jueves, 13 de agosto de 2026

EL ECLIPSE SOLAR EN EL MURVIEDRO DE 1860

 




El afamado novelista del realismo español, Pedro Antonio de Alarcón, autor de las célebres nóvelas, El sombrero de tres picos (que Manuel de Falla convirtió en una extraordinaria pieza musical) o El niño de la bola (novela que tradujo al inglés el escritor Robert Graves), cogió el 18 de julio el tren correo de Madrid a Valencia y se trasladó hasta Murviedro, acompañado por un grupo de amigos poetas de Valencia, para asistir, desde las ruinas del Castillo, al espectáculo del eclipse solar que tuvo lugar entre las dos y las tres de aquella tarde.

Alarcón relató su subida al Castillo recordando los hechos memorables por los que se conoce a nuestra ciudad: “Pensaba en el día que sus antepasados subieron por aquellas mismas rampas talladas en la roca, y no volvieron a bajar, sino que perecieron heroica y voluntariamente, dando al héroe cartaginés el más grande espectáculo de patriotismo que registra la historia: o recordaba aquel otro día, casi de nuestro tiempo, en que las tropas de Napoleón se estrellaron una vez y otra contra aquel ruinoso baluarte, guarnecido por un puñado de valientes, que acababan de dejar el arado para subir a defender a costa de su vida el muro viejo (Murviedro).”

De aquella experiencia nació un texto, “El eclipse solar de 1860”, que Alarcón recogió en su libro Viajes por España, editado en 1883.  En él describe la evolución del acontecimiento astronómico, cómo la luz comenzó a perder intensidad, el mar se volvió sombrío y una extraña claridad se extendió sobre el paisaje de ruinas.

El texto destaca por la profunda reflexión que provocó en el autor la grandiosidad del universo, una experiencia que le inspiró asombro, humildad y una intensa espiritualidad. Especialmente memorable es la descripción que hace de la corona solar, que el escritor compara con un túmulo luminoso o con una aureola de plata y oro: “Imaginaos el disco de la luna, negro como el azabache, y en torno suyo una orla de lumbre formada por la irradiación del sol, que está detrás. De esta orla parten divergentemente cuatro o cinco ráfagas de plata y oro, como los destellos que vemos en las aureolas de los santos góticos. -Era, pues, un astro de luto; el cadáver del sol; la luz vestida de negro. -Sol y luna formaban un solo cuerpo, engendro misterioso que representaba a la vez el día y la noche...".

La multitud, primero sobrecogida y temerosa, terminó estallando en aplausos y exclamaciones de temor y admiración, al contemplar aquella visión extraordinaria. Y, cuando el Sol reapareció, la alegría colectiva se impuso en la multitud de labradores que habían subido al Castillo para asistir al espectáculo de la grandiosidad de la Naturaleza.

Han pasado ciento sesenta y seis años desde aquella jornada en el antiguo Murviedro, pero la esencia de la experiencia se mantiene inalterable. El eclipse se ha vivido en la actualidad con la misma mirada de asombro y alegría. A pesar de que nuestros conocimientos han avanzado en estos años y las tecnologías de la visión del cielo son mucho más precisas, el ser humano se sigue sintiendo un pequeño átomo anta el inmenso espectáculo del Universo.

(Publicado en Levante-EMV, edición digital, 13/08/2026)

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