sábado, 28 de noviembre de 2009

DEL ALBA A LA NIEBLA



El poeta convaleciente piensa en el caminante, en su espesa andanza a través del monte cuajado de nieblas. Lo ve huir con sigilo del camino bajo y del acechante cobijo de las alimañas. Cuando ya el frio estertor último de la noche da paso al bostezo y el aliento de las claridades, busca el cazador de sombras vivas los nidos recónditos de los pájaros del albor. Y al albur de la estremecida mañana el cazador y caminante se detiene ante un rescoldo abandonado, a la entrada de una cueva. Otea en la sima los ecos apagados de su voz y en la brasa, vagamente candente en la ceniza, los augurios del horizonte.
El caminante encuentra en el bosque la "dynamis me einai" esa segunda articulación -la primera sería la potentia ad actum- de la potencia según Aristóteles: la potencia de no-ser, esa potencia constitutiva que es impotencia y al mismo tiempo potencia de la potencia, como expresó Giorgio Agamben: "...para la potencia de no ser, por su parte, el acto no puede jamás consistir en un simple tránsito de potencia ad actum: ella es, por tanto, una potencia que tiene por objeto la potencia misma, una potentia potentiae."
Esto piensa el poeta convaleciente: allí el cazador encuentra el aliento de todo acto, el aliento, en definitiva, de todo ser que proviene de potencia para devenir en sustancia. No hay potencia completa sin no ser, sin potencia de no ser. Allí, pues, el alimento del salto.

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