jueves, 13 de agosto de 2026

VICENTE W. QUEROL Y EL ECLIPSE DE 1860 EN MURVIEDRO

 


Junto a Pedro Antonio de Alarcón viajaron el 18 de julio de 1860 un grupo de “poetas del Turia”, amigos del novelista granadino. Entre ellos estaba uno que sería uno de los grandes poetas del siglo XIX en Valencia, admirado por muchos, entre ellos, el gran Miguel de Unamuno. Nos referimos a Vicente Wenceslao Querol.

Este autor visitó en varias ocasiones nuestra ciudad y tiene una famosa Oda con el título de “Meditación de Sagunto”, a la que dedicaremos una entrada en este blog. Pero ahora nos centraremos en el viaje que hizo ese verano de 1860 a Murviedro (pues así se llamaba aún nuestra población, hasta que en 1868 recuperó el nombre de Sagunto).

Fruto de aquella excursión y de aquella experiencia de la visión del eclipse total en lñas ruinas de nuestro Castillo, fue un poema que Querol publicaría el 5 de agosto de ese mismo año en la famosa revista EL Museo Universal, que dedica a su amigo Pedro A. de Alarcón y que fecha en Murviedro, julio 1860.

En un artículo publicado en la página web de la Biblioteca Lázaro Galdiano, Juan Antonio Yeves, “Las Navidades de Pedro Antonio de Alarcón en Roam hace 160 años”, recuerda este poema:

Después de su participación como soldado y «cronista» en la Guerra de África, Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) regresó a Madrid el 28 de marzo de 1860. Aquel mismo año, como recuerda en sus Viajes por España, estuvo en mayo tres días en Aranjuez y en junio quince en El Escorial, entre «códices y sepulcros». Hizo otro viaje exprofeso para observar el eclipse que tuvo lugar el día 18 de julio «desde las veneradas ruinas de Sagunto, o sea desde lo alto del castillo de Murviedro», donde con algunos escritores valencianos establecieron su «observatorio poético, ganosos de experimentar en el momento solemne todas las emociones dramáticas y religiosas de la inocencia o de la ignorancia». De este viaje queda como recuerdo una poesía de Wenceslao W. Querol, dedicada a Alarcón, que publicó en El Museo Universal, el 5 de agosto de 1860. (7 de enero, 2012, https://bibliotecalazarogaldiano.wordpress.com/2021/01/07/las-navidades-de-pedro-antonio-de-alarcon-en-roma-hace-160-anos/

La portada de la revista, el comienzo y el final del poema son estos:

 




 

 El poema en toda su extensión es el siguiente:

 

ECLIPSE DE 1860

 

¡Volad, volad por la extensión vacía,

astros de plata y oro,

cruzando el curso y enlazando el vuelo,

como en la arena de la Grecia un día

sobre el carro sonoro

ágil cretense en rápida porfía,

con rueda igual y devorando el suelo,

a par del jonio pertinaz corría!

¡Volad, volad con insaciable anhelo,

Sol que iluminas con triunfal decoro,

Luna que imperas en la niebla fría,

por la carrera olímpica del cielo!

¡Astros, volad, como dispersa hueste

de luminosos ángeles vencidos,

que blanca sueltan la ondulante veste!

¡Id, id, como impelidos

por el dedo de Dios, buscando en vano

linde a la inmensidad; y ora encendidos

sobre la triste noche

de luz verted las argentadas olas,

ora apagados, pálidos, sin rastro,

los desiertos sin fin cruzando a solas,

id por la sombra lúgubre perdidos!

Bien en tomo de un sol, inmóvil astro,

cual mariposas a la luz, ¡oh! mundos,

rodad de niebla o de claror teñidos;

bien, agitando vuestras ígneas colas,

cometas, id, cual rápidos bridones

de destrenzadas crines,

donde el Querub cabalga, a las naciones

despertando al vibrar de cien clarines

Todos, brillando en las azules cumbres

o en las etéreas sendas,

del campamento sed las rojas lumbres,

do armado siempre Dios, vela en las tiendas.

 

¡Ay, si una vez, entrecruzando el rumbo,

como en la ciega tempestad dos naves

que arroja el loco mar de tumbo a tumbo,

chocáis rompiendo el eje diamantino!

Iréis, náufragos astros,

cual buques sin timón y sin marino,

siempre al azar, abandonados, solos,

cortando el viento, como rotas quillas,

con los truncados polos,

por ese mar sin fondo y sin orillas,

al soplo eterno de los euros dando

rasgadas las marchitas aureolas,

cual rotas velas del bajel precito,

hasta que el casco arrastrarán jugando

del éter blando las volubles olas

en la playa a encallar del infinito.

 

Y será, sí, será: muda la tierra

trémula aguarda el anunciado instante

en que a la antigua guerra

tornen Luz y Tinieblas, como un día

en los senos del Caos inconstante.

Ved cómo el astro de la niebla fría

pálido avanza hacia el cenit. La noche

mueve a par suyo las nubladas alas

tachonadas de estrellas;

y van los Sueños en redor. Sus galas

ostenta el Sol, como encendido broche

del manto de su Dios, y las centellas

de enrojecida lumbre

lanza a la inmensidad, reinando solo

del horizonte en la desierta cumbre.

Silencio en torno y majestad: se inclina

Dios a escuchar la sin igual batalla;

el astro al astro lento se avecina,

y el hombre, polvo vil, pasmado calla,

átomo inútil de tan gran rüina.

 

¿Qué será?, ¿qué será? Cuando el Profeta

en la ancha plaza al pueblo le decía

siniestro el porvenir, la plebe inquieta,

prodigios viendo, estremecida ola.

Nublábanse los cielos,

y del destino al desgarrar los velos

el hombre audaz con temblorosa mano,

del sol sangriento en las marchitas lumbres

de un Dios lela el pavoroso arcano.

Hoy, cual las muchedumbres

antiguas, tiemblo yo. ¿Do estáis, en dónde

augur de Grecia o sacerdote hebreo?

¿Cuál es el que se esconde

hondo misterio en el que en vano leo

libro de sombra y luz? No la sibila

muerta, o el mudo oráculo responde;

que el idioma del cielo olvidó el mundo,

y por ciencia maldita

trocando el hombre la divina ciencia,

en el banquete de su orgullo inmundo

ya no descifra, por su Dios escrita,

Daniel, de los humanos la sentencia.

 

Como ojo moribundo,

¡cuál palidece el astro de topacio

bajo el caído párpado de niebla!

Mézclanse Noche y Día, y el espacio

consorcio infame puebla

de luz opaca y luminosa sombra,

viéndose al par en confusión extraña

la Aurora en el Oriente suspendida,

que el mar naciendo baña;

y, detenido el paso,

coronando rojiza la montaña

la lumbre del Ocaso.

Sobre la tempestad de opacas tintas

que finge el cielo, el Iris

de oro, grana y azul suelta las cintas,

y el mar muge o se duerme, y trina el ave

o al nido torna, en tanto que la brisa

de primavera suave

lucha de invierno con el cierzo frío,

y el cáliz cierra o ábrelo indecisa

la flor sedienta a un alba sin rocío.

El corazón del hombre

opreso goza en la alegría triste

de una pasión sin nombre;

absorto al cambio universal asiste,

y ve nuevos el mar, la tierra, el viento,

nueva la luz que el firmamento viste,

nuevo el mundo en redor, trocado todo;

que Dios la esfera bosquejó un momento

con nuevas formas modelando el lodo;

no le plugo después, sopló... y no existe.

 

¡Oh! ¡Tinieblas, tinieblas! Ved; se asombra

muda la tierra en la profunda noche

con que se envuelve la extensión vacía.

Pasa Dios, y su sombra

es la que enturbia luminoso el día:

sí; juntos Luna y Sol, ruedas del coche

son en que vuela y al que uncir le plugo

bajo del mismo yugo,

blanco y negro corcel, la Luz y el Caos.

Mirad; el Sol ha muerto:

de su disco encendido y refulgente

por el cielo desierto

inútil rueda la apagada escoria,

y aún el vago esplendor lleva en la frente

dios destronado, de su antigua gloria.

La aciaga profecía

del fin cercano y mísero del mundo

cumplida viendo, el águila de Patmos

las alas bate entre la niebla fría

volando a un nuevo porvenir profundo.

Satán, que la audaz saña

de los vencidos ángeles renueva,

es quien con hueste nebulosa empaña

el claro azul que a conquistar la lleva;

y, última acaso, la primera lucha

del Bien y el Mal, por decidirse, estalla,

y atento el hombre al fin de la batalla

la sombra mira y el silencio escucha.

 

¿Quién triunfará? La desdeñosa niebla

mancha la tierra, y desde el mar de Atlante,

que alza y deprime sin mugir las olas,

hasta el desierto que de tiendas puebla

la caravana errante,

do se alzan las pirámides a solas,

tiendas también que abandonó en la arena

una aurora, al partir, pueblo gigante,

doquier la voz de los espantos suena,

doquier se elevan tímidos los ojos.

¿Quién triunfará?... -¿No veis? Rota ya, rota

la niebla, salta en torbellinos rojos,

fuente de luz que de los astros brota.

¡Es Dios, es Dios! ¡Hosana! ¡hosana! ¡hosana!

Con la primera luz bajó a la tierra

tal del Edén en la primer mañana,

y tal, vibrando enojos,

el día aciago que los tiempos cierra,

vendrá otra vez sobre la raza humana.

Luz, nueva luz, eléctrica volando

baña la inmensidad, los mundos baña:

así brillaba cuando,

recién salida de la antigua sombra,

por el mar, por la selva y la montaña,

del ancho campo por la verde alfombra,

por las sonantes ondas del gran río

pasé, pasó jugando,

vida, y colores y matices dando

desde las tenues gotas del rocío

hasta a los orbes de su eterno coro.

Caída de los cielos

duda la Sombra en movimiento blando,

y huye vencida en desgarrados velos

ante las flechas de oro

que de arco tenso arrojan los querubes

Aún entre informes nubes

lucha Satán, cuando el Arcángel vuela

con ímpetu sonoro,

ciñendo diamantina su armadura:

el sol de fuego embraza por rodela,

el haz de rayos como lanza vibra,

y en su antro hundiendo a la Tiniebla impura,

de nuevo al Cielo amenazando libra.

 

¡Triunfó el Señor! ¡Enalteced su nombre!

Pero, tras de su gloria

que desborda el espacio rutilante,

himnos de orgullo tributad al hombre.

Él anunció el instante:

lo dijo y fue. Su voz en las edades

que raudas vuelan señaló el momento;

su temblorosa mano

marcó el lugar del ancho firmamento;

su ojo tranquilo descifró el arcano.

Él los secretos de su Dios espía,

y sabe, alzando el rostro al horizonte,

qué mundos pueblan la extensión umbría,

y conoce sus sendas;

que desde el fausto día

en que el carro del sol lanzó a Faetonte,

empuñó audaz sus luminosas riendas.

No intenta ya, como en su origen quiso,

alzarse, igual a Dios, frágil arcilla:

hoy la fe redentora en su alma brilla,

hoy vuelve al Paraíso.

Como en los bosques del Edén, entabla

coloquios con el Cielo su alma inquieta;

y los secretos de la ciencia le habla

con la voz del poeta.

Rescatando ya Adán, todo lo sabe:

Dios le llevó consigo,

y el gran misterio de los mundos, grave,

amigo fiel, lo reveló a su amigo.


EL ECLIPSE SOLAR EN EL MURVIEDRO DE 1860

 




El afamado novelista del realismo español, Pedro Antonio de Alarcón, autor de las célebres nóvelas, El sombrero de tres picos (que Manuel de Falla convirtió en una extraordinaria pieza musical) o El niño de la bola (novela que tradujo al inglés el escritor Robert Graves), cogió el 18 de julio el tren correo de Madrid a Valencia y se trasladó hasta Murviedro, acompañado por un grupo de amigos poetas de Valencia, para asistir, desde las ruinas del Castillo, al espectáculo del eclipse solar que tuvo lugar entre las dos y las tres de aquella tarde.

Alarcón relató su subida al Castillo recordando los hechos memorables por los que se conoce a nuestra ciudad: “Pensaba en el día que sus antepasados subieron por aquellas mismas rampas talladas en la roca, y no volvieron a bajar, sino que perecieron heroica y voluntariamente, dando al héroe cartaginés el más grande espectáculo de patriotismo que registra la historia: o recordaba aquel otro día, casi de nuestro tiempo, en que las tropas de Napoleón se estrellaron una vez y otra contra aquel ruinoso baluarte, guarnecido por un puñado de valientes, que acababan de dejar el arado para subir a defender a costa de su vida el muro viejo (Murviedro).”

De aquella experiencia nació un texto, “El eclipse solar de 1860”, que Alarcón recogió en su libro Viajes por España, editado en 1883.  En él describe la evolución del acontecimiento astronómico, cómo la luz comenzó a perder intensidad, el mar se volvió sombrío y una extraña claridad se extendió sobre el paisaje de ruinas.

El texto destaca por la profunda reflexión que provocó en el autor la grandiosidad del universo, una experiencia que le inspiró asombro, humildad y una intensa espiritualidad. Especialmente memorable es la descripción que hace de la corona solar, que el escritor compara con un túmulo luminoso o con una aureola de plata y oro: “Imaginaos el disco de la luna, negro como el azabache, y en torno suyo una orla de lumbre formada por la irradiación del sol, que está detrás. De esta orla parten divergentemente cuatro o cinco ráfagas de plata y oro, como los destellos que vemos en las aureolas de los santos góticos. -Era, pues, un astro de luto; el cadáver del sol; la luz vestida de negro. -Sol y luna formaban un solo cuerpo, engendro misterioso que representaba a la vez el día y la noche...".

La multitud, primero sobrecogida y temerosa, terminó estallando en aplausos y exclamaciones de temor y admiración, al contemplar aquella visión extraordinaria. Y, cuando el Sol reapareció, la alegría colectiva se impuso en la multitud de labradores que habían subido al Castillo para asistir al espectáculo de la grandiosidad de la Naturaleza.

Han pasado ciento sesenta y seis años desde aquella jornada en el antiguo Murviedro, pero la esencia de la experiencia se mantiene inalterable. El eclipse se ha vivido en la actualidad con la misma mirada de asombro y alegría. A pesar de que nuestros conocimientos han avanzado en estos años y las tecnologías de la visión del cielo son mucho más precisas, el ser humano se sigue sintiendo un pequeño átomo anta el inmenso espectáculo del Universo.

(Publicado en Levante-EMV, edición digital, 13/08/2026)

lunes, 6 de abril de 2026

CONVERSA AMB JOSEP PIERA

 


Ayer por la tarde, Josep Piera nos dejó para emprender un nuevo viaje. Hace unos años, en el 2021, comencé a leer su Poesía completa, editada preciosamente por Vicent Berenguer en la Alfons El Magnànim, y tuve el deseo de traducirlo al castellano por el simple impulso que me mueve a traducir: el de adentrarme en la poesía de lenguas que no me son propiamente maternas, pero de las cuales quiero amamantarme. En mi blog "Versiones y versos" traduje en principio dos de ellos: "El temps trobat" y "Hi ha moments en que tot cau". El primero, del libro de poemas con el mismo título, El temps trobat (2013), y el segundo, de Renou (1971-74). Después de traducirlos, tuve la osadía de comentárselo a él y, a través de la plataforma "Messenger", de Facebook, mantuvimos una pequeña conversación, que es la que ahora quiero hacer pública. Sin apenas conocernos (yo apenas había asistido a varias lecturas poéticas suyas, una de ellas aquí en Sagunto, acompañado por Antoni Gómez, y estuve con él en 2019, cuando el grupo de Geolit [Geografies literàries] de la Facultat de Magisteri --donde por entonces trabajaba yo--, y capitaneados por Alexandre Bataller, le rindió un homenaje, en una de sus Jornadas, y nos hizo una inolvidable visita al fossar de la familia de los March en el Monestir de Sant Jeroni de Cotalba), me abrió su mano y pudimos deparar sobre algunas de sus palabras. Buen viaje, Josep, volveremos a pasear por tus versos y a sentir la obsesión poética que te envolvía.

CONVERSA AMB JOSEP PIERA

20/8/21, 7:54 pm

Juan Antonio:

Benvolgut, Josep, espere que el meu atreviment en traduir alguns poemes teus, no et moleste. Han estat traduïts des del goig i el respecte a la teua poesia. Una forta abraçada.

21/8/21, 5:18 pm

Josep Piera:

Ben al contrari, ho celebre, tot i que el darrer siga complicat de traduir en la seua senzillesa. Gràcies.

21/8/21, 5:41 pm

Juan Antonio:

Me n'alegre molt, Josep. He disfrutat i aprés de debò, amb la teua poesia. Una abraçada.

Vaig dubtar molt amb la decisió de traduir l'adjectiu verbal "trobat" amb el mot "trovado". En la seua accepció de "hallar" ja no s'utilitza, i potser sona malament per un catalanoparlant, però crec que per un castellanoparlant, amb una cultura literària, és plausible aquesta possibilitat. Espere no haver-hi "traït" massa, amb aquesta elecció.

21/8/21, 6:21 pm

Josep Piera:

Aquesta traducció m'ha agradat, el que sí que he trobat atrevit és la traducció de "cau la nit com un cau" i tot el joc semàntic i ambigu que va implicit, com el de "cervell" i "ser vell", impossibles de traduir. La poesia té aquests jocs fònics impossibles de ser traslladats. Però el poema funciona en castellà, i això té mèrit.

Juan Antonio:

Tens tota la raó, Josep, i l'elecció de la paraula "cado" com a traducció de "cau" és arriscada, perquè és un mot que no es fa servir gaire, però era el més aproximat al teu joc fònic i de significats. Per mi, és un gran poema i l'esforç de traduir-lo m'apropat més a ell.

Josep Piera:

"Cado" m'ha semblat una troballa just pel que té d'estrany en castellà i alhora d'encertat. Igual ajuda a molts lectors valencians a saber interpretar el poema en la versió original. L'he trobada ajustada la teua opció. I valenta.

Juan Antonio:

Gràcies, ha sigut un ver plaer llegir-te i apropar-me a la teua  poesia. Ara estic llegint les teues memòries i he de donar-te l'enhorabona.

Josep Piera:

Gràcies.


TRADUCCIÓN DE LOS POEMAS DE JOSEP PIERA


EL TIEMPO TROVADO


Bancales de naranjos, huertos de hortalizas,

sendas polvorientas, setos de adelfas,

altivas palmeras, jacarandas de azul, casitas

blancas, manantiales que brotan, sombríos con parras,

granados, membrilleros, norias, acequias,

cañares danzando, fuentes que cantan...

 

Paraules d'amor,

senzilles i tendres...

 

De golpe, naves

industriales, muros

de cemento, búnkeres

fluorescentes, bloques

de apartamentos, negros

vacíos. Una mancha

de asfalto. El mar.

 

La tarara, sí, la tarara, no.

La tarara, mare, me la balle jo.

 

El mar se ha hecho de tinta.

El tiempo trovado, antiguo.


 NOTA BENE: El título del poema de Josep Piera coincide con el que tiene el propio libro de poemas al que pertenece. Al comienzo del libro, Piera expone los dos significados que el verbo "trobar" puede tener; precisamente por ello -porque está en la propia estela del libro- he traducido "trobat" por la palabra castellana -de origen occitano- "trovado", que recoge los dos sentidos de "hallar" o "encontrar" (hoy en desuso), por un lado, y "hacer versos", por otro. Por lo tanto, el "tiempo trovado" sería no solo el tiempo encontrado, sino también el tiempo hecho canto poético.

 El poema también recoge dos fragmentos de canciones catalanas: una de Joan Manuel Serrat ("Palabras de amor,/ sencillas y tiernas...") y la segunda, una canción popular ("La tarara, sí, la tarara, no./ La tarara, madre, me la bailo yo").


 HAY MOMENTOS EN QUE TODO CAE


Hay momentos en que todo cae.

 

 Como un vidrio

cae la muerte en el cado del cerebro

como el cuerpo del silencio

espejo que fue bello y ya es viejo.

 

 Hay momentos

en que todo cae. De las manos

caen almas de mármol

como versos fríos u oscuras piedras

y son los ojos de un pozo

limo todo

sin raíces

y todo miedo.

 

 Cae la noche como un cado.

 

Y la luz,

cado de vida,

cae del cielo

                       ceniza o nieve

 hacia la hondonada de los muertos

cabellos lentos

de un viejo Dios.

martes, 10 de marzo de 2026

LA MONEDA CARTAGINESA (Relato)



Eusebio estuvo esperando impaciente el desmontaje del escaparate de la tienda. A pesar de que había transcurrido tanto tiempo, desde aquella mañana en la que él contaba con tan solo ocho años y junto a un grupo de amigos jugaban con la moneda, volvía a sentir de nuevo un escozor íntimo por reparar una pérdida tan antigua.

        Aquella mañana era la de un tórrido agosto, él y sus compañeros habían estado jugando bajo el sol inclemente y decidieron buscar una sombra para descansar y refrescarse. Eusebio les dijo que fueran a la tienda de su padre, que allí su madre les daría agua fresca con limón y azúcar y podrían seguir jugando a las canicas, en las lisas y frías baldosas de un escaparate apartado.

        A pesar de que no llegaba mucha luz hasta aquel rincón, era un buen sitio donde hacer correr las bolas de cristal que atesoraban sus bolsillos y aquellas otras de barro cocido al sol cuya lisura y redondez tanto les había costado conseguir. Allí estaban liberados de las tediosas regañinas de los mayores y aprovechaban lo guarecido del lugar para entablar confidencias.

        En un momento de silencio, Eusebio les enseñó un pequeño secreto que guardaba, pero les pidió que no dijesen a nadie que lo habían visto. Era una enmohecida moneda que él aseguraba que era del mismísimo Aníbal. La encontró husmeando en una casa abandonada, gran parte de ella derribada y llena de escombros, al final de una de esas callejuelas que llevan a las laderas de la montaña del Castillo.

        Su amigo Alberto quiso bromear con ella y la lanzó a rodar por las baldosas, con tal infortunio que se deslizó por la rendija del escaparate. Eusebio lanzó un grito y todos quedaron atónitos. Anduvieron un buen rato intentando recuperarla, pero a cada intento la moneda se hundía cada vez más hacia dentro, hasta que finalmente ya no alcanzaron a verla, sumida en la oscuridad de los fondos del escaparate.

        Después de aquel día, Eusebio no dejó, durante un buen tiempo, de intentar por todos los medios de recuperarla, llegando un día incluso a intentar levantar la marquetería del interior del escaparate, aprovechando que su padre no lo veía, para poder acceder a ella. En vano. Estaban tan bien ensambladas las tablas que no podía desgajarlas sin romper el suelo del escaparate. ¿Cuántas veces imaginó, entonces, que recuperaba su tesoro, barajando triquiñuelas imposibles?

       Pero hoy, de nuevo, pasados cuarenta años, se enfrentaba otra vez a aquella misteriosa moneda; por fin podría comprobar lo que tanto había ansiado en aquel tiempo. Su sorpresa fue mayúscula al ver el suelo levantado del escaparate. Aparte de suciedad y telarañas, solo encontró unos papeles de propaganda —aquellos que utilizaron aquella mañana de verano él y sus amigos intentando recuperar su tesoro— y, en un rincón, casi imperceptible, un duro oxidado.

        ¿Era aquella la moneda que él había encontrado en la casa abandonada, la que guardaba como tesoro y la que su amigo Alberto introdujo debajo del escaparate aquella calurosa mañana? Se resistía a pensar que todo había sido una fabulación infantil; aunque, había pasado tanto tiempo y él era tan pequeño, que podría ser que todo no fuese sino invención y su mente infantil convirtiera en moneda antigua lo que solo era vil metal de ceca moderna.

        Si bien la incredulidad y la decepción fueron su primera respuesta, la alegría de saberse un niño fabulador y feliz le congratuló y alivió la pérdida de aquella esperanza antigua.

        Lo que no supo Eusebio es que aquel duro lo depositó allí su padre, después de verle escudriñar con tanto ahínco entre las tablas del escaparate, después de recoger aquella moneda enmohecida que, días más tarde vendería a un amigo coleccionista de antigüedades.


(Publicado en El coloquio de los perros, junio de 2022)






lunes, 9 de marzo de 2026

LA HERMANA MUERTA (Relato)

 


Buscar las razones de un hecho que se encuentra en la neblina de los recuerdos es algo arduo, piensa mi amigo. Apenas podemos vislumbrar la secuencia integral de las imágenes que nos golpean con insistencia, que nos llegan de forma equívoca y sin haberlas invocado con premeditación.

Algunos de nuestros recuerdos se nos muestran caprichosos y nos sojuzgan, nos rondan de forma intermitente aunque precisa y se vuelven inopinadamente obsesivos, recalcitrantes. De su razón apenas podemos encontrar la ayuda y el consuelo de los demás y no solo porque es fastidioso contar una imagen infantil tan absurda, tan sin sentido que nos pondría en un aprieto, sino porque es difícil encontrar las palabras adecuadas para expresarla.

Y, después de todo, quién sería capaz de ayudarnos si ni tan siquiera podemos dar con testigos de aquel hecho, llevado a cabo en la más estricta soledad, en la más estricta intimidad, en la más estricta quietud y silencio de aquel apartado cementerio del pueblecito de Sobrago. Eso, al menos, pensaba mi amigo.

La hermana de mi amigo murió cuando él apenas contaba con un año de edad. Por más que intentaba deambular por los pasillos de la memoria intentado encontrar una imagen, una sombra, algún indicio de ella, solo le sobrevenía un aroma claveles, un frío intenso en la espalda y algo parecido a una caricia.

Fue hasta mucho tiempo después, cuando estudiábamos en el Instituto, cuando Pablo me hizo estas confidencias, porque, hasta entonces, la única persona a la que permitió entrar en su indagación personal fue, cómo no, su madre. Si alguien podía ser capaz de desenredar aquel ovillo enmarañado y dar con el cabo del hilo, ya que no él, esa era sin dudarlo la señora Amparo. A ella acudió en más de una ocasión para saber de su hermana, esperando encontrar en el relato una respuesta que le permitiera explicarse las dudas que lo acechaban.

-Sabes que no me gusta hablar de eso, Pablito, ya te lo dicho muchas veces…Tu hermana era un ángel, un ángel y cuánto te quería, te quería con locura- le decía a su hijo, apesadumbrada, la señora Amparo.

Siempre le decía lo mismo,  yo fui testigo de ello en un par de ocasiones, cuando Pablo me invitó a su casa a probar el chocolate caliente que su madre le preparaba para merendar, con aquellas deliciosas galletas.  Aunque, por entonces,  ya sabía, me lo había dicho mi madre, cómo había muerto la hermana de Pablo: “Niño, ten cuidado con las tracas, que no te pase lo que a la hermana de tu amigo, que se las llevó a la boca y ahí la tienes a la pobrecita, muertecita en una tumba”.

El florero vacío sobre la lápida de mármol, la enorme cruz y la fotografía ovalada de tu hermana protegida por un cristal que limpiabas cuidadosamente  con el pañuelo. Allí llegabas con tu bicicleta, la dejabas en la reja de la entrada del camposanto, te acercabas con unas flores silvestres que habías recogido por el camino, de cualquier huerto, y allí le rezabas. Y, al igual que siempre, el aleteo feroz de un palomo por encima de tu cabeza, paralizando su vuelo en aquel mismo instante en que tratabas de recordarla. Mirabas hacia arriba y solo veías un destello de luz y el zumbido ensordecedor, y, finalmente,  las plumas coloreadas esparcidas sobre la lápida blanca de tu hermana muerta.

Pero no le dije nada a Pablo, no le dije que yo estaba al tanto de su secreto, no quería darle explicaciones embarazosas sobre mi silencio. Quizá fuese el miedo, la misma atracción que él sentía por visitar aquella tumba hasta que despareció, cuando trasladaron los restos de su hermana al osario común.

Intento buscar las razones, pero solo un aroma de claveles, un frío intenso en la espalda y algo parecido a una caricia siento, cuando visito la tumba de mi amigo.


(Publicado en Els plecs de l’Udiva, 4, 2012)




viernes, 6 de marzo de 2026

LOS ESTANDARTES DE YANTE (Relato)

 


Salimos hacia la Sierra cuando apenas comenzaron a horadar la niebla las gargantas de los gallos. Nos acercamos a recoger las dos bestias que anocheciendo dejé descansar en el corral de la calle el Agua, cerca de los últimos cerezos del pueblo. El oraje nos golpeaba implacable y yo sentía un terrible dolor en los dientes por la humedad; a cada zancada doliente y decidida de los milicianos, como acompañándome en el dolor, los apretaba cada vez más, hasta apenas sentir la boca, toda ya frío.

 

Encontramos a los milicianos en la Alberca del Cura cuando días atrás me dirigía con la reata hacia el corral, a recogerla. Iba contándome las excelencias del aceite del Molino Chico, cuando mi primo -que por aquel entonces me daba compañía llenando el tedio de la faena- cesó en sus impresiones al llegar a la altura de la Peña del Moro, creyendo oír unas voces que provenían de los olmos cercanos. Nos acercamos hacia el sendero de la izquierda que conduce a las estribaciones próximas y adelantando un poco el cuerpo, agazapados en unos ramajes cercanos, pudimos verlos allí.  Simón, preso del asombro, salió a correr sin hacer caso de mis ruegos. Más adelante, vendría al recuerdo este suceso cuando a mis ojos se desplegasen las hazañas pónticas del astuto guerrero de Ítaca.

 

Estaban lavándose, cubiertas sus ropas en los bardales de nieve y barro, distribuidos entre las aguas y el borde de piedras que las rodea. Cuando se apercibieron de mi presencia callaron y me mostraron sus rostros que aparecían nublados por un destello azul del agua y el reverbero, como envueltos en vedijas de humo de tabaco.

 

"Pero a qué te metes en líos de fusiles, loco, vas a parar mal Antonio. A ese mejor sería enviarlo a la capital por si allí lo sanan". No oía otra cosa que recriminaciones y lamentos continuos. Mis compañeros intentaron apartarse de mí cuando me presentaba a ellos y como de un apestado me huían.

 

Las escaleras de la Iglesia no dejaron un día de ser continuamente visitadas por los temerosos pasos apresurados de los fieles y los bobalicones, mientras la lluvia arreciaba contra los muros del Monumento y el musguillo verde que crecía en sus grietas y en las junturas de los adoquines era un espectáculo para las miradas de los niños que esperaban a su familia fuera. Cayó un velo de amargos ribetes sobre sus cabezas y se creyeron huéspedes de una aciaga maldición; rindieron rezos y cantaron misas por entonces, cuando los tegumentos que los cubrían de temor se extendían al cielo y tres días sucesivos impidió que se colasen los haces luminosos, haciéndose continua, de ese modo, la noche. Ciegos en sus requerimientos de ahuyentar los presagios de mal agüero, solo alcanzarían a mal despertar los espíritus de la Sierra y poner en peligro a los cabreros que, sorprendidos por la tenaz noche, esperaban en los riscos, al resguardo en las cuevas o improvisadas tienduchas, el regreso luminoso que les permitiera volver.

 

En los escasos días que permanecieron acampados en las inmediaciones del pueblo no cesé un instante en mostrar mi hospitalidad y agradecimiento. Después de la pertinaz noche me ayudaron a conseguir la leña suficiente para pasar varias semanas el fuego en continua crepitación; retiraron las malezas que se adueñaban del huerto que hacía bastante tiempo dejé abandonado a la inclemencia de los cardos y la mala hierba.

 

Otro era, sin embargo, el comportamiento de la gente; que agachaban las cabezas y trataban sin cesar de esquinarlos, haciendo buena esa famosa estulticia que es el epitafio con el que dan por finalizada la definición de nuestras gentes aquellos que nos quieren mal. La coincidencia de su llegada con la súbita perpetuidad de la noche y el crecimiento de unas muertes que hacía tiempo esperaban pero que no se atrevían por finalizar la pujanza, todo ello dictaminó, junto a la siempre molesta compañía de los fusiles, incrementada a la extraña presencia de unos cabellos de miel y una lengua ajena y remota, que su presencia fuese maldecida e imprecada, rogando a Dios la súbita desaparición de aquella molesta pesadilla vestida de uniforme.

 

Eres el mensajero, decían, tronaba como el rayo cuando algo les era necesario; les avisaba de las trochas que debían rehuir en la Alta Sierra y les avituallaba de lo imprescindible. Fui su guía desde que estos aguerridos guerreros bajaran de la montaña o quizás emergieran de las heladas aguas de la Alberca en las que, según nos contestaban cuando preguntábamos por qué la llamaban de aquella manera, un cura encontró la muerte mientras intentaba serenar el dolor de sus cansados pies en una tarde de larga caminata.

 

Eran los guerreros de las nieves que habitaban dormidos, como el oso de la tundra, la Sierra, desde la última batalla que sufrieron estos parajes en algún remoto rincón, probablemente de alguna grieta de los Tajos Lisos. Ahora volvían de su letargo envueltos en sus gruesos abrigos, más fuertes, más corajudos, enormes como troncos de roble, afilados como los riscos de la sierra; y de sus palabras calculaba la muestra de su fortaleza y de su lejanía.

 

Acarrearon un enorme caldero hasta el arrabal y allí, a su alrededor, apilaron un ingente número de ramas secas y troncos partidos. Les provisioné del pedernal y recordé aquel caldero que, siendo monaguillo por entonces, encontré encerrado en la torre de la Iglesia, en un ángulo olvidado entre el rimero de otros enseres cargados de telillas de araña y gruesas capas de polvo que aquella estancia almacenaba con impasibilidad. Un grupo de la tropa se adelantó hasta allí y lograron acercarlo hasta el arrabal, donde los otros esperaban.

 

Aquella noche se sacudió la tierra su pereza y de los árboles bajaron luminarias y hojas encendidas, acudiendo a la cita con los soldados del caldero. Las pavesas se deslizaban hacia el pueblo y de allí ascendían como ofrenda perfumada, mientras ellos, horros de felicidad, bebían hasta hartar sus pechos de vino, entonando cantos de extraños síncopes que me traían a fogonazos los sonidos de los vientos corales de la Alta Sierra.

 

Nos dirigimos hacia Sendella la mañana siguiente. Desde allí tomarían el Atajo del Tuerto para alcanzar por el lado propicio el frente enemigo. Era un día de perros, la niebla baja y el intenso frío no dejaron un momento de acosarnos todo el camino y avanzamos entre el ruido de sus botas y los chillidos derramados de improviso por los búhos, en el más estricto de los silencios. Les acompañé hasta el Cerro de los Alcotanes, allí el capitán me detuvo con un gesto inesperado y amenazador: dejó caer su mano provista de un enorme guante sobre mi hombro, inmovilizándome y, con una sonrisa, me miró más tarde y se alejó hacia los espolones calladamente. La compañía le siguió en la marcha y apenas anduvieron unas zancadas volvieron sus rostros nublados, y alzando los brazos en ademán de despedida pronunciaron algo para mí ininteligible y que, incomprensiblemente, asocié a las últimas palabras de los ahorcados.

 

La batalla en Sendella duraba ya más de lo que a la estricta lógica humana le estaba permitido soportar, más de lo que las previsiones logísticas aconsejaban, y más, más, más. El Alto Mando aglutinó las fuerzas de Yante, que junto a las de Sendella y algunos restos de guerrilla -incontrolada pero eficaz- pervivían en la Alta Sierra,  y decidió apostar todo en ese frente, de cuya victoria se resarcirían sus ánimos vejados en otras batallas y permitiría atacar con mayor decisión y encono en el frente Sur.

 

Todo esto lo supe más tarde, cuando la contienda ya había finalizado y las estrategias no eran más que historia, un juego caprichoso y papel quemado. Persistí durante bastante tiempo en la búsqueda de algún dato que confirmase la presencia en el frente de Sendella de un destacamento de las Brigadas Internacionales. No encontré ni una mínima porción del rastro esperado, ninguna alusión a tropa alguna extranjera que se incorporase al debilitado frente.

 

El bombardeo duró apenas unos minutos. Todo comenzó a elevarse, a adquirir una inusitada velocidad, los olivos saltaban con las raíces arrancadas de cuajo y las piedras golpeaban sus hojas y ramas envueltos en columnas de polvo y terrones de labrantío. El campo quedó convertido en un cementerio de olivos y de tumbas abiertas.

 

La noche que los dejé en su nevada alegría para dirigirme a casa y reposar el cansancio, volvió de nuevo a rondarme la fiebre y con ella el sueño que me acosó en las vísperas de la desaparición de otros seres para mí entrañables: recogía uvas en las viñas de un cerro apartado, no coloradas, que presagian bonanzas, sino blancas, como las lágrimas y grandes y llené el cesto hasta los topes.

 

Encontré a mis cabras alrededor del caldero que los milicianos apostaron al pie de unos pinos cercanos al tapial del corral. Mi anciana, que estaba aguardándome desde que salí de madrugada, alzó las manos para buscarme. Si los locos pudiesen dormir o llorar sanarían, me dijo, cuando le acerqué mis ojos. Me dirigí al caldero, cercano a las brasas que aún palidecían, y pude oír de su bronce, acercándome a su vientre, las voces y los cantos de aquellos guerreros de las nieves, olivos sepultados en una muerte de inviernos.


(Publicado en Abalorio, 9, 1985)

lunes, 28 de julio de 2025

RESEÑA DE 'PAISAJE DESDE EL SUEÑO', de ANTONI GÓMEZ

 




Pertany Juan Antonio Millón (Sagunt, 1960) al cercle de poetes i lletraferits que al llarg de quasi dues décades publicaren a Sagunt la revista literaria Abalorio i dinamitzaren la vida cultural de la ciutat amb una elegáncia, un rigor i una creativitat poc corrent en el temps actuals. Conegut sobretot pels seus estudis literaris i historics en diferents revistes i publicacions, el seu últim treball, editat perla Biblioteca Valenciana, va estar dedicat al poeta, filóleg i traductor Lluis Guarner.

En aquesta ocasió Millón ha agrupat en un poemari els fruits d'una dedicació que sempre havia mantingut en la segona línia de les seues dedicacions intel·lectuals, tot i que des de fa anys escrivia poemes que publicava esporádicament. Paisaje desde el sueño, amb un espléndid próleg del poeta i critic literari Jaime Siles, és la primera plasmació en forma de poemari d'aquesta discreta dedicació de l'autor, discreta peró també important. Possiblement, aquesta actitud de treball pacient i discret, allunyat dels oripells, siga una constant dels poetes del grup Abalorio. Quasitots els que han publicat poesia ho han fet tard i sense presses, madurant com a terrissers les seues obres. l en tots ells hom pot observar un inevitable gust pel classicisme, són versos escrits des d'una rotunda consciéncia dela tradició literária i de la história.

La poesia de Millón arrossega també aquesta caracteristica. Es una poesia clàssica en la construcció expressiva de les imatges, amerades d'equilibri i serenor, oferint-nos una "voz templada tanto por el sonido como por el silencio y que siente tan suya la luz como la oscuridad”, com escriu Jaime Siles. Poesia culturalista, intel·lectual, on predomina l’ocultació del jo en una “superposición de evocadas ausencias” i sura sobretot la influencia de Juan Ramón Jiménez, San Juan de la Cruz, Paul Celan, María Zambrano, José Ángel Valente i Juan Gil-Albert. Són imatges de solitud, buit i incerteza que habiten un espai d’absències entre el jo i la realitat, entre la llum i la tenebra, entre l’ésser i el no ésser: “Arracimada la luz/ en el pálpito oscuro/ de la tiniebla,/ en la delirada ansia/ de la plenitud del ser”.

El poemari, construït amb un gran sentit unitari, està dividit en tres parts que evolucionen des de la reflexió filosófica de la primera, “Alcancías”, fins als versos més càlids, tot i que també continguts, de l’última part, “Alientos del deseo”: “Perfumas las sílabas que pronuncias/ tal como la piel de mi cuerpo/ acariciado por la dádiva de tu mano/ que pulsa, enervado, el sonido de mi deseo”, passant per la segona, “Espacios de albor y espesura”, formada per bellíssimes evocacions de paisatges pròxims a l’autor amb deutes literàries inconfunsibles: “Y en su sonora soledad/ estremecidos aires desanudan/ las vibrátiles notas/ de su eco oscuro”.


(Publicado en el suplemento literario Postdata, de Levante EMV, 5 de diciembre de 2008)



jueves, 5 de junio de 2025

RESEÑA DE 'COMO UN MAR ANTIGUO', de HILARIO BARRERO

 


Como un mar antiguo, comienza con cuatro poemas a una Atlántida olvidada en el mar, en ella el poeta espera “que algún futuro nos encuentre allí desnudos / aferrados a la barca varada / hacia un viaje final”. Aparecerá el mar de nuevo con otras formas, como en el espléndido poema “Las edades bárbaras”, escrito en vigorosos endecasílabos, donde el poeta recuerda:

 

Fue la niñez feliz, aunque el dolor

bastía el descubrimiento del mundo

y las heridas de la piel y del alma

mascaban las lindes de nuestro cuerpo.

 

De “aquella Atlántida que fuimos” de un mar imposible, Juan Antonio Millón (1960) nos lleva a un viaje por la naturaleza y nos enseña otros mares de olas y olivas, ríos y fuente, piedra y alma y a esa honda melancolía que uno siente al ver pasar la vida, la llegada del otoño, que es un poco el morir:

 

Como una canción antigua,

inesperada y feliz,

el otoño volverá.

 

El crítico García Martín, en la contraportada del libro, escribe: “Con pluralidad de formas, del soneto al haiku, pasando por un verso blanco entre rítmico y conversacional, Juan Antonio Millón reflexiona sobre la usura de los años y rescata para siempre y para todos, los pecios más preciados del naufragio del vivir”

 

Uno de los poemas finales, “A pie de playa”, nos invita, como lo hace Aleixandre en el poema “En la plaza”: “desnuda el sentimiento / de todo lo pasajero” y a entrar al mar:

 

Rompe el grito contra la espuma

y espera la distancia de los adioses.

Olvídate,

desnuda el sentimiento

de todo aquello pasajero

y mójate los pies

en esta playa leve

esperando un rayo

de claridad infinita

justo en medio de la noche.

 

Un libro que es un salvavidas para el recuerdo, una barca con un Caronte de sal y viento que nos ayudará a pasar la Estigia, un viaje a la noche iluminada por el sol de la sombra. Poesía honda, equilibrada, poesía donde vibra la emoción, poesía orientada con la brújula de la razón a babor y la rosa de los vientos a estribor. Nave que nos lleva por un mar antiguo, en búsqueda de esa Atlántida que nos espera para el viaje final.


NUNCA


Regresan las palabras como un mar antiguo,

lenta, pausadamente,

a decirme de nuevo la verdad inconfesable:

lo que no te dije 

y siempre quise decir,

la mano tendida que nunca 

llegó a acariciar tu piel

cuando más que nunca

estuve tan cerca de ti,

la voluntad nunca cumplida,

el sueño nunca soñado,

la lágrima nunca vertida, 

el nunca escuchado grito.

No sabrás nunca 

cuanto te quise, compañera,

nunca tendrás todo el calor

de este silencio que quema.


(Editado en el blog Cuadernos de Humo, 6 de junio de 2023)

lunes, 2 de junio de 2025

SOBRE 'TODO LO QUE VERÁN TUS OJOS' (III), de PEDRO GARCÍA CUETO

 


Editado por Trencatimons editores, Todo lo que verán tus ojos, el último libro del profesor y poeta Juan Antonio Millón es un resplandor, un reencuentro con la Naturaleza que es esplendor siempre.  Late en la luz del amanecer mucho mar, como el de la cubierta del libro, pero también una fusión con la Naturaleza, pero también un canto a los seres queridos, que viven en él como amanecida. En el poema «Farolillos de estío», Juan Antonio expresa el amor por la Naturaleza, que ha sido su ventana hacia el mundo: «Allí arriba la luna sola se agiganta / en el viento frío de la anochecida, / y un húmedo soplo acá me anuncia / la arribada portuaria de las aguas estivales».

  El paisaje que va tejiendo el poeta, el tapiz que es lenguaje y que es orfebrería en manos del amanuense que descifra la vida en sus detalles. Juan Antonio Millón escribe desde el amor por la tierra, por la vida, sin olvidar que somos fugaces, puras olas que han de pasar en la noche de los tiempos. Y el contraste del mundo, por ello titula un poema «Primavera de invierno», porque todos somos retazos de una vida que nos teje y nos desteje a la vez. El paisaje se convierte en confidente, el mundo es un tapiz que también sangra:  «Las arboledas se queman / en primavera de invierno, / reducidas a rescoldos / de hosca brasa vegetal».  Y la belleza presente en esta primavera que es el poema, porque todo esplende en un azul donde convive el amor con la ternura, la luz con la sombra. Por ello, titula «Preguntas a una primavera» un bello poema donde dice:  «¿serán labios las flores / y sus caídas un largo beso ansiado / al seno de la madre? / ¿Y el perfume, una despedida del aire?». Todo el libro es un tapiz donde el poeta sabe que el cuerpo es un paisaje y el amor una luz que anuncia el día. 

 

    Y los padres están presentes en el poema «Rosa de cenizas», vínculo tejido con la calma del tiempo, seres eslabonados a su vida para siempre. El recuerdo bajo la arcilla, como dice el poema, porque todo es ceniza, al fin y al cabo. Vidas que se convierten en polvo, vidas que fueron luz cegadora y ahora son evocación del amor verdadero.  Y pienso al leer el libro que «Todo lo que verán tus ojos» dedicado a su Beatriz es a su hija, fecundo nexo con la tierra, el mejor fruto de la cosecha: «Busco atrás en el tiempo / y recuerdo, ¡qué alegría! / tu primera mirada. / Detrás del cristal esperé –esperamos- / a que abrieras los ojos». Cierra Juan Antonio Millón el círculo de la vida, sus padres, su hija, la primavera que esplende, pero que también se muta en invierno cuando el corazón sufre. 

 

  Estamos ante un libro hermoso de un poeta que sabe que lo más importante está en la tierra, la que queremos, la que nos quiso y la que nos acogerá. Libro luminoso, que es un canto al futuro también, sin olvidar el pasado. Los recuerdos de su niña en la Provenza convierten al poema en ese tejido donde el poeta cumple su destino: unir los lazos afectivos y saber que el pasado feliz aún vive en el recuerdo. Presente y futuro quedan en esa espera que la vida siempre va guiando. Y en su último apartado «Poesía viajera» podemos sentir que el viaje es un rito de descubrimiento que nos hace más cultos y más libres. 

 

   En suma, Todo lo que verán tus ojos es un libro que ilumina, un poeta que ya ha tejido el telar donde nos ofrece un mosaico de paisajes desde dentro a afuera, desde afuera hacia el interior.

 

PEDRO GARCÍA CUETO

 

(Culturamas, 10 de octubre de 2022)



VICENTE W. QUEROL Y EL ECLIPSE DE 1860 EN MURVIEDRO

  Junto a Pedro Antonio de Alarcón viajaron el 18 de julio de 1860 un grupo de “poetas del Turia”, amigos del novelista granadino. Entre ell...