Junto a Pedro Antonio de
Alarcón viajaron el 18 de julio de 1860 un grupo de “poetas del Turia”, amigos
del novelista granadino. Entre ellos estaba uno que sería uno de los grandes
poetas del siglo XIX en Valencia, admirado por muchos, entre ellos, el gran
Miguel de Unamuno. Nos referimos a Vicente Wenceslao Querol.
Este autor visitó en
varias ocasiones nuestra ciudad y tiene una famosa Oda con el título de
“Meditación de Sagunto”, a la que dedicaremos una entrada en este blog. Pero
ahora nos centraremos en el viaje que hizo ese verano de 1860 a Murviedro (pues
así se llamaba aún nuestra población, hasta que en 1868 recuperó el nombre de
Sagunto).
Fruto de aquella
excursión y de aquella experiencia de la visión del eclipse total en lñas
ruinas de nuestro Castillo, fue un poema que Querol publicaría el 5 de agosto
de ese mismo año en la famosa revista EL Museo Universal, que dedica a su amigo
Pedro A. de Alarcón y que fecha en Murviedro, julio 1860.
En un artículo publicado
en la página web de la Biblioteca Lázaro Galdiano, Juan Antonio Yeves, “Las
Navidades de Pedro Antonio de Alarcón en Roam hace 160 años”, recuerda este
poema:
Después de su
participación como soldado y «cronista» en la Guerra de África, Pedro Antonio
de Alarcón (1833-1891) regresó a Madrid el 28 de marzo de 1860. Aquel mismo
año, como recuerda en sus Viajes por España, estuvo en mayo tres días en
Aranjuez y en junio quince en El Escorial, entre «códices y sepulcros». Hizo
otro viaje exprofeso para observar el eclipse que tuvo lugar el día 18 de julio
«desde las veneradas ruinas de Sagunto, o sea desde lo alto del castillo de
Murviedro», donde con algunos escritores valencianos establecieron su
«observatorio poético, ganosos de experimentar en el momento solemne todas las
emociones dramáticas y religiosas de la inocencia o de la ignorancia». De este
viaje queda como recuerdo una poesía de Wenceslao W. Querol, dedicada a
Alarcón, que publicó en El Museo Universal, el 5 de agosto de 1860. (7 de
enero, 2012, https://bibliotecalazarogaldiano.wordpress.com/2021/01/07/las-navidades-de-pedro-antonio-de-alarcon-en-roma-hace-160-anos/
La portada de la revista,
el comienzo y el final del poema son estos:
ECLIPSE
DE 1860
¡Volad, volad por la extensión
vacía,
astros de plata y oro,
cruzando el curso y enlazando el
vuelo,
como en la arena de la Grecia un
día
sobre el carro sonoro
ágil cretense en rápida porfía,
con rueda igual y devorando el
suelo,
a par del jonio pertinaz corría!
¡Volad, volad con insaciable
anhelo,
Sol que iluminas con triunfal
decoro,
Luna que imperas en la niebla
fría,
por la carrera olímpica del
cielo!
¡Astros, volad, como dispersa
hueste
de luminosos ángeles vencidos,
que blanca sueltan la ondulante
veste!
¡Id, id, como impelidos
por el dedo de Dios, buscando en
vano
linde a la inmensidad; y ora
encendidos
sobre la triste noche
de luz verted las argentadas
olas,
ora apagados, pálidos, sin
rastro,
los desiertos sin fin cruzando a
solas,
id por la sombra lúgubre
perdidos!
Bien en tomo de un sol, inmóvil
astro,
cual mariposas a la luz, ¡oh!
mundos,
rodad de niebla o de claror
teñidos;
bien, agitando vuestras ígneas
colas,
cometas, id, cual rápidos
bridones
de destrenzadas crines,
donde el Querub cabalga, a las
naciones
despertando al vibrar de cien
clarines
Todos, brillando en las azules
cumbres
o en las etéreas sendas,
del campamento sed las rojas
lumbres,
do armado siempre Dios, vela en
las tiendas.
¡Ay, si una vez, entrecruzando el
rumbo,
como en la ciega tempestad dos
naves
que arroja el loco mar de tumbo a
tumbo,
chocáis rompiendo el eje
diamantino!
Iréis, náufragos astros,
cual buques sin timón y sin
marino,
siempre al azar, abandonados,
solos,
cortando el viento, como rotas
quillas,
con los truncados polos,
por ese mar sin fondo y sin
orillas,
al soplo eterno de los euros
dando
rasgadas las marchitas aureolas,
cual rotas velas del bajel
precito,
hasta que el casco arrastrarán
jugando
del éter blando las volubles olas
en la playa a encallar del
infinito.
Y será, sí, será: muda la tierra
trémula aguarda el anunciado
instante
en que a la antigua guerra
tornen Luz y Tinieblas, como un
día
en los senos del Caos
inconstante.
Ved cómo el astro de la niebla
fría
pálido avanza hacia el cenit. La
noche
mueve a par suyo las nubladas
alas
tachonadas de estrellas;
y van los Sueños en redor. Sus
galas
ostenta el Sol, como encendido
broche
del manto de su Dios, y las
centellas
de enrojecida lumbre
lanza a la inmensidad, reinando
solo
del horizonte en la desierta
cumbre.
Silencio en torno y majestad: se
inclina
Dios a escuchar la sin igual
batalla;
el astro al astro lento se
avecina,
y el hombre, polvo vil, pasmado
calla,
átomo inútil de tan gran rüina.
¿Qué será?, ¿qué será? Cuando el
Profeta
en la ancha plaza al pueblo le
decía
siniestro el porvenir, la plebe
inquieta,
prodigios viendo, estremecida
ola.
Nublábanse los cielos,
y del destino al desgarrar los
velos
el hombre audaz con temblorosa
mano,
del sol sangriento en las
marchitas lumbres
de un Dios lela el pavoroso
arcano.
Hoy, cual las muchedumbres
antiguas, tiemblo yo. ¿Do estáis,
en dónde
augur de Grecia o sacerdote
hebreo?
¿Cuál es el que se esconde
hondo misterio en el que en vano
leo
libro de sombra y luz? No la
sibila
muerta, o el mudo oráculo
responde;
que el idioma del cielo olvidó el
mundo,
y por ciencia maldita
trocando el hombre la divina
ciencia,
en el banquete de su orgullo inmundo
ya no descifra, por su Dios
escrita,
Daniel, de los humanos la
sentencia.
Como ojo moribundo,
¡cuál palidece el astro de
topacio
bajo el caído párpado de niebla!
Mézclanse Noche y Día, y el
espacio
consorcio infame puebla
de luz opaca y luminosa sombra,
viéndose al par en confusión
extraña
la Aurora en el Oriente
suspendida,
que el mar naciendo baña;
y, detenido el paso,
coronando rojiza la montaña
la lumbre del Ocaso.
Sobre la tempestad de opacas
tintas
que finge el cielo, el Iris
de oro, grana y azul suelta las
cintas,
y el mar muge o se duerme, y
trina el ave
o al nido torna, en tanto que la
brisa
de primavera suave
lucha de invierno con el cierzo
frío,
y el cáliz cierra o ábrelo
indecisa
la flor sedienta a un alba sin
rocío.
El corazón del hombre
opreso goza en la alegría triste
de una pasión sin nombre;
absorto al cambio universal
asiste,
y ve nuevos el mar, la tierra, el
viento,
nueva la luz que el firmamento
viste,
nuevo el mundo en redor, trocado
todo;
que Dios la esfera bosquejó un
momento
con nuevas formas modelando el
lodo;
no le plugo después, sopló... y
no existe.
¡Oh! ¡Tinieblas, tinieblas! Ved;
se asombra
muda la tierra en la profunda
noche
con que se envuelve la extensión
vacía.
Pasa Dios, y su sombra
es la que enturbia luminoso el
día:
sí; juntos Luna y Sol, ruedas del
coche
son en que vuela y al que uncir
le plugo
bajo del mismo yugo,
blanco y negro corcel, la Luz y
el Caos.
Mirad; el Sol ha muerto:
de su disco encendido y
refulgente
por el cielo desierto
inútil rueda la apagada escoria,
y aún el vago esplendor lleva en
la frente
dios destronado, de su antigua
gloria.
La aciaga profecía
del fin cercano y mísero del
mundo
cumplida viendo, el águila de
Patmos
las alas bate entre la niebla
fría
volando a un nuevo porvenir
profundo.
Satán, que la audaz saña
de los vencidos ángeles renueva,
es quien con hueste nebulosa
empaña
el claro azul que a conquistar la
lleva;
y, última acaso, la primera lucha
del Bien y el Mal, por decidirse,
estalla,
y atento el hombre al fin de la
batalla
la sombra mira y el silencio
escucha.
¿Quién triunfará? La desdeñosa
niebla
mancha la tierra, y desde el mar
de Atlante,
que alza y deprime sin mugir las
olas,
hasta el desierto que de tiendas
puebla
la caravana errante,
do se alzan las pirámides a
solas,
tiendas también que abandonó en
la arena
una aurora, al partir, pueblo
gigante,
doquier la voz de los espantos
suena,
doquier se elevan tímidos los
ojos.
¿Quién triunfará?... -¿No veis?
Rota ya, rota
la niebla, salta en torbellinos
rojos,
fuente de luz que de los astros
brota.
¡Es Dios, es Dios! ¡Hosana!
¡hosana! ¡hosana!
Con la primera luz bajó a la
tierra
tal del Edén en la primer mañana,
y tal, vibrando enojos,
el día aciago que los tiempos
cierra,
vendrá otra vez sobre la raza
humana.
Luz, nueva luz, eléctrica volando
baña la inmensidad, los mundos
baña:
así brillaba cuando,
recién salida de la antigua
sombra,
por el mar, por la selva y la
montaña,
del ancho campo por la verde
alfombra,
por las sonantes ondas del gran
río
pasé, pasó jugando,
vida, y colores y matices dando
desde las tenues gotas del rocío
hasta a los orbes de su eterno
coro.
Caída de los cielos
duda la Sombra en movimiento
blando,
y huye vencida en desgarrados
velos
ante las flechas de oro
que de arco tenso arrojan los
querubes
Aún entre informes nubes
lucha Satán, cuando el Arcángel
vuela
con ímpetu sonoro,
ciñendo diamantina su armadura:
el sol de fuego embraza por
rodela,
el haz de rayos como lanza vibra,
y en su antro hundiendo a la
Tiniebla impura,
de nuevo al Cielo amenazando
libra.
¡Triunfó el Señor! ¡Enalteced su
nombre!
Pero, tras de su gloria
que desborda el espacio
rutilante,
himnos de orgullo tributad al
hombre.
Él anunció el instante:
lo dijo y fue. Su voz en las
edades
que raudas vuelan señaló el
momento;
su temblorosa mano
marcó el lugar del ancho
firmamento;
su ojo tranquilo descifró el
arcano.
Él los secretos de su Dios espía,
y sabe, alzando el rostro al
horizonte,
qué mundos pueblan la extensión
umbría,
y conoce sus sendas;
que desde el fausto día
en que el carro del sol lanzó a
Faetonte,
empuñó audaz sus luminosas
riendas.
No intenta ya, como en su origen
quiso,
alzarse, igual a Dios, frágil
arcilla:
hoy la fe redentora en su alma
brilla,
hoy vuelve al Paraíso.
Como en los bosques del Edén,
entabla
coloquios con el Cielo su alma
inquieta;
y los secretos de la ciencia le
habla
con la voz del poeta.
Rescatando ya Adán, todo lo sabe:
Dios le llevó consigo,
y el gran misterio de los mundos,
grave,
amigo fiel, lo reveló a su amigo.

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