contemporáneos a Villarroya, y que él alude, extrayendo en sus notas citas de estos: Mariana, Isla, Masdeu, Romey o Miguel Cortés. Este último y su obra Diccionario geográfico-histórico de la España Antigua, será muy citado por Villarroya, con continuos elogios. Posiblemente, Villarroya fuese alumno del sacerdote Miguel Cortés y López, nacido en Camarena en 1776, que fue durante un tiempo Catedrático en los Seminarios de Teruel y Segorbe. Quizá, también, fuese a través de él como Villarroya publicó en la colección de Cabrerizo en Valencia, ya que por esa época estaba Cortés residiendo allí, como Chantre de su Catedral,  y debemos recordar sus ideas liberales (fue diputado en las Cortes de Cádiz y sufrió exilio político, además de un proceso inquisitorial), que lo situaban en la órbita de Cabrerizo.

El hombre de la cueva negra…, como hemos dicho más arriba, es una novela histórica, que cabría incluir, siguiendo la clasificación que propone José Ignacio Ferreras, dentro de la denominada “novela arqueológica”. Responde al modelo romántico de Victor Hugo y Walter Scott, y en ella se nos relatan los infortunios de una pareja amorosa: Lidoro y Aminta, víctimas de la violencia y el despotismo cartaginés. La obra presenta situaciones siniestras, giros inesperados y aventuras y peripecias propias de la novela romántica y sentimental.

La trama novelesca comienza con el personaje Laufitel, ciudadano de Emporion, quien se encuentra en las cercanías de Sagunto, en el rio Idubeda, huyendo de unos cartagineses que lo buscan temiendo que sea un espía. Efectivamente lo es, de Escipión, quien le ha enviado a que le informe de los cartagineses y de Sagunto. Una tormenta virulenta le lleva a una masía en la que se niegan a darle cobijo porque la mujer del campesino y su hijo creen que es el gigante de la cueva negra. Laufitel les muestra que no es así, pero se entera por una conversación que tienen unos hombres en la masía junto al fuego, que cerca de allí hay una cueva habitada por un mágico o nigromante que arroja fuegos.

Laufitel movido por la curiosidad se acerca a la cueva y descubre allí a su habitante, a quien le dice que no le hará nada y le descubre quién es. Al enterarse que se encuentran los romanos en Hispania y de quién es, el gigante le dice que él es un jefe saguntino y le cuenta su historia: el asedio y destrucción de Sagunto, la muerte de sus padres, la muerte de su amada, Aminta y cómo llegó hasta allí gracias a los colonos de una casa de campo suya y a la de una aldeana que le suministra cada cierto tiempo víveres.

Miestras resuelven cómo llegar a los romanos e informarles, sabemos que no todos los saguntinos han perecido, que Aminta está viva, es una de los rehenes que fue salvada por un capitán cartaginés hispano (su madre, amiga de Himilce, la esposa hispana de Aníbal, consigue saldar sus deudas y enrolar a su hijo). Este la requiere, pero Aminta lo evita. Se la somete a Aminta a un juicio y el Comandante Indúbal cree que quien mató a Felicio y a otros soldados cartagineses fue Lidoro, que aún sigue vivo. Y acusa a Aminta de ocultarlo.

Como se ve, se trata de una obra repleta de amores, intrigas, cambios súbitos, revelaciones insospechadas…. Tan solo aludiré al fin de los amantes porque enlaza esta obra con otra suya —mucho más famosa en su época y por la que es recordado—, Marcilla y Segura o Los amantes de Teruel, ya que los amigos de Lidoro, Laufitel y Roseel naturales de Emporion, cuando se dirigen hacia Sagunto, cerca ya de la batalla final que acabará con el poder cartaginés, encuentran a su amigo en un sótano, muerto junto a un arca, besándola, donde se haya sepultada Aminta.

Permítanme, para finalizar, que les exponga unas palabras del prólogo de El hombre de la cueva negra…, que les dará el tono que atraviesa a estas dos obras de Isidoro Villarroya: “Mas no forma la celebridad de Sagunto la antigüedad de su fundacion y prosápia de sus fundadores , ni la fortaleza de sus murallas y alcazar, ni su benigno clima y fértil suelo, ni el cúmulo de riquezas que la prodigára su decantado comercio, ni la dignidad y excelencia de su gobierno; fórmala el inimitable heroísmo de sus habitantes. Los Saguntinos lanzaron los primeros el májico grito de independencia: los Saguntinos dieron el mas relevante ejemplo de amor patrio, oponiéndose con entusiasmo y heróico denuedo al ominoso yugo de la dominación estrangera, y sellándolo con su misma sangre el sacrosanto juramento de fidelidad bien merecidos son los repetidos encomios, que les han prodigado los antiguos poetas é historiadores”.

Juan Antonio Millón (Solo digital. Revista Cultural Turia, Teruel, 2024)

viernes, 31 de enero de 2025

FRANCISCO FUSTER: "La poesía de Juan Antonio Millón"

 


Leo por segunda vez en siete días el poemario de Juan Antonio Millón, Paisaje desde el sueño (Brosquil Ediciones, 2008). Al igual que me sucediera hace unos días con algunos de los versos de Juan Planas, una de las cosas que más me ha llamado la atención en la poesía de Millón y en la lectura que he hecho de ella, es la cantidad de ocasiones en las que he creído ver fielmente descritos, determinados episodios de mi propia biografía. Como persona de naturaleza nostálgica que soy, he sentido una perfecta identificación con muchos de los temas o tópicos literarios en los que el autor insiste repetidas veces. Quizá el mayor y más fuerte de estos sentimientos autobiográficos que me ha refrescado la lectura del poemario, ha sido esa nostalgia de la infancia que - dicen - acompaña a todo ser humano durante toda su existencia adulta y senil y que, en mi caso personal, lleva unos meses anormalmente acentuada. En este sentido, algunos de los versos de Millón [Hoy regresaron de mi infancia / como un confuso eco, / las chicharras y el vehemente silencio de mi abuelo] me remiten a sensaciones que me resultan actuales y cotidianas.

Como dice Jaime Siles en el prólogo, la poesía de Juan Antonio Millón es "una superposición de evocadas ausencias". Efectivamente, la ausencia de los otros y de lo otro, es el leiv motiv fundamental de una poesía que trata de verbalizar, al menos así es como yo le he leído y entendido, esa dialéctica, esa lucha constante, entre el olvido y la memoria [Somos una alma de ausencias vivas, de plenitudes que la vida ha ido abandonando y que nuestra memoria trae a cada instante, arracimándolas en una continuidad sin límites]. La omnipresencia del recuerdo en la obra de Millón, de lo vivido y lo perdido, sitúan al yo poético del autor - como dice Siles - en un no-lugar a medio camino entre el pasado y el futuro, en una tierra de nadie que se debate entre la nostalgia del pasado y el anhelo del futuro: Sutiles versos, / relatos laberínticos, magnos dramas / pincelan nuestras edades, / al dictado de un deseo inescrutable de ese afán de infinito / y esa nostalgia desasosegante.

Junto a esta nostalgia desasosegante, presente sobre todo en "Alcancía", la primera de las tres partes del poemario, otro de los temas o elementos definitorios de la poesía de Juan Antonio Millón es el tema de lenguaje y su incapacidad para reflejar una realidad demasiado fragmentaria y compleja. Especialmente significativos en este sentido son "Límite en el límite" o "Incertidumbre", poema cuyos dos primeros y magníficos versos [Todo semeja falto de totalidad, / parte o mitad de un ser, aún no cumplido] parecen resumir escuetamente, la duda y el desasosiego del hombre moderno.

En la segunda parte del poemario - "Espacios de albor y de espesura" -, esa evocación de la ausencia se traslada a un escenario físico formado por varios paisajes. La sonoridad y la musicalidad de la naturaleza cobran relevancia en unos poemas en los que nos volvemos a encontrar con el motivo de la infancia. A destacar en este desfile de paisajes, un poema con historia como "Arse" - explícito homenaje a la tierra natal del autor - en el que leemos unos bonitos y evocadores versos [Arse, / ser o cíclope, / Muro o montaña. / Piedra rescatada / para una mirada inocente. / Altura / que silabea sin herida / la mayúscula tragedia].

En la tercera y última parte del libro, "Alientos del deseo", el erotismo inspirador y el desamor amargo se vuelven protagonistas. Si Millón empieza esta parte con un sinestésico poema - "Voz y caricia" - en el que tacto y oído, piel y palabra, se confunden [Perfumas las sílabas que pronuncias / tal como la piel de mi cuerpo / acariciado por la dádiva de tu mano / que pulsa, enervado, el sonido de mi deseo.] el libro se cierra con un poema - "Fuiste" - que bien podría ser compendio y resumen de muchos de los elementos presentes en esta poética de la ausencia de Juan Antonio Millón, con la que tantas y tantas cosas he rememorado.

 

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A modo de suculento aperitivo para aquellos a los que se les haya abierto el apetito lector, reproduzco mi poema preferido del libro:

 

FUISTE

 

Fuiste una avenida de álamos

en el tiempo en que la memoria

proyectaba puentes y senderos

ovillando imágenes del recuerdo desatado.

 

Fuiste mar y malecón, paseo líquido,

río de húmedo silencio y atardecer sonoro.

 

Fuiste un sueño que meditaba las horas

habitadas de tu presencia inexcusable.

 

Fuiste la razón de lo que fui

y hoy solo huyo de lo que fuiste.

 

A través de esa avenida,

de ese mar,

de ese río,

de ese sueño,

ya sin razón de lo que fui o fuiste.

 

Juan Antonio Millón, Paisaje desde el sueño, p. 82.

 

 

 

 

COMENTARIOS

 

David P. Montesinos

Hermosa semblanza, Paco, te felicito, y a Juan Antonio por la faceta que le desconocía y que, antes de leer el libro, me parece prometedora. Me gustaría conseguirlo.       

Juan Antonio Millón

Te agradezco mucho tus palabras, estimado Paco. Has sabido encontrar los sonidos y los ecos de esa melodía que he querido verter en mi poemario. Es un orgullo sentirse leído y saber que aquello que has dado a la luz opera en quien lee ideas o sentimientos que preveías en la escritura. Afinidades. Efectivamente esa, como tu la denominas, "nostalgia de la infancia" es uno de los motivos fundacionales de mi palabra y aquello a lo que ella tiende, de forma inexorable, como norte de mi brújula.

Acabo de llegar de ver una película que me ha dejado exhausto. Me he vaciado al tiempo que me ha dejado ahíto de música, imágenes y una extraña sensación de felicidad. La película se llama Despedidas, allí también hay una historia de una infancia, de una ausencia atroz y un sinnúmero de despedidas de seres que nos dejan. La secuencia del hijo amortajando a su padre que lo abandonó, al tempo que descubre, como entre la bruma, su rostro, el rostro del padre que siempre guardó la carta-piedra de su hijo. Un gran hallazgo. Véanla, vale la pena.

Gracias, de nuevo, Paco, por sus palabras y por dar un espacio de su blog a mis poemas.

R.S.R.

Es una delicia incorporarse un lunes e iniciar la jornada laboral con estos versos. No sé quién es Juan Antonio Millón, pero le agradezco que me haya dulcificado la mañana. El poema "Fuiste" es precioso pero en ese verso de "hoy solo huyo de lo que fuiste" creo que está la clave y lo que puede volverlo siniestro. Me encanta. Buscaré el libro.

David P. Montesinos

Tiene razón nuestro protagonista, Juan Antonio, "Despedidas" es una bellísima película. Presiento en ella el regusto del mejor Ozu. Está muy cerca de ser una obra maestra, si no lo es a todas todas.

Juan Antonio Millón

"Okuribito" es el título japonés del film: "el que envía", una especie de Caronte que desde la sencillez, la serenidad, la belleza, ayuda en el duelo a la familia y al finado. Toda una lección para nuestra cultura, para nuestra vivencia del duelo, la de esa práctica japonesa denominada "nokanski". También toda una lección de buen cine, la de este sorprendente director, Yojiro Takita. Una sencilla historia que logra calar hasta el tuétano de ese ser frágil e inestable que somos. Fundando en él, desde la dignidad de la belleza serena, una fortaleza que busca lo inexpugnable.

Francisco Fuster

De nada, Juan Antonio. Ha sido un placer leerte. Esa poesía tuya movida por esa nostalgia de la infancia, me ha resultado tremendamente familiar. Aunque digo en el texto que soy de personalidad nostálgica, hasta hace cosa de uno o dos años no había sentido esa nostalgia de la infancia (tampoco soy tan mayor...). Yo creo que, en mi caso personal, tiene mucho que ver con el haber terminado la carrera y haber cerrado así un ciclo. Inevitablemente, uno hace balance y se acuerda de muchas cosas.

Fíjate lo curiosa que es a veces la memoria. En mi caso, toda esa nostalgia se ha focalizado en mi antigua escuela (no el instituto, la escuela de primaria). Cuando escuchaba a la gente mayor decir que la infancia es el período de la vida que más le marca a uno, no lo acababa de entender; ahora sí que lo entiendo y me acuerdo de una entrevista que le hicieron a Cela en "A Fondo" de TVE (está en Youtube) en la que decía que había tenido una "infancia dorada" y que, cuando le preguntaba su tía aquello de "¿qué quieres ser de mayor?", él decía que se echaba a llorar porque "no quería ser nada, ni mayor siquiera".

Siempre he deseado abandonar el pueblo donde vivo e irme a vivir a otro sitio. Sin embargo, últimamente me ha dado por pasar muchas veces por delante de ese colegio y pensar que me gustaría vivir por esa zona de Alginet. Siempre que puedo paso por allí con mi coche y me quedo mirando el patio del colegio y me vienen a la memoria infinidad de recuerdos. Incluso me dan ganas de hacer algo que tengo previsto hacer en breve (si me dejan). Me dan ganas de ir un día de clase y hablar con mis antiguos profesores (los que queden) y decirles lo que he hecho en estos años para que vean que su enorme esfuerzo durante años no ha caído, como ellos imaginan, en saco roto; bueno, al menos no es mi caso.

Amigos Montesinos y R.S.R., gracias por vuestros comentarios. El poema "Fuiste" al que alude la amiga R.S.R. no solo es precioso, sino que, en mi caso, es tristemente precioso, amargamente autobiográfico. Esos dos versos - "Fuiste la razón de lo que fui / y hoy solo huyo de lo que fuiste" - me han hecho recordar también ciertas cosas, por no decir personas.

Os recomiendo a ambos que os hagáis con un ejemplar del libro. Para todo aquel que le interese, le recomiendo que escriba a alejandro@brosquilediciones.com y diga que escribe de mi parte o bien que me escriba a mí.      

Ángel Duarte

A mi, m'interessa.

Estoy de traslado Tomares/Girona. Es una época del año en la que toca migración, pero, efectivamente, has despertado el interés.

T'escric a inicis de la setmana vinent, però vés pensant com s'ha de fer.

Abraçada y muchas gracias

Francisco Fuster

Perfecte, Àngel. En el teu cas, escriu-me al correu quan ja estigues instal·lat a Girona i jo mateix te l'envie a la facultat.

Si alguien más quiere un ejemplar que me escriba a francisco.fuster-garcia@uv.es y haré un pedido general dentro de unos días. A la gente de fuera de Valencia yo mismo le haré llegar el ejemplar por correo. La gente de Valencia (y alrededores) puede hacer dos cosas: o escribir al editor y decirle que va de mi parte (así imagino que no les cobrará gastos de envío) o pedírmelo a mí para que lo incluya en ese pedido que haré dentro de unos días y luego quedar conmigo un día (en ese despacho que no tengo) para dárselo en mano.

En la reseña que hice de "El bálsamo de la indiferencia" de Juan Planas, hablaba de las librerías valencianas (no hace falta decir nombres, todos los sabemos) que, por omisión, me dificultan en extremo el conseguir los pocos libros de poesía que compro al año. Brosquil es una editorial pequeña de las que sufren este problema. Por eso lo del trajín este que les propongo.          

Justo Serna

Enhorabuena, Paco, por tu blog.

Enhorabuena, Juan Antonio, por tu libro, que yo tuve la fortuna de disfruta

Francisco Fuster

Gracias, Justo. Esta tarde le decía a una lectora común de nuestros blogs, que no sé hasta dónde me llegará la cuerda; que escribir en el blog me ha permitido hacer cosas impensables (quien me iba a decir a mí que estaría reseñando poesía y fomentando su lectura) y agradecidas, pero que me quita un tiempo del que no sé si voy a poder disponer en los próximos meses.

Juan Antonio Millón

Gracias Justo. Espero que hayas pasado un verano feliz y relajado, disipando dolencias. Desde luego que recuerdo tus palabras sobre mi poemario en tu blog: emotivas, amigas, incitadoras. Dirigirme a ti en el blog de nuestro amigo común Paco se me hace extraño y me hace ver a las claras lo que es esto de la red: un gran invento sin duda. Me parece que estás creando escuela.

Yo también espero con expectación el inicio de “Los archivos”. Allí nos vemos.


[Editado por Francisco Fuster en su blog "El malestar de la (in)cultura", 29 de agosto de 2009)


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