No había luminarias
celestes en la noche, todo estaba muy oscuro y solo se veían, como a través de
un cristal, recorrido por regueros de agua, las luces diluidas y fragmentadas
del último convoy del tren, alejándose, apenas ya un trazo rojo luminoso que
pronto se tragaría la tiniebla.
Ella estaba allí, de
pie, sola, aterida por el frío y el miedo, llorando sin consuelo, empapada por
la orina, perdida en un lugar desconocido, en un apeadero solitario en medio de
la nada. Qué iba a ser de ella, qué iba a ser de una niña de apenas cinco años
que huye de la miseria; no solo del hambre, que esa aún la tenía bien pegada al
cuerpo y más aún cuando llevaba horas sin probar bocado alguno, desde que
salieron de madrugada, sino de la miseria moral, de la podredumbre vecinal,
familiar que los había estigmatizado por ser hijos de rojos, abocándoles a las
tareas más ingratas y a tener que comer lo que pudiesen: cuántas veces me
recordaría que en ocasiones tenían que llevarse a la panza las amapolas del
campo.
Ella se temía lo peor, se
había cruzado con la mirada del revisor antes de subir al tren junto a sus
hermanos y sintió que aquel hombre los descubriría, sabría que ella, como todos
ellos, no tenía los billetes porque reservaban el poco dinero que les había
dado su madre para la comida. Eran seis y el hambre hacía mella en ellos desde
hacía mucho tiempo. Estuvieron todo el día sorteando la vigilancia, pasando de
vagón en vagón, llegando incluso a bajar en alguna estación para subir, sin ser vistos, unos vagones
más adelante. Pero llegó, finalmente, el momento inapelable y tuvieron que
enfrentarse a él, suplicándole que les permitiera llegar hasta Estavia, donde les esperaba su madre.
El revisor fue tajante,
no solo se mostró huraño sino que llevó su ira hasta el extremo de empujarlos
hasta la puerta del vagón y allí recriminarles e insultarles, ordenándoles que
bajaran en la siguiente parada que hiciese el tren. Ninguna súplica, ni
siquiera la de algunos viajeros, que se habían acercado al oír el llanto de los
niños y las voces del revisor, que intentaban mediar pidiéndole clemencia y que
los dejara llegar hasta la ciudad, ya de mañana, con la luz, donde la madre se
haría cargo de ellos.
El tren paró
bruscamente y el revisor abrió las puertas gritándoles que se bajasen. Un
viajero se entrometió y obstaculizó la salida, diciendo que se haría cargo de
ellos. Él y el revisor se enzarzaron en una discusión y, entre los gritos y los
llantos, la pequeña, forzada por el miedo, sin saber qué sería de ellos, quién
sería aquel hombre que quería acogerlos, saltó a tierra y comenzó a correr. Sus
hermanos, los pasajeros, el revisor, todos le gritaban y la pequeña corría
desesperadamente hasta que tropezó con
algo que no vio y cayó de bruces. La pequeña logró levantarse, la cara llena de
mocos, de tierra y grava, con un terrible escozor en las rodillas, cuando en
ese momento las ruedas comenzaron a moverse, sonó el silbato del tren y sobre
los rieles se deslizaron los gritos y las advertencias que ya la pequeña apenas
oía, paralizada por el miedo y un sordo dolor.
El tren había
desaparecido y un silencio extraño rodeaba los gemidos cada vez más apagados de
la niña. Se sentó y pudo ver las heridas de la caída, sacó su pañuelo y taponó
con fuerza deteniendo la hemorragia. Estuvo así unos minutos, hasta que alzó su
cara y contempló lo que le rodeaba. Solo logró vislumbrar en la total negrura
unas ondulaciones en silueta al fondo, lo que parecía ser una colina muy
alejada. Se levantó y decidió caminar siguiendo las vías del tren, hacia donde
lo había visto alejarse. Apenas había andado unos metros cuando comenzó a oír a
su espalda el ululato de un mochuelo.
Al darse la vuelta
apercibió más clara la silueta que antes barruntó y que creyó que era una
colina alejada. Ahora se le presentada como algo parecido a la techumbre de una
pequeña caseta, en la que creía ver un punto evanescente y palpitante de luz en
su interior. No quería alejarse de las vías pero vio que más o menos se
encontraba a la altura de ellas y, movida por la curiosidad y por una esperanza
difusa se dirigió hacia allí.
Conforme avanzaba
dudaba, embargada por el recelo, titubeando en sus pasos hacia aquella chabola.
Sus oídos comenzaron a percibir unos débiles sonidos musicales y aquel fulgor
intermitente iba clareándose en un resplandor mortecino. Se encontraba a
escasos metros de aquella pequeña vivienda cuando ya sabía que allí debía haber
alguien que escuchaba la radio y tenía encendida una bombilla o un candil que
reflejaba una luz cerosa. Tragando saliva se aupó en un cantal y fue acercando
sus ojos de búho al alféizar para llegar al vidrio de la ventana y ver quién
sería quien allí descansaba.
Un farol ferroviario de
parafina reposaba en una pequeña mesita junto a una radio que en esos instantes
emitía un noticiero sobre la guerra, al lado de un camastro en el que nadie
yacía, pero donde las sábanas y mantas aparecían en amasijo. Fue recorriendo la
pequeña su mirada por todo el recinto que podía escrutar y no vio a nadie,
aunque todo parecía apuntar a que alguien que lo habitaba debía encontrarse muy
cerca. La niña se acurrucó debajo de la ventana, encogió sus piernas contra sí
y el viento frío de la noche fue meciéndola hasta quedar adormecida.
Pero
qué haces aquí afuera, alma de Dios, qué te ha pasado, cómo has llegado hasta
aquí. Papá, nos ha descubierto el revisor del tren y yo he salido corriendo,
pero mis hermanos no me han seguido y me he quedado sola. Ellos se han ido con
el tren. Tengo frío y me duelen las rodillas… Ay, la mamá cuando se entere… No
pasa nada, duerme y mañana verás a tu madre y a tus hermanos. Tranquilízate y
duerme, pequeña… Tengo hambre papá. El guardagujas cogió entre sus brazos a la
pequeña y la arropó con mantas en su caseta. La pequeña estaba enfebrecida y
había confundido al ferroviario con su padre, quizá porque en aquella oscuridad
aquel hombre con gorra y uniforme le había recordado a su padre, capitán del
ejército republicano. Le dio una galleta que apenas mordisqueó porque cayó
inmediatamente rendida, le besó la frente, apagó el farol y la radio y se
arremolinó entre mantas en un sillón cercano a la cama, esperando que
descansara y pasasen las horas.
Elia…
despierta. Elia, que tenemos que marcharnos, que nos espera madre. Venga que es
tarde y enseguida pasará el tren. El mayor de los hermanos espabiló a la
pequeña que tardó un rato en salir de su somnolencia. Había dejado a los demás
en la estación y había vuelto al apeadero al que saltó su hermana para
recogerla y emprender de nuevo el viaje a Estavia, donde les aguardaba su
madre. Afortunadamente el revisor se apiadó de ellos y dejó a los chicos al
cargo del viajero que se ofreció como protector. Le pagó un billete al mayor
para que volviera a buscar a su hermana mientras él se quedaba al cuidado de
los demás hasta que volviera.
Se abrazó con fuerza a
su hermano y comenzó a sollozar preguntando por su padre que anoche la ayudó, que
la acostó y le dio de comer. Pero Elia, qué te pasa ahora, padre está muerto y
aquí no hay ninguna cama, no hay nada. La pequeña miró a su alrededor y solo vio
el mugriento colchón en el que estaba sentada, y todo lo demás unos cuantos
muebles desvencijados, llenos de polvo y un revoltijo de papeles de periódico,
botellas rotas y latas. Estaba aturdida, no comprendía nada y recordó a su
padre, las visitas a la cárcel acompañando a su madre, en la última estaba muy
escuálido y apenas les habló, solo las miraba con los ojos enrojecidos y, al final,
le dijo a su madre que cuidara a la niña y le dio un beso en la frente. Así lo
recordaba ella, sentado en la cama del hospital, sorbiendo unos huevos que le
habían traído del pueblo.
Cuando Elia le contó a su madre lo sucedido
solo se echó a reír y a llenarla de besos y abrazarla. Pero qué tonta que eres
mi pequeñaja, ven aquí, valiente, que vales más que un potosí. Menos mal que te
refugiaste en aquella casucha, que si no… Nunca olvidó aquel episodio Elia y
menos cuando años más tarde la madre le reveló que su padre fabricaba en la
forja del pueblo los faroles de los ferroviarios, aquellos que avisan con su haz
de luz a los trenes y a los viajeros perdidos en la noche.








