miércoles, 24 de agosto de 2016

martes, 23 de agosto de 2016

HERÁCLITO



Mark Rothko

Sin título, 1969




Por qué ser o no
Paralelos senderos
En ti dos alas


(de Haikús de la alcancía)

lunes, 22 de agosto de 2016

viernes, 19 de agosto de 2016

martes, 12 de julio de 2016

LA CAVERNA DEL JARDÍN





Soplos briosos del aire ensayan letanías
que jilgueros responden,
enmarañando ramas y rasgando la fronda,
uniéndose al cántico del ardor las cigarras.
Las campanas puntean las horas que regresan
a este nuevo día, en el jardín del convento,
mientras mía voraz una camada de gatos.
Las chumberas me regalan su jugoso fruto
y un ciprés acompasa hacia la lejanía
de una luz remota mi desvaída mirada,
a un cielo de vacío azul y parco silencio.
Hasta que la sombra de los vencejos, fugaz,
se desliza en las tapias y espejea un fulgor
que ciega mis ojos volviéndome a la caverna
de estas vivas copias que son lo único nuestro,
lo que vivamente sé,
lo que mortalmente soy.



domingo, 3 de julio de 2016

YA HEMOS LLEGADO A CASA







Subía los escalones con dificultad. Su cojera y su aparato ortopédico hacían que su desplazamiento por las escaleras fuera lento y muchas veces un suplicio. Pero no le pesaba su condición física al subir  a casa de sus padres -al fin y al cabo era tan solo un primer piso-, lo que le fatigaba era el encuentro con su madre aquellas tardes; no su madre, sino las tardes, más bien, era lo que le apesadumbraba a Antonio. Era en ese periodo de la jornada cuando su madre se alteraba, cambiaba de humor, se obcecaba en un difuso nerviosismo y quería marcharse de casa.
La madre de Antonio padecía un proceso avanzado de Alzhéimer y él y sus hermanos, ayudados por una cuidadora,  se ocupaban de ella y atendían la casa. Todas las tardes, a partir de las seis o las siete, su madre comenzaba a encontrarse inquieta, se levantaba continuamente, pese a su dificultad para andar y se asomaba a la ventana, comenzaba a llorar y pedir que la dejaran irse, que su madre la reñiría por llegar tarde, que si no la dejaban se lo diría a su hermano. Otras veces decía que había quedado con un novio y no podía faltar a la cita. Se hacía insoportable y no había forma de calmarla. Era el proceso que alguien ha llamado “síndrome vespertino” y que se asocia al declinar de la luz al atardecer.
Antonio, finalmente, después de probar varios remedios y añagazas, decidió que lo mejor era sacarla de allí y llevarla a algún lugar en el que se encontrara entretenida. Así, bien paseaba con ella por los parajes que solía frecuentar antes, bien la acercaba a algún bar al que solía acudir, donde tomaba siempre algún refrigerio, o concurría con ella a algún museo o a alguna iglesia a la que acostumbraba a asistir antes de caer en su enfermedad.
Algunas ocasiones no se calmaba y miraba desconfiada a Antonio,  diciéndole que la engañaba, que ella quería ir a casa de su madre y no a otro sitio. Pero aquella tarde decidió, harto de la insistencia, dirigir su coche hacia el pueblo en el que su madre nació, esperando que cesara su quejido. Estaba un tanto alejado, desde luego tardarían unas horas, pero era mejor eso que seguir oyendo insistentemente sus lamentos.
Cuando ya llegaron, tras dos horas de aguantar el sofocante calor de ese inmisericorde agosto, apercibió cómo no había cambiado apenas el pueblo, a pesar de que hacía tantos años que no pasaba por allí. Llegaron por fin a la casa de la abuela y comenzó a pensar qué haría ahora ya que no sabía quién podía vivir allí ni cómo reaccionaría su madre.
Antonio llamó al timbre y oyó unos pasos lentos. La puerta se abrió y quedó paralizado. Allí estaba la abuela Antonia, gritando de alegría al verlos, besando con todas sus fuerzas a su hija. Antonio solo reaccionó al ser sacudido por su tío y abrazado por él y la abuela. Pasaron al comedor y le dijeron que se sentara en el sofá mientras iban a por una gaseosa fresquita. Los tres le dejaron solo y se fueron a la cocina.
Antonio estaba aturdido, sin habla, no entendía nada: su abuela y su tío hacía mucho tiempo que habían fallecido y no sabía quiénes eran aquellas personas. Comenzó a escrutar a su alrededor y sintió un gran gozo al ver de nuevo aquellas fotografías que en el aparador se amontonaban con toda la parentela, la mayoría muerta. Pero esa placidez fue decayendo al ver que seguía allí solo y no oía a nadie, como si se hubieran ido todos y le hubiesen dejado.
Se levantó y se dirigió a la cocina que estaba al fondo de un largo pasillo. Cuando pasó por la puerta de una de las habitaciones oyó unos ruidos y unas risas. Como estaba entreabierta la puerta se acercó a mirar y de nuevo se quedó pasmado: se vio a sí mismo, pero con cinco años, jugando con unos cromos de unos dibujos animados muy famosos de aquella época. No sentía miedo, solo un calor atroz y una sed endiablada.
Cuando pudo reaccionar y quiso dar unos pasos en la habitación el rostro de su madre se le apareció de improviso, llenándole de pavor y dio un grito de espanto:
-¡Mamá!
-Por favor, llévame a casa de mi madre- susurró ella.
Antonio estaba echado en el sofá, empapado en sudor. Se había quedado dormido y el reloj de pared daba las seis. Todo había sido un mal sueño. De nuevo había sido devuelto a la rutina, de nuevo su madre volvía a cumplir con su cantilena vespertina.
Después de lavarse la cara y tomar un refresco y un largo café, vistió a su madre y decidió que aquella tarde la llevaría a visitar el jardín del convento del Valle de Jesús, donde tantos veranos le llevaba ella cuando era pequeño, cuando aún su padre vivía y a la sombra de la pinada pasaban largas horas.
Cuando llegaron al aparcamiento, Antonio se quedó mirando largamente la belleza del huerto de duraznos que estaba a su derecha, una vaga niebla rosa cuyo aroma traía la vida feliz de la sonrisa de su madre:

-Ya hemos llegado a casa, Antonio.