viernes, 30 de diciembre de 2011

LA HERMANA MUERTA


Buscar las razones de un hecho que se encuentra en la neblina de los recuerdos es algo arduo, piensa mi amigo. Apenas podemos vislumbrar la secuencia integral de las imágenes que nos golpean con insistencia, que nos llegan de forma equívoca y sin haberlas invocado con premeditación. Algunos de nuestros recuerdos se nos muestran caprichosos y nos sojuzgan, nos rondan de forma intermitente aunque precisa y se vuelven inopinadamente obsesivos, recalcitrantes. De su razón apenas podemos encontrar la ayuda y el consuelo de los demás y no solo porque es fastidioso contar una imagen infantil tan absurda, tan sin sentido que nos pondría en un aprieto, sino porque es difícil encontrar las palabras adecuadas para expresarla. Y, después de todo, quién sería capaz de ayudarnos si ni tan siquiera podemos dar con testigos de aquel hecho, llevado a cabo en la más estricta soledad, en la más estricta intimidad, en la más estricta quietud y silencio de aquel apartado cementerio del pueblecito de Sobrago. Eso, al menos, pensaba mi amigo.

La única persona a la que permitió entrar en su indagación personal fue, cómo no, su madre. Si alguien podía ser capaz de desenredar aquel ovillo enmarañado y dar con el cabo del hilo, ya que no él, esa era sin dudarlo la señora Amparo. A ella acudió en más de una ocasión para saber de la pequeña, esperando encontrar en el relato una respuesta que le permitiera explicarse las dudas que lo acechaban.

-Sabes que no me gusta hablar de eso, Pablito, ya te lo dicho muchas veces…tu hermana era un ángel, un ángel y cuánto te quería, te quería con locura- le decía a su hijo, apesadumbrada, la señora Amparo.

Siempre le decía lo mismo,  yo fui testigo de ello en un par de ocasiones, cuando Pablo me invitó a su casa a probar el chocolate caliente que su madre le preparaba para merendar, con aquellas deliciosas galletas.  Aunque ya sabía por entonces, me lo había dicho mi madre, cómo había muerto la hermana de Pablo: “Niño, ten cuidado con las tracas, que no te pase lo que a la hermana de tu amigo, que se las llevó a la boca y ahí la tienes a la pobrecita, muertecita en una tumba”.

El florero vacío sobre la lápida de mármol, la enorme cruz y la fotografía ovalada de tu hermana protegida por un cristal que limpiabas cuidadosamente  con el pañuelo. Allí llegabas con tu bicicleta, la dejabas en la reja de la entrada del camposanto, te acercabas con unas flores silvestres que habías recogido por el camino, de cualquier huerto,  y allí le rezabas. Y, al igual que siempre, el aleteo feroz de un palomo por encima de tu cabeza, paralizando su vuelo en aquel mismo instante en que tratabas de recordarla. Mirabas hacia arriba y solo veías un destello de luz y el zumbido ensordecedor, y, finalmente,  las plumas coloreadas esparcidas sobre la lápida blanca de tu hermana muerta...

jueves, 20 de octubre de 2011

GIUSEPPE UNGARETTI





LOS RÍOS
Cotici, 16 de agosto de 1916



Me sostengo en este árbol mutilado
abandonado en esta dolina
que tiene la languidez
de un circo
antes o después de la función
y contemplo
el paisaje quieto
de las nubes sobre la luna.

Esta mañana me he tendido
en una urna de agua
y como una reliquia
he reposado.

La corriente del Isonzo
me alisaba
como un canto rodado.

He tirado de
mis cuatro huesos
y me he ido andando
como un acróbata
sobre el agua.

Me he acurrucado
en mis ropas
sucias de guerrero
y como un beduino
me he inclinado a recibir
el sol.

Este es el Isonzo
en quien mejor
me he reconocido
como una fibra dócil
del universo.

Mi suplicio
deviene cuando
no me encuentro
en armonía.

Pero esas manos
ocultas
que me empapan
me regalan
una rara
felicidad.

He repasado
las épocas
de mi vida.

Estos son
mis ríos.

Este es el Serchio
al que fueron atraídos
cerca de dos mil años
mi gente campesina
y mi padre y mi madre.

Este es el Nilo
que me ha visto
nacer y crecer
y arder de inconsciencia
en las vastas llanuras.

Este es el Sena
en cuyas turbiedades
me he mezclado
y me he reconocido.

Estos son mis ríos
contados en el Isonzo.

Esta es mi nostalgia
que en cada uno
se me aparece
ahora que es noche
que mi vida asemeja
una corola
de tinieblas.


miércoles, 17 de agosto de 2011

LO QUE EN EL MUNDO TERMINA CON CERNUDA





El libro de Antonio Rivero Taravillo, Luis Cernuda. Años de exilio (1938-1963), segundo volumen de la más completa biografía que poseemos del autor de La realidad y el deseo, termina, precisamente, con una frase del poeta sevillano que yo he querido utilizar como título para este comentario: "Nadie podrá ya evocar para el mundo lo que en el mundo termina contigo".
Aunque el biógrafo utilice estas palabras desde la humildad bien entendida, declarando que, por más que queramos, ni encontraremos a Cernuda en la fosa del Panteón Jardín, "ni está tampoco, o no del todo, en esta biografía", la verdad es que en ella hallaremos, haciendo uso del rigor y la honestidad, la investigación paciente y una precisa exigencia de síntesis, las huellas de una vida plena y una voluntad férrea de poesía.
En vano buscará en Roma a Roma el viajero, nos recordaba Quevedo, pero sólo allí podrá quien ama a Roma reconocerla y rendirse a ella. Lo mismo, pues, nos acaece, con esta biografía que nos presenta Antonio Rivero, urdiéndola no sólo de datos precisos y de panorámicas vitales, sino con la continua referencia a la labor poética y literaria de nuestro autor.
Es un gozo poder recorrer los itinerarios cernudianos de la mano diligente de Antonio Rivero. Allí vemos desgranarse las penurias, las incertidumbres, los hallazgos poéticos, las amistades y los desencuentros, los momentos de plenitud y belleza que a lo largo de sus años de exilio vivió el poeta de la luz y la sombra, al decir de Octavio Paz.
Libro, pues, de información detallada, pero también de reflexión, que nos invita a seguir los vericuetos de la obra de Cernuda, y a indagar las claves de su poesía y de su vida a veces esquiva y esquinada, siguiendo los más variados testimonios y fuentes documentales, tanto orales como escritas.
Vuelvo a incidir en el gozo que suponen estas páginas que nos brinda Antonio Rivero, porque a través de ellas vemos planteada de una forma exacta y concreta la terrible experiencia del exilio y la altura moral de los exiliados, su valor y su tenacidad, su íntimo dolor y su esperanza íntima.
Si tuviera que resaltar de ella algo, sería sin duda la íntima trabazón que logra Rivero de la vida y la obra de Cernuda, y cómo, siguiendo la lectura de algunos poemas vemos a las claras sus actitudes, su intimidad; o cómo, determinados acontecimientos, hechos precisos cuelan la luz en algunos de los versos de su obra.
Para mí han sido especialmente atractivas y sugerentes las páginas dedicadas a la relación de Cernuda con Salvador Alighieri, siguiendo la estela de Poemas para un cuerpo; así como las páginas, terriblemente evocadoras y felices, que exponen la estancia de Luis en La Habana y su relación con María Zambrano y Lezama Lima: ¡qué belleza y qué profundidad la del texto de "Aire de La Habana", qué bien traído y qué bien indagado!
Felicitémonos y gocemos, pues, de esta completa biografía donde, sí, Antonio, sí encontramos a Cernuda, aquel cuerpo y, sobre todo, aquellos versos, que nos siguen emocionando y por los que seguimos transitando desde el silencio más atento a su locuacidad, sabiendo, eso sí, que con él, con Cernuda, termina un mundo.

lunes, 8 de agosto de 2011

MADRE NOCHE, DE HENRY DE MONTHERLANT




Henry Millon de Montherlant editó su poema "Mère nuit" en su único libro de poesía, Encore un instant de bonheur, en 1934:




MADRE NOCHE

Fue el alba toda la noche.
La claridad de la noche me despertó en mitad de la noche.
una noche que nos llega de otra edad.

Y le dije: “Madre noche, madre noche,
dime, dime y dile a él también,
dile a mi pequeño hermano en su dulce rostro,
aquello que os hace clara”.

Mi mano pende fuera del lecho.
La noche entra y se acuclilla.
Mi mano pende fuera del lecho.

He sentido sobre mi mano su frío hocico.
Le digo: “Madre noche, debes tener frío,
entra en mi lecho, hay lugar para tres”.

Después nevó el olvido, el olvido,
el olvido, el olvido, el olvido.

miércoles, 3 de agosto de 2011

LA CARTA A LA MADRE, DE SALVATORE QUASIMODO.







La "Lettere alla madre" la publicó Quasimodo en el poemario La vita non è sogno, en 1949:











“Mater dulcísima, descienden ahora las nieblas
el Barco golpea confusamente contra los diques,
los árboles se hinchan de agua, arden de nieve;
no estoy triste en el Norte, no estoy
en paz conmigo, mas no espero
perdón de nadie, muchos me deben lágrimas
de hombre a hombre. Sé que no está bien que vivas
como todas las madres de los poetas, pobre
y en la justa medida del amor
por los hijos lejanos. Hoy soy yo
quien te escribe.” Por fin, dirás, dos palabras
de aquel niño que huyó de noche con una capa corta
y unos versos en el bolsillo. Pobre, tan impulsivo,
un día, en cualquier lugar, lo matarán.
“Es cierto, lo recuerdo, fue en aquel gris andén
de trenes lentos que llevaban almendras y naranjas
a la desembocadura del Imera, río lleno de urracas,
de sal, de eucaliptos. Pero te agradezco ahora,
lo quiero, la ironía que depositaste
en mis labios, como la tuya, suave.
Aquella sonrisa me salvó de llantos y dolores.
Y no importa si ahora derramo una lágrima por ti,
por todos aquellos que como tú esperan
y no saben qué. Ay, muerte gentil,
no toques el reloj que late sobre el muro de la cocina,
toda mi infancia transcurrió sobe el esmalte
de aquel cuadrante, sobre aquellas flores pintadas;
no toques las manos, el corazón de los viejos.
¿Es que hay alguien que responda? Oh muerte de piedad,
muerte de pudor. Adiós, querida, adiós mi dulcísima mater”.












lunes, 25 de abril de 2011

LA LECHUZA










No podía apartar de sí el olor de la sangre de su camarada. Hacía ya varias horas de la emboscada en la estación, en la que cayó Antonio, y aún sentía la vida del amigo palpitar, luchando denodadamente por no desaparecer, como una hemorragia continua. No es posible que todo nuestro esfuerzo se esfume tan fácilmente, que todo haya sido en balde, Rafael, parecía decirle el rastro de olor de su amigo.
Aunque apenas se podía ver nada en aquella noche tan cerrada él sabía conducirse bien entre los campos de olivos de su comarca. Había jugueteado, trabajado, amado tanto por estos parajes que ahora apenas tenía que encontrar algunos hitos para poder dirigir bien su avanzada, como aquella luz que parpadeaba en aquel cortijo encima de la loma, aquel poste de luz, o aquel algarrobo tronchado.
Al sentirse ya cerca del pueblo, al escuchar los ladridos y las chicharras, al divisar, lejanos, los muros ruinosos y el torreón medieval, el corazón comenzó a latirle sin poder controlarlo y comenzaron sus oídos a estar tan atentos que cualquier mínimo ruido lo percibía tan cercano que le sobresaltaba.
Él sabía que lo seguían muy de cerca el grupo de falangistas y civiles con los que se enfrentó en la estación, pero el saberse tan cerca de su casa, de su mujer y sus hijos, le infundía una seguridad y un valor inusitados. Aún así no quiso avanzar más, esperaría en la alberca que se hallaba cerca de allí, adonde trataría de saciar la sed y serenarse.
Dejó el fusil y la cartuchera en el brocal; bebió y empapó sus ropas buscando la calma, y al fin se sentó por primera vez desde que abandonó Córdoba, después de tantas horas. Cuando el rumor de la acequia logró adormecerlo una lechuza se posó en su hombro.

domingo, 24 de abril de 2011

EL ESTABLO












La vaca mugía con desesperación en la oscuridad de la cabaña y Manuel hundía su brazo desnudo, repleto de sangre y líquido amniótico, en el cuerpo de la madre para ayudar a salir al ternero. Sólo una madeja de haces de luz sucia de candil apartaba a duras penas una tenaz oscuridad y permitía difícilmente columbrar la masa sanguinolenta que luchaba por salir, entre los vahos que emergían de la hembra, en aquel pequeño reducto repleto de reses apiladas, buscando acumular el mayor calor posible en aquella noche helada, cuya copiosa nevada presagiaba una larga temporada del rebaño en el establo.
Al fin surgió todo el cuerpo, entre los mugidos lastimeros de la vaca que ya afanaba su lengua para lamer al pequeño, al tiempo que Manuel se disponía a cortar y desinfectarle el cordón umbilical. Mientras le aplicaba el yodo al ternero recordaba su tierra, las duras y largas noches del invierno del sur, en la alta sierra, con las cabras estabuladas hasta que pasara el mal tiempo y las lograra sacar de allí y dirigirlas a frescos campos de hierba. Qué lejos de los tajos, del pedregal. También él había roto con la madre, pero no había tenido un pastor amigo que le curara la herida y aún quedaban muescas de infección que le dañaban su memoria, con cuánto dolor, en estas cumbres del Pirineo, hastiado, dolorido, aterido de frío.

sábado, 23 de abril de 2011

ACCIDENTE







Su voz se agazapaba en el sollozo mientras el padre dormitaba a su lado. Habían transcurrido decenas de kilómetros en el coche que les conducía de nuevo a casa, de retorno al hogar. El cansancio de la terrible jornada los abatía a los dos, a uno lo sumía en el sopor, al otro en una rabia impotente. Volvía de nuevo a gemir y a decirle a su padre en el silencio más elocuente de la pena, ¿por qué te odio, padre?, ¿por qué esta rabia que me lleva a insultarte, hasta levantar mi mano contra ti? Por Dios, ¿por qué no te has dignado a jugar una sola vez conmigo, por qué en mis recuerdos sólo oigo tu voz severa, lacerante, maldiciendo los días, la vida, todo? Sabes cuál ha sido la frase que más me ha dolido oír de ti: “No es tuya ni la mierda que tienes en las tripas”. ¿Qué te debo? Dime, ¿cuál fue mi delito? ¿Hasta cuándo tendré que pagar mi deuda contigo? Padre, sólo te pido una caricia, una palabra de consuelo, una mirada cómplice, un gesto amistoso. Lo siento, yo sólo encuentro desprecio, una fría mirada, un reproche continuo. ¿Tanto te ha dañado mi vida, tanto te daña mi existencia? Cuando mamá me recuerda que tú te pasabas las horas junto a mi cama, cuando yo sufrí mi terrible enfermedad, con apenas un año de vida y le pedías a Dios que te diera a ti el daño que a mí me infligía, llorando; entonces, pienso en ti, en el padre que quisiera haber tenido, en el hombre firme ante la desgracia, pero también en el dulce y consolador padre, que me diera fuerza y cariño. Cómo me gustaría obtener una respuesta a todas mis preguntas y que tú me respondieras, con tranquilidad, y aplomo, a todas mis dudas, y yo sonriera y te pidiera perdón por mi testarudez, por mi egoísmo.
Aunque él no pudo enunciarlas, finalmente todas las palabras llegaron a su padre, a sus ojos que derramaron una súplica y un dolor infinitos, mientras sus cuerpos rodaban, callados y unidos, por el asfalto hasta estrellarse contra un montículo de tierra.

domingo, 17 de abril de 2011

EL FILÓSOFO Y LA CIUDAD ANTIGUA

Ortega y el Calvario de Sagunto


A semejanza del trilobites en su nicho pétreo, la ciudad antigua, hoy simulacro fósil, dormita su sueño secular atenta a la mirada de aquellos viajeros que restañarán con su imaginación la herida de esos años idos. Ellos, mentores de una casta especial de hombres, aquellos que nacen con la "extrañeza", insuflarán en la "inquieta et mobilis homini mens" senequiana. espíritus salvíficos y soplos soñadores que harán de aquella una ciudad ideal, entretejida de metáforas e imágenes: "E'l silenzio ancor suole / Aver prieghi e parole", nos dice Tasso.

Porque la ciudad, como nos enseñó Victor Gómez Pin, en su bello libro sobre Venecia, "es cómplice indisociable del lenguaje" y sobre él proyectamos fílmicamente las exigencias de nuestro deseo, pero también los vértigos y los conflictos que nuestra tradición histórica, múltiple y contradictoria, nos depara. "…vemos por doquier a nuestro alrededor / las viviendas de hombres de antaño, / vestigios ... /... Esos hombres ... ¿qué ha sido de ellos?", se preguntaba T'ao Chien en el siglo IV de nuestra era. Al otro lado de la laguna Estigia oímos decir a Séneca, dirigiéndose a "Helvian rnatrem", pero también a T'ao y a nosotros mismos, que todos estos cambios, todos estos traslados, no son sino exilios colectivos, "Publica exilia".

Y como toda diáspora, en ésta también anida la esperanza, la que como humanos nos es lícito tener, ipsum est, que después de todo nada por completo está perdido. Pero dejemos que Benedetto Crece lo exprese de forma paradójica: "Nada de lo que nace muere de aquella muerte completa que sería idéntica al no haber jamás nacido: si todo se transforma nada puede morir". Filosofía y viaje han estado desde un primer momento íntimamente ligados. Las metáforas del conocimiento como "vía", de la sabiduría como "iniciación" o "recorrido", del sabio como aquel que se desplaza en busca de una "sofía" que implica una ascensión (quizá "askia": abandono de la sombra, huida hacia la luz) o un descenso "ad inferos", órficamente; todo ello son claros ejemplos de esta consaguinidad.

Será Parménides quien ya en su pasado remoto, en su Poema plantee de forma explícita esta disposición: "Las yeguas que me transportan y a cuanto el ansia llegara me aviaban así que me echaron al milvocero camino de la deidad, que por toda ciudad lleva al hombre que sabe". En el otro extremo del hilo del ser y su pensamiento vemos los dedos tedescos de Heidegger que escriben sobre la tabula rasa: "camí i mesura / sender i cantar / es troben en única via. / Camina i porta / error i pregunta / pel teu únic tret". Son extraños versos que Joan B. Llinares trasladó de su origen lingüístico hasta las riberas de este otro idioma que tiene entre sus tribunas más eminentes al también filósofo y viajero Raimon Llull.

Sería interminable una lista de exempla donde el binomio filosofía-viaje quedara reflejado. Sólo aludiremos al ascenso que hizo Petrarca a la cima del Mont Ventoux, donde leyó pasajes de Las Confesiones de San Agustín; y sin más dilación exclamaremos con Bandelaire: "Etonnants voyageurs! Quelles nobles histories / nous lisons dans vos yeux profonds comme les mers! / Montrez-nous les écrins de vos riches mémories, / Ces bijoux merveilleux, fait d'astres et d'ether / ... Dites, qu'avez-vous vu?". Y solícitos les vemos desgranar un logos que nos seduce y nos empapa de curiosidad. ¿Cuántas más cosas quisiéramos saber y aún nos están vedadas?


Hoy, aquí, se nos muestran dos de aquellos a los que Platón, en su ciudad que no es la muestra, denominó “amigos del pensar”, o como uno de ellos mismo propuso, “espectadores”: Benedeto Croce y José Ortega y Gasset. Los dos visitaron Sagunto. Alrededor de siete lustros separan una de otra visita, pero ambas se unen por el polo de atracción de Saguntum, devenido con el paso del tiempo en aquello que Michel Butor llamó "établiment", es decir, punto de orientación a la vez geográfico y mitológico.

Quizás nos sentimos más abrigados al saber que aquellos lugares por los que nuestra infancia, sobre todo, y la ya larga vida que mantenemos ha vagado, han sido hollados también por aquellos pies; que estos paisajes han sido, al menos un instante, reunión de almas dispersas y ensoñadoras, aunque bien sepamos que es cierto aquello que nos dejó dicho Italo Calvino: "Creemos que seguimos mirando la misma ciudad y la que tenemos delante es otra, aún inédita, aún por definir". Aún siendo así, brindemos hoy en aquellos "calices saguntini" de Valerio Marcial, y celebramos a Silio Itálico por quien sabemos que nuestra ciudad tuvo su espíritu. Fue así, pues, una cabal ciudad antigua. El mismo Calvino nos lo recuerda: "Los antiguos representaban el espíritu de la ciudad con ese algo de vaguedad y ese algo de precisión que esa operación conlleva, evocando los nombres de los dioses que habían presidido su fundación". Evoquemos pues en Croce y Ortega a Zacynthos, y con ellos a los dos grandes tributos que nos legó la Hélade: La ciudad y la filosofía.

viernes, 15 de abril de 2011

ORTEGA Y GASSET EN SAGUNTO




El comentario de Isabel Mallén a mi poema que aparece en la anterior entrada, "Hogueras de Abril", me ha hecho reparar en la figura mítica de nuestro Pic dels Corbs, una cumbre señera de nuestra comarca, el Camp de Morvedre, que conserva un interesante yacimiento de la Edad del Bronce.

La figura del Pic se puede apreciar detrás del filósofo José Ortega y Gasset, en la fotografía que abre este post. Dicha fotografía corresponde al viaje que Ortega realizó a nuestro País Valencià en el año 1934 acompañado por el notario Antonio Mora y Antonio Mingarro , miembros valencianos de la Agrupación al Servicio de la República.

jueves, 7 de abril de 2011

HOGUERAS DE ABRIL

Hoy vi el poema tras el cristal del coche

escrito con una caligrafía de llamas

sobre una resma de cumbres.

Allá el Pic dels Corbs enseñoreaba

su testuz de maestro mineral

dirigiendo la altura de los renglones

y dos hogueras bombeaban, como dos corazones,

una hemorragia de fuego suplicante

cuya sangre terrestre elevaba al cielo,

mientras las vedijas del humo

vertían al azul borrones

como coágulos del vegetal ardido.

martes, 29 de marzo de 2011

ALDA MERINI, UNA VOZ ÓRFICA


La voz arrebatada de la poeta italiana Alda Merini, presa de la locura y del amor, en la tralla lacerante de la vida.

La voz órfica, sagrada, de una mujer inigualable y maravillosa que fulge en la noche y nos acuna en los malos sueños.

Rescato y traduzco aquí un poema -de su libro Poesie per Marina-, dedicado a su editor Vanni Scheiwiller.

Alda, por entonces -1986-, deja Tarento, donde ha convivido frágilmente durante tres años con su nuevo esposo, el poeta Michele Pierri, y donde presa de la locura de la poesía escribe La gazza ladra y L'altra verità. Diario di una diversa, y se dirige a Milán.

Oigamos sus "vestigios divinos":



Con aquel tren de Tarento, infinito,

donde se curará la sombra de mi juventud,

un día volveré.

Volveré, Vanni, del amor que he perdido

entre los gozosos olivos de la tierra,

volveré a su viejo cuerpo...

Hasta aquí, Vanni, no he vivido mas que un año

de dolor perdido:

y cuando el sol me curaba la sien,

oh Vanni, rogaba al Señor

que me llevase con él.

Pero con aquel tren de Tarento, gris,

más aún que el martirio más duro,

más aún que el hospital de Affori,

volveré un día a sentir la salinidad

pura,

las oscuras sombras de los muertos

la tradición de los vencidos,

el respaldo de las estaciones.

Volveré, oh Vanni, a redimir el dolor de siempre

aquel que asentó raíces lejos,

ya sabes...

Los locos sacramentos

donde se celebraban oscuras fiestas

en los antros de los manicomios

y el trípode de una biblia llena de melancolía

y los sentidos sumidos en un profundo vértigo

y el mar oscuro como el sentido de la culpa,

ay de mí, tan lejano,

y tan cercano a mi cuerpo.

Pero yo, Vanni, volveré a aquel golfo y por ti y por mí

y por todos cuantos tienen vestigios divinos:

Afrodita me cubre de oro la sien

en mis días de furor,

pero aquí como la ninfa salvaje que anhela las aguas

he metido el pie en el estanque más puro

y en vez de agua era sangre,

era sangre de amor,

y surgí dormida en la palabra

surgí dormida en mis largos cabellos

surgí enamorada del canto infeliz

que había escondido el lirio de Orfeo,

magnífico execrable patrón

de mi juventud.

Oh Vanni, la ebriedad de los sentidos

trueca el velo de la eterna armonía:

volveré a él, a ti

volveré a morir.

domingo, 20 de marzo de 2011

LA GARZA Y EL SUEÑO DEL NARANJAL


Duerme un sueño de atardecer
la luna esta mañana fría
y en el perigeo, del naranjal
una gran flor amanece.

Blanca como el azahar
como una inesperada tralla,
súbita en esta mañana
de gélido y quieto invierno.

Una flor alada, un pájaro perdido
en la rama, de la bandada olvidado,
que ahíto de ausencias anida
en el cercano huerto de la marjal.

Ríe la acequia la paradoja
de la garza en la huerta
su blancura envuelta
en las verdes hojas del naranjo.

Garza anacoreta
que medita su soledad,
como una saeta
atravesando las frías nieblas.

Sacude su dormitar, al fin,
la garza y el fruto del árbol
se desgaja en un batir de alas
camino de la luna y su bandada.

Vanidad de la vida y la belleza.
Esta triste mirada se desvanece
en una lágrima de niebla fría
en esta pobre mañana.