sábado, 12 de marzo de 2016

REFLEXIÓN DE CARL SCHMITT EN TORNO A HAMLET Y LA MADRE EN LA LITERATURA UNIVERSAL

  

Es muy importante establecer relaciones -tanto de similitud como de diferenciación- entre distintas obras de la literatura universal. Ello no sólo abunda en un conocimiento de las distintas obras, autores y épocas, sino que nos inmiscuye en la reflexión, en la profundización de los autores -sus obras, sus personajes, sus temas- que muestran así su complejidad fructífera, aquello que los convierte en "clásicos".
En este sentido, una cita del filósofo alemán Carl Schmitt nos será de suma utilidad. Pertenece a una conferencia que ofreció en 1955 en Düsseldorf y que fue recogida en libro en 1985. La podemos encontrar en castellano en el libro Hamlet o Hécuba, editado por Pre-textos (Valencia, 1993)
:
"Como es sabido, el espíritu europeo desde el Renacimiento se ha desmitificado, tanto como desmitologizado. A pesar de lo cual, la creación literaria europea ha producido tres grandes figuras simbólicas: Don Quijote, Hamlet y Fausto. Y una entre ellas, Hamlet, ha alcanzado la condición de un mito. Son los tres destacados lectores de libros y, en ese sentido, intelectuales, si queremos decirlo de este modo. Los tres son descarriados del espíritu. Pensemos por un momento en su origen y en su procedencia: Don Quijote es español y de un catolicismo puro; Fausto, alemán y protestante; Hamlet ocupa un lugar entre los dos, en la división que ha determinado el destino de Europa."

        La obra de Schmitt contiene muchas reflexiones importantes. Invitamos a recorrerlas, con este extracto de su primer capítulo:
"La pregunta por la culpa de la madre se impone desde el comienzo del drama y ya no se puede ocultar en el curso del mismo. ¿Qué debe hacer un hijo que quiere vengar a su padre asesinado y encuentra que su madre es la actual esposa del asesino? La situación inicial presenta, como dijimos, un viejo tema propio de las sagas, los mitos y la tragedia. La respuesta, igualmente antigua, sólo permite reconocer dos posibilidades. Un hijo que se encuentra de tal modo en conflicto entre su deber de venganza y el vínculo con la madre, prácticamente sólo tiene dos caminos. Uno es el de Orestes en la saga griega y en la tragedia de Esquilo: el hijo mata al ases¡no y también a su propia madre. El otro es el recorrido por el Amleth de la saga nórdica, que Shakespeare conoció y utilizó: unidos ambos, madre e hijo, matan al asesino. Esas son las dos simples respuestas de la tragedia griega y de la saga nórdica. Todavía hoy no existe un tercer camino. La madre no puede resultar neutral, si tomamos en serio el deber de la venganza y a la mujer como una persona humana completa. Lo extraño e impenetrable en el Hamlet shakespereano es que no sigue ninguno de los dos caminos. Ni mata a la madre ni se une a ella. La obra deja en la oscuridad si la madre es o no cómplice."

viernes, 29 de enero de 2016

ÍTACA REMOTA
























Al pasar el Boquete de Zafarraya, dejamos atrás las tierras de Alhama de Granada y nos lanzamos al albor de la raigambre, pegados a las estribaciones de la sierra de Alhama. Al fondo, la Sierra de Tejeda con los pueblos encaramados (Espino, Alcaucín y, ay, Canillas de Aceituno), y allá, aún más allá, la voz del padre relatándote una épica de dolor y miseria, de brío y esperanza. Un viaje hacia el instante aquel, hacia la extraña claridad del descubrir, un éxodo a una ítaca remota.

El 11 de marzo de 2011, poco después de morir mi padre, escribí estas palabras, recordando una película que vi con mi hijo, Departures:

 "Vi esta película con mi hijo. Después de verla, él quiso cambiar su estudio del instrumento del violín por el de cello. Me hizo mucha ilusión que tomara esa decisión. Aunque hoy ya haya dejado de tocarlo, suelo recordar imágenes de la película que tanto me impactó, por recordar tantas cosas...como hoy, que recuerdo a mi padre, como aquel niño japonés. A él su padre le daba guijarros del río y los atrapaba en su mano y en su memoria. Yo atrapé del mío sus historias en el viaje de regreso a su pueblo natal, a Canillas de Aceituno. Al cruzar el límite provincial de Granada y Málaga, allá en lo alto, pasando por el boquete de Zafarraya, se veía un espectáculo de cielo y montañas. Entonces mi padre me recordaba sus aventuras por la sierra, con las cabras, con el esparto, el frío, el dolor inmenso de espalda, el miedo de la noche y los guardias civiles...Tantas veces volvimos a Canillas, tantas veces me contaba sus historias, tantas veces yo aguardaba a pasar aquel límite para asistir al espectáculo de la vida y el misterio. Y espero volver pronto a dejar reposar a mi padre cerca de aquellas sierras. Sí, una dulce despedida, es todo lo quiero".

 

Parte de las cenizas de mis padres las depositamos mis hermanos y yo en un rincón de la Rahije, en Canillas, poco después de morir mi madre. Pero en ese viaje no fuimos por la antigua ruta que cogía mi padre, la de Alhama de Granada. Finalmente, estas Navidades pude cumplir el deseo de visitar Zafarraya y hacer el viaje de tantos sueños.




IMPRESIÓN DE FUENTE VAQUEROS



Una mañana de diciembre, visitando la vega de Granada, leo en el primerizo libro de García Lorca, Impresiones y paisajes:

"Está la vega aplanada. Estos días tristes de invierno la convierten en campo de ensueño".

Después de Viznar, me acerqué a Fuente Vaqueros, a la casa donde la luz primera abrió los ojos. 
El agua del Genil limpia las telas de la añoranza.


jueves, 21 de enero de 2016

IMPRESIÓN DEL BARRANCO DE VÍZNAR




Antes de finalizar el año que hemos dejado atrás, me acerqué, en un corto viaje, a las tierras de Andalucía. El primer destino era llegar a Málaga, a la Sierra de Tejeda, pero quise antes acudir  a alguno de los sitios que desde hacía tiempo quería visitar, pero que siempre alguna razón se interponía y me impedía poder hacerlo. 
Entrando ya en Granada, por la autopista A-92, salí hacia Víznar y cogí una estrecha carreterilla que une esta encaramada población con su vecina de Alfacar, donde se encuentra la Fuente Grande, también llamada Ainadamar o Fuente de las lágrimas. Después de la serpentina de curvas, que sortean un pronunciado barranco que da vértigo -hoy rotulan a este paso, pomposamente, "Ruta del califato"- me topé con el monolito que recuerda el lugar adonde condujeron, agazapados por una vil oscuridad, a García Lorca, junto a otros, para acabar allí con su vida.
Tuve una percepción extraña conforme avanzaba, movida por un deleitoso sosiego y una extraña euforia. Se me vino encima la noche de aquel verano del 79, leyendo hasta altas horas el libro de Ian Gibson, Granada,1936. El asesinato de García Lorca. Se me vino encima el miedo.
Aparqué el coche y, al acercarme a la pineda cercana, un helado frío me enderezó el espinazo. Era una mañana de diciembre plácida, un dulce sol de invierno templaba el día y cerca de allí un cabrero conducía el paso lento de una reata que transitaba junto a mí cuando me decidí a volver hacia el coche. Algo rezagado, un macho cabrío, con una desproporcionada esquila, dio un brinco y se puso junto al coche, mirando fijamente hacia donde me encontraba. Era una mole brutal, un semental de impresionante facha que logró amedrentarme. Me dispuse a coger la cámara para retratar esa mirada indolente y fatídica, pero bastaron esos escasos segundos para que desapareciese, confundiéndose, cobardemente, entre la recua.



domingo, 2 de agosto de 2015

CELAYA Y MICHAUX




CELAYA Y MICHAUX
Revisando unos números de la revista Verbo. Cuadernos literarios que se encuentran en el Archivo Bru i Vidal del Ayuntamiento de Sagunto, buscando los primeros poemas que publicara allí el poeta saguntino Santiago Bru –que firmaba su poesía en catalán como Jaume Bru–, me encontré, en el número 14 de enero-febrero de 1949, con la traducción de un poema de Henri Michaux, “Clown”. Fue una sorpresa, así como saber que su traducción correspondía al poeta Gabriel Celaya.
Celaya cultivó la traducción de poesía, al menos –que yo sepa–, en su primera etapa, y publicó parte de ella en la colección de poesía Norte (1947-1955), de la que era editor, junto a su mujer Amparitxu Gastón. En aquella mítica colección de la ciudad de San Sebastián, situada en la calle Juan de Bilbao, se editaron diecisiete libros, en los que, además de publicar el propio Celaya (bien con el pseudónimo de Gabriel Celaya o con su nombre de pila, Rafael Múgica o con el de su heterónimo, Juan de Leceta), aparecen varios autores de la llamada “generación del 36” como Germán Bleiberg, Ricardo Molina, Victoriano Crémer, Leopoldo de Luis o Camilo José Cela, junto a otros como Miguel Labordeta, Jesús Delgado, Juan Guerrero o Antonio Milla.
Dentro de la colección Norte se editan cinco traducciones, tres de ellas debidas a la mano de Celaya: Cincuenta poemas franceses, de Rainer Maria Rilke, El libro de Urizen, de William Blake y Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud. Junto a ellos, el poeta valenciano Ricardo Juan Blasco, director, por entonces, de la importante revista Corcel –más adelante, gran investigador valencianista que firmará su producción catalana como Ricard Blasco– traduce La cifra de las cosas, de Lanza del Vasto; y el director de la revista de Vigo, Alba, Ramón González-Alegre, traduce Poemas, de Mario Luzi y Vittorio Sereni.
En 1954, Celaya volvería  nuevamente a ofrecer una muestra de su labor traductora, publicando en la colección arriacense de poesía, Doña Endrina, el librito Quince poemas, de Paul Eluard.
“Clown” lo publicó Henri Michaux en su libro Peintures, en 1939 en la editorial GLM, y es el primer libro en los que recoge su producción pictórica, junto a textos poéticos o glosas. Esta traducción de Celaya es una de las primeras que en español aparecerán del poeta francés, quien más tarde verá sus versiones al castellano de la mano de otros poetas más jóvenes como Julia Escobar, Francesc Parcerisas o Jorge Riechman, a las que hay que sumar las de Chantal Maillard y las del inigualable Cristóbal Serra.
Les dejo aquí la traducción que hiciese Celaya en el 49. Salud.


CLOWN

Un día.
Un día, quizá pronto.
Un día, levaré el ancla que me retiene a mi navío alejado de los mares.
Con esa especie de valentía que es necesaria para no ser nada y nada más que nada, me desprenderé de lo que parecía serme indisolublemente próximo.
Lo cortaré, lo derribaré, lo romperé, lo haré volcar.
Vomitaré de un golpe mi miserable pudor, mis miserables combinaciones y encadenamientos, “hilados con aguja”.
Vaciado del absceso de ser alguien, beberé de nuevo el espacio que alimenta.
A golpes de ridículo, de decadencias (¿qué es la decadencia?), por explosión, por una total disipación-irrición-purgación, expulsaré de mí la forma que se creía tan bien sujeta, compuesta,  coordinada, adaptada a mi contorno y a mis semejantes, tan dignos, tan dignos…, mis semejantes.
Reducido a una humildad de catástrofe, a una nivelación perfecta como después de un intenso ahondamiento.
Llevado por debajo de toda medida a mi puesto real, al infinito puesto que yo no sé qué idea-ambición me había hecho abandonar.
Aniquilado en cuanto a la altura, en cuanto a la estimación.
Perdido en un lugar lejano (o aún ni eso), sin nombre, sin identidad.
CLOWN, que derriba en la risotada, en lo grotesco, en el reventón, el sentido de su importancia que, contra toda evidencia, se había forjado.
Me hundiré.
Sin fondo en el infinito-espíritu subyacente abierto a todos, abierto yo mismo a un nuevo e increíble rocío
a fuerza de ser nulo
y vulgar…

y risible…

martes, 12 de marzo de 2013

UN POEMA DE ISIDORUS HISPALENSIS


El obispo de la sede hispanogoda hispalense, Isidoro, que vivió a caballo de los siglos VI y VII, conocido más adelante como San Isidoro de Sevilla, fue autor de una ingente obra de la que, sin duda, sobresale su enciclopédica Etymologiarum sive Originum, o, sencillamente, Etimologías, pero también de otras muchas en las que recoge gran parte del saber de su época y de épocas pretéritas: Chronicon, Historia de regibus Gothorum, Wandalorum y Suevorum, De viris illustribus, y otras muchas de carácter dogmático y teológico.
De esta obra suya que hoy se conserva y de la que tenemos una moderna y cuidadísima edición en el Corpus Christianorum Serie Latina de la editorial  Brepols, de la ciudad flamenca de Turnhout, vamos a parar en el volumen 113 A, que con el título de Isidori Hispalensis versus -publicado en el año 2000 a cargo de José María Sánchez Martín- recoge 27 títuli, epigramas, del propio Isidoro. Se trata de un conjunto de poemas, en dísticos elegíacos, conocido con el nombre de Versus in bibliotheca (Vetustissimi versus, qui olim in Bibliotheca Sancti Isidori Hispalensis Episcopi legebantur) y traeremos aquí el segundo que recoge la edición mencionada. Que disfruten:

     
      Hay cosas sagradas aquí, hay otras muchas mundanas;
      Si la poesía te deleita, ven a leerla.
      Ves prados de espinas plagados, y copiosos en flores;
      Si espinas no quieres coger, coge las rosas.

miércoles, 17 de agosto de 2011

LO QUE EN EL MUNDO TERMINA CON CERNUDA





El libro de Antonio Rivero Taravillo, Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963), segundo volumen de la más completa biografía que poseemos del autor de La realidad y el deseo, termina, precisamente, con una frase del poeta sevillano que yo he querido utilizar como título para este comentario: "Nadie podrá ya evocar para el mundo lo que en el mundo termina contigo".
Aunque el biógrafo utilice estas palabras desde la humildad bien entendida, declarando que, por más que queramos, ni encontraremos a Cernuda en la fosa del Panteón Jardín, "ni está tampoco, o no del todo, en esta biografía", la verdad es que en ella hallaremos, haciendo uso del rigor y la honestidad, la investigación paciente y una precisa exigencia de síntesis, las huellas de una vida plena y una voluntad férrea de poesía.
En vano buscará en Roma a Roma el viajero, nos recordaba Quevedo, pero sólo allí podrá quien ama a Roma reconocerla y rendirse a ella. Lo mismo, pues, nos acaece, con esta biografía que nos presenta Antonio Rivero, urdiéndola no sólo de datos precisos y de panorámicas vitales, sino con la continua referencia a la labor poética y literaria de nuestro autor.
Es un gozo poder recorrer los itinerarios cernudianos de la mano diligente de Antonio Rivero. Allí vemos desgranarse las penurias, las incertidumbres, los hallazgos poéticos, las amistades y los desencuentros, los momentos de plenitud y belleza que a lo largo de sus años de exilio vivió el poeta de la luz y la sombra, al decir de Octavio Paz.
Libro, pues, de información detallada, pero también de reflexión, que nos invita a seguir los vericuetos de la obra de Cernuda, y a indagar las claves de su poesía y de su vida a veces esquiva y esquinada, siguiendo los más variados testimonios y fuentes documentales, tanto orales como escritas.
Vuelvo a incidir en el gozo que suponen estas páginas que nos brinda Antonio Rivero, porque a través de ellas vemos planteada de una forma exacta y concreta la terrible experiencia del exilio y la altura moral de los exiliados, su valor y su tenacidad, su íntimo dolor y su esperanza íntima.
Si tuviera que resaltar de ella algo, sería sin duda la íntima trabazón que logra Rivero de la vida y la obra de Cernuda, y cómo, siguiendo la lectura de algunos poemas vemos a las claras sus actitudes, su intimidad; o cómo, determinados acontecimientos, hechos precisos cuelan la luz en algunos de los versos de su obra.
Para mí han sido especialmente atractivas y sugerentes las páginas dedicadas a la relación de Cernuda con Salvador Alighieri, siguiendo la estela de Poemas para un cuerpo; así como las páginas, terriblemente evocadoras y felices, que exponen la estancia de Luis en La Habana y su relación con María Zambrano y Lezama Lima: ¡qué belleza y qué profundidad la del texto de "Aire de La Habana", qué bien traído y qué bien indagado!
Felicitémonos y gocemos, pues, de esta completa biografía donde, sí, Antonio, sí encontramos a Cernuda, aquel cuerpo y, sobre todo, aquellos versos, que nos siguen emocionando y por los que seguimos transitando desde el silencio más atento a su locuacidad, sabiendo, eso sí, que con él, con Cernuda, termina un mundo.

domingo, 17 de abril de 2011

EL FILÓSOFO Y LA CIUDAD ANTIGUA

Ortega y el Calvario de Sagunto


A semejanza del trilobites en su nicho pétreo, la ciudad antigua, hoy simulacro fósil, dormita su sueño secular atenta a la mirada de aquellos viajeros que restañarán con su imaginación la herida de esos años idos. Ellos, mentores de una casta especial de hombres, aquellos que nacen con la "extrañeza", insuflarán en la "inquieta et mobilis homini mens" senequiana. espíritus salvíficos y soplos soñadores que harán de aquella una ciudad ideal, entretejida de metáforas e imágenes: "E'l silenzio ancor suole / Aver prieghi e parole", nos dice Tasso.

Porque la ciudad, como nos enseñó Victor Gómez Pin, en su bello libro sobre Venecia, "es cómplice indisociable del lenguaje" y sobre él proyectamos fílmicamente las exigencias de nuestro deseo, pero también los vértigos y los conflictos que nuestra tradición histórica, múltiple y contradictoria, nos depara. "…vemos por doquier a nuestro alrededor / las viviendas de hombres de antaño, / vestigios ... /... Esos hombres ... ¿qué ha sido de ellos?", se preguntaba T'ao Chien en el siglo IV de nuestra era. Al otro lado de la laguna Estigia oímos decir a Séneca, dirigiéndose a "Helvian rnatrem", pero también a T'ao y a nosotros mismos, que todos estos cambios, todos estos traslados, no son sino exilios colectivos, "Publica exilia".

Y como toda diáspora, en ésta también anida la esperanza, la que como humanos nos es lícito tener, ipsum est, que después de todo nada por completo está perdido. Pero dejemos que Benedetto Croce lo exprese de forma paradójica: "Nada de lo que nace muere de aquella muerte completa que sería idéntica al no haber jamás nacido: si todo se transforma nada puede morir". Filosofía y viaje han estado desde un primer momento íntimamente ligados. Las metáforas del conocimiento como "vía", de la sabiduría como "iniciación" o "recorrido", del sabio como aquel que se desplaza en busca de una "sofía" que implica una ascensión (quizá "askia": abandono de la sombra, huida hacia la luz) o un descenso "ad inferos", órficamente; todo ello son claros ejemplos de esta consaguinidad.

Será Parménides quien ya en su pasado remoto, en su Poema plantee de forma explícita esta disposición: "Las yeguas que me transportan y a cuanto el ansia llegara me aviaban así que me echaron al milvocero camino de la deidad, que por toda ciudad lleva al hombre que sabe". En el otro extremo del hilo del ser y su pensamiento vemos los dedos tedescos de Heidegger que escriben sobre la tabula rasa: "camí i mesura / sender i cantar / es troben en única via. / Camina i porta / error i pregunta / pel teu únic tret". Son extraños versos que Joan B. Llinares trasladó de su origen lingüístico hasta las riberas de este otro idioma que tiene entre sus tribunas más eminentes al también filósofo y viajero Raimon Llull.

Sería interminable una lista de exempla donde el binomio filosofía-viaje quedara reflejado. Sólo aludiremos al ascenso que hizo Petrarca a la cima del Mont Ventoux, donde leyó pasajes de Las Confesiones de San Agustín; y sin más dilación exclamaremos con Bandelaire: "Etonnants voyageurs! Quelles nobles histories / nous lisons dans vos yeux profonds comme les mers! / Montrez-nous les écrins de vos riches mémories, / Ces bijoux merveilleux, fait d'astres et d'ether / ... Dites, qu'avez-vous vu?". Y solícitos les vemos desgranar un logos que nos seduce y nos empapa de curiosidad. ¿Cuántas más cosas quisiéramos saber y aún nos están vedadas?


Hoy, aquí, se nos muestran dos de aquellos a los que Platón, en su ciudad que no es la muestra, denominó “amigos del pensar”, o como uno de ellos mismo propuso, “espectadores”: Benedeto Croce y José Ortega y Gasset. Los dos visitaron Sagunto. Alrededor de siete lustros separan una de otra visita, pero ambas se unen por el polo de atracción de Saguntum, devenido con el paso del tiempo en aquello que Michel Butor llamó "établiment", es decir, punto de orientación a la vez geográfico y mitológico.

Quizás nos sentimos más abrigados al saber que aquellos lugares por los que nuestra infancia, sobre todo, y la ya larga vida que mantenemos ha vagado, han sido hollados también por aquellos pies; que estos paisajes han sido, al menos un instante, reunión de almas dispersas y ensoñadoras, aunque bien sepamos que es cierto aquello que nos dejó dicho Italo Calvino: "Creemos que seguimos mirando la misma ciudad y la que tenemos delante es otra, aún inédita, aún por definir". Aún siendo así, brindemos hoy en aquellos "calices saguntini" de Valerio Marcial, y celebramos a Silio Itálico por quien sabemos que nuestra ciudad tuvo su espíritu. Fue así, pues, una cabal ciudad antigua. El mismo Calvino nos lo recuerda: "Los antiguos representaban el espíritu de la ciudad con ese algo de vaguedad y ese algo de precisión que esa operación conlleva, evocando los nombres de los dioses que habían presidido su fundación". Evoquemos pues en Croce y Ortega a Zacynthos, y con ellos a los dos grandes tributos que nos legó la Hélade: La ciudad y la filosofía.

viernes, 15 de abril de 2011

ORTEGA Y GASSET EN SAGUNTO




El comentario de Isabel Mallén a mi poema que aparece en la anterior entrada, "Hogueras de Abril", me ha hecho reparar en la figura mítica de nuestro Pic dels Corbs, una cumbre señera de nuestra comarca, el Camp de Morvedre, que conserva un interesante yacimiento de la Edad del Bronce.

La figura del Pic se puede apreciar detrás del filósofo José Ortega y Gasset, en la fotografía que abre este post. Dicha fotografía corresponde al viaje que Ortega realizó a nuestro País Valencià en el año 1934 acompañado por el notario Antonio Mora y Antonio Mingarro , miembros valencianos de la Agrupación al Servicio de la República.

martes, 23 de noviembre de 2010

ERRANCIA DEL CUERPO Y DEL DESEO (GAVILLA DE COLOQUIOS PARA JAIME GIMÉNEZ DE HARO)


NOTA PREVIA: Lo que a continuación sigue es el texto que escribí para la exposición que el pintor Jaime Giménez de Haro (Sagunto, 1951) realizó en mayo de 2005 en el Castell d'Alaquàs. Lo recupero para este blog después de asistir a una nueva exposición del artista en Valencia, en el Café Malvarrosa-Espai Paral·lel. Un gozo al que estáis todos invitados.



ACOTACIÓN


Las obras que nos propone Jaime para esta exposición procuran una densidad tal, que más allá de la forma, del color, de la materia, van urdiendo un rumor de voces que acaba por imponer su propio discurso dialógico. No es materia onírica, aunque invite a ella, sino muchedumbre de palabras que incitan a la recreación de la obra por parte del espectador, al diálogo ameno o encarnizado, a la impúdica exposición de deseos, al entrañamiento de las invitaciones reflexivas a que nos exponen las obras.
Michel Foucault planteó, desde su arriesgada reflexión, un "Theatrum Philosophicum". Desde esta exposición, y desde esta lectura que proponemos, la obra de Jaime se nos aparece como un "Theatrum Artis". Pero no desde la espectacularidad, desde la "ob-scenidad", sino más bien desde la complicidad dialógica de la confidencia, del susurro, de la palabra anhelante e invitadora.
Su pintura, sus objetos, anclan un pasadizo entre las cumbres de la clasicidad y la modemidad. Agita el aire que recorren las visiones de los mundos pictóricos anteriores, moviliza el ojo a una expansión del espacio, y desde esta apertura, desde esta oquedad sugen los ecos que van conformando una escritura de voces dialogantes, empapadas de luminosidad y de materia pictórica.
Son signos errabundos trazados desde la dádiva, configurando orillas de diálogo: a veces desde una transparencia, a veces desde el misterio. Hay inocencia y hay riesgo. Una extraña medida de la distancia crítica del autor con respecto a su obra y a la tradición. Pero, sobre todo, hay una edificacion de su propio mundo, que nos urge a compartir; una cimentación que basa su fortaleza en la intimidad, en el recorrido de los afectos, de las verdades íntimas.


1ª ESCENA:
ENTELEQUIA DE GESTOS

" ... y sin letras forma en el aire renglones clarísimos"
Francisco Bances Candamo, Theatro de los theatros.


Un mundo abreviado de zarcillos, de trenzas como trilobites, de miradas enfrentadas a la púdica visión; sin el furtivo deseo de la apropiación falsa, meramente expuestas a la caricia de un ensueño. Convidados al ágape de la danza de cuerpos femeninos hacia otra vuelta del sentido, hacia los sentidos vueltos a la preñez de la pintura y su trazo divagante.
Rómpese la tela del encuentro, una clara invitación a la vida, sólo caricia o abrazo próximo, de estos fragmentos que juntos tienden a una cita, a una encrucijada en la que el mero instante deviene un gesto etemo, el kairós al que tendía Goethe, al que nos invita Jaime, de la mano de la vida gesticulante. Álzase el cristal del tiempo.

LAS MANOS: El gesto es elocuencia fuera de toda voz, de toda caligrafía, viva en la pura música del movimiento, en el espacio habitado, humano, de la figura.

LOS BRAZOS: Sois himno de la línea, "Oh regalada llaga! Oh mano blanda", como quiso Juan de Yepes trazaros.

LA CARA: Me parecéis, brazos, belleza ansiante, arremolinado clamor, embriago de estulticia. Desde el sueño de la línea que imanta y subraya el claro color, muestra el ademán su atemperado carácter, henchido de placidez, órdago de la belleza.

EL TORSO: Quiebros del cuerpo y esfuerzo de los brazos, ha sido dicho. Gravedad y levedad unidas, en íntima coyunda como los miembros a mí asidos, representáis. Es la mano de vuestro pintor, o su alma, que es lo mismo, la que sopla en vuestro aliento. Así certificó Carducho: "Mueve su pintura las almas de los que le oyen".
La mirada se detiene aunque el gesto no cesa, y en ese intervalo, en esa "pausa oscura" de la que habló Rilke, brota la semilla de ese mundo abreviado que Jaime nos expone, rememorando las "Puellae gaditanae" de Juvenal, aquellos pies que semejan medir el mundo desde sus contorsiones, sentenciando artísticamente lo que dejó dicho Plinio: "Creer que hay infinitos mundos procedió de querer medir el mundo en pies". Y no hay cabo, no hay fin, en este mundo abreviado o en estos infinitos mundos a los que nos abocan los cuadros de Jaime Giménez de
Haro; mientras la tela rasgada recompone y desciende su figura en un supremo gesto final.


2ª ESCENA:
DECLARACIÓN A LA LUZ DE UNA VELA

El pintor y la modelo clarean su viso en la luz refleja de la vela de un estudio, mientras los cuerpos se confunden y en un mismo trazo sus deseos componen un laude rotundo a la vida, un festivo manantial de íntima arrogancia.

LA MODELO: Es diestra tu mano en la concesión a mi fugura de enaltecimiento, de beata concupiscencia, de un mítico manto de sutil transparencia.

EL PINTOR: Borrar el límite es lo que ansío, o al menos acercar las dos realidades que a ambos nos conforman, tendiendo la voz de mi cuadro a un eco irrepetible. Lo finito y lo infinito, la totalidad y el fragmento. Busco los contamos difusos, las esquinas alentadoras de los encuentros, los colores que atrapan una caricia, los trazos del abrazo, presos en una confusión imposible de cuerpos, más allá de este recuadro, de este mundo, de este muro.

LA MODELO: El límite es sólo la esperanza. No alcanzará tu pincel aquel espacio deseado, aquella llama oculta que en su extinción nos salva. Postrero será el día en que tus manos y tus pies puedan alcanzarlo, y tu vida y tu deseo sean sólo uno e indiviso.

EL PINTOR: De nada me sirven las futuras realidades. Hoy, aquí, proclamo la identidad irredimible de mi vida, y es mi deseo parangón de un universo de formas que envuelven, como mantos transparentes, esos espacios que las figuras someten a una perpetua fluencia de saludos y de adioses.

LA MODELO: Siento el velo del azul y la exaltación del ocre; el temblor del amarillo y la mudez del gris. Me enceguece el rojo y es tibia la claridad del verde. Rauda es la luz y me pierdo en el sentido de tus visiones.

EL PINTOR: Perdido voy también yo, en la bruma de este atroz deseo. Rasgo con mis colores la luz del dia buscando una luz más prístina, buscando luz más allá de la luz. Y en este vagar, en esta errancia, tú, mi modelo, me impones el don de la belleza, entendida ésta como luz en su ebriedad, como alma pánida que celebra la vida.


En la habitación el pábilo tristemente se consume y un fino helor, apenas, de llama azul,
prende de su escuálida vela. El hálito del pintor, finalmente, fatalmente, oscurece la tela del encuentro y una rediviva luz resplandece de su obra.

sábado, 20 de noviembre de 2010

ALFONSO CANALES: EL ANACORETA MALAGUEÑO


Así, "el anacoreta", llamó Juan Gil-Albert al poeta malagueño Alfonso Canales, que con alto dolor nos ha dejado. Lo escribió en las "Notas espontáneas" que puso al frente de la edición valenciana de El Canto de la Tierra. Lo editaba Lindes, Cuadernos de poesía, una excelente colección que se editó aquí en Valencia -qué inolvidables los poemarios de Gil-Albert y Cesar Simón-, en los años setenta, de la mano diestra de Ricardo Bellveser, Pedro Bessó y Ricardo Arias.

Uno de mis primeros libros de poesía contemporánea que me compré con mis escasos ahorrillos de jovencito, fue, precisamente, el poemario de Canales, Port-Royal, editado en la colección El Bardo. Aún conserva mi ejemplar el sello de la librería donde lo adquirí: La Idea, Estamañería Vieja, 11. Despareció aquella librería como desparecieron aquellos años, pero siguen las páginas del libro, y siguen las huellas de sus lecturas, y sus bordes amarillentos.

Atrajo a aquel joven que garabateba primerizos versos en las cuartillas, el sorprendente carmen meditativo, existencial y espiritual del maestro malagueño:

El mismo rayo

de sol que me calienta las rodillas

me une a claustros soñados, a las mansas`

penumbras de los templos que hoy se doran

con idéntica luz: la luz de esta

hora. No la de aquella en que una turba

de secuaces del rey desvirtuaron

un modo de la fe; tampoco la del jueves

pasado ni la del jueves venidero.

Dios atrae hacia sí a los que confían

y a los que desesperan. A nosotros

nos toca elegir la puerta ancha

o el ojo de la aguja, en el que siempre

hay suficiente luz para orientar el hilo


También, cómo no, le atrajo que fuese de aquella tierra que él asociaba a su inclinación poética, a su forma idílica de ver la tierra, la tierra de su familia, aquella Málaga de su infancia y adolescencia, de primeros amores, de descubrimientos de la luz, de las sonoridades de las aguas, de las formas de componer los sentidos de esta vida, dando voz y trazo de poema a la intimidad.

Siguieron a aquel poemario los que regularmente fue dándonos a conocer su autor, mostrándonos su infatigable búsqueda, su escritura pasional: Reales sitios, Réquiem andaluz, El año sabático, El puerto, El Canto de la Tierra, etc. Paro en éste último porque para mí constituye uno de sus más excelentes hallazgos. De él copio este poema que viene al caso:


(Pues morirá la muerte, como mueren las cosas

todas) cuando no sepa nadie de mí, ni incluso

tú misma, tierra, guardes nada mío que tenga

ilación con la vida

que tuve, estaré vivo

otra vez. No hace falta que hasta el fin de los tiempos

aguardemos, que cada

uno en su sangre lleva

ese fin. Como tiestos en alfares

tuyos cocidos, el gran fuego hace

(una vana ilusión que fomentamos

tenazmente) que luzcan formas nuevas,

seguras de su propia

solidez. Pero el cántaro se rompe

de tanto ir a la fuente

de la esperanza, y todo

termina mal un día o una noche

cuando por un descuido

(no se sabe de quién) el recipiente

ha cabado de dar lo que podía

dar: contornos, colores

o líquidos prestados.

Se dura un poco más, en tanto quedan

clasificables cascos que permiten

recomponer las líneas

maestras, los detalles

de la decoración o el mismo poso

que el vino o el aceite

dejaron. Y la sombra

acaba por llegar irremediable-

mente, mas no la fría

soledad: cuando acabe

por devolverte lo prestado, oscuro

taller donde empezaron a formarse

estos dolidos versos,

no existirá la muerte.

CONVERSA AMB JOSEP PIERA

  Ayer por la tarde, Josep Piera nos dejó para emprender un nuevo viaje. Hace unos años, en el 2021, comencé a leer su Poesía completa , edi...