El
afamado novelista del realismo español, Pedro Antonio de Alarcón, autor de las
célebres nóvelas, El sombrero de tres
picos (que Manuel de Falla convirtió en una extraordinaria pieza musical) o
El niño de la bola (novela que
tradujo al inglés el escritor Robert Graves), cogió el 18 de julio el tren
correo de Madrid a Valencia y se trasladó hasta Murviedro, acompañado por un grupo
de amigos poetas de Valencia, para asistir, desde las ruinas del Castillo, al
espectáculo del eclipse solar que tuvo lugar entre las dos y las tres de
aquella tarde.
Alarcón
relató su subida al Castillo recordando los hechos memorables por los que se conoce
a nuestra ciudad: “Pensaba en el día que sus antepasados subieron por aquellas
mismas rampas talladas en la roca, y no volvieron a bajar, sino que perecieron
heroica y voluntariamente, dando al héroe cartaginés el más grande espectáculo
de patriotismo que registra la historia: o recordaba aquel otro día, casi de
nuestro tiempo, en que las tropas de Napoleón se estrellaron una vez y otra
contra aquel ruinoso baluarte, guarnecido por un puñado de valientes, que
acababan de dejar el arado para subir a defender a costa de su vida el muro
viejo (Murviedro).”
De
aquella experiencia nació un texto, “El eclipse solar de 1860”, que Alarcón
recogió en su libro Viajes por España,
editado en 1883. En él describe la
evolución del acontecimiento astronómico, cómo la luz comenzó a perder
intensidad, el mar se volvió sombrío y una extraña claridad se extendió sobre
el paisaje de ruinas.
El
texto destaca por la profunda reflexión que provocó en el autor la grandiosidad
del universo, una experiencia que le inspiró asombro, humildad y una intensa
espiritualidad. Especialmente memorable es la descripción que hace de la corona
solar, que el escritor compara con un túmulo luminoso o con una aureola de
plata y oro: “Imaginaos el disco de la luna, negro como el azabache, y en torno
suyo una orla de lumbre formada por la irradiación del sol, que está detrás. De
esta orla parten divergentemente cuatro o cinco ráfagas de plata y oro, como
los destellos que vemos en las aureolas de los santos góticos. -Era, pues, un
astro de luto; el cadáver del sol; la luz vestida de negro. -Sol y luna
formaban un solo cuerpo, engendro misterioso que representaba a la vez el día y
la noche...".
La
multitud, primero sobrecogida y temerosa, terminó estallando en aplausos y exclamaciones
de temor y admiración, al contemplar aquella visión extraordinaria. Y, cuando
el Sol reapareció, la alegría colectiva se impuso en la multitud de labradores
que habían subido al Castillo para asistir al espectáculo de la grandiosidad de
la Naturaleza.
Han
pasado ciento sesenta y seis años desde aquella jornada en el antiguo Murviedro,
pero la esencia de la experiencia se mantiene inalterable. El eclipse se ha
vivido en la actualidad con la misma mirada de asombro y alegría. A pesar de
que nuestros conocimientos han avanzado en estos años y las tecnologías de la
visión del cielo son mucho más precisas, el ser humano se sigue sintiendo un
pequeño átomo anta el inmenso espectáculo del Universo.

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