sábado, 5 de octubre de 2013

EL FAROL DEL FERROVIARIO



No había luminarias celestes en la noche, todo estaba muy oscuro y solo se veían, como a través de un cristal, recorrido por regueros de agua, las luces diluidas y fragmentadas del último convoy del tren, alejándose, apenas ya un trazo rojo luminoso que pronto se tragaría la tiniebla.

 Ella estaba allí, de pie, sola, aterida por el frío y el miedo, llorando sin consuelo, empapada por la orina, perdida en un lugar desconocido, en un apeadero solitario en medio de la nada. Qué iba a ser de ella, qué iba a ser de una niña de apenas cinco años que huye de la miseria; no solo del hambre, que esa aún la tenía bien pegada al cuerpo y más aún cuando llevaba horas sin probar bocado alguno, desde que salieron de madrugada, sino de la miseria moral, de la podredumbre vecinal, familiar que los había estigmatizado por ser hijos de rojos, abocándoles a las tareas más ingratas y a tener que comer lo que pudiesen: cuántas veces me recordaría que en ocasiones tenían que llevarse a la panza las amapolas del campo.
Ella se temía lo peor, se había cruzado con la mirada del revisor antes de subir al tren junto a sus hermanos y sintió que aquel hombre los descubriría, sabría que ella, como todos, no tenía los billetes porque reservaban el poco dinero que les había dado su madre para la comida. Eran seis y el hambre hacía mella desde hacía mucho tiempo. Estuvieron todo el día sorteando la vigilancia, pasando de vagón en vagón, llegando incluso a bajar en alguna estación para subir, sin ser vistos, unos vagones más adelante. Pero llegó, finalmente, el momento inapelable y tuvieron que enfrentarse a él, suplicándole que les permitiera llegar hasta Estavia,  donde les esperaba su madre.
El revisor fue tajante, no solo se mostró huraño sino que llevó su ira hasta el extremo de empujarlos hasta la puerta del vagón y allí recriminarles e insultarles, ordenándoles que bajaran en la siguiente parada que hiciese el tren. Ninguna súplica, ni siquiera la de algunos viajeros, que se habían acercado al oír el llanto de los niños y las voces del revisor, que intentaban mediar pidiéndole clemencia y que los dejara llegar hasta la ciudad, ya de mañana, con la luz, donde la madre se haría cargo de ellos.
El tren paró bruscamente y el revisor abrió las puertas gritándoles que se bajasen. Un viajero se entrometió y obstaculizó la salida, diciendo que se haría cargo de ellos. Él y el revisor se enzarzaron en una discusión y, entre los gritos y los llantos, la pequeña, forzada por el miedo, sin saber qué sería de ellos, quién sería aquel hombre que quería acogerlos, saltó a tierra y comenzó a correr. Sus hermanos, los pasajeros, el revisor, todos le gritaban y la pequeña corría desesperadamente, alejándose en la negrura, hasta que tropezó con algo que no vio y cayó de bruces. La pequeña quedó conmocionada pero al cabo de un rato logró levantarse, la cara llena de mocos, de tierra y grava, con un terrible escozor en las rodillas, cuando en ese momento las ruedas del tren comenzaron a moverse, sonó un silbato y sobre los rieles se deslizaron los gritos y las advertencias que ya la pequeña apenas oía, paralizada por el miedo y un sordo dolor.
El tren había desaparecido y un silencio extraño rodeaba los gemidos cada vez más apagados de la niña. Se sentó y pudo ver las heridas de la caída, sacó su pañuelo y taponó con fuerza deteniendo la hemorragia. Estuvo así unos minutos, hasta que alzó su cara y contempló lo que le rodeaba. Solo logró vislumbrar en la total negrura unas ondulaciones en silueta al fondo, lo que parecía ser una colina muy alejada. Se levantó y decidió caminar siguiendo las vías del tren, hacia donde lo había visto alejarse. Apenas había andado unos metros cuando comenzó a oír a su espalda el ululato de un mochuelo.
Al darse la vuelta apercibió más clara la silueta que antes barruntó y que creyó que era una colina alejada. Ahora se le presentaba como algo parecido a la techumbre de una pequeña caseta, en la que creía ver un punto evanescente y palpitante de luz en su interior. No quería alejarse de las vías pero vio que más o menos se encontraba a la altura de ellas y, movida por la curiosidad y por una esperanza difusa, hacia allí se dirigió.
Conforme avanzaba dudaba, embargada por el recelo, titubeando en sus pasos hacia aquella chabola. Sus oídos comenzaron a percibir unos débiles sonidos musicales y aquel fulgor intermitente iba clareándose en un resplandor mortecino. Se encontraba a escasos metros de aquella pequeña vivienda cuando ya sabía que allí debía haber alguien que escuchaba la radio y tenía encendida una bombilla o un candil que reflejaba una luz cerosa. Tragando saliva se aupó en un cantal y fue acercando sus ojos de búho al alféizar para llegar al vidrio de la ventana y ver quién sería quien allí descansaba.
Un farol ferroviario de parafina reposaba en una pequeña mesita junto a una radio que en esos instantes emitía un noticiero sobre la guerra, al lado de un camastro en el que nadie yacía, pero donde las sábanas y mantas aparecían en amasijo. Fue recorriendo la pequeña su mirada por todo el recinto que podía escrutar y no vio a nadie, aunque todo parecía apuntar a que alguien que lo habitaba debía encontrarse muy cerca. La niña se acurrucó debajo de la ventana, encogió sus piernas contra sí y el viento frío de la noche fue meciéndola hasta quedar adormecida.
Pero qué haces aquí afuera, alma de Dios, qué te ha pasado, cómo has llegado hasta aquí. Papá, nos ha descubierto el revisor del tren y yo he salido corriendo, pero mis hermanos no me han seguido y me he quedado sola. Ellos se han ido con el tren… Tengo frío y me duelen las rodillas… Ay, la mamá cuando se entere… No pasa nada, duerme y mañana verás a tu madre y a tus hermanos. Tranquilízate y duerme, pequeña. Tengo hambre papá. El guardagujas cogió entre sus brazos a la pequeña y la arropó con mantas en su caseta. La pequeña estaba enfebrecida y había confundido al ferroviario con su padre, quizá porque en aquella oscuridad aquel hombre con gorra y uniforme le había recordado a su padre, capitán del ejército republicano. El hombre le dio una galleta que la pequeña apenas mordisqueó porque cayó inmediatamente rendida, le besó la frente, apagó el farol y la radio y se arremolinó entre mantas en un sillón cercano a la cama, esperando que descansara y pasasen las horas.
Elia… despierta. Elia, que tenemos que marcharnos, que nos espera mamá. Venga que es tarde y enseguida pasará el tren. El mayor de los hermanos espabiló a la pequeña que tardó un rato en salir de su somnolencia. Había dejado a los demás en la estación y había vuelto al apeadero al que saltó su hermana para recogerla y emprender de nuevo el viaje a Estavia, donde les aguardaba la madre. Afortunadamente el revisor se apiadó de ellos y dejó a los chicos al cargo del viajero que se ofreció como protector. Éste le pagó un billete al mayor para que volviera a buscar a su hermana mientras él se quedaba al cuidado de los demás hasta que volviera.
Se abrazó con fuerza a su hermano y comenzó a sollozar preguntando por su padre que anoche la ayudó, que la acostó y le dio de comer. Pero Elia, qué te pasa ahora, padre está muerto y aquí no hay ninguna cama, no hay nada. La pequeña miró a su alrededor y solo vio el mugriento colchón en el que estaba sentada, y todo lo demás unos cuantos muebles desvencijados, llenos de polvo y un revoltijo de papeles de periódico, botellas rotas y latas. Estaba aturdida, no comprendía nada y recordó a su padre, las visitas a la cárcel acompañando a su madre, en la última estaba muy escuálido y apenas les habló, solo las miraba con los ojos enrojecidos y, al final, le dijo a su madre que cuidara a la niña y le dio un beso en la frente. Así lo recordaba ella, sentado en la cama del hospital, sorbiendo unos huevos que le habían traído del pueblo.
Cuando Elia le contó a su madre lo sucedido solo se echó a reír y a llenarla de besos y abrazarla. Pero qué tonta que eres mi pequeñaja, ven aquí, valiente, que vales más que un potosí. Menos mal que te refugiaste en aquella casucha, que si no… Nunca olvidó aquel episodio Elia y menos cuando años más tarde la madre le reveló que su padre fabricaba en la forja del pueblo los faroles de los ferroviarios, aquellos que avisan con su haz de luz a los trenes y a los viajeros perdidos en la noche.

martes, 12 de marzo de 2013

UN POEMA DE ISIDORUS HISPALENSIS


El obispo de la sede hispanogoda hispalense,  Isidoro, a caballo de los siglos VI y VII, conocido más adelante como San Isidoro de Sevilla, fue autor de una ingente obra de la que, sin duda, sobresale su enciclopédica Etymologiarum sive Originum, o, sencillamente, Etimologías, pero también de otras muchas en las que recoge gran parte del saber de su época y de épocas pretéritas: Chronicon, Historia de regibus Gothorum, Wandalorum y Suevorum, De viris illustribus, y otras muchas de carácter dogmático y teológico.
De esta obra suya que hoy se conserva y de la que tenemos una moderna y cuidadísima edición en el Corpus Christianorum Serie Latina de la editorial  Brepols, de la ciudad flamenca de Turnhout, vamos a parar en el volumen 113 A, que con el título de Isidori Hispalensis versus -publicado en el año 2000 a cargo de José María Sánchez Martín- recoge 27 títuli, epigramas, del propio Isidoro. Se trata de un conjunto de poemas conocido con el nombre de Versus in bibliotheca y traeremos aquí el segundo que recoge la edición mencionada. Que disfruten:

     
 
 
      Hay cosas sagradas aquí, hay otras muchas mundanas;
      Si la poesía te deleita, ven a leerla.
      Ves prados de espinas plagados, y copiosos en flores;
      Si espinas no quieres coger, coge las rosas.
 
 

domingo, 10 de marzo de 2013

A UN OLMO, de Miguel Torga.

 

 
A UN OLMO

 
En la tierra donde nací hay un único poeta.
Mis versos son solo hojas de sus ramas.

Cuando llego de lejos y conversamos,

él es quien me revela el mundo visitado.

Desde la noche del cielo, se alza la madrugada,

Y la luz de sol alumbrado o apagado

Está en sus ojos que son posada.



Ese poeta eres tú, ¡maestro de la inquietud 

Serena!

Tú, inmortal flauta

Que armonizas el viento y adormeces el inmenso

Redil de estrellas en la yerma luz de luna.

Tú, gigante que sueña, ¡perplejo bosque

Donde anidan los pájaros y el tiempo!

Dos poemas, de José Mário Silva.

 

hipermetropía


 

En las fotografías más antiguas
sigo usando gafas: memoria
de las lentes rayadas y los paños
de franela. Un día las dioptrías
desaparecerán (“perfecto”, dice
el oftalmólogo) y veré
mejor lo que está lejos –pero no tan
lejos que consiga alcanzar, hoy,
lo que veía cuando las patillas
me lastimaban detrás de las orejas.

rescate

La memoria,
indecisa luz,
aún ignora,
lo que debe
iluminar.

sábado, 9 de marzo de 2013

las fotografías de otro lugar, de Manoel Ricardo de Lima




las fotografías de otro lugar
 
                                         para júlia studart
 
 
en la pared, entre dos ventanas de cristal
y una cortina azul. allí, quietas, casi
muertas, sin propósito, tres fotografías. sin
ver, ninguna imagen del presente,
siempre de paso, detenidas, en
blanco y negro el menor fragmento de
un lugar: los de ella.
 
desvía el gesto de saludo, voy: sin
retorno, remordimiento. pero aquello que
somete entero al abandono. de blanco
y rojo. y blanca, sin voz: yo aún
siempre vivo aquí, oímos alto. exentas
suave-suaves, las fotos (y la isla[i]):
recuerdo una vieja ciudad, roja
de murallas y torres, calcinada sobre la llanura
infinita en el agosto tórrido, con el lejano
refrigerio de las colinas verdes y suaves
al fondo[ii].
 
 
un hilo rojo de acallar en los
pechos, el anillo en el pulgar de la mano
derecha, la sandalia nueva: y ella no dice
lo mismo del rojo. ni diría el dolor en el pie, en
el pie izquierdo, hacia el lado hacia el bosque sin
frontera y sin mundo, mi amor.
 
 
MANOEL RICARDO DE LIMA
 

 



[i] En castellano en el original.
[ii] Estos cinco versos están en italiano, en el original. Pertenecen a “La notte” de los Canti orfici de Dino Campana.

viernes, 22 de febrero de 2013

LOS ESTANDARTES DE YANTE


 
Salimos hacia la Sierra cuando apenas comenzaron a horadar la niebla las gargantas de los gallos. Nos acercamos a recoger las dos bestias que anocheciendo dejé descansar en el corral de la calle el Agua, cerca de los últimos cerezos del pueblo. El oraje nos golpeaba implacable y yo sentía un terrible dolor en los dientes por la humedad; a cada zancada doliente y decidida de los milicianos, como acompañándome en el dolor, los apretaba cada vez más, hasta apenas sentir la boca, toda ya frío.

Encontramos a los milicianos en la Alberca del Cura cuando días atrás me dirigía con la reata hacia el corral, a recogerla. Iba contándome las excelencias del aceite del Molino Chico, cuando mi primo -que por aquel entonces me daba compañía llenando el tedio de la faena- cesó en sus impresiones al llegar a la altura de la Peña del Moro, creyendo oír unas voces que provenían de los olmos cercanos. Nos acercamos hacia el sendero de la izquierda que conduce a las estribaciones próximas y adelantando un poco el cuerpo, agazapados en unos ramajes cercanos, pudimos verlos allí.  Simón, preso del asombro, salió a correr sin hacer caso de mis ruegos. Más adelante, vendría al recuerdo este suceso cuando a mis ojos se desplegasen las hazañas pónticas del astuto guerrero de Ítaca.

Estaban lavándose, cubiertas sus ropas en los bardales de nieve y barro, distribuidos entre las aguas y el borde de piedras que las rodea. Cuando se apercibieron de mi presencia callaron y me mostraron sus rostros que aparecían nublados por un destello azul del agua y el reverbero, como envueltos en vedijas de humo de tabaco.

"Pero a qué te metes en líos de fusiles, loco, vas a parar mal Antonio. A ese mejor sería enviarlo a la capital por si allí lo sanan". No oía otra cosa que recriminaciones y lamentos continuos. Mis compañeros intentaron apartarse de mí cuando me presentaba a ellos y como de un apestado me huían.

Las escaleras de la Iglesia no dejaron un día de ser continuamente visitadas por los temerosos pasos apresurados de los fieles y los bobalicones, mientras la lluvia arreciaba contra los muros del Monumento y el musguillo verde que crecía en sus grietas y en las junturas de los adoquines era un espectáculo para las miradas de los niños que esperaban a su familia fuera. Cayó un velo de amargos ribetes sobre sus cabezas y se creyeron huéspedes de una aciaga maldición; rindieron rezos y cantaron misas por entonces, cuando los tegumentos que los cubrían de temor se extendían al cielo y tres días sucesivos impidió que se colasen los haces luminosos, haciéndose continua, de ese modo, la noche. Ciegos en sus requerimientos de ahuyentar los presagios de mal agüero, solo alcanzarían a mal despertar los espíritus de la Sierra y poner en peligro a los cabreros que, sorprendidos por la tenaz noche, esperaban en los riscos, al resguardo en las cuevas o improvisadas tienduchas, el regreso luminoso que les permitiera volver.

En los escasos días que permanecieron acampados en las inmediaciones del pueblo no cesé un instante en mostrar mi hospitalidad y agradecimiento. Después de la pertinaz noche me ayudaron a conseguir la leña suficiente para pasar varias semanas el fuego en continua crepitación; retiraron las malezas que se adueñaban del huerto que hacía bastante tiempo dejé abandonado a la inclemencia de los cardos y la mala hierba.

Otro era, sin embargo, el comportamiento de la gente; que agachaban las cabezas y trataban sin cesar de esquinarlos,  haciendo buena esa famosa estulticia que es el epitafio con el que dan por finalizada la definición de nuestras gentes aquellos que nos quieren mal. La coincidencia de su llegada con la súbita perpetuidad de la noche y el crecimiento de unas muertes que hacía tiempo esperaban pero que no se atrevían por finalizar la pujanza, todo ello dictaminó, junto a la siempre molesta compañía de los fusiles, incrementada a la extraña presencia de unos cabellos de miel y una lengua ajena y remota, que su presencia fuese maldecida e imprecada, rogando a Dios la súbita desaparición de aquella molesta pesadilla vestida de uniforme.

Eres el mensajero, decían, tronaba como el rayo cuando algo les era necesario; les avisaba de las trochas que debían rehuir en la Alta Sierra y les avituallaba de lo imprescindible. Fui su guía desde que estos aguerridos guerreros bajaran de la montaña o quizás emergieran de las heladas aguas de la Alberca en las que, según nos contestaban cuando preguntábamos por qué la llamaban de aquella manera, un cura encontró la muerte mientras intentaba serenar el dolor de sus cansados pies en una tarde de larga caminata.

Eran los guerreros de las nieves que habitaban dormidos, como el oso de la tundra, la Sierra, desde la última batalla que sufrieron estos parajes en algún remoto rincón, probablemente de alguna grieta de los Tajos Lisos. Ahora volvían de su letargo envueltos en sus gruesos abrigos, más fuertes, más corajudos, enormes como troncos de roble, afilados como los riscos de la sierra; y de sus palabras calculaba la muestra de su fortaleza y de su lejanía.

Acarrearon un enorme caldero hasta el arrabal y allí, a su alrededor, apilaron un ingente número de ramas secas y troncos partidos. Les provisioné del pedernal y recordé aquel caldero que siendo monaguillo, por entonces, encontré encerrado en la torre de la Iglesia, en un ángulo olvidado entre el rimero de otros enseres cargados de telillas de araña y gruesas capas de polvo que aquella estancia almacenaba con impasibilidad. Un grupo de la tropa se adelantó hasta allí y lograron acercarlo hasta el arrabal, donde los otros esperaban.

Aquella noche se sacudió la tierra su pereza y de los árboles bajaron luminarias y hojas encendidas, acudiendo a la cita con los soldados del caldero. Las pavesas se deslizaban hacia el pueblo y de allí ascendían como ofrenda perfumada, mientras ellos, horros de felicidad, bebían hasta hartar sus pechos de vino, entonando cantos de extraños síncopes que me traían a fogonazos los sonidos de los vientos corales de la Alta Sierra.

Nos dirigimos hacia Sendella la mañana siguiente. Desde allí tomarían el Atajo del Tuerto para alcanzar por el lado propicio el frente enemigo. Era un día de perros, la niebla baja y el intenso frío no dejaron un momento de acosarnos todo el camino y avanzamos entre el ruido de sus botas y los chillidos derramados de improviso por los búhos, en el más estricto de los silencios. Les acompañé hasta el Cerro de los Alcotanes, allí el capitán me detuvo con un gesto inesperado y amenazador: dejó caer su mano provista de un enorme guante sobre mi hombro, inmovilizándome y, con una sonrisa, me miró más tarde y se alejó  hacia los espolones calladamente. La compañía le siguió en la marcha y apenas anduvieron unas zancadas volvieron sus rostros nublados, y alzando los brazos en ademán de despedida pronunciaron algo para mí ininteligible y que, incomprensiblemente, asocié a las últimas palabras de los ahorcados.

La batalla en Sendella duraba ya más de lo que a la estricta lógica humana le estaba permitido soportar, más de lo que las previsiones logísticas aconsejaban, y más, más, más. El Alto Mando aglutinó las fuerzas de Yante, que junto a las de Sendella y algunos restos de guerrilla -incontrolada pero eficaz- pervivían en la Alta Sierra,  y decidió apostar todo en ese frente, de cuya victoria se resarcirían sus ánimos vejados en otras batallas y permitiría atacar con mayor decisión y encono en el frente Sur.

Todo esto lo supe más tarde, cuando la contienda ya había finalizado y las estrategias no eran más que historia, un juego caprichoso y papel quemado. Persistí durante bastante tiempo en la búsqueda de algún dato que confirmase la presencia en el frente de Sendella de un destacamento de las Brigadas Internacionales. No encontré ni una mínima porción del rastro esperado, ninguna alusión a tropa alguna extranjera que se incorporase al debilitado frente.

El bombardeo duró apenas unos minutos. Todo comenzó a elevarse, a adquirir una inusitada velocidad, los olivos saltaban con las raíces arrancadas de cuajo y las piedras golpeaban sus hojas y ramas envueltos en columnas de polvo y terrones de labrantío. El campo quedó convertido en un cementerio de olivos y de tumbas abiertas.

La noche que los dejé en su nevada alegría para dirigirme a casa y reposar el cansancio, volvió de nuevo a rondarme la fiebre y con ella el sueño que me acosó en las vísperas de la desaparición de otros seres para mí entrañables: recogía uvas en las viñas de un cerro apartado, no coloradas,  que presagian bonanzas, sino blancas, como las lágrimas y grandes y llené el cesto hasta los topes.

Encontré a mis cabras alrededor del caldero que los milicianos apostaron al pie de unos pinos cercanos al tapial del corral. Mi anciana, que estaba aguardándome desde que salí de madrugada, alzó las manos para buscarme. Si los locos pudiesen dormir o llorar sanarían, me dijo, cuando le acerqué mis ojos. Me dirigí al caldero, cercano a las brasas que aún palidecían, y pude oír de su bronce, acercándome a su vientre, las voces y los cantos de aquellos guerreros de las nieves, olivos sepultados en una muerte de inviernos.

 
Sagunto, Veranillo de San Miguel, 1984.

jueves, 21 de febrero de 2013

EL DEVOTO DE PEDRET, de Raül Garrigasait.


Yo soy el espejo de todo retorno

y el vacío de toda vida.

Siempre alejado atiendo el contorno

donde se funde el tiempo y Dios me olvida.

Yo soy el espejo de todo retorno.

 

Yo soy de cada instante el confín,

el primer légamo de cada día,

y crezco para deshacerme al fin

en lo Eterno donde dormimos sin acedía.

Yo soy de cada instante el confín.

 

Yo soy el espejo de todo retorno

y el fulgor de las horas derrotadas,

y sé del pavo que huye del entorno

hacia Sus palabras siempre calladas.
Yo soy el espejo de todo retorno.


Del libro, La tendra mà de cada arrel,  (Viena, 2005).