viernes, 20 de agosto de 2010

LECTURA DEL POEMA DE LA SERPIENTE, DE RAFAEL ARGULLOL

Reclinados sobre unas rocas del paraje de la ermita de San Isidro, esos extraños bostezos de la tierra que buscan el cielo en Los Barruecos, allá en Malpartida de Cáceres, decidimos descansar un rato, después de visitar el lavadero de lanas hoy convertido por el artista Vostell en un museo de arte (del suyo y del movimiento fluxus). Después de asistir al juego y la tragedia de la aventura de Vostell y de visitar la charca donde las efímeras nos rondaban, decidimos parar y comer algo allí cerca, junto a la hojarasca y las cortezas de los desmoches de los eucaliptos.
Abrí un libro que compré por la mañana en Cáceres, de esa lindeza de editorial que se edita en Villanueva de la Serena; me refiero a las ediciones Littera. Allí ha ido a ver la luz lectora unos poemas de Rafael Argullol, Poema de la serpiente.
Toda la obra de este escritor está transida de la poeticidad, más allá de la línea de la escritura de los versos, más acá del ritmo de las sílabas. Es una poesía cognitiva, nos acerca a una visión reflexiva, propone una divagación que acecha el pensar, el camino del pensar, que diría Heidegger.
Argullol sigue revestido del "manto antiguo" que le dijo su maestro, José María Valverde, en un poema que abría su primer poemario, Disturbios del conocimiento. Manto y licor que ha ido destilando en sus sucesivas aportaciones: Duelo en el valle de la muerte, El afilador de cuchillos. Con Tetralogia amfíbia: El joc etern, empezaba un trabajo poético encaminado a ser declamado por actores sobre la escena, en este caso para un montaje de La Fura del Baus, Naumàquia 1, creado para el Forum Barcelona, 2004.
Siguiendo este primer encuentro, volvió a colaborar con el grupo de La Fura, en un espectáculo basado en La flauta mágica de Mozart. Sus 24 textos poéticos se recitaron y se proyectaron en los intervalos dedicados a la parte del libreto de la ópera.
Prescindiendo de la espectacularidad, de la música, la editorial Littera nos aproxima la magia de la palabra de Argullol, aportándonos una música sumida en el apóstrofe, en la invitación a indagar, en la propuesta de la desnudez en una búsqueda de nosotros mismos, de nuestra comprensión y de nuestros anhelos. Una sutil y cordial travesía de la palabra candente.
Rescato aquí el poema número 23 que me hizo pensar el sentir, reclinado en una roca, extasiada la mirada en los caballos que pacían mansamente en una charca de Los Barruecos, mientras un leve viento susurraba a través de las hojas de los eucaliptos:




Hemos adorado el fuego
y nos hemos purificado
con el agua sagrada.
Hemos bailado alrededor de la hoguera
para poder preguntar
y nos hemos deslizado por el río
en busca de respuestas.
Entre río y hoguera
ha transcurrido nuestra historia
de miedo y esperanza.
En esta frágil tierra incierta
hemos cavado tumbas
y concebido dioses,
hemos construido y destruido ciudades
con furia redoblada,
siempre con esperanza y miedo,
la fórmula de nuestra alma.
Pero a veces huímos
del país encarcelado por fronteras
dejando atrás el fuego del sacrificio
y el agua conjuradora.
En esa travesía
nos despojamos del miedo
y también de la esperanza
que el propio miedo engendra.
Entonces dejamos de sentirnos
la miserable media palabra
que desesperadamente
busca la otra mitad
a través de tumbas, guerras y dioses,
de grandes ideas y brutales realizaciones.
Entonces se nos hace palpable
lo que buscamos en secreto:
la caricia amiga,
la sonrisa amante,
la voz que envuelve el mundo,
la música del cuerpo,
el infinito descansando dócilmente
en la morada de un día feliz.
Ahí están todas las preguntas
y todas las respuestas.



miércoles, 18 de agosto de 2010

FERNANDO, UN HOMBRE BUENO, EN SU TIERRA


La tierra extremeña, sus amplios cielos, fue, en principio, la tierra de mi mujer y mi familia, y, viaje tras viaje a ella, se ha vuelto para mí tan reconocible, tan entrañable, que hoy ya puedo decir que en algo le pertenezco y me pertenece.
Hasta ahora el viaje a Extremadura, a la Tierra de Barros, a Villafranca, había sido con él como copiloto; sin embargo, ahora nos dirigíamos allí, su tierra, desde la que salió buscando un horizonte mayor para su familia, con sus cenizas, en cuyo camposanto reposan y adonde dirigiremos la mirada cuando de él nos acordemos, a esa colina amplia y a ese amplio cielo.
Días de duelo y recuerdos, de pérdidas y abrazos.
Fernando Sánchez volvió definitivamente a su tierra y hoy allí descansa.

Su hija, Francisca Sánchez Pinilla, compuso el bellísimo poema que junto a su imagen ya está inscrito. Son versos de la materia de la emoción más pura, de la más tierna mirada al padre. Recoge en él, también, lo que sus hijos, su mujer y su familia, sentían por él:

Después de andar y desandar lo andado
llegas hasta aquí, a esta luz de medio día
cansado... largo fue el camino de regreso.
Mas bebiste de la vida sorbo a sorbo,
hasta agotar el humo de la nada.


Sólo nos queda esta última espuela...
antes de mirar de nuevo el reloj,
y abrazar el azul de tus ojos
al sereno mar al que un día nos entregaste.


Villafranca, 10 de agosto de 2010.

viernes, 9 de julio de 2010

EN EL SILENCIO ESTÁ TODO POR DECIR. FÉLIX DE AZÚA. UNA VIEJA ENTREVISTA DE LA REVISTA AURORA (1985)


Permítanme que rescate para esta bitácora electrónica una entrevista que realicé a Félix de Azúa en un ya alejado 1985. Apareció en una Revista de Filosofía que unos jóvenes estudiantes aventureros sacamos por aquellos comienzos del año 80: Aurora, título de queridas resonancias nietzscheanas y anarquistas. Los pilotos de aquella nave de locos lo constituimos Gastón Segura Valero, Francesc García Donet y quien esto les escribe, unidos a otros compañeros de cursos universitarios y algunos profesores que nos ofrecieron una lección no sólo de filosofía, sino de amistad y apoyo: Joan Baptista Llinares, Nicolás Sánchez Durá o Manuel E. Vázquez García.
En el número tres y último de dicha revista, dedicado a las relaciones entre Literatura y Filosofía, se editó aquella entrevista que hoy rescato, junto a otros interesantes trabajos como el de Antonio Cabrera sobre Heidegger, el de Manuel Vázquez sobre Derrida, o traducciones -en catalán- como la de un texto de Pessoa sobre el comercio, hecha por Salvador Jàfer, o una gavilla de aforismos de Wallace Stevens, por Francesc García Donet.
No es sólo la nostalgia lo que me lleva a traer ahora esta entrevista; es, más bien, interés porque se conozca el ingenio, la reflexión y la ironía, por otra parte ya conocidas, de Azúa, pero aquí con interesantes y variadas modulaciones temáticas. Azúa tuvo la excesiva amabilidad de abrir la puerta de su ático de Barcelona, donde enonces vivía, a un joven inquieto e indocumentado, y obsequiarlo con su atención, su interés, además de regalarle unos cuantos libros que todavía conserva y recuerda.
A aquella entrevista siguió una nueva reunión donde él corrigió el texto que debía salir editado y después departimos sobre los temas y autores que nos concitaban a la reflexión, de lo cual surgió el germen que fructificaría en la edición de dos de los primeros títulos de una nueva colección que Edicions 62 sacó, por entonces, dedicada a la poesía y la reflexión poética: las ediciones de la Defensa de la poesía de P.B. Shelley -que realizó José V. Selma-, y de Des de l´experiència del pensament, de Martin Heidegger -edición y traducción de Joan B. Llinares.

Copio fielmente lo editado en la revista, por lo que aparece sólo la bibliografía de Azúa hasta la fecha de entonces y por lo que firmo con mi tercer nombre de pila, en recuerdo de mi abuelo materno, republicano represaliado y muerto en la cárcel de Jaén, a quien así quise honrar recordando en mí su nombre.

A pesar del tiempo transcurrido, aunque algunas cuestiones o respuestas pudieran sufrir alguna modificación o aclaración, creo que, en líneas generales, aguantan perfectamente el lapso y siguen teniendo su plena vigencia y su poder sugerente y revulsivo. Espero que Félix de Azúa así lo comparta.

EN EL SILENCIO ESTÁ TODO POR DECIR
Entrevista a FÉLIX DE AZÚA 

por Juan A.-Rafael Millón

En el itinerario del lector una característica se muestra evidente: la apuesta asidua y recurrente por unos determinados autores. Uno está abocado a espigar, acudir a los clásicos y mantener una cita permanente con las lecturas que a uno le van definiendo. Pero existen ciertos autores en los que de lo que se trata ya no es de espigar, esto es, adquirir una información más o menos plural, panorámica de lo que se produce; ni tampoco pertenecen a la fortaleza en la que uno se escuda y nos proporciona el "arte de la construcción", a partir del cual constituiremos nuestro "castillo interior".
Se trata, más bien, de autores con los que uno se siente semejante, hermano (hipócrita lector), que disparan hacia un blanco en el que creemos tener puesta la mirada particular, con los que, en definitiva, se comparte una cierta "idea de contemporaneidad". Azúa, y desde hace tiempo, constituye para mí un encuentro siempre afortunado, aplazado por el más o menos breve plazo de la aparición de sus escritos. Conocerlo ha sido sin duda alguna un regalo, y he aprendido de él, de su generosidad y su amable conversación. Como él mismo refiere en la entrevista, hay que fiarse más de aquellos autores a los que se conoce por haber sido partícipe de su verbo. De acuerdo.
Este fue, por abreviar, el aspecto motivante de que esta entrevista se llevase a cabo, pero lo que en ella se deja lucir y la importancia de su procedencia, hubieran bastado por sí solos para que ésta se realizase. Sé que esto lo comparto.
Para aquellos que no han tenido la ocasión de acercarse a la producción de Félix de Azúa, vaya haciendo camino la siguiente bibliografía, con la que comulga una actitud de decidida postura de sendero que conduzca a una lectura directa de ella (de todos es sabido la indigencia a la que conduce la presión de la bibliografía; como si el conocimiento del título eximiese para un cabal conocimiento de aquella).

Novela:
Las lecciones de Jena. Barral editores, 1972.
Las lecciones suspendidas. Alfaguara, 1978.
Ultima lección. Legasa literaria, 1981.
Mansura. Anagrama, 1984.

Cuento:
- "Quien se vio", Tres cuentos didácticos. La gaya ciencia, 1975.
- "La venganza de la verdad", Revista Hiperión, nº 1, 1978.

Ensayo:
- Baudelaire. Dopesa, 1978.
- La paradoja del primitivo. Seíx-Barral, 1983.

Poesía:
- Poesía 1968-1978. Hiperión, 1979 (Incluye: Cepo para Nutria. 1968; El velo en el rostro de Agamenón, 1970; Edgar en Stephane, 1971; Lengua de cal, 1972; Pasar y siete canciones, 1977; y algunos poemas de Farra).
- Farra, Hiperión, 1983.

También ha traducido, prologado y editado a Beckett, Diderot, Novalis,
Holderlín, T.S. Eliot, R. Barthes, etc.

Entrevistador: La primera pregunta, y ya que el monográfico de la revista va a ir sobre el tema Filosofía-Literatura, sería saber qué relación estableces entre el discurso filosófico y el texto literario. Si es que pueden plantearse relaciones y establecerse de manera tan genérica.
Félix de Azúa: Yo creo que sí se puede plantear de una manera genérica; de hecho en mis clases así lo planteo, al tratar la posible génesis de la Modernidad. Los problemas a plantear serian: la desaparición de la división de los discursos; implicaciones mutuas del discurso filosófico y el discurso literario; la posibilidad de llegar a un discurso poético general (como utopía, lo sé), como línea o vector de señalización hacia donde debe tender la Voz, o la voz significativa; y esa misma posibilidad ubicada dentro de un conjunto de crisis parciales de todas las otras producciones significativas, tendentes también a la disolución de las diferencias entre los discursos plásticos, musicales, arquitectónicos, filosófico-teóricos, cientifico-técnicos, etc.
Ent.: Tú trataste de alguna manera este tema en el artículo publicado en Los cuadernos de la gaya ciencia, y en él comentabas el libro de Benet Un viaje de invierno. En él hablabas de los dos textos paralelos (el de caja y el de la sangría) no negadores uno del otro: el texto artístico, literario, y el texto de la razón, de la ciencia, explicativo.
F.A.: En la novela de Benet, en esa novela, lo que me interesó fue justamente que se produjera la siguiente paradoja: de un lado Benet separaba los dos discursos, y de otro, presentándose aquello como una unidad, unidad pretendidamente literaria (quizá no en la novela, no tenemos por qué entrar aquí en un problema de critica literaria, pero al menos como pretensión), la unificación aparecía como realizada Es decir, la separación significaba la unidad de ambos discursos y no su in-diferencia. Y por eso me interesó aquella novela.
A partir de entonces yo creo que Benet ha aflojado en el terreno teórico haciendo concesiones en lo que él cree que es el terreno de lo literario, aunque yo no estoy de acuerdo en que eso sea el terreno literario, así, en exclusiva. Creo que las producciones más interesantes son aquellas que tienden a disolver la indiferencia. Por ejemplo, me interesa Wittgenstein, pero no aquel que Rusell y Cambridge nos ofrece, sino el Wittgenstein de la tradición schopenhaueriana y disolutoria de las fronteras entre discurso filosófico y discurso poético. O, para buscar un ejemplo en otro lugar, la arquitectura de Adolf Loos. Lo que me interesa de esa arquitectura no es que sea el principio del movimiento moderno y de la tecnificación de la construcción ciudadana, sino como una operación aislada de Loos, de clarificación gramatical; operación expresada y encarnada en un orden arquitectónico, pero que podría haber encarnado en cualquier otro soporte.
Ent.: ¿Existe una "novela filosófica", o una "filosofía poética", o es una contradicción en sus términos? ¿Cómo hablar de Proust, Musil, Beckett, Carlyle, sin decir filosofía u obviando lo literario?
F.A.: Yo creo que empieza a hablarse a partir de mediados de siglo XX de novela filosófica o de filosofía poética, porque van justamente coincidiendo. Hay un articulo de Vidal Peña en Cuadernos del Norte en el que establece un paralelo entre Bouvard et Pecouchet de Flaubert y la Fenomenología del Espíritu. Y el paralelismo es sorprendente. En esa misma tendencia, Victor Gómez Pin acaba de publicar un libro sobre Proust en donde lo presenta como un filósofo real y radical, de una ética calvinista muy rigurosa, una especie de Proust jansenista, opuesto al Proust mercantil de los crisantemos y otras tonterías.
Si se habla de estas cosas y si podemos aportar datos y ejemplos es porque se va produciendo esa confluencia. ¿Qué diferencias hay entre determinados libros de Heidegger y lo que se suele llamar un discurso "poético"? Tenemos la clarificación wittgensteniana: delimitar, demarcar el estricto campo de la verdad; en definitiva, liberar el discurso que no es el discurso matematizable, normativizable o falsable, que de hecho es lo que es el discurso filosófico-poético de la tradición, desde Platón hasta nuestros días.
Es muy revelador que cuando Wittgenstein recibía visitas de aquellos que pretendían llevarle al terreno de la positividad, él sacara de su bolsillo un libro de poemas, se pusiera a leerlo y los dejara absolutamente desconcertados. Se ha vuelto loco, decían. Todo lo contrario, trataba por el único medio que quedaba, de hacerles comprender que determinados órdenes del significado no se pueden dar más que en ese discurso filosófico-poético, que no tiene absolutamente nada que ver con lo verificable, con la verdad.
Después de Hegel (ahí está la ruptura más clara, Hegel es una puerta que cierra y que abre), hay un misterio. ¿Por qué, Kierkegaard, Nietzsche; Heidegger, etc., añaden al puro discurso sistemático filosófico tradicional, un surplus que sólo podemos calificar de "literario"? ¿Qué necesidad tiene discurso filosófico de ser, además, un discurso “literario"? ¿Que es una necesidad del interior de la reflexión de la propia filosofía, y por lo tanto está ya implicada en la misma tradición filosófica occidental, o en su "final"?
Ent.: ¿Qué te parece la filosofía que últimamente se hace en España sabiendo que se trabaja desde muy diversos campos y que existe dificultad de enjuiciar en generalidad?
F.A.: De la producción filosófica española contemporánea me fío más de aquella que conozco por vía oral que la que pueda conocer por escrito. De manera que respeto enormemente determinados filósofos, pero porque los he oído, no porque exclusivamente los haya leído. Tiendo a desconfiar de la lectura. Por ejemplo, me interesa Francisco Jarauta, Victor Gómez Pin, Eugenio Trias, el propio Vidal Peña y muchos nombres que ahora olvido. Me parecen un grupo, una generación, o como quieras llamarle, de filósofos realmente honrados. Por honradez entiendo separación de la mera práctica funcionarial.
Ent.: ¿De qué manera estos filósofos recogen la tradición filosófica española que, aunque menguada, no ha cesado en su hilar a través de años, al menos en el terreno del ensayo?
F.A.: El discurso filosófico no puede ser un discurso "nacional" jamás. La gran ventaja de este grupo es que absolutamente ninguno de ellos, afortunadamente, ha seguido la más mínima tradición del pensamiento español, porque se hubiera hundido en el más absoluto descrédito.
Ent.: Vayamos ahora hacia otra cuestión. ¿Qué es la poesía? Cuando se hace esta pregunta, ¿se ha de suspender el juicio o se ha de ir elaborando continuos intentos, movidos por la pasión poética, como Jackobson, en una tarea de clarificación, de saber?
F.A.: Bueno, la pregunta de "¿qué es la poesía?" es la misma de "¿qué es pensamiento?" o "¿qué es el significado?". Es una pregunta que carece solución y por eso mismo es una pregunta real y verdadera. Las preguntas que poseen solución no son preguntas realmente filosóficas, a mi modo de ver. La pregunta filosófica es característicamente aquella que carece de solución, es decir, aquella que se plantea siempre como una dinámica de reflexión que no tiene final y que por lo tanto va adaptándose a las necesidades de la articulación de la pregunta en cada época y en cada momento. De modo que "¿qué es la poesía?" debería llevar el añadido de poesía "aquí y ahora". ¿Y qué es poesía aquí y ahora? Posiblemente no se pueda responder más que de un modo poético o metafórico. Y si tuviera que responder en esos términos diría que poesía aquí y ahora es toda aquella producción lingüística que provoque escándalo. Sin escándalo es imposible que una producci6n de lenguaje o de significación sea poética.
Definir la palabra poética como la palabra escandalosa hace referencia al escándalo en términos teológicos, de la tradición teológica, de la leyenda cristiana. La palabra repleta de significación era eminentemente la palabra evangélica; era la que provocaba escándalo. Y debiera ser la que todavía provocara escándalo. Dado que la palabra evangélico-teológica ha perdido su función, esa pérdida de función fue reivindicada por lo que solemos llamar "poético ", en general. No ahora, desde Lutero, que es donde yo colocaría la divisoria. Llamamos "poético" a lo insensato para el sentido común. En este sentido, me tomo en serio la propuesta de Hegel: la revolución luterana, la Reforma, es, efectivamente, el fin del escándalo de la religión cristiana, su racionalización, su domesticación, su estatalización.
Ent.: Coincidiría así con la Contrareforma, pero como producida en los países mediterráneos.
F.A.: ¿Cómo, a ver?
Ent.: Con la estatalización que se produce en la zona católica, con la teatralización ...
F.A.: Teatralizacion por nuestro lado. Por una parte estatálización, por otra dramaturgia, pero desposeída de verdadero contenido religioso. Y esa herencia escandalosa no podemos verla figurada más que en individualidades que se nos vuelven escandalosas: Hölderlin, por ejemplo.
Ent.: ¿"Todos los que escriben con terquedad versos, acaban por hablar como salvajes. O como animales"?
F.A.: Habría que meter eso en el contexto de todo lo que digo en la introducción de Farra. Que hablen como animales quiere decir aquí que poseen una voz específica, y específica quiere decir de la especie. Por ejemplo, la voz del león es sólo la del león, como la de la gacela es de la gacela. El poeta, si es que existe eso en tiempos de miseria, posee una voz específica, en el sentido de que en él se convierte en voz de una especie; y su voz queda diferenciada de todas las restantes, como las voces de cada especie animal están diferenciadas entre sí.
Ent.: ¿Qué piensas de la tradición poética, de los clásicos de la poesía española (desde Garcilaso, pasando por el Barroco, hasta la generación del veintisiete)? ¿Y de qué manera te ha influenciado?
F.A.: No me gusta hablar de estas cosas porque creo que no es bueno hablar de ellas, al menos tal y como se suele hablar usualmente de ellas. Es evidente que me han influido, pero igual que te puede influir el que hayas tenido de niño una chacha gallega o asturiana. El hecho de que el aprendizaje de la lengua lo hagas con Jorge Manrique y con San Juan de la Cruz es absolutamente determinante. Ahora bien, también es cierto que la tarea fundamental de los años sesenta y setenta, cuando salió esa antología, y otras cursilerías por el estilo, consistió en una batalla en contra de la herencia como determinación: la determinación de las voces por la nacionalidad, etc. Y por ello la reacción fue tan fuerte. Ahora, aquel cosmopolitismo parece un sueño cinematográfico.
La situación en el momento en que mi generación comenzó a publicar, más que a escribir, era una situación similar a la Viena de El Hombre sin atributos de Musil; es decir, la absoluta confusión de los discursos y de los referentes. Era el enorme basurero de la confusión y la hipocresía franquista. No había más remedio que coger el bisturí y cortar de una manera, si quieres tú, infantil, pretenciosa e impertinente, pero seguramente no había más remedio, era necesaria esa clarificación.
Ent.: Tú consideras la antología de Castellet como una labor que en aquel momento tuvo una absoluta significación. ¿Qué queda de los novísimos, de su propuesta?
F.A.: Hay que acostumbrarse a que este tipo de actos sean puntuales. Y la aparición de la antología en aquel momento era significativa. Ahora ha perdido toda significación; las circunstancias son totalmente distintas. Cuando decía que su significación era fundada, me refería a dos cosas: Que era necesaria la producción de una ruptura, y esa fue la obra de Castellet más que de los antologados; y que estuvo bien hecho desde el punto de vista de una cierta honestidad sociológica, porque yo recuerdo que Castellet trabajó sobre una monumental cantidad de libros y manuscritos; es decir, que Castellet, que es un hombre honesto, no se limitó a los libros publicados, sino que leyó toda suerte de manuscritos. Yo creo que se acercaban a los quinientos. Por supuesto que hubo exclusiones injustas, o lo contrario, pero el trabajo era serio, no fue ninguna frivolidad.
Ent.: ¿Hay, al igual que una pasión por la literatura, un goce de lectura, una pasión, por la crítica? Ese estremecimiento que nos sacude cuando leemos literatura, ¿queda negado, apartado, en cuanto nos damos a labor reflexiva, crítica; o se reconvierte, pervive de otra forma?
F.A.: Pongamos el caso de Baudelaire. La práctica totalidad de los lectores de Baudelaire ha leído Les Fleurs du Mal. Pero qué poca gente ha leído la labor crítica de Baudelaire, que es muy extensa, y de un interés tan grande como Les Fleurs du Mal. Mucha gente ha leído poemas de Shelley, muy pocos han leído la Defensa de la poesía, que es un texto tan maravilloso e importante como su poesía. Las Cartas de Keats son tan buenas como su poesía, al igual que las Cartas de Saint-John Perse. Esas diferencias es mejor tratar de suprimirlas.
Ent.: Precisamente de la Defensa de la poesía de Shelley salió una versión en Valencia hecha por el profesor de Estética de nuestr Universidad, JoséVicente Selma.
F.A.: Conozco a Selma; él tiene un estudio sobre Novalis realmente bueno. No sabía que hubiese traducido a Shelley. ¿Y dónde está editado?
Ent.: En una pequeña editorial valenciana que se llama Fuentearnera. Ya te lo mandaré. Pero sigamos con las preguntas. ¿Qué estimación te merece la narrativa que se produce hoy en España, de lo que algunos han dado en denominar "nueva narrativa española". Como lector y como agente de la misma?
F.A.: Con toda sinceridad, de la narrativa española contemporánea he leído poquísimo. Es normal, y así sucede con la práctica totalidad de la gente que escribe. Es muy difícil, cuando te dedicas a esto, interesarte por lo que escriben tus compañeros. A lo mejor es injusto, pero es así. Porque cuando escribes, lo normal es que por una parte te reduzcas al campo de lecturas que te han marcado desde un principio (Dostoievsky, Proust, etc.) a los que tienes que ir volviendo una vez y otra; y de otra parte, de tus contemporáneos, tiendes a leer más bien desde un punto de vista informativo. Yo, prácticamente, de la actualidad sólo leo a Benet, cuando Sánchez Ferlosio se digna escribir alguna cosa, algo de Juan García Hortelano y poco más. ¡Ah!, y a Eduardo Mendoza, Carlos Trías, Javier Femández de Castro, Vicente Molina Foix, pero vamos, estos son mis amigos y leo sus libros del mismo modo que escucho sus relatos de las vacaciones o de un viaje. No se puede decir que conozca gran cosa de la narrativa española contemporánea.
Ent.: En tu propia narrativa se aprecia una clara evolución en el sentido de proceso de la escritura, desde las Lecciones de Jena, hasta Ultima lección, y desde Las lecciones suspendidas a tu última entrega, Mansura. ¿Cómo explicarías esta démarche en tu narrativa? Por cierto que lo que se apunta en la contraportada de Mansura, esa lectura alegórica, no acierto yo a planteármela.
F.A.: No hay que hacer mucho caso de las contraportadas, aunque son el género literario más leído en España. Quizá el único. La primera serie de mis novelas, la que corresponde a las "Lecciones", tiene una unidad, pero ahora no nos vamos a meter en ese asunto. Es una unidad que funciona, o que yo tuve la pretensión de que funcionara, de una manera articulada, con una primera propuesta, digamos, infantil, encarnada en un mundo infantil e ingenuo; una segunda parte absolutamente negativa, que prácticamente sólo se plantea en términos de pura abstracción y conceptualización de lo anteriormente sucedido; y una sintética donde se regresa a ese mundo naturalista, ingenuo, pero con todos los contenidos negativos de la memoria. Y ahí se cierra el asunto. Mansura es una bisagra, un punto de partida, yo no sé si volveré a escribir jamás prosa, eso nunca se sabe...
Ent.: No te atreverás a hacemos eso, ¿verdad?
F.A.: (Risas). Pero en cualquier caso, cualquier cosa que volviera a escribir (bueno de hecho tengo ahí una cosa de trescientas páginas, pero lo que ocurre es que no me convence), debería ir por el lado que se inicia en Mansura, de desnudamiento, de línea clara de haber asumido todo el recorrido y de volverlo a plantear, como decía Flaubert en la Leyenda de San Julián el Hospitalario: como si fuese una vidriera gótica donde cada figura está separada y delimitada.
Ent.: Dirijamos ahora la andadura hacia la capital Baudelaire. ¿En qué se cifra esa "modernidad", como operación poética, que tú observas en Baudelaire?
F.A.: Es un conjunto de rasgos bastante extenso. Muchos de ellos ya tratados por Benjamín. Pero lo curioso es que él no comentara ese texto que es esencíal, El artista de la vida moderna, un texto sobre Constantin Guys, en el que se encuentra el famoso texto sobre el dandy. Quizá Benjamín preparara algo más extenso sobre él y no lograra terminarlo, no sé, porque es el texto esencíal.
En lineas generales y resumiendo, los elementos de la "modernidad" en Baudelaire serían: por una parte la aceptación de la metrópolis como nueva naturaleza. Él escribe esto entre 1850 y 1860 y si te fijas en todos los intelectuales de Francia, Inglaterra, etc., ocurre totalmente lo contrario: la negación de la ciudad industrial contemporánea y esa nostalgia de lo bucólico. Es Baudelaire el primero en aceptar la metrópoli como naturaleza. En segundo lugar, la aceptación del anonimato y de las masas. Es decir, el paso del sujeto universal o del "hombre eterno" del humanismo, a un nuevo sujeto, extravagante y raro, que son las masas ciudadanas, la muchedumbre, "les foules ". En tercer Lugar la proposición del instante como temporalidad del artista moderno: Es decir: no un discurso artístico que se remita a un extratexto, un metatexo, a una retórica trascendental: la historia, la religión, la moral, etc., sino al instante desprovisto de todo discurso externo. La diferencia sería, en términos benjaminianos, la que va del Zeitgeist hegeliano, al Jetzeit baudelaire-benjaminiano. Algo así como llevar a Hegel al infinitesimal. En cuarto término, aceptación presuntamente descarada de la obra de arte como mercancía, pérdida del aura, etc. Y por último, la negación de toda posibilidad de mantenimiento de la producción artística como mimesis, como si hubiese un objeto externo sustantivo; y la asunción de la producción artística como pura producción de la in-significancia o del silencio. Estos serían los puntos esenciales.
Ent.: Pedías, en una recensión a la traducción de Carlos Pujol de Las Flores del Mal, que se acometiese la traducción del Baudelaire crítico de arte. ¿Qué es lo que nos ofrece ese Baudelaire?
F.A.: Baudelaire trabaja el ensayo y la crítica para ganarse la vida, y es una producción gigantesca. Y entre eso hay de todo. Pero es esencial por una razón: si tú observas en 1860 el panorama de la reflexión estética, es monstruoso, Hegel murió en el año 30, y lo único que hay entre el 30 y el 60 es, o bien divagaciones idealisto-escapistas por parte de la crítica inglesa, o absoluta nulidad en Francia.
Ent.: Morris...
F.A.: Morris, Ruskhin, etc., son muy interesantes, claro, pero siguen anclados en la pastoral Cuando lees a Baudelaire ves que está aceptando fenómenos determinantes para nosotros, y no las delicias teológico-burguesas de los Prerafaelistas, que nos son ajenas. Artículos como el de los caricaturista franceses o los artículos sobre el Salón de París, o El artista de la vida moderna, son de una audacia que sólo admite comparación con Nietzsche. Lo asombroso es que se tenga que esperar a 1930, con Benjamín, para que se le tenga en cuenta. Es decir, 1860 a 1930... Un verdadero escándalo.
Ent.: En el comienzo de tu Baudelaire dices que el único movimiento que se ha opuesto seriamente a la lírica inaugurada por Baudelaire sería el Realismo Socialista. Pero ¿no cabría considerar también a Heidegger, con su crítica a la tecnología, su valorización del campesino, etc.?
F.A.: No, yo veo a Heidegger absolutamente moderno. En Heidegger hay rasgos sociológicamente reaccionarios y su pensamiento está teñido de clasicidad y de conservadurismo, pero bueno, también Nietzsche, Montaigne o Kerkegaard. Pero en cambio su pensamiento es imprescindible para un entendimiento de la modernidad; sobre todo su reflexión sobre el nihilismo. Tú puedes estar de acuerdo o no con su lectura de Nietzsche, pero es de todas las lecturas que hemos leído en el siglo XX la única que permite seguir pensando allí donde todo parecía pensado. Es un hombre que cada vez que abre una caja que parecía de galletas, resulta que es la caja de Pandora y comienzan a salir demonios.
Y en el aspecto estético (esta palabra, "estética ", es peligrosísima) es esencial, porque es un hombre cuya capacidad para explicar los elementos esenciales te permite ampliar el horizonte de reflexión. Yo recuerdo que comenzó a interesarme el pensamiento estético de Heidegger (antes me habia interesado como "representante del existencialismo"; era la época de Camus, de Bataille, etc.), el día que leí un libro (no recuerdo cuál, creo que El origen de la obra de arte) en el que estaba hablando de música, y por tal entendía la llamada al Angelus del campanario de la Iglesia del pueblo. Cuando pensamos en “música” lo que se nos pone delante es la música “escrita”, y por tanto conservada en la memoria, a partir del siglo XVIII hasta el XIX; pero eso es la música escrita, perturbada por un efecto técnico concreto que es la utilización de la escritura musical. Pero es una perturbación. En el momento que alguien te remite a una música cuya escritura está en otro lugar… es como si tu capacidad torácica se multiplicara por diez.
Ent.: Cuando se habla de Romanticismo se suele entrar en una laguna de confusión y de memeces en la que se mezclan términos como “sentimientos”, “gusto por la nocturnidad”, “subjetivismo”, sin explicitar de qué subjetividad, de qué sentimientos habla el romántico. ¿Hay un romanticismo? Tu has señalado en un artículo la existencia de dos generaciones, ¿qué las une?
F.A.: Tú ya ves que no se puede meter en un mismo paquete, baja el término. "romántico", a las hermanos Schlegel y a Víctor Hugo. Es una locura, ¿no? En ese texto. me refería a un primer momento romántico que podríamos definir como puramente negativo, y que es el que creo más interesante: la herencia del Sturm und Drang y su trasmisión inglesa; es decir, la Alemania de los hermanos Schlegel, Novalis, etc., y en Inglaterra, Woodsworth, sobre todo, y Coleridge. Es un momento negativo de destrucción del aparato conceptual anterior. La segunda oleada, coma toda segunda oleada, es afirmativa y, por decirlo así, pone sus pies sobre lo destruido para construir un nuevo edificio, y ahí ya las casas pierden bastante interés.
La primera generación tiene un enemigo claro a destruir, cuyo símbolo es la Revalución Francesa; la segunda generación ya no es luchadora y destructiva, no posee esa facilidad. Lo característico de la segunda generación es el hastío: no hay nada que hacer. Por lo tanto hay un "romanticismo" del hastio-aburrimiento-resignación-horror-fantasía monstruosa, que es el de la generación de la Santa Alianza. Y, sin embargo, se sigue metiendo en un mismo saco el momento de asalto y el momento de resignación.
Ent.: Otro fenómeno que te ha interesado ha sido la figura de Diderot. ¿Qué ha supuesto Diderot para la filosofía y cuál ha sido su innovación en lo literario?
F.A.: Aciertas en la pregunta parque la "aportación" es para la filosofia y, en lo literario, la "innovación", El Diderot extraordinario es el de El sobrino de Rameau. Ese libro, la lucidez que supone es asombrosa. Por un lado innovación estrictamente literaria sobre todo en El Sobrino de Rameau el resto es prescindible, aunque perfectamente interesante. Su aportación en filosofía de la naturaleza, en ética, etc., no tiene apenas interés. En estética, en cambio, tiene una enorme relevancia. Frente al mundo de la reflexión estética de su tiempo, Diderot pone los elementos de un juicio que, a partir de la Revolución Francesa, van a ser generales. Pero no hace un uso sistemático de esos elementos, se limita a encontrarlos. Esos elementos son difíciles de demarcar porque son sobre todo elementos de duda, de ambigüedad, de paso, de bisagra, que sólo tienen interés cuando niegan, pero no cuando afirman. Si hubiese que resumir el núcleo de su reflexión estética, seria el poner en duda de una manera bastante radical las relaciones entre sujeto y objeto. Es decir, la tradición teórica de la mímesis que había ido desarrollándose sin contradicción severa desde Alberti hasta Watteau. Diderot tiene serias dudas acerca de que tal cosa coma una Naturaleza o Modelo Ideal exista, y que sea el "objeto" del pintar. Diderot comprende que el sujeto ha incluido el objeto en su reflexión, coma algo propiamente espiritual, y que por la tanto no hay nada ahí fuera. No queda nada fuera. Pera retrocede espantado y se niega seguir pensando ese abismo.
Ent.: Beckett. ¿Qué es la escritura de Beckett? ¿Qué ha significado la aventura Beckett para la literatura?
F.A.: O sea, ¿por qué más bien Beckett y no cualquier otra cosa? Bueno, no es sólo Beckett, claro. Estamos acostumbrados a hablar de singularidades: decimos "Beckett', como dentro de un bosque decimos que esto es un "alcornoque" o aquello es una "encina ". Pera de hecho hay individualidades y conjuntos: bosques y árboles. Beckett es un árbol específico dentro de un bosque que empieza a ser a bastante espeso. Ese bosque incluye a Kafka claro está, a Bernhard, en pintura a Morandi, y en escultura a Giacometti. ¿En qué consiste este conjunto de producción y de reflexión? Quizás, una vez más, se podría resumir mediante una metáfora: como el bloque que más decididamente apuesta por una definición de lo que es el destino; al cual Beckett lo define del siguiente modo: es un lugar lo suficientemente amplio para moverse, pero no lo suficiente como para ir a algún sitio.
Ent.: La escritura de Beckett no conduce al silencio, pero aboca a él. ¿Por qué va siendo tan prolífica?
F.A.: No es que conduzca al silencio, está instalada en el silencio. Hay que entender el silencio, como antes al hablar de Wittgenstein te decía. Justamente como todo aquello que se puede decir y que nos da sentido sin por ello pertenecer al orden de la verdad. En el silencio está todo por decir.
Ent.: Mi última pregunta irá en la dirección de un tema que me interesa y sobre el que estoy preparando un trabajo: Gabriel Ferrater y el grupo que se formó en torno a esa avanzada que era la revista Laye.
F.A.: Cuando le conocí era, como todas las cosas importantes, un ser vivo, por lo tanto vuelvo a lo que te dije en principio: la oralidad, la enseñanza oral, que es la única realmente insustituible, la única realmente importante; todo lo demás es prescindible, en alguna medida. Se mató… y le sucedió lo que sólo le sucede a los poetas. Como ya sabes, sólo se es poeta una vez muerto, mientras vives eres, todo lo más, un escritor de versos. Lo que distingue al poeta es que una vez muerto crece a una velocidad desmesurada. Nosotros, que habíamos leído cosas de él, ya nos gustaban, no podíamos ni imaginar cómo iba a crecer en diez años. Ese crecimiento siempre es una sorpresa. Ver cómo un “escritor de versos” se muere de poeta.
Él estaba convencido, por influencia de su generación y del momento histórico, de que hacía poesía de lo cotidiano, como Jaime Gil de Biedma. Cuando ahora lo lees, lo que menos importa es la parte que pueda relacionarle con Auden y esas cosas. Y lo que cada vez es más esencial es la parte que tiene de poeta de la reflexión, como Trakl o Benn; es decir, donde la experiencia, como experiencia de lo cotidiano, es absolutamente secundaria. Resumiendo: que no tiene un pelo de “psicología”.
Ent.: También supuso un especial revulsivo en la introducción del pensamiento que se realizaba fuera de España. Fue un introductor de corrientes del pensamiento y de polémicas insustituibles por entonces.
F.A.: Enormemente. Yo recuerdo que tenía unos seminarios con él y era curioso porque no entendíamos nada (tendríamos unos veinte años por entonces), pero sí nos dábamos cuenta de que era posible leer de otra manera. Y es la verdadera enseñanza, cuando de pronto te das cuenta de que es posible hacer de otra manera lo que estabas haciendo.
En la introducción a la Historia del Renacimiento, viejísimo libro del ochocientos, Burckhardt dice que existen dos tipos de maestros: aquellos que te enseñan las cosas; y otros que, en lugar de enseñartelas, te cogen de la mano y te suben a una altura donde tú mismo eres capaz de ver el panorama. Gabriel Ferrater pertenece a este último tipo de maestros.

miércoles, 31 de marzo de 2010

DE UNOS APUNTES DE VIAJE



Seguimos el rumbo de nuestro idioma en su hacerse histórico (por cierto, nuestra Universidad de Valencia cuenta con una excelente filóloga, Maite Echenique Elizondo, quien ha tratado con rigor el vasco-románico, ya que hemos de tener en cuenta que el castellano nació en cofluencia geográfica y en convivencia humana con la zona de lengua euskera; de ello también ha tratado otro eminente filólogo de esta misma Universidad, Ángel López), hacia el Sur por tierras de Logroño hasta Soria. Allí, al amparo del viento helado del Moncayo, gracias al tapial del cementerio de la Virgen del Espino, junto a lo que queda del olmo “hendido por el rayo”, rememoramos la feliz y trágica historia de Leonor, allí enterrada, y Machado, atando “el hilo que nos (los) unía”.
Collado abajo, hacia el puente sobre el Duero, llegamos al Palacio de la Audiencia, y allí una escueta pero interesante exposición, “Antonio Machado y Hora de España”, nos recuerda una esperanza que aún late, empujando en la adversidad: poesía, pensamiento, compromiso, arte, ciencia, utopía, palabras gastadas que aún circulan como monedas republicanas, hinchiéndonos de valor, de todo su valor, en la mera virtud cívica. Homenaje a ese 14 de Abril que mañana celebraremos. Resuenan estos versos pertenecientes a la tercera y sexta estrofa de ese extraño poema que Machado tituló, Recuerdos de sueño, fiebre y duermevela:

Era la tierra desnuda,
y un frío viento, de cara,
con nieve menuda.
Me eché a caminar
por un encinar de sombra:
la sombra de un encinar.
El sol las nubes rompía
con sus trompetas de plata.
La nieve ya no caía.
La vi un momento asomar
en las torres del olvido.
Quise y no pude gritar.


……….

Junto al agua fría,
en la senda clara,
sombra dará algún día
ese arbolillo en que nadie repara.
Un fuste blanco y cuatro verdes hojas
que, por abril, le cuelga primavera,
y arrastra el viento de noviembre, rojas.
Su fruto, sólo un niño lo mordiera.
Su flor, nadie la vio. ¿Cuándo florece?
Ese arbolillo crece
no más que para el ave de una cita,
que es alma —canto y plumas— de un instante,
un pajarillo azul y petulante
que a la hora de la tarde lo visita.

(Pascua del 2009)


IMÁGENES DE ANTONIO MACHADO

lunes, 22 de febrero de 2010

IDA VITALE


Me llevó a la escritura de Ida Vitale una referencia biográfica sobre José Bergamín, sobre su magisterio en Uruguay. Allí, a sus clases, asistió como alumna de aquel espíritu inquieto, mordaz y sabio, Ida. Fue difícil entonces acceder a su obra. La vimos al comienzo del segundo milenio en una gavilla de poemas que eligieron para la antología Las ínsulas extrañas, Blanca Varela y Eduardo Milán; y, finalmente, primero con Reducción del infinito (2002), en Tusquets, y depués con Trema (2005) editada por Pre-Textos -sin olvidar la mágica aparición en AdamaRamada de El abecedario de Byobu (2005)-, entonces, digo, su lírica se nos acercó, dejó su impronta en nuestras imprentas y librerías, haciéndonos más accesible su voz.
Mi amigo, el impresor saguntino Antonio Navarro, en uno de sus viajes a Uruguay, me trajo -él sabe cuánto se lo agradezco- una edición del primer poemario de Vitale, La luz de esta memoria (1949), que guardo con mimo y a cuya convocatoria acudo con asiduidad y con certero gozo.
De una lectura que hizo Ida en la Residencia de Estudiantes, el 6 de Octubre de 2008, rescataremos aquí tres poemas. Los dos primeros pertenecen a Procura de lo imposible (1998) y Trema (2005), respectivamente. El último fue presentado como aún inédito. Sirvan para esparcir su simiente:


EXILIOS



"...tras tanto acá y allá yendo y viniendo"
Francisco de Aldana

Están aquí y allá: de paso,
en ningún lado.
Cada horizonte: donde un ascua atrae.
Podrían ir hacia cualquier fisura.
No hay brújula ni voces.

Cruzan desiertos que el bravo sol
o que la helada queman
y campos infinitos sin el límite
que los vuelve reales,
que los haría de solidez y pasto.

La mirada se acuesta como un perro,
sin siquiera el recurso de mover una cola.
La mirada se acuesta o retrocede,
se pulveriza por el aire
si nadie la devuelve.
No regresa a la sangre ni alcanza
a quien debiera.

Se disuelve, tan solo.



DE LA POCA MEMORIA

¿Cómo perdí el desmenuzado caballo
en las provincias sueltas?
La palpitante vaca, ciudadana escanciada,
cola festiva y moscas, toda su espuma blanca
febril y con perfume, resistiéndome ingrata,
¿se fue por los caminos?
La moneda de bronce del breve rey de Italia,
¿volvió a la tierra en años de luces discontinuas?
¿Cuándo el mar, el primero, acumuló color
y me lo trajo, llagado del clamor de las gaviotas,
al pie del tren de paja y viento y oro
y palidez de invierno derrotada?
Pasaban cerca flechas de lo asombroso, al blanco.
¿Quién me tensaba el arco?
¿Aquél turquesa azul, dónde dejó
su caja rústica, su mariposa abierta? Sin color,
sin dulzura, sin viento, un derrotado gris
adelanta banderas de estado de tiniebla.
Cuentas al tiempo, cuántas, tan inútiles
y qué inservibles ábacos manejo.




PROGRAMA


I
Recuerda, clara y lentamente, el agua.
Escucha al pájaro:
¿canta apenas su miedo
o demuestra esperanza?
Llega a la rosa y piensa en ella.
No te preocupe el hombre.
Él se basta:
a solas
prepara su cuchillo.





II
Mira, sin olvidar fatalidades,
la creciente, mas disminuida, especie.
Ánclate en lo que tantos desdeñan,
discreta ignora lo que mundo busca,
para así transitar, ya sin enfado,
tu bandera sin viento que desciende.





III
Abre los ojos
a cada parcela de mundo,
brotes de encino o rostro apático.
Una vez más quedarás deslumbrada
o buscarás tus culpas en el aire:
todavía eres presa de la vida.



miércoles, 20 de enero de 2010

AGUSTÍN GARCÍA CALVO Y LEWIS CARROLL

Corría el mes de junio del año 83 cuando hice mi segundo viaje a Madrid. Como el primero, lo hacía casi a hurtadillas, sin el conocimiento de mis padres, con arrojo y decisión, esperando vivir en ellos una ansiada aventura que alimentó hasta lo indecible las vísperas. ¡Qué emoción, entonces!
La primera aventura, que llevaba el sello de lo casi clandestino, fue para asistir al Congreso de la unificación de dos partidos extraparlamentarios: el Moviemiento Comunista y la OIC, en el invierno del 79 (2 y 3 de febrero); yo, por entonces, cachorro de la Jove Germanía. La segunda, aparentemente alejada de aquel acto político, llevaba, sin embargo, también el sello de la remoción interior y suponía también un compromiso. Aunque había leído ya mucho de García Calvo, aquel encuentro abriría en mí una nueva estancia , ocupada por mi pasión hacia su obra.
Se trataba de un acto de homenaje a Lewis Carroll, que se tributaba en el Ateneo de Madrid, y junto a García Calvo disertó aquella tarde el escritor y traductor, Mauro Armiño. Grabé la conferencia, de la que quedé prendado, e intenté acercarme a Agustín para explicarle mi intención de transcribir sus palabras y mandárselas para que las corrigiera, para después editarlas en un número monográfico de la revista saguntina Abalorio, que dedicaríamos a Carroll.
Después de intentarlo en el salón del Ateneo, de todo punto imposible por la aglomeración de gente que quería felicitarle, saludarle y hablar con él, por fin me pude acercar, en una cervecería cercana adonde se dirigió más tarde. Apenas pude comentarle el proyecto, pero fue lo suficiente para que me alargara sus señas en una de las servilletas que tenía a su alcance.
Más tarde, ya en Valencia, en el Hotel Ingés, después de una conferencia sobre épica y tradición popular que dictó en el Ateneo, corrigió el texto, que saldría publicado en el año 84, pero no ya en Abalorio, sino en otra revista, Aurora, que creé, junto a mis amigos Francesc García Donet y Gastón Segura Valero, en la Facultad de Filosofía de Valencia.
La escasa difusión del texto, la dificultad para hacerse con un ejemplar de aquella revista (de la que volveré a escribir en otra ocasión, con más detenimiento) y el indudable interés que posee, me han hecho volver a él y ofrecerlo aquí, en un intento de acercar los textos de García Calvo, en este caso con el aliciente bien curioso de su tratamiento de la escritura de Lewis Carroll. Espero que lo disfruten.
LA LÓGICA Y LA TRADICIÓN POÉTICA ANÓNIMA EN LEWIS CARROLL
Agustín García Calvo
Yo sí que en verdad sé muy poco acerca de Carroll. He leído, naturalmente, algunas cosas sobre él, y casi todas se me han olvidado; y en parte por desinterés por la persona de los creadores, poetas, filósofos o lo que sean: un desinterés que pienso que es razonable porque estamos hartos de sufrir el hecho de que la persona de los creadores, sean poetas, filósofos o lo que sean, se coma las producciones mismas; y tanto más progrese la cultura de los nombres de los poetas, filósofos y demás, cuanto menos se utilice por el público en general la poesía, la lógica u otras formas de pensamiento. Tal vez por esto es por lo que sé tan poco acerca de Carroll. Otra cosa es, en cambio, lo que se refiere al uso de muchas de sus obras. Sobre esto sí que tengo algo en mi haber: este librote me ha acompañado casi constantemente desde hace cerca de veinte años, las Obras Completas de Carroll. No diré que sea mi libro de cabecera, puesto que para eso sería algo incómodo, tomándolo al pie de la letra, pero, en fin, como buen compañero lo cuento entre los pocos a los que tengo que agradecer mucho de placer, descubrimiento, alimento de la paciencia para sostener una cierta lucha desesperada contra eso que le constituye también a uno mismo, que se llama realidad. Esto me mete en el tema que quería sacar ante ustedes. Si yo estimo mucho este libro y muchas de sus obras, y tengo ese agradecimiento por las ayudas prestadas, es sin duda porque algo hay en ellas, no sólo en Alicia o La Caza del Snark, sino también en algunas non-sense rhymes, limericks y riddles u otras pequeñas composiciones, insertas en varios de sus libros o conservadas como envíos a algunas de sus pequeñas amigas; algo hay de denuncia de eso que vengo llamando realidad, algo hay de descubrimiento: descubrimiento de la falsedad de esto en lo que los adultos vivimos y que a los adultos nos constituye también, a cada uno según su lugar especifico ... Tal vez son diversas las técnicas que algunos hombres han podido emplear para llevar a cabo esta denuncia o descubrimiento. La de Carroll en concreto me parece sostenida por dos elementos en los que voy a hacer parar mientes brevemente: uno es la lógica o la matemática ... digamos «la lógica»; otro es la tradición de la gente corriente, de la gente indefinida, más o menos parlante, y dentro de la gente en especial los niños, y dentro de los niños en especial las niñas, pero todo ello formando parte de la gente. En cuanto a lo primero, muchos de ustedes han disfrutado sin duda de las producciones matemáticas y lógicas de Carroll, conocen al menos parte de la colección de apasionantes problemas de carácter matemático o lógico; y lo más admirable en él es que estos mismos elementos penetran también en las producciones poéticas, sean en las rimadas, sean en la prosa: es uno de los casos más ilustres de compaginación, de colaboración, de las técnicas poéticas y las técnicas de la lógica. Querría, antes de pasar al segundo tema, mejor hablar mucho de esto, darles una muestra (si se descuidan ustedes, en mi deseo de no hablarles de Carroll, me verían leyéndoles partes de este librote) de las que recuerdo bien: es un poco largo el ejemplo como muestra de la producción lógica, y no voy a poder traducirla aquí entera, pero algunos de ustedes la conocerán: el pequeño cuento de lo que la tortuga le dijo a Aquiles. Aquiles había alcanzado a la tortuga y se había sentado confortablemente en su lomo. «Así que has llegado al final de nuestra carrera -dijo la tortuga-, incluso aunque consiste de hecho en una infinita serie de distancias. Creía que algún sabihondo que otro había probado que eso no podía hacerse»; dijo Aquiles: «¡Es un hecho!, solvitur deambulando. Ya ves que las distancias iban disminuyendo constantemente y así...». «Pero ¿y si hubieran ido creciendo constantemente? -interrumpió la tortuga-, ¿entonces qué?» ....«Entonces no estaría yo aquí -replicó Aquiles-, y habría dado por varias veces la vuelta al mundo a las horas que son». «Me halagas, me aplastas, quiero decir» dijo la tortuga. La narración a continuación pasa a tomar esta conocida aporía de Zenón, que en lo que se nos conserva, mal, de los textos de Zenón de Elea se plantea flsicamente, y la traslada a un planteamiento que se refiere al propio lenguaje del planteamiento, al propio lenguaje de la aporía y especialmente a la lógica de las proposiciones hipotéticas; así que al cabo de un rato la tortuga le propone a Aquiles que se dedique a un juego para el cual le pide que saque de su casco un cuadernillo y un lápiz y vaya apuntando lo que dice. Lo que dice es, en primer lugar, una constatación de lo que sucede en la paradoja de Zenón: le dice que escriba las siguientes proposiciones: A) Las cosas que son iguales a una misma son iguales entre sí; B) Los dos lados de este triángulo son cosas iguales a una misma; Z) Los dos lados de este triángulo son iguales entre sí. Aquiles escribe esto y entonces la tortuga le plantea la escisión entre las premisas A y B y la conclusión Z. Le dice Aquiles: «Está claro que de las dos premisas se deduce la conclusión». Dice la tortuga: «Sí, en caso de que uno admita la proposición de que si A y B son ciertas, entonces Z es cierta también». «Claro, claro, por supuesto: en el caso de que uno admita esta proposición» dijo Aquiles. «Bien, entonces, merece la pena a su vez escribirla: escríbela en forma de proposición C»; de forma que queda la proposición C que dice: "Si A y B son ciertas, Z tiene que ser verdad"; esta proposición queda escrita como tercera. Bueno, ya ven ustedes por dónde va la historia, que tiene tres páginas en esta edición inglesa: naturalmente, cuando Aquiles se apresura a creer que esa carrera lógica ha terminado, la tortuga le hace constar que para que Z se deduzca lógicamente de A, B y C, es preciso admitir la proposición de que si A, B y C son ciertas, entonces Z es cierta; pero ésta es una proposición D, que Aquiles debe escribir a continuación de la C. Carroll dice que en ese momento se aleja del grupo, y que al volver al cabo de varios meses, se encuentra a Aquiles agotando su cuadernillo, escribiendo como loco las series de proposiciones del pretendido silogismo; y la cosa termina en la desesperación, que se manifiesta en insultos mutuos que se dirigen la tortuga y Aquiles con una serie de juegos de palabras que no traduciré aquí. Bien, ésta es la muestra, entre otras, de la producción lógica, de la técnica de lenguaje a la que antes me refería. Ven ustedes que no es grano de anís esta hazaña de trasladar del ámbito, aparentemente físico, la teoría de Zenón a un ámbito que está constituido precisamente por el lenguaje, en este caso en especial por esta manifestación tan curiosa del lenguaje que son los enunciados hipotéticos, a los que los lógicos más avanzados no hacen mas que dar vueltas, cada vez más incómodas y desesperadas. Bien, no quiero entretenerles sacándoles más ejemplos acerca de estas artes lógicas: únicamente vuelvo a hacer constar mi admiración de cómo mucha veces estas artes se mezclan en común con las artes que solemos llamar poéticas. Pero paso a lo que he dicho que era la segunda vía por la que veo alimentándose esta arte lingüística que aparece en muchas de las producciones de Carroll, rimadas o no, más o menos lógicas, más o menos narrativas, más o menos poéticas: he dicho que esto viene de la tradición de la gente corriente, y, en su caso en especial, de una cierta tradición inglesa; porque inglesa para mí no quiere decir nada de nación o raza, sino simplemente concebida en el idioma inglés, más o menos oficial o popular. En efecto, todas estas non sense rhymes o estos riddles que en los libros de Alicia y en otros muchos aparecen, no son ninguna invención personal de Carroll, están fundadas en una larga tradición de rimas de versos sin-sentido o de contrasentido, y en acertijos y otras cosas por el estilo, y de esta tradición es de donde, entre otras cosas, Carroll ha tomado el ritmo, ha tomado los juegos de sintaxis, cosas ambas en las que él tenía que tener un especial interés, tanto en el ritmo como en la sintaxis. Hasta qué punto esto es así lo voy a demostrar con otro ejemplo, antes mejor que hablar mucho sobre ello. Por ejemplo, tomemos los versos, el tipo de versos, en que está escrita La Caza del Snark:
«Just the place for a Snark! l have said it twice: That alone should encourage the crew. Just the place for a Snark! 1 have said it twice: What 1 tell you three times is true.»
Supongo que perciben ustedes más o menos esta alternancia de los versos de cuatro tiempos y los de tres, y sobre todo esa utilización del ritmo anapéstico, en el cual quiero centrar su atención, para hacer evidente esto de la tradición popular anónima. Tienen ustedes conexiones con anónimos pertenecientes a la tradición inglesa. Me voy a limitar, si la memoria no me falla, a recordarles uno de estos poemillas que está en este mismo tipo de ritmo anapéstico, y en el que, de paso, no deja de ejercerse una cierta función también dialéctica, precisamente en torno a la ontología del yo; es decir que sería un poema que Carroll podría haber compuesto, pero que no lo compuso él, está en la tradición anónima inglesa. Esto, en traducción, dice así:
Había una vieja, habéis de saber, que a la feria sus huevos iba a vender.
Un día de feria a la feria marchó y al pie de la ruta dormida quedó.
Pasó un buhonero muy burlador le cortó las enaguas todo alrededor.
Hasta las rodillas las faldas cortó,
con lo cual a la vieja un frío le entró.
Y cuando la vieja se fue a despertar,
a temblar se puso, se echó a tiritar;
se puso a mirarse, a llorar se echó: ¡Por Dios!, ¡Dios me valga!, que ésta no soy yo.
Pero si es que soy yo, y lo seré quizá, tengo en casa un perrito y me conocerá; si soy yo, su rabito vendrá a menear, y si no soy yo, a gruñir y ladrar. A casa la vieja se fue, y al llegar salió su perrito, se puso a ladrar. Al ver que ladraba, a llorar se echó: ¡Por Dios!, ¡Dios me valga!, que no, no soy yo.
Y creo que no tengo que hablar mucho para esclarecerles hasta qué punto hay una continuidad entre las producciones anónimas de este tipo, más o menos producidas por niños, más o menos producidas para niños, y las cosas a las que Carroll se dedica. Espero que vean cómo dos cosas tan aparentemente opuestas, la inspiración en la matemática y la lógica y la inspiración en las tradiciones populares y anónimas, convergen y hacen posiblemente la parte principal de la fuerza de las producciones de Carroll. Naturalmente, de esta tradición popular Carroll no sólo ha tomado estas costumbres de los ritmos anapésticos y trocaicos y los juegos de sintaxis, ha tomado muchas otras cosas que pueden ser útiles para poner al desnudo aunque nada más sea por un momento, por un vislumbre, esta falsedad real sobre la que los adultos viven y a los adultos constituye. Por eso es por lo que la inspiración de Carroll ha tenido que venir especialmente de esa parte del pueblo, de la gente indefinida, que son los niños; los niños tienen esta enorme ventaja: que por muy corrompidos que estén (desde pequeñitos, por supuesto, desde que aprenden a hablar lo están y esto muy bien lo sabía Freud), sin embargo están mucho más imperfectamente formados, no tienen una cantidad de actitudes, de intereses, empeños, vicios y por tanto ideas, que defender, para con ellas defenderse, que es la característica de todo hombre más o menos. Ésta es la ventaja que puede hacer que los niños, si fuéramos capaces de oirlos, fueran naturalmente mucho más clarividentes y capaces de descubrir esta falsedad a la que llamamos realidad. Vean que cuando pasan las cosas que pasan, por ejemplo, en los libros de Alicia, no se trata de que estemos entrando en un mundo fantástico, es sobre todo que ese mundo fantástico se nos presenta lleno de detalles del mundo real, como muy natural, como muy cotidiano; un mundo en el que se sigue celebrando la ceremonia del té, donde la reina recibe como ama de casa, etc.; de forma que es todo lo contrario de lo que puede llamarse literatura de evasión. En este sentido puede ser lo que aludo más bien como una producción de descubrimiento, se trata de que lo que aparece en ese otro mundo, al menos como un espejo hace ver, contra éste que se da por real lo absurdo, lo maravilloso, lo increíblemente cabeza abajo que está este mundo de los adultos. Los niños saben esto muy bien. En otro aspecto, incluso, los juegos de palabras ¿qué otra cosa son?: esa especie de palabras híbridas que fabrica con tanto gusto Carroll, por ejemplo la misma palabra 'Snark, ¿qué otra cosa es sino refinamientos de aquello a lo que los niños se entregan una y otra vez, repitiendo incansablemente, volviendo del revés, cambiando el orden de las sílabas de las palabras convencionales que comprende el lenguaje adulto, hasta que por medio de estos juegos la palabra empieza a producir ese efecto que muchos de ustedes recordarán, el efecto del descubrimiento del vacío, del sinsentido, que es precisamente parte de ese descubrimiento de la falsedad de la realidad de la que vengo hablando? Y si esto puede decirse de los niños, así puede decirse que Carroll escribía solamente en apariencia para ellos, pero mucho más verdad es que lo que hacía era interpretar, resucitar algo que los niños saben y que tal vez no podría formular con tanta precisión literaria, pero que al fin y al cabo es lo que los niños saben. Carroll ha aprendido de los niños: habla como un niño, habla, si ustedes quieren, como hablaría un niño que por algún milagro hubiera tenido, sin embargo, grandes habilidades en la matemática y la lógica o en las otras artes poéticas. Y ha aprendido especialmente de las niñas. ¿Por qué las niñas suelen ser más clarividentes, de esa clarividencia común a los niños en general, y por tanto de ellas se puede aprender más en esta labor de desmontar o descubrir la falsedad de la realidad? Bueno, yo pienso, sin darle muchas vueltas a la cosa, que es bastante sencillo... Los niños están conducidos en la práctica, si no se mueren antes, a convertirse en adultos, pero las niñas, además, están condenadas a la suerte doblemente trágica de convertirse en adultos del sexo dominado, con todo lo que esto puede comportar consigo; de manera que en cierto sentido el destino es doblemente trágico, en cuanto que tiene que acceder a convertirse en mujer, y no puedo por menos de poner en relación con este carácter doblemente trágico del destino esa especie de listeza, de finura, capacidad de descubrimiento y de denuncia que en las niñas se presenta de manera más segura, con frecuencia, que en los niños. Pero sobre todo quisiera terminar instándoles a que no separen mucho a los niños y las niñas de lo que he llamado gente en general: en efecto si una de las cosas que puede poner en obra una técnica de descubrimiento es esa sabiduría en las habilidades lógicas de la que ustedes han visto un ejemplo, por otro lado Carroll ha aprendido especialmente de la gente que no es nadie determinado, del aprendizaje de la tradición anónima; y solamente de esta gente, y como ejemplo de ello les invito a considerar cómo Carroll ha aprendido mucho de esa parte de la gente, todavía no demasiado formada, todavía no demasiado obligada, que son los niños y particularmente las niñas. Con ello doy por terminada mi intervención.

miércoles, 13 de enero de 2010

RUMI Y ELENI KARAINDROU




Hace unos años, en nuestro viaje a Estambul, pude vivir uno de esos momentos mágicos en los que uno cree estar cerca de todo lo suyo, que todo lo suyo se ha reunido en un punto, aquí, en estas notas que oigo inopinadamente en esta calle que piso por vez primera y, sin embargo, es como si aquí hubiera vivido siempre, adonde se reúne el tiempo gozado, lo que me acerca y me aleja, lo que me columpia, desnudando y abrigando esto que somos.

Después de comer en un pequeño bar, donde quizá se me fue la mano con el raki, nos dirigimos a la cercana Torre Gálata, o Megalos Pyrgos, como la llamaban los bizantinos. Allí sentimos el orden mercantil, la dádiva genovesa por aquellas tierras del turco, ante el rumor cercano del encabalgamiento del Mármara.

Nos encaminamos, pues era aún muy pronto, por Istiklal Caddesi, o avenida Beyoglu, surcada por unas vías de hierro por las que circula intermitentemente un curioso trenecillo. Allí, mientras hacíamos tiempo para visitar el monasterio meleví de los derviches giróvagos, tuvo lugar ese instante de convergencia y confusión. Un instante proustiano de saturación y elasticidad del tiempo. Algo similar a la idea de infinito.

Una música imprevista comenzó a sonar, no sabíamos muy bien de dónde, más tarde averiguaríamos que eran unos altavoces que provenían de una tienda de antigüedades. Y no pude moverme. La amable señora que regentaba la tienda nos dijo que era una música de la última película de Theo Angelopoulos, The Weeping Meadow. Su autora, Eleni Karaindrou.

Fue quizá una premonición, un augurio de nuestro descubrimiento del agreste cementerio derviche, ataestado de gatos, en cuyo silencio las estelas deletreaban versos del poeta persa Rumi, con una música de fondo, la de Karaindrou.


Poema de Rumi:

Ahí afuera, mas allá de ideas de bien o mal, hay un lugar
Nos vemos ahí.
Cuando el alma yace sobre la yerba
El mundo esta demasiado lleno para hablar de él
Las ideas, el lenguaje, incluso la frase 'cada uno'
No tienen sentido.

(Traducción de Ruth Terrones y Alí Bahman)

Y aquí la música de Eleni:



domingo, 13 de diciembre de 2009

LIBRERÍAS DE VIEJO (I): IANNIS RITSOS Y SCHNECKENTRAUM


Las librerías de viejo nos deparan sorprendentes encuentros y amistades imperecederas. En Biblos, una de ellas, cerca de la Plaza Filómosu Eterías, en el barrio de la Plaka de Atenas, encontré a un entrañable librero que me deparó una inolvidable mañana, entre libros de Kavafis, Elytis, Seferis, Ritsos...De éste último, quisiera traerles aquí su poema "Ο άνοδος", de su poemario ΜΑΡΤΥΡΊΕΣ (Testimonios), en la traducción que de él hizo Juan Ruiz de Torres:

La subida

Estuvo largo tiempo en el ajeno huerto, y sólo pensaba
en subir a escondidas a la higuera desnuda, para mirar
desde lo alto al mundo, como si fuera una hoja
o un pájaro; pero siempre pasaba alguien
y siempre lo dejaba para luego.

Una tarde,
miró en derredor suyo - todo desierto -, trepó
a la rama más alta; entonces se oyeron
voces de entre las matas: "¿Qué haces, allí arriba?"
- grandes voces -, y contestó: "Un higo,
quedaba un higo". La rama se quebró.
Lo levantaron. Tenía la mano derecha agarrotada.
Cuando abrieron sus dedos, no había nada dentro."

También de una de estas librerías, de un encuentro, trata el extraordinario cortometraje de Iván Sáinz-Pardo, que nos ha hecho llegar la artista mexicana Edith León. Su título, Schneckentraum (El sueño del caracol):






jueves, 10 de diciembre de 2009

DE LOS JARDINES BOTÁNICOS (I): EUGENI D´ORS Y EL JARDÍN BOTÁNICO DE LISBOA



Eugeni D´Ors reunía, en 1927, tres narraciones breves, Oceanografía del tedio (1919), El sueño es vida (1922) y Magín (1923), traducidas al francés, para el número cuatro de Chroniques (serie Le Roseau d'Or, Librairie Plon, París), bajo el título de Trois natures mortes. Iban precedidas por un prólogo en el que nos detendremos. Su primera línea era contundente: "En Lisboa, y a vísperas de un embarque, me fue revelado el secreto de los jardines botánicos".
Antes de subir en el transatlántico que lo llevaría a un lejano Ultramar, D´Ors se dirigió a la reja del Jardín Botánico lisboeta. En aquella tarde tórrida de verano, había "fuego en el aire; por ráfagas, conatos truncos de trompetas militares llegaban de algún cuartel vecino". Pero la verja se abrió ("únicamente para mí") y Xenius se adentró en el mudo mundo vegetal, sólo roto por los arrullos y el aleteo de las palomas y las tórtolas.
Lo primero que anota el filósofo son los extraños arbustos y la profusión de hojas secas a pesar de ser el mes de Julio. Pero, "tanta pompa y tanta fuerza, sin embargo, tanta corrupción de morbideces y azúcares, no arruinan a la Inteligencia en tales lugares".
Que ¿cómo interviene aquí la Inteligencia? Pues mediante la escritura, a través de los vocablos científicos que inscritos en los letreros muestran al paseante un saber secular: "Doctas dicotomías, con su justiciera alusión a los Linneo y a los De Candolle; nombres sequipedales, de la más pura estirpe helénica; híbridos preciosos, tocados acaso de alguna cadencia barroca; epítetos a la homérica, evocadores del rosa de una miel o de la calma de una noche... La savia se ha vuelto docta y el nombre, sin secar su ternura ni interrumpir la ascensión de sus jugos, confiere a esta ascensión una eminente dignidad".
Esa mente inquieta, ansiante, abrumada por saberes, exigente, metódica y pasional a un mismo tiempo, indaga entre las húmedas raíces aéreas y los rayos lumínicos que dejan avanzar las copas de los árboles. La frondosidad del espacio se acumula en la mirada y ésta revela lecciones a la imprevisión del paseante. No hay sólo visión y lectura estética, hay también un salto ético, kierkegaardiano: "La espiritual cosecha de la visita a un jardín botánico no se limita, empero, a ese lote de recuerdos embriagadores y de voluptuosas nostalgias. De sus gruesos macizos, de sus frondas castigadas, nace igualmente algún juicio de valor".
Suena como una nota extendida de un clarín soldadesco que aturulla a las tórtolas: "La locura es insípida. Sí, la locura es insípida y monótona". A aquella inteligencia, a aquella lucidez apela el credo dorsiano, a esa lucidez que nos acerca a la belleza, al hecho artístico.
Pero, aún más allá. el juicio de valor se dirime, según nuestro filósofo, en el campo de las responsabilidades, en el ámbito de la polis. Suena aquí también la decisión tajante, expeditiva del Abraham kierkegaardiano: "Que la personalidad nace de la coerción. Que, en el abandono, se rebaja o se borra. La flora del jardín botánico puede todavía reunir, en la gloria de su latino germinar, el cactus y el abeto, las palmas y los laureles. Pero, en la igualitaria libertad de las carreteras vulgares, todo se vuelve acacia".
Ademanes y sones castrenses recorrían entonces una Europa empujada al horror y a la sangre: "Mas el ángel del Señor lo llamó desde el cielo y dijo: ¡Abraham, Abraham! Y él respondió: Heme aquí. Y el ángel dijo: No extiendas tu mano contra el muchacho, ni le hagas nada; porque ahora sé que temes a Dios, ya que no me has rehusado tu hijo, tu único." ¿Quién fue el carnero que estaba detrás de él, enredados sus cuernos en el matorral? Dios mío, ¿por qué nos abandonastes? Tu ángel también debió haber salvado al carnero, salvado a toda víctima de todo holocausto cruel.

domingo, 6 de diciembre de 2009

ENCUENTRO CON EL SILENCIO. REMEMORANDO A STÉPHANE MALLARMÉ (1923)


Desde la poesía, desde el pensamiento, y sobre todo desde el silencio. En un ya lejano 14 de Octubre de 1923, un grupo de escritores fue convocado para conmemorar el vigésimo quinto aniversario de la muerte de Mallarmé. La invitación corrió a cargo del escritor mexicano Alfonso Reyes y acudieron a la cita bajo una misma premisa: hallar acomodo y asiento en algún lugar del Jardín Botánico de Madrid y allí meditar en él durante cinco minutos en silencio, para más tarde escribir lo que habían pensado o urdido durante ese breve lapso de tiempo. Meses después la Revista de Occidente recogía los textos de algunos de ellos.
La fotografía de arriba nos recuerda el acto y a sus "convidados de piedra". De izquierda a derecha, en pie: Mauricio Bacarisse, José Bergamín, Antonio Marichalar, Alfonso Reyes y Enrique Díez -Canedo; sentados: Eugenio d'Ors, José Moreno Villa y José Ortega y Gasset
Los textos de los autores se publicaron en el número cinco -noviembre de 1923- de la Revista de Occidente, si bien en el número anterior, de octubre, apareció en la sección "Asteriscos" una nota anunciándolos, en la que se cercioraba el texto de la convocatoria. Decía así:
" El 14 de octubre de 1923, los miembros de la Société Mallarmé de Paris se reunirán en Valvins, a unos dos kilómetros de Fontainebleau, donde murió el maestro, para consagrarle un recuerdo.
Se propone que hagamos en Madrid una conmemoración semejante. Sin discursos. Un acto -por decirlo así- sin acto. Lo que a Mallarmé le hubiera agradado.
CINCO MINUTOS DE SILENCIO EN RECUERDO DE MALLARMÉ.
Sitio y hora: el domingo, día 14, a las once en punto de la mañana en la puerta del Botánico que da sobre la Feria del Libro.
Se cuenta con usted. Allí encontrará usted a sus amigos."
A dicha convocatoria asistieron los que aparecen en la fotografía que encabeza este post, además de quien en ese momento hacía de fotógrafo, José María Chacón. Faltaron a la reunión tres convidados: Azorín, Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna. El primero, peripuesto en sus actividades políticas, tenía que intervenir en un mitin. El segundo, haciendo gala de su mala salud, se quedó en casa "por enfriamiento", como le dijo por carta a Reyes, si bien, como también recoge otra misiva mandada al mismo destinatario, la razón estribaba, más bien, en el alejamiento de Juan Ramón de las actividades que llevaba a cabo Ortega y su grupo:
"Como era de esperar, en este 1923 se está confundiendo "sencillez" con "simpleza"; "intelectualismo " con "intelectualería"; "claridad" con "vulgaridad"; "vida" con "periodismo"; "cultura" con "filología", con "lectura secundaria", con "exhumación"; "crítica" con "desahogo"." (Ideolojia (1897-1957) (Metamorfosis IV), Antonio Sánchez Romeralo(ed.), Barcelona, 1990, p. 186)
Por su parte, Gómez de la Serna tenía, ese mismo día, a la misma hora, un entierro; y, como acertadamente comentó Eugenio D´Ors, "-¡Qué competencia!-".
Alfonso Reyes, el convocante, nos ofrece en su texto datos del evento:
"El primero en llegar fue José Ortega y Gasset. Lo vi cuando entraba en la calzada central. Lo llamé de lejos. Era un día neutro, nublado y claro. Algo París de los años 80... Sacudiendo el viento los ramajes de nubes, hizo caer escasas gotas. Luego quedó el tiempo seguro, y había una frescura casi dulce.
(...)
El Botánico tenía una iluminación de vidrieras opacas, de taller fotográfico. Cada árbol, al paso, nos decía una palabra, como al estudioso Goethe en sus escursiones de naturalista; la palabra escrita en su etiqueta: Almez, Alerce, Sófora Japónica, Pawlonia, Arce Sacarino.
Cada árbol, al paso, traía tejido en las ramas todo el ambiente de su paisaje propio: uno filtraba un cielo griego por entre su follaje claro; otro encuadraba un tenue horizonte japonés entre las antenas curvas de dos guías floridas; la torre del ciprés hendía -y lo creaba- el aire de Fiésole."
Mientras Díez-Canedo cronometraba los cinco minutos, Juan Ramón, desde su casa, depuraba un poema de 1913 que comenzaba:
"Después del resplandor súbito,
venía un vacío frío...
Fui seguro hacia su sombra,
-pero ciego-"
Mandó este poema a Revista de Occidente, con un pequeño comento, en el que se lee:
"Según mi cálculo, en los cinco eternos minutos del "silencio a Mallarmé", debí andar -con la imagen del quieto museo de vegetales mármoles negros, que ustedes misteriosamente complicaban, de nuestro carbonoso, sucia, estrepitosamente vecindado, tristísimo Botánico, viéndose entre las barras de luz de oro de los versos octosílabos- por la segunda mitad de mi poesía."
Las aportaciones fueron interesantes aunque desiguales, y pocas, ciertamente, tuvieron en cuenta a Mallarmé (salvedad de Reyes y Bergamín). De entre todas destacaré la genial de D´Ors:
"El primer minuto pudo pecar, necesariamente, de dispersión y de aleteo.
El segundo minuto se balanceó un poco y cayó con lentitud espesa, así como cae del pico del cuentagotas farmaceútico la lágrima de jarabe que dosifica una mano escrupulosa.
El tercer minuto se distrajo porque acertó a pasar por las cercanías una figura algo extraña, que sobre la calada caperuza del impermeable negro se había encasquetado un sombrero hongo, negro también. Para la aparición, nosotros fuimos recíprocamente aparición. Se detuvo un punto, miró sin demasiada curiosidad, y se fue.
El cuarto minuto de silencio tuvo calidad de roce de ala. Una tras otra lo fueron sintiendo las frentes descubiertas, con una sucesión que ya excluía el sobresalto.
El minuto final se quedó vacío, y ya dejaba sentir, acaso, cierta superfluidad. Sus paredes se volvieron delgadas y se irisaron, como las de pompa de jabón próxima a romperse. La señal de que el tiempo que había transcurrido le reventó."
Jardín Botánico, bosque meditado.
¡Qué lejos "L´après-midi d´un faune"!
¡Qué lejos Debussy!

martes, 1 de diciembre de 2009

LECCIÓN DE FRANCISCO PINO





Pero no hemos de dejarnos cegar por la mirada subyugante del bosque que puede aherrojarnos. Hemos de probar otros caminos, otras vías, veredas, vericuetos o trochas. Los encontraremos dispersos en una espesa multitud de ámbitos, en los más variopintos espacios que nos son dados hollar. Me lo ha venido a decir, despertándome de mi boscoso letargo, el poema del maestro Francisco Pino:


"ANTISALMO 37

1. Ver el mar,
bailar

2. Ver el monte,
Volar.

3. Ver el bosque,
gritar.

4. Ver el llano,
Callar.

5. La luna está arriba,
debajo.



Al versículo 4º con la verdad histórica del antisalmo 37:

Y el hombre del llano, como yo lo soy, siempre que habla se acomoda al patíbulo. Sabe que recuesta su cabeza en el palo porque quiere recostarla. Porque quiere que le devuelvan el silencio. El único sillón donde se encuentra bien el hombre del llano es en el patíbulo. ¡Que le callen!"


O bien aquellos versos del poema "Por Chambord", del poemario Más cerca (1965):
"Vuelva a mi sequedad,
tu sequedad azul, de azul caliente,
tu sequedad de cal de cerros de nácar,
tu sequedad Castilla;
tu sequedad que es un ansia de oración.
(...)
no me engañe en el bosque que rezuma,
bajo los grises de una lluvia siempre
cercana, sus riquezas y frescura.
Pásese esta abundancia donde
muere toda apetencia, y en donde, sin deseo
de Dios, gris y dormido,
el corazón no pide nada. Nada"


Pero mi sequedad no es la Castilla del maestro del Pinar de Antequera, aquel "balcón azul", sino la sequedad de la serranía malagueña, de la Sierra de Tejeda, cuna de mi paraiso infantil y de amoríos juveniles. Allá en la Axarquía, en ese palomar de Canillas de Aceituno, desde donde se intuye la luz primera que vio María Zambrano, en su Vélez. Sequedad de aquellas lomas y riscos, ¡oh Maroma!, por donde transitan los personajes de la novela Los estandartes de Yante. De ella hablaré, más adelante.




CONVERSA AMB JOSEP PIERA

  Ayer por la tarde, Josep Piera nos dejó para emprender un nuevo viaje. Hace unos años, en el 2021, comencé a leer su Poesía completa , edi...