jueves, 13 de agosto de 2026

VICENTE W. QUEROL Y EL ECLIPSE DE 1860 EN MURVIEDRO

 


Junto a Pedro Antonio de Alarcón viajaron el 18 de julio de 1860 un grupo de “poetas del Turia”, amigos del novelista granadino. Entre ellos estaba uno que sería uno de los grandes poetas del siglo XIX en Valencia, admirado por muchos, entre ellos, el gran Miguel de Unamuno. Nos referimos a Vicente Wenceslao Querol.

Este autor visitó en varias ocasiones nuestra ciudad y tiene una famosa Oda con el título de “Meditación de Sagunto”, a la que dedicaremos una entrada en este blog. Pero ahora nos centraremos en el viaje que hizo ese verano de 1860 a Murviedro (pues así se llamaba aún nuestra población, hasta que en 1868 recuperó el nombre de Sagunto).

Fruto de aquella excursión y de aquella experiencia de la visión del eclipse total en lñas ruinas de nuestro Castillo, fue un poema que Querol publicaría el 5 de agosto de ese mismo año en la famosa revista EL Museo Universal, que dedica a su amigo Pedro A. de Alarcón y que fecha en Murviedro, julio 1860.

En un artículo publicado en la página web de la Biblioteca Lázaro Galdiano, Juan Antonio Yeves, “Las Navidades de Pedro Antonio de Alarcón en Roam hace 160 años”, recuerda este poema:

Después de su participación como soldado y «cronista» en la Guerra de África, Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891) regresó a Madrid el 28 de marzo de 1860. Aquel mismo año, como recuerda en sus Viajes por España, estuvo en mayo tres días en Aranjuez y en junio quince en El Escorial, entre «códices y sepulcros». Hizo otro viaje exprofeso para observar el eclipse que tuvo lugar el día 18 de julio «desde las veneradas ruinas de Sagunto, o sea desde lo alto del castillo de Murviedro», donde con algunos escritores valencianos establecieron su «observatorio poético, ganosos de experimentar en el momento solemne todas las emociones dramáticas y religiosas de la inocencia o de la ignorancia». De este viaje queda como recuerdo una poesía de Wenceslao W. Querol, dedicada a Alarcón, que publicó en El Museo Universal, el 5 de agosto de 1860. (7 de enero, 2012, https://bibliotecalazarogaldiano.wordpress.com/2021/01/07/las-navidades-de-pedro-antonio-de-alarcon-en-roma-hace-160-anos/

La portada de la revista, el comienzo y el final del poema son estos:

 




 

 El poema en toda su extensión es el siguiente:

 

ECLIPSE DE 1860

 

¡Volad, volad por la extensión vacía,

astros de plata y oro,

cruzando el curso y enlazando el vuelo,

como en la arena de la Grecia un día

sobre el carro sonoro

ágil cretense en rápida porfía,

con rueda igual y devorando el suelo,

a par del jonio pertinaz corría!

¡Volad, volad con insaciable anhelo,

Sol que iluminas con triunfal decoro,

Luna que imperas en la niebla fría,

por la carrera olímpica del cielo!

¡Astros, volad, como dispersa hueste

de luminosos ángeles vencidos,

que blanca sueltan la ondulante veste!

¡Id, id, como impelidos

por el dedo de Dios, buscando en vano

linde a la inmensidad; y ora encendidos

sobre la triste noche

de luz verted las argentadas olas,

ora apagados, pálidos, sin rastro,

los desiertos sin fin cruzando a solas,

id por la sombra lúgubre perdidos!

Bien en tomo de un sol, inmóvil astro,

cual mariposas a la luz, ¡oh! mundos,

rodad de niebla o de claror teñidos;

bien, agitando vuestras ígneas colas,

cometas, id, cual rápidos bridones

de destrenzadas crines,

donde el Querub cabalga, a las naciones

despertando al vibrar de cien clarines

Todos, brillando en las azules cumbres

o en las etéreas sendas,

del campamento sed las rojas lumbres,

do armado siempre Dios, vela en las tiendas.

 

¡Ay, si una vez, entrecruzando el rumbo,

como en la ciega tempestad dos naves

que arroja el loco mar de tumbo a tumbo,

chocáis rompiendo el eje diamantino!

Iréis, náufragos astros,

cual buques sin timón y sin marino,

siempre al azar, abandonados, solos,

cortando el viento, como rotas quillas,

con los truncados polos,

por ese mar sin fondo y sin orillas,

al soplo eterno de los euros dando

rasgadas las marchitas aureolas,

cual rotas velas del bajel precito,

hasta que el casco arrastrarán jugando

del éter blando las volubles olas

en la playa a encallar del infinito.

 

Y será, sí, será: muda la tierra

trémula aguarda el anunciado instante

en que a la antigua guerra

tornen Luz y Tinieblas, como un día

en los senos del Caos inconstante.

Ved cómo el astro de la niebla fría

pálido avanza hacia el cenit. La noche

mueve a par suyo las nubladas alas

tachonadas de estrellas;

y van los Sueños en redor. Sus galas

ostenta el Sol, como encendido broche

del manto de su Dios, y las centellas

de enrojecida lumbre

lanza a la inmensidad, reinando solo

del horizonte en la desierta cumbre.

Silencio en torno y majestad: se inclina

Dios a escuchar la sin igual batalla;

el astro al astro lento se avecina,

y el hombre, polvo vil, pasmado calla,

átomo inútil de tan gran rüina.

 

¿Qué será?, ¿qué será? Cuando el Profeta

en la ancha plaza al pueblo le decía

siniestro el porvenir, la plebe inquieta,

prodigios viendo, estremecida ola.

Nublábanse los cielos,

y del destino al desgarrar los velos

el hombre audaz con temblorosa mano,

del sol sangriento en las marchitas lumbres

de un Dios lela el pavoroso arcano.

Hoy, cual las muchedumbres

antiguas, tiemblo yo. ¿Do estáis, en dónde

augur de Grecia o sacerdote hebreo?

¿Cuál es el que se esconde

hondo misterio en el que en vano leo

libro de sombra y luz? No la sibila

muerta, o el mudo oráculo responde;

que el idioma del cielo olvidó el mundo,

y por ciencia maldita

trocando el hombre la divina ciencia,

en el banquete de su orgullo inmundo

ya no descifra, por su Dios escrita,

Daniel, de los humanos la sentencia.

 

Como ojo moribundo,

¡cuál palidece el astro de topacio

bajo el caído párpado de niebla!

Mézclanse Noche y Día, y el espacio

consorcio infame puebla

de luz opaca y luminosa sombra,

viéndose al par en confusión extraña

la Aurora en el Oriente suspendida,

que el mar naciendo baña;

y, detenido el paso,

coronando rojiza la montaña

la lumbre del Ocaso.

Sobre la tempestad de opacas tintas

que finge el cielo, el Iris

de oro, grana y azul suelta las cintas,

y el mar muge o se duerme, y trina el ave

o al nido torna, en tanto que la brisa

de primavera suave

lucha de invierno con el cierzo frío,

y el cáliz cierra o ábrelo indecisa

la flor sedienta a un alba sin rocío.

El corazón del hombre

opreso goza en la alegría triste

de una pasión sin nombre;

absorto al cambio universal asiste,

y ve nuevos el mar, la tierra, el viento,

nueva la luz que el firmamento viste,

nuevo el mundo en redor, trocado todo;

que Dios la esfera bosquejó un momento

con nuevas formas modelando el lodo;

no le plugo después, sopló... y no existe.

 

¡Oh! ¡Tinieblas, tinieblas! Ved; se asombra

muda la tierra en la profunda noche

con que se envuelve la extensión vacía.

Pasa Dios, y su sombra

es la que enturbia luminoso el día:

sí; juntos Luna y Sol, ruedas del coche

son en que vuela y al que uncir le plugo

bajo del mismo yugo,

blanco y negro corcel, la Luz y el Caos.

Mirad; el Sol ha muerto:

de su disco encendido y refulgente

por el cielo desierto

inútil rueda la apagada escoria,

y aún el vago esplendor lleva en la frente

dios destronado, de su antigua gloria.

La aciaga profecía

del fin cercano y mísero del mundo

cumplida viendo, el águila de Patmos

las alas bate entre la niebla fría

volando a un nuevo porvenir profundo.

Satán, que la audaz saña

de los vencidos ángeles renueva,

es quien con hueste nebulosa empaña

el claro azul que a conquistar la lleva;

y, última acaso, la primera lucha

del Bien y el Mal, por decidirse, estalla,

y atento el hombre al fin de la batalla

la sombra mira y el silencio escucha.

 

¿Quién triunfará? La desdeñosa niebla

mancha la tierra, y desde el mar de Atlante,

que alza y deprime sin mugir las olas,

hasta el desierto que de tiendas puebla

la caravana errante,

do se alzan las pirámides a solas,

tiendas también que abandonó en la arena

una aurora, al partir, pueblo gigante,

doquier la voz de los espantos suena,

doquier se elevan tímidos los ojos.

¿Quién triunfará?... -¿No veis? Rota ya, rota

la niebla, salta en torbellinos rojos,

fuente de luz que de los astros brota.

¡Es Dios, es Dios! ¡Hosana! ¡hosana! ¡hosana!

Con la primera luz bajó a la tierra

tal del Edén en la primer mañana,

y tal, vibrando enojos,

el día aciago que los tiempos cierra,

vendrá otra vez sobre la raza humana.

Luz, nueva luz, eléctrica volando

baña la inmensidad, los mundos baña:

así brillaba cuando,

recién salida de la antigua sombra,

por el mar, por la selva y la montaña,

del ancho campo por la verde alfombra,

por las sonantes ondas del gran río

pasé, pasó jugando,

vida, y colores y matices dando

desde las tenues gotas del rocío

hasta a los orbes de su eterno coro.

Caída de los cielos

duda la Sombra en movimiento blando,

y huye vencida en desgarrados velos

ante las flechas de oro

que de arco tenso arrojan los querubes

Aún entre informes nubes

lucha Satán, cuando el Arcángel vuela

con ímpetu sonoro,

ciñendo diamantina su armadura:

el sol de fuego embraza por rodela,

el haz de rayos como lanza vibra,

y en su antro hundiendo a la Tiniebla impura,

de nuevo al Cielo amenazando libra.

 

¡Triunfó el Señor! ¡Enalteced su nombre!

Pero, tras de su gloria

que desborda el espacio rutilante,

himnos de orgullo tributad al hombre.

Él anunció el instante:

lo dijo y fue. Su voz en las edades

que raudas vuelan señaló el momento;

su temblorosa mano

marcó el lugar del ancho firmamento;

su ojo tranquilo descifró el arcano.

Él los secretos de su Dios espía,

y sabe, alzando el rostro al horizonte,

qué mundos pueblan la extensión umbría,

y conoce sus sendas;

que desde el fausto día

en que el carro del sol lanzó a Faetonte,

empuñó audaz sus luminosas riendas.

No intenta ya, como en su origen quiso,

alzarse, igual a Dios, frágil arcilla:

hoy la fe redentora en su alma brilla,

hoy vuelve al Paraíso.

Como en los bosques del Edén, entabla

coloquios con el Cielo su alma inquieta;

y los secretos de la ciencia le habla

con la voz del poeta.

Rescatando ya Adán, todo lo sabe:

Dios le llevó consigo,

y el gran misterio de los mundos, grave,

amigo fiel, lo reveló a su amigo.


EL ECLIPSE SOLAR EN EL MURVIEDRO DE 1860

 




El afamado novelista del realismo español, Pedro Antonio de Alarcón, autor de las célebres nóvelas, El sombrero de tres picos (que Manuel de Falla convirtió en una extraordinaria pieza musical) o El niño de la bola (novela que tradujo al inglés el escritor Robert Graves), cogió el 18 de julio el tren correo de Madrid a Valencia y se trasladó hasta Murviedro, acompañado por un grupo de amigos poetas de Valencia, para asistir, desde las ruinas del Castillo, al espectáculo del eclipse solar que tuvo lugar entre las dos y las tres de aquella tarde.

Alarcón relató su subida al Castillo recordando los hechos memorables por los que se conoce a nuestra ciudad: “Pensaba en el día que sus antepasados subieron por aquellas mismas rampas talladas en la roca, y no volvieron a bajar, sino que perecieron heroica y voluntariamente, dando al héroe cartaginés el más grande espectáculo de patriotismo que registra la historia: o recordaba aquel otro día, casi de nuestro tiempo, en que las tropas de Napoleón se estrellaron una vez y otra contra aquel ruinoso baluarte, guarnecido por un puñado de valientes, que acababan de dejar el arado para subir a defender a costa de su vida el muro viejo (Murviedro).”

De aquella experiencia nació un texto, “El eclipse solar de 1860”, que Alarcón recogió en su libro Viajes por España, editado en 1883.  En él describe la evolución del acontecimiento astronómico, cómo la luz comenzó a perder intensidad, el mar se volvió sombrío y una extraña claridad se extendió sobre el paisaje de ruinas.

El texto destaca por la profunda reflexión que provocó en el autor la grandiosidad del universo, una experiencia que le inspiró asombro, humildad y una intensa espiritualidad. Especialmente memorable es la descripción que hace de la corona solar, que el escritor compara con un túmulo luminoso o con una aureola de plata y oro: “Imaginaos el disco de la luna, negro como el azabache, y en torno suyo una orla de lumbre formada por la irradiación del sol, que está detrás. De esta orla parten divergentemente cuatro o cinco ráfagas de plata y oro, como los destellos que vemos en las aureolas de los santos góticos. -Era, pues, un astro de luto; el cadáver del sol; la luz vestida de negro. -Sol y luna formaban un solo cuerpo, engendro misterioso que representaba a la vez el día y la noche...".

La multitud, primero sobrecogida y temerosa, terminó estallando en aplausos y exclamaciones de temor y admiración, al contemplar aquella visión extraordinaria. Y, cuando el Sol reapareció, la alegría colectiva se impuso en la multitud de labradores que habían subido al Castillo para asistir al espectáculo de la grandiosidad de la Naturaleza.

Han pasado ciento sesenta y seis años desde aquella jornada en el antiguo Murviedro, pero la esencia de la experiencia se mantiene inalterable. El eclipse se ha vivido en la actualidad con la misma mirada de asombro y alegría. A pesar de que nuestros conocimientos han avanzado en estos años y las tecnologías de la visión del cielo son mucho más precisas, el ser humano se sigue sintiendo un pequeño átomo anta el inmenso espectáculo del Universo.

(Publicado en Levante-EMV, edición digital, 13/08/2026)

VICENTE W. QUEROL Y EL ECLIPSE DE 1860 EN MURVIEDRO

  Junto a Pedro Antonio de Alarcón viajaron el 18 de julio de 1860 un grupo de “poetas del Turia”, amigos del novelista granadino. Entre ell...