martes, 12 de marzo de 2013

UN POEMA DE ISIDORUS HISPALENSIS


El obispo de la sede hispanogoda hispalense, Isidoro, que vivió a caballo de los siglos VI y VII, conocido más adelante como San Isidoro de Sevilla, fue autor de una ingente obra de la que, sin duda, sobresale su enciclopédica Etymologiarum sive Originum, o, sencillamente, Etimologías, pero también de otras muchas en las que recoge gran parte del saber de su época y de épocas pretéritas: Chronicon, Historia de regibus Gothorum, Wandalorum y Suevorum, De viris illustribus, y otras muchas de carácter dogmático y teológico.
De esta obra suya que hoy se conserva y de la que tenemos una moderna y cuidadísima edición en el Corpus Christianorum Serie Latina de la editorial  Brepols, de la ciudad flamenca de Turnhout, vamos a parar en el volumen 113 A, que con el título de Isidori Hispalensis versus -publicado en el año 2000 a cargo de José María Sánchez Martín- recoge 27 títuli, epigramas, del propio Isidoro. Se trata de un conjunto de poemas, en dísticos elegíacos, conocido con el nombre de Versus in bibliotheca (Vetustissimi versus, qui olim in Bibliotheca Sancti Isidori Hispalensis Episcopi legebantur) y traeremos aquí el segundo que recoge la edición mencionada. Que disfruten:

     
      Hay cosas sagradas aquí, hay otras muchas mundanas;
      Si la poesía te deleita, ven a leerla.
      Ves prados de espinas plagados, y copiosos en flores;
      Si espinas no quieres coger, coge las rosas.

miércoles, 17 de agosto de 2011

LO QUE EN EL MUNDO TERMINA CON CERNUDA





El libro de Antonio Rivero Taravillo, Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963), segundo volumen de la más completa biografía que poseemos del autor de La realidad y el deseo, termina, precisamente, con una frase del poeta sevillano que yo he querido utilizar como título para este comentario: "Nadie podrá ya evocar para el mundo lo que en el mundo termina contigo".
Aunque el biógrafo utilice estas palabras desde la humildad bien entendida, declarando que, por más que queramos, ni encontraremos a Cernuda en la fosa del Panteón Jardín, "ni está tampoco, o no del todo, en esta biografía", la verdad es que en ella hallaremos, haciendo uso del rigor y la honestidad, la investigación paciente y una precisa exigencia de síntesis, las huellas de una vida plena y una voluntad férrea de poesía.
En vano buscará en Roma a Roma el viajero, nos recordaba Quevedo, pero sólo allí podrá quien ama a Roma reconocerla y rendirse a ella. Lo mismo, pues, nos acaece, con esta biografía que nos presenta Antonio Rivero, urdiéndola no sólo de datos precisos y de panorámicas vitales, sino con la continua referencia a la labor poética y literaria de nuestro autor.
Es un gozo poder recorrer los itinerarios cernudianos de la mano diligente de Antonio Rivero. Allí vemos desgranarse las penurias, las incertidumbres, los hallazgos poéticos, las amistades y los desencuentros, los momentos de plenitud y belleza que a lo largo de sus años de exilio vivió el poeta de la luz y la sombra, al decir de Octavio Paz.
Libro, pues, de información detallada, pero también de reflexión, que nos invita a seguir los vericuetos de la obra de Cernuda, y a indagar las claves de su poesía y de su vida a veces esquiva y esquinada, siguiendo los más variados testimonios y fuentes documentales, tanto orales como escritas.
Vuelvo a incidir en el gozo que suponen estas páginas que nos brinda Antonio Rivero, porque a través de ellas vemos planteada de una forma exacta y concreta la terrible experiencia del exilio y la altura moral de los exiliados, su valor y su tenacidad, su íntimo dolor y su esperanza íntima.
Si tuviera que resaltar de ella algo, sería sin duda la íntima trabazón que logra Rivero de la vida y la obra de Cernuda, y cómo, siguiendo la lectura de algunos poemas vemos a las claras sus actitudes, su intimidad; o cómo, determinados acontecimientos, hechos precisos cuelan la luz en algunos de los versos de su obra.
Para mí han sido especialmente atractivas y sugerentes las páginas dedicadas a la relación de Cernuda con Salvador Alighieri, siguiendo la estela de Poemas para un cuerpo; así como las páginas, terriblemente evocadoras y felices, que exponen la estancia de Luis en La Habana y su relación con María Zambrano y Lezama Lima: ¡qué belleza y qué profundidad la del texto de "Aire de La Habana", qué bien traído y qué bien indagado!
Felicitémonos y gocemos, pues, de esta completa biografía donde, sí, Antonio, sí encontramos a Cernuda, aquel cuerpo y, sobre todo, aquellos versos, que nos siguen emocionando y por los que seguimos transitando desde el silencio más atento a su locuacidad, sabiendo, eso sí, que con él, con Cernuda, termina un mundo.

domingo, 17 de abril de 2011

EL FILÓSOFO Y LA CIUDAD ANTIGUA

Ortega y el Calvario de Sagunto


A semejanza del trilobites en su nicho pétreo, la ciudad antigua, hoy simulacro fósil, dormita su sueño secular atenta a la mirada de aquellos viajeros que restañarán con su imaginación la herida de esos años idos. Ellos, mentores de una casta especial de hombres, aquellos que nacen con la "extrañeza", insuflarán en la "inquieta et mobilis homini mens" senequiana. espíritus salvíficos y soplos soñadores que harán de aquella una ciudad ideal, entretejida de metáforas e imágenes: "E'l silenzio ancor suole / Aver prieghi e parole", nos dice Tasso.

Porque la ciudad, como nos enseñó Victor Gómez Pin, en su bello libro sobre Venecia, "es cómplice indisociable del lenguaje" y sobre él proyectamos fílmicamente las exigencias de nuestro deseo, pero también los vértigos y los conflictos que nuestra tradición histórica, múltiple y contradictoria, nos depara. "…vemos por doquier a nuestro alrededor / las viviendas de hombres de antaño, / vestigios ... /... Esos hombres ... ¿qué ha sido de ellos?", se preguntaba T'ao Chien en el siglo IV de nuestra era. Al otro lado de la laguna Estigia oímos decir a Séneca, dirigiéndose a "Helvian rnatrem", pero también a T'ao y a nosotros mismos, que todos estos cambios, todos estos traslados, no son sino exilios colectivos, "Publica exilia".

Y como toda diáspora, en ésta también anida la esperanza, la que como humanos nos es lícito tener, ipsum est, que después de todo nada por completo está perdido. Pero dejemos que Benedetto Croce lo exprese de forma paradójica: "Nada de lo que nace muere de aquella muerte completa que sería idéntica al no haber jamás nacido: si todo se transforma nada puede morir". Filosofía y viaje han estado desde un primer momento íntimamente ligados. Las metáforas del conocimiento como "vía", de la sabiduría como "iniciación" o "recorrido", del sabio como aquel que se desplaza en busca de una "sofía" que implica una ascensión (quizá "askia": abandono de la sombra, huida hacia la luz) o un descenso "ad inferos", órficamente; todo ello son claros ejemplos de esta consaguinidad.

Será Parménides quien ya en su pasado remoto, en su Poema plantee de forma explícita esta disposición: "Las yeguas que me transportan y a cuanto el ansia llegara me aviaban así que me echaron al milvocero camino de la deidad, que por toda ciudad lleva al hombre que sabe". En el otro extremo del hilo del ser y su pensamiento vemos los dedos tedescos de Heidegger que escriben sobre la tabula rasa: "camí i mesura / sender i cantar / es troben en única via. / Camina i porta / error i pregunta / pel teu únic tret". Son extraños versos que Joan B. Llinares trasladó de su origen lingüístico hasta las riberas de este otro idioma que tiene entre sus tribunas más eminentes al también filósofo y viajero Raimon Llull.

Sería interminable una lista de exempla donde el binomio filosofía-viaje quedara reflejado. Sólo aludiremos al ascenso que hizo Petrarca a la cima del Mont Ventoux, donde leyó pasajes de Las Confesiones de San Agustín; y sin más dilación exclamaremos con Bandelaire: "Etonnants voyageurs! Quelles nobles histories / nous lisons dans vos yeux profonds comme les mers! / Montrez-nous les écrins de vos riches mémories, / Ces bijoux merveilleux, fait d'astres et d'ether / ... Dites, qu'avez-vous vu?". Y solícitos les vemos desgranar un logos que nos seduce y nos empapa de curiosidad. ¿Cuántas más cosas quisiéramos saber y aún nos están vedadas?


Hoy, aquí, se nos muestran dos de aquellos a los que Platón, en su ciudad que no es la muestra, denominó “amigos del pensar”, o como uno de ellos mismo propuso, “espectadores”: Benedeto Croce y José Ortega y Gasset. Los dos visitaron Sagunto. Alrededor de siete lustros separan una de otra visita, pero ambas se unen por el polo de atracción de Saguntum, devenido con el paso del tiempo en aquello que Michel Butor llamó "établiment", es decir, punto de orientación a la vez geográfico y mitológico.

Quizás nos sentimos más abrigados al saber que aquellos lugares por los que nuestra infancia, sobre todo, y la ya larga vida que mantenemos ha vagado, han sido hollados también por aquellos pies; que estos paisajes han sido, al menos un instante, reunión de almas dispersas y ensoñadoras, aunque bien sepamos que es cierto aquello que nos dejó dicho Italo Calvino: "Creemos que seguimos mirando la misma ciudad y la que tenemos delante es otra, aún inédita, aún por definir". Aún siendo así, brindemos hoy en aquellos "calices saguntini" de Valerio Marcial, y celebramos a Silio Itálico por quien sabemos que nuestra ciudad tuvo su espíritu. Fue así, pues, una cabal ciudad antigua. El mismo Calvino nos lo recuerda: "Los antiguos representaban el espíritu de la ciudad con ese algo de vaguedad y ese algo de precisión que esa operación conlleva, evocando los nombres de los dioses que habían presidido su fundación". Evoquemos pues en Croce y Ortega a Zacynthos, y con ellos a los dos grandes tributos que nos legó la Hélade: La ciudad y la filosofía.

viernes, 15 de abril de 2011

ORTEGA Y GASSET EN SAGUNTO




El comentario de Isabel Mallén a mi poema que aparece en la anterior entrada, "Hogueras de Abril", me ha hecho reparar en la figura mítica de nuestro Pic dels Corbs, una cumbre señera de nuestra comarca, el Camp de Morvedre, que conserva un interesante yacimiento de la Edad del Bronce.

La figura del Pic se puede apreciar detrás del filósofo José Ortega y Gasset, en la fotografía que abre este post. Dicha fotografía corresponde al viaje que Ortega realizó a nuestro País Valencià en el año 1934 acompañado por el notario Antonio Mora y Antonio Mingarro , miembros valencianos de la Agrupación al Servicio de la República.

martes, 23 de noviembre de 2010

ERRANCIA DEL CUERPO Y DEL DESEO (GAVILLA DE COLOQUIOS PARA JAIME GIMÉNEZ DE HARO)


NOTA PREVIA: Lo que a continuación sigue es el texto que escribí para la exposición que el pintor Jaime Giménez de Haro (Sagunto, 1951) realizó en mayo de 2005 en el Castell d'Alaquàs. Lo recupero para este blog después de asistir a una nueva exposición del artista en Valencia, en el Café Malvarrosa-Espai Paral·lel. Un gozo al que estáis todos invitados.



ACOTACIÓN


Las obras que nos propone Jaime para esta exposición procuran una densidad tal, que más allá de la forma, del color, de la materia, van urdiendo un rumor de voces que acaba por imponer su propio discurso dialógico. No es materia onírica, aunque invite a ella, sino muchedumbre de palabras que incitan a la recreación de la obra por parte del espectador, al diálogo ameno o encarnizado, a la impúdica exposición de deseos, al entrañamiento de las invitaciones reflexivas a que nos exponen las obras.
Michel Foucault planteó, desde su arriesgada reflexión, un "Theatrum Philosophicum". Desde esta exposición, y desde esta lectura que proponemos, la obra de Jaime se nos aparece como un "Theatrum Artis". Pero no desde la espectacularidad, desde la "ob-scenidad", sino más bien desde la complicidad dialógica de la confidencia, del susurro, de la palabra anhelante e invitadora.
Su pintura, sus objetos, anclan un pasadizo entre las cumbres de la clasicidad y la modemidad. Agita el aire que recorren las visiones de los mundos pictóricos anteriores, moviliza el ojo a una expansión del espacio, y desde esta apertura, desde esta oquedad sugen los ecos que van conformando una escritura de voces dialogantes, empapadas de luminosidad y de materia pictórica.
Son signos errabundos trazados desde la dádiva, configurando orillas de diálogo: a veces desde una transparencia, a veces desde el misterio. Hay inocencia y hay riesgo. Una extraña medida de la distancia crítica del autor con respecto a su obra y a la tradición. Pero, sobre todo, hay una edificacion de su propio mundo, que nos urge a compartir; una cimentación que basa su fortaleza en la intimidad, en el recorrido de los afectos, de las verdades íntimas.


1ª ESCENA:
ENTELEQUIA DE GESTOS

" ... y sin letras forma en el aire renglones clarísimos"
Francisco Bances Candamo, Theatro de los theatros.


Un mundo abreviado de zarcillos, de trenzas como trilobites, de miradas enfrentadas a la púdica visión; sin el furtivo deseo de la apropiación falsa, meramente expuestas a la caricia de un ensueño. Convidados al ágape de la danza de cuerpos femeninos hacia otra vuelta del sentido, hacia los sentidos vueltos a la preñez de la pintura y su trazo divagante.
Rómpese la tela del encuentro, una clara invitación a la vida, sólo caricia o abrazo próximo, de estos fragmentos que juntos tienden a una cita, a una encrucijada en la que el mero instante deviene un gesto etemo, el kairós al que tendía Goethe, al que nos invita Jaime, de la mano de la vida gesticulante. Álzase el cristal del tiempo.

LAS MANOS: El gesto es elocuencia fuera de toda voz, de toda caligrafía, viva en la pura música del movimiento, en el espacio habitado, humano, de la figura.

LOS BRAZOS: Sois himno de la línea, "Oh regalada llaga! Oh mano blanda", como quiso Juan de Yepes trazaros.

LA CARA: Me parecéis, brazos, belleza ansiante, arremolinado clamor, embriago de estulticia. Desde el sueño de la línea que imanta y subraya el claro color, muestra el ademán su atemperado carácter, henchido de placidez, órdago de la belleza.

EL TORSO: Quiebros del cuerpo y esfuerzo de los brazos, ha sido dicho. Gravedad y levedad unidas, en íntima coyunda como los miembros a mí asidos, representáis. Es la mano de vuestro pintor, o su alma, que es lo mismo, la que sopla en vuestro aliento. Así certificó Carducho: "Mueve su pintura las almas de los que le oyen".
La mirada se detiene aunque el gesto no cesa, y en ese intervalo, en esa "pausa oscura" de la que habló Rilke, brota la semilla de ese mundo abreviado que Jaime nos expone, rememorando las "Puellae gaditanae" de Juvenal, aquellos pies que semejan medir el mundo desde sus contorsiones, sentenciando artísticamente lo que dejó dicho Plinio: "Creer que hay infinitos mundos procedió de querer medir el mundo en pies". Y no hay cabo, no hay fin, en este mundo abreviado o en estos infinitos mundos a los que nos abocan los cuadros de Jaime Giménez de
Haro; mientras la tela rasgada recompone y desciende su figura en un supremo gesto final.


2ª ESCENA:
DECLARACIÓN A LA LUZ DE UNA VELA

El pintor y la modelo clarean su viso en la luz refleja de la vela de un estudio, mientras los cuerpos se confunden y en un mismo trazo sus deseos componen un laude rotundo a la vida, un festivo manantial de íntima arrogancia.

LA MODELO: Es diestra tu mano en la concesión a mi fugura de enaltecimiento, de beata concupiscencia, de un mítico manto de sutil transparencia.

EL PINTOR: Borrar el límite es lo que ansío, o al menos acercar las dos realidades que a ambos nos conforman, tendiendo la voz de mi cuadro a un eco irrepetible. Lo finito y lo infinito, la totalidad y el fragmento. Busco los contamos difusos, las esquinas alentadoras de los encuentros, los colores que atrapan una caricia, los trazos del abrazo, presos en una confusión imposible de cuerpos, más allá de este recuadro, de este mundo, de este muro.

LA MODELO: El límite es sólo la esperanza. No alcanzará tu pincel aquel espacio deseado, aquella llama oculta que en su extinción nos salva. Postrero será el día en que tus manos y tus pies puedan alcanzarlo, y tu vida y tu deseo sean sólo uno e indiviso.

EL PINTOR: De nada me sirven las futuras realidades. Hoy, aquí, proclamo la identidad irredimible de mi vida, y es mi deseo parangón de un universo de formas que envuelven, como mantos transparentes, esos espacios que las figuras someten a una perpetua fluencia de saludos y de adioses.

LA MODELO: Siento el velo del azul y la exaltación del ocre; el temblor del amarillo y la mudez del gris. Me enceguece el rojo y es tibia la claridad del verde. Rauda es la luz y me pierdo en el sentido de tus visiones.

EL PINTOR: Perdido voy también yo, en la bruma de este atroz deseo. Rasgo con mis colores la luz del dia buscando una luz más prístina, buscando luz más allá de la luz. Y en este vagar, en esta errancia, tú, mi modelo, me impones el don de la belleza, entendida ésta como luz en su ebriedad, como alma pánida que celebra la vida.


En la habitación el pábilo tristemente se consume y un fino helor, apenas, de llama azul,
prende de su escuálida vela. El hálito del pintor, finalmente, fatalmente, oscurece la tela del encuentro y una rediviva luz resplandece de su obra.

sábado, 20 de noviembre de 2010

ALFONSO CANALES: EL ANACORETA MALAGUEÑO


Así, "el anacoreta", llamó Juan Gil-Albert al poeta malagueño Alfonso Canales, que con alto dolor nos ha dejado. Lo escribió en las "Notas espontáneas" que puso al frente de la edición valenciana de El Canto de la Tierra. Lo editaba Lindes, Cuadernos de poesía, una excelente colección que se editó aquí en Valencia -qué inolvidables los poemarios de Gil-Albert y Cesar Simón-, en los años setenta, de la mano diestra de Ricardo Bellveser, Pedro Bessó y Ricardo Arias.

Uno de mis primeros libros de poesía contemporánea que me compré con mis escasos ahorrillos de jovencito, fue, precisamente, el poemario de Canales, Port-Royal, editado en la colección El Bardo. Aún conserva mi ejemplar el sello de la librería donde lo adquirí: La Idea, Estamañería Vieja, 11. Despareció aquella librería como desparecieron aquellos años, pero siguen las páginas del libro, y siguen las huellas de sus lecturas, y sus bordes amarillentos.

Atrajo a aquel joven que garabateba primerizos versos en las cuartillas, el sorprendente carmen meditativo, existencial y espiritual del maestro malagueño:

El mismo rayo

de sol que me calienta las rodillas

me une a claustros soñados, a las mansas`

penumbras de los templos que hoy se doran

con idéntica luz: la luz de esta

hora. No la de aquella en que una turba

de secuaces del rey desvirtuaron

un modo de la fe; tampoco la del jueves

pasado ni la del jueves venidero.

Dios atrae hacia sí a los que confían

y a los que desesperan. A nosotros

nos toca elegir la puerta ancha

o el ojo de la aguja, en el que siempre

hay suficiente luz para orientar el hilo


También, cómo no, le atrajo que fuese de aquella tierra que él asociaba a su inclinación poética, a su forma idílica de ver la tierra, la tierra de su familia, aquella Málaga de su infancia y adolescencia, de primeros amores, de descubrimientos de la luz, de las sonoridades de las aguas, de las formas de componer los sentidos de esta vida, dando voz y trazo de poema a la intimidad.

Siguieron a aquel poemario los que regularmente fue dándonos a conocer su autor, mostrándonos su infatigable búsqueda, su escritura pasional: Reales sitios, Réquiem andaluz, El año sabático, El puerto, El Canto de la Tierra, etc. Paro en éste último porque para mí constituye uno de sus más excelentes hallazgos. De él copio este poema que viene al caso:


(Pues morirá la muerte, como mueren las cosas

todas) cuando no sepa nadie de mí, ni incluso

tú misma, tierra, guardes nada mío que tenga

ilación con la vida

que tuve, estaré vivo

otra vez. No hace falta que hasta el fin de los tiempos

aguardemos, que cada

uno en su sangre lleva

ese fin. Como tiestos en alfares

tuyos cocidos, el gran fuego hace

(una vana ilusión que fomentamos

tenazmente) que luzcan formas nuevas,

seguras de su propia

solidez. Pero el cántaro se rompe

de tanto ir a la fuente

de la esperanza, y todo

termina mal un día o una noche

cuando por un descuido

(no se sabe de quién) el recipiente

ha cabado de dar lo que podía

dar: contornos, colores

o líquidos prestados.

Se dura un poco más, en tanto quedan

clasificables cascos que permiten

recomponer las líneas

maestras, los detalles

de la decoración o el mismo poso

que el vino o el aceite

dejaron. Y la sombra

acaba por llegar irremediable-

mente, mas no la fría

soledad: cuando acabe

por devolverte lo prestado, oscuro

taller donde empezaron a formarse

estos dolidos versos,

no existirá la muerte.

sábado, 9 de octubre de 2010

DE NUEVO EN PARÍS. ANTE LA TUMBA DE CORNELIUS CASTORIADIS



Volvíamos, después de diecinueve años, de nuevo a las calles de París mi mujer y yo. En aquella ocasión fue el sueño cumplido de unos recién casados en viaje nupcial, y ahora, el regalo de mi mujer por mi medio siglo, acompañado por mis dos hijos, aunque la mayor a última hora no pudo seguirnos.


Las mismas calles, la misma monumentalidad, el mismo placer del idioma, el mismo arrobo ante obras como La balsa de la Medusa, la Victoria de Samotracia o el Código de Hammurabi, entre los muchos otros; la misma lluvia, aunque en estaciones antípodas: entonces fue la primavera, recién estrenada, ahora era el otoño, húmedo y pertrechado de promesas. Todo lo mismo y tan distinto, como nosotros mismos.


El regalo comprendía -no me merezco tanto- no sólo la "recherche du temps perdu", y vivir esto con mis hijos, sino asistir a una espectacular puesta en escena de la Aida de Verdi en el Stade de France dirigida por Charles Roubaud -con la excelente soprano Adina Aaron- y la visita al Grande Palais para disfrutar de la retrospectiva de Claude Monet.

Claude Monet merece un comentario específico, como también la audición de varias piezas de órgano en Notre Dame, pero quisiera parar en la visita que hicimos al cementerio de Montparnasse. En la primavera del 91 visitamos, bajo una fina lluvia, el de Montmartre, acercándonos a las tumbas de Renan, Berlioz, Stendhal, Heine, Degas, Zola, De Vigny, o Truffaut, entre otros. En el extremo sur visitábamos ahora el de Montparnasse, también bajo el fino orvallo que nos traía la contundencia del poema de Vallejo, allí acogido. Fuimos a visitar, cómo no, la tumba de Cortázar -quien escribiera un excelente artículo sobre los cementerios de Paris y cuya lectura provocó nuestra primera visita-, Sarte y Simone de Beauvoir, Baudelaire, Cioran, Tzara, Duras, o Sontag.

Caminando hacia el Cimetière, por el Boulevard Edgar Quinet, vimos los altos álamos frondosos, y quise ver las populosas raíces que se enmarañaban en el subsuelo, ver las entrañas de la tierra unidas a las de los hombres. Fue un paseo plácido, respirando un aire sereno y limpio, un aire de vida en la ciudad de los muertos.

Cuando ya nos decidíamos a salir me llamó la atención una tumba de la que surgía un pequeño olivo, enraizado en ella, con una diminutas aceitunas verdes. Me acerqué y vi un pequeño cartel que contenía palabras del oscuro presocrático de Éfeso, el amado Heráclito: "Tu ne trouverais pas les limites de l’âme, même parcourant toutes les routes, tant elle tient un discours profond".
Era hermoso, qué pletórica belleza. Y entonces vi quien allí moraba: Cornelius Castoriadis 1922-1997.

Lo leí cuando en el año 80 comencé mis estudios de Filosofía Pura -como decíamos entonces- cuando estaba interesado por el movimiento autogestionario alemán y seguía atentamente las reflexiones de Wolfang Harich y Manuel Sacristán en la revista Mientras tanto. Me atraía sus incisivos y comprometidos análisis de los comportamientos sociales, de las instituciones de la sociedad capitalista y sus propuestas libertarias, emancipadoras. Su concepto de "imaginaire social" me sirvió para elaborar un trabajo sobre el "nacimiento del Estado" que hice para la asignatura de Antropología sobre el pensamiento de Pierre Clastres.

¡Cuánto ha llovido! Y que siga lloviendo y que autores como Castoriadis nos empapen con la simiente de sus ideas y la valentía y la osadía de su vida.

lunes, 27 de septiembre de 2010

OR SE´ SALITO SI COME LO MARE


Corría el año 1981 cuando Andrés Trapiello, gobernando la aventura de la revista Número, una excelencia en diseño y tipografía, y en la calidad literaria de los textos, nos acercaba allí rarezas y lindezas.
En Número encontré un extraordinario soneto del grupo que Francesco de Sanctis denominó "Dolce stil novo". Un anónimo soneto de finales del siglo XIII o principios del trecento. Pero la gracia no sólo venía del texto italiano, que más tarde Francesco Trucchi -en su, Poesie italiane inedite di dugento autore, Prato, 1847- atribuyó a Nina la Siciliana, sino de su primer traductor al castellano, el escritor de la Escuela Romana del Pirineo, Rafael Sánchez Mazas.
Lo aprendí de memoria y lo recité, por entonces, a algunos de mis amigos de la revista, que por aquel tiempo -años ochenta- editábamos aquí en Sagunto, Abalorio. A mi amigo, hoy desgraciadamente ausente, Francisco Salinas, le gustó aquella pieza y compartimos también lecturas de las Rimas de Guido Cavalcanti, traducidas al castellano por Juan Ramón Masoliver.
Rafael Sánchez Mazas no sólo fue un gran prosista, sino también un apreciable poeta. Sus versos fueron dispersamente publicados en varias revistas, si bien dio a la edición un poemario, en 1944, con el título de Quince sonetos para quince esculturas de Moisés Huerta.
Tendría que pasar el tiempo para que su voz fuese recuperada y valorada. Fue en 1971, en la emblemática colección Ocnos de la editorial catalana, Llibres de la Sinera. Aquella colección, dirigida por Joaquín Marco, y de la que formaban parte de su redacción, Jaime Gil de Biedma, Pere Gimferrer, José Agustín Goytisolo, Luis Izquierdo y Manuel Vázquez Montalbán, tuvo la valentía y el buen atino de reunir en un volumen un grupo significativo de la producción poética de nuestro autor.
Al lado de la obra de su costal, tambien se encontrará su labor de trujamán. Además de su traducción de "Tapina me ch´amava uno sparviero", se ofrecen sus versiones del "Soneto del mayo florentino" de Fólgore da San Gimignano, y del "Hereux qui comme Ulysse a fait un beau voyage" de Joaquín de Bellay.
Disfruten del buen hacer de Sánchez Mazas y de la cuita amorosa italiana:

Tapina ahimé, ch'amava uno sparvero:
amaval tanto ch'io me ne moria;
a lo richiamo ben m'era manero,
e dunque pascer troppo nol dovia.

Or è montato e salito sì altero,
assai più alto che far non solìa
ed è assiso dentro a uno verzero:
un'altra donna lo tene in balìa.

Isparvero mio, ch'io t'avea nodrito,
sonaglio d'oro ti facea portare
perché dell'uc(c)ellar fosse più ardito:

or se' salito sì come lo mare,
ed ha' rotto li geti e se' fuggito,
quando eri fermo nel tuo uc(c)ellare.



¡Pobre de mí, que amaba un alcotán!
¡Lo amaba tanto yo que me moría!
¡A mi reclamo bien que era galán,
aunque no mucho cebo le ponía!

Ahora muy altanero lo verán,
mucho más alto que antes no solía.
En un vergel reposa de su afán,
y otra dama lo tiene en tiranía.

¡Ay mi alcotán! ¡Te había yo nutrido
y un cascabel de oro regalado,
porque hubiera más júbilo en tu vuelo!

Y ahora como la mar te me has alzado
y has roto ligaduras y has huído
cuando estabas tan fiel a mi señuelo.


De la obra poética de Sánchez Mazas quisiera rescatar este soneto:


EN LA PIEDRA SEPULCRAL DE MI TÍO LABRADOR

Puso viña y olivo en la llanura;
plantó chopos reales junto al río;
el monte que era pedregal bravío
convirtió en heredades y espesura.

Tuvo la casa en una suave altura:
era torre, solar y caserío,
confortada de libros de lectura
y aceite y vino y mies de labrantío.

Fue de la paz de Cristo caballero
y simple solitario y limosnero;
para todos tenía un "Dios os guarde"-

No tuvo coche ni corcel de silla
y en su vejez, volviendo de la trilla,
cabalgaba un asnillo por la tarde.

martes, 14 de septiembre de 2010

ABEL MARTÍN Y JUAN DE MAIRENA: HUELLA DE MACHADO EN VALENCIA

(Viñeta de Ramón Gaya, sobre A. Machado, publicada en Hora de España)



Con fecha de Enero de 1937, en las páginas del primer número de la mítica revista, Hora de España, se editaba en Valencia, bajo el título de "Consejos, sentencias y donaires de Juan de Mairena y de su maestro Abel Martín", un grupo de fragmentos ensayísticos de los que son un buen ejemplo los cuatro que más adelante recogemos.


Aparecieron junto a ellos, en la revista, textos de María Zambrano, José Bergamín, Juan Gil-Albert, o Rafael Dieste, entre otros. En ellos se nos muestran las ideas de los "complementarios" de Machado, sobre el silencio, la guerra, la fraternidad, y la duda.

Se hallaba Machado, por aquel entonces, alojado junto a su familia en el chalet "Villa Amparo", en el pueblo valenciano de Rocafort, y allí escribiría poemas, junto a otros textos de diversa índole, que iría bien ofreciendo a revistas y a la prensa periodística, bien exponiéndolos públicamente en actos vindicativos, e incluso llegando con ellos a publicar el libro La guerra, último libro que publicó Machado en vida.





ABEL MARTÍN / JUAN DE MAIRENA




I
Sólo en el silencio, que es, como decía mi maestro, el aspecto sonoro de la nada, puede el poeta gozar plenamente del gran regalo que le hizo la divinidad, para que fuese cantor, descubridor de un mundo de armonías. Por eso el poeta huye de todo guirigay y aborrece esas máquinas parlantes con que se pretende embargarnos el poco silencio de que aún pudiéramos disponer.




II
Aprende a dudar, hijo, y acabarás dudando de tu propia duda. De este modo premia Dios al escéptico y confunde al creyente.



III
Cuando el Cristo vuelva –decía mi maestro–, predicará el orgullo a los humildes, como ayer predicaba la humildad a los poderosos. Y sus palabras serán, aproximadamente, las mismas: «Recordad que vuestro padre está en los cielos; tan alta es vuestra alcurnia por parte de padre. Sobre la tierra sólo hay ya para vosotros deberes fraternos, independientes de los vínculos de la sangre. Licenciad de una vez para siempre al bíblico semental humano.»

IV
Cuando los hombres acuden a las armas, la retórica ha terminado su misión. Porque ya no se trata de convencer, sino de vencer y abatir al adversario. Sin embargo, no hay guerra sin retórica. Y lo característico de la retórica guerrera consiste en ser ella la misma para los dos beligerantes, como si ambos comulgasen en las mismas razones y hubiesen llegado a un previo acuerdo sobre las mismas verdades. De aquí deducía mi maestro la irracionalidad de la guerra, por un lado, y de la retórica, por otro.

sábado, 11 de septiembre de 2010

ANDRÉS SANTALLANA: TODA MIRADA ES UN ACTO DE FE












Hay un poeta apócrifo, con apellido semejante al del filósofo Geoge Santayana -nacido también en Madrid, aunque treinta y seis años menor, y con el nombre de Andrés-, que nos ha legado un poema extraordinario, recogido por Antonio Machado en su Cancionero apócrifo. No sólo nos recuerda su apellido al autor de Los reinos del ser, sino también ese vientecillo de misterio y reflexividad:


EL MILAGRO


En Segovia, una tarde, de paseo
por la alameda que el Eresma baña,
para leer mi Biblia
eché mano al estuche de las gafas
en busca de ese andamio de mis ojos,
mi volado balcón de la mirada.
Abrí el estuche con el gesto firme
y doctoral de quien se dice: Aguarda,
y ahora verás si veo…
Abrí el estuche pero dentro: nada;
point de lunettes… ¿Huyeron? Juraría
que algo brilló cuando la negra tapa
abrí del diminuto
ataúd de bolsillo, y que volaban,
huyendo de su encierro,
cual mariposa de cristal, mis gafas.
El libro bajo el brazo,
la orfandad de mis ojos paseaba
pensando: hasta las cosas que dejamos
muertas de risa en casa
tienen su doble donde estar debieran
o es un acto de fe toda mirada.

sábado, 4 de septiembre de 2010

GEORGE SANTAYANA: CONSIDERACIONES DE UN ESCÉPTICO EN MATERIA DE RELIGIÓN




Corría el año 1932 cuando Santayana abandona la ciudad de Roma, su "celda encalada de un convento de monjas situado en la falda del Aventino, frente a las ruinas del Palatino, que es como estar más allá de la historia", como describió el aposento Maria Zambrano; y se dirige a La Haya para dar en la Domus Spnoziana una conferencia bajo el título de "Religión última", en conmemoración del trigésimo centenario del nacimiento de Baruch Spinoza.


El texto de la conferencia se publicó al año siguiente en la Septimana Spinoziana, y ese mismo año, 1933, lo traducirá Antonio Marichalar y lo publicará en la Revista de Occidente. En el prólogo que acompaña a la traducción recogía Marichalar unos versos de Alfred Kreimborg que describen a nuestro filósofo:




Un alma escéptica


dentro de un pecho fervoroso


aporta su testimonio ecuánime


a la reyerta de los dioses




Traigo aquí un extraordinario y significativo fragmento de dicha conferencia en el que no sólo demuestra su maestría argumentativa, aportando un tensado hilo meditativo y reflexivo, sino que impregna los conceptos de una extraordinaria plasticidad y vivacidad:




"Cuando es nuestra voluntad la que manda, y parece que, sin saber nosotros cómo, no sólo nuestro cuerpo, sino el mundo la obdece, somos como Josué viendo el sol detenerse a una orden suya. En cambio, cuando damos órdenes y nada sucede sin embargo, somos como el rey Canuto, atónito ante la marea creciente que no le acata. Pero cuando hemos llevado a cabo una gran obra y hasta hemos encauzado de nuevo el curso de la historia, somos como Cantaclaro, que atribuye a su canto la presencia de la aurora.


¿Y cuál es el resultado? Que por un mero acto de conciencia y sinceridad, logra el espíritu inmediatamente, y de súbito, una de las percepciones religiosas más radicalmente importantes. Se da cuenta de que, a pesar de estar viviendo, es incapaz de vivir; de que aún pudiendo morir es incapaz de morir; y que, en suma, se encuentra -en cada instante y en cada evento- en manos de un poder ajeno e impenetrable.


Y eso es todo lo que sé de este poder, sentido. Por ahora, sólo es, para mí, la contraparte de mi impotencia. Desde el momento en que no tengo medios para saber hasta dónde llega ese poder, no me atrevería a llamarlo todopoderoso, pero no dudo en llamarlo, acuñando una palabra, "omnificiente"; ya que es, para mí, por definición, el hacedor de todo lo hecho.


No sostengo la validez física de este sentido de causa o de agencia: me limito a sentir lo que hay de fuerte, de bueno, de hostil, o de impenetrable en el mundo. Manifiesto tan sólo una impresión; y falta acaso bastante de aquí a que mi sentido del poder omnipresente pueda ser erigido en una teoría teológica de la omnipotencia de Dios. Pero la presencia moral del poder le sobreviene al hombre de noche, estando en el desierto, cuando se encuentra, como dicen los árabes, sólo con Alá. Reaparece asimismo en todo agudo predicamento, en las situaciones extremas, en el acto de nacer una criatura, en el de encararse con la muerte. Por lo que respecta a la unidad de este poder, no he de hallarla en sus diversas manifestaciones, sino más bien en mi propia soledad; en la unidad de este espíritu doliente, acosado por todos estos accidentes. Mi destino es solitario, trágicamente solitario; no importa lo diverso de sus causas. Atónito, como estoy, no se me exige que, aunque hubiera penetrado en el engranaje interno de las cosas, explicase si ese poder omnificiente es simple o complejo, continuo o espasmódico, intencional o ciego. Me hallo frente a él en actitud sencillamente receptiva, del mismo modo que si me encontrase en Roma frente a la gran fuente de Trevi ¿Qué veo allí? Veo chorros y cascadas fluir en surtidores separados y en diversas direcciones. No estoy cierto de que sea un solo Pontifex Maximus quien la haya trazado por entero, encauzando esas aguas melodiosas por esos precisos canales. Más de una corriente se habrá agostado desde su creación, o se habrá desviado. Frescas lluvias del cielo han podido, hoy, sumar quizá nuevos riachuelos. Quién sabe si detrás de aquellas falsas rocas no hay algún geniecillo oculto que tergiversa las aguas por juego. Y ¿cómo conocer el cúmulo de detalles que, en mi imaginación, han cambiado de sitio o se han multiplicado por un efecto de óptica tan sólo? Y, sin embargo, existe aquí para el espíritu una impresión total y maravillosa: el estruendo de una fuerza que se afronta conmigo en un admirable y teatral espectáculo."


LLUÍS GUARNER Y EL CAMP DE MORVEDRE

  El 26 de agosto de este año 2026 se cumple el 40 aniversario de la muerte del escritor Lluís Guarner, un poeta y ensayista que mantuvo una...