sábado, 31 de diciembre de 2016

UNA ODA DE RICARDO REIS





Unos, vueltos los ojos al pasado,
ven aquello que no ven; otros,
con los mismos ojos, fijos en el futuro, ven
aquello que no pueden ver.
¿Por qué ir tan lejos por lo que tan a mano tenemos,
nuestra seguridad? He aquí el día,
he aquí la hora, he aquí el momento, esto
es lo que somos, y esto es todo.
Fluye perenne la hora interminable
que nos declara insignificantes. En el mismo sorbo
en que vivimos, moriremos. Toma
el día, porque es él.





domingo, 23 de octubre de 2016

ROSA DE CENIZAS





ROSA DE CENIZAS

A mis padres

Fuimos a la fuente clara
donde mana el agua viva
de mis sueños más fecundos.
Dejamos vuestro recuerdo
bajo la arcilla tendido
para que anide en la tierra
vuestra paz con fiel sigilo.
Fuimos al verde olivar
adonde las manos frías
recogían aceitunas,
para que en hondas raíces
besen la tierra tus labios.
Fuimos al pinar del monte
par al ciprés del convento
a los pies del algarrobo,
para empapar de memoria
el cántico de los mirlos
y despedir la locura
de aquel, ay, légamo herido.



sábado, 22 de octubre de 2016

PRIMAVERA DE INVIERNO





Las arboledas se queman
en primavera de invierno,
reducidas a rescoldos
de hosca brasa vegetal.

La verdura de los campos
en cárdenos y amarillos
enciende su fuego frío.

Se anuncia un gélido invierno
arrebujado en su manto,
luz atrapada en sus hojas,
de un pálido, dulce adiós.




sábado, 3 de septiembre de 2016

HIGUERA SECA





Ancianas ubres
Ramas de amor perdido
Alba de adioses


(de Haikús de la alcancía)



PÁJAROS (I)





Pulmón de trinos
Vendaval de volandas
Algarabía



(de Haikús de la alcancía)




CIELOS (I)

Edward Hopper, Rieles al atardecer (1928)




Sangra la luz
La matrona oscurece
Alumbra el sueño


(de Haikús de la alcancía)




martes, 30 de agosto de 2016

lunes, 29 de agosto de 2016

domingo, 28 de agosto de 2016

VERANOS (II)





Hondos légamos
Hebras de sol profundo
Estío ardiente


(de Haikús de la alcancía)




NOTAS DEL BÁLTICO






CAMAROTE

Llueve en el mar de cristal y las regatas dibujan senderos imprevisibles. Tensada la flecha de la vida en la estela que me lanza a un viaje de puertos ignorados.







GAVIOTAS

Muestran sus picos amarillos y otean nuestras vidas desde lo alto. No nos despiden en nuestra partida, celebran el juego del movimiento, la fuerza del aire cálido del barco, encandiladas de las ráfagas chispeantes de nuestras cámaras.




sábado, 27 de agosto de 2016

viernes, 26 de agosto de 2016

MICHEL BUTOR. LECTURAS TRANSATLÁNTICAS






LECTURAS TRANSATLÁNTICAS



Arrastrarse con la serpiente
deslizarse entre las líneas
rugir con la pantera
interpretar el menor signo
abandonarse en las arenas
conjugar en las hierbas
florecer en todo su piel 

Sumergirse con el delfín
navegar de frase en frase
Catar la sal en los velos
aspirar en el gran viento
el remedio de las dolencias
interrogar al horizonte
por el rastro de las Atlántidas

Sentirse emerger las alas
acomodar máscaras y roles
planear con el cóndor
acceder a las ruinas
acariciar las melenas
arder en todos los héroes

despertarse embelesarse


(de À la frontière, La Différence, 1996)



jueves, 25 de agosto de 2016

MEMORIAL


Museo del Holocausto Yad Vashem



Vuelo de alondras
Fuente clara de adioses
Llorar no basta

(de Haikús de la alcancía)




miércoles, 24 de agosto de 2016

martes, 23 de agosto de 2016

HERÁCLITO



Mark Rothko

Sin título, 1969




Por qué ser o no
Paralelos senderos
En ti dos alas


(de Haikús de la alcancía)

lunes, 22 de agosto de 2016

viernes, 19 de agosto de 2016

martes, 12 de julio de 2016

LA CAVERNA DEL JARDÍN





Soplos briosos del aire ensayan letanías
que jilgueros responden,
enmarañando ramas y rasgando la fronda,
uniéndose al cántico del ardor las cigarras.
Las campanas puntean las horas que regresan
a este nuevo día, en el jardín del convento,
mientras mía voraz una camada de gatos.
Las chumberas me regalan su jugoso fruto
y un ciprés acompasa hacia la lejanía
de una luz remota mi desvaída mirada,
a un cielo de vacío azul y parco silencio.
Hasta que la sombra de los vencejos, fugaz,
se desliza en las tapias y espejea un fulgor
que ciega mis ojos volviéndome a la caverna
de estas vivas copias que son lo único nuestro,
lo que vivamente sé,
lo que mortalmente soy.



domingo, 3 de julio de 2016

YA HEMOS LLEGADO A CASA







Subía los escalones con dificultad. Su cojera y su aparato ortopédico hacían que su desplazamiento por las escaleras fuera lento y muchas veces un suplicio. Pero no le pesaba su condición física al subir  a casa de sus padres -al fin y al cabo era tan solo un primer piso-, lo que le fatigaba era el encuentro con su madre aquellas tardes; no su madre, sino las tardes, más bien, era lo que le apesadumbraba a Antonio. Era en ese periodo de la jornada cuando su madre se alteraba, cambiaba de humor, se obcecaba en un difuso nerviosismo y quería marcharse de casa.
La madre de Antonio padecía un proceso avanzado de Alzhéimer y él y sus hermanos, ayudados por una cuidadora,  se ocupaban de ella y atendían la casa. Todas las tardes, a partir de las seis o las siete, su madre comenzaba a encontrarse inquieta, se levantaba continuamente, pese a su dificultad para andar y se asomaba a la ventana, comenzaba a llorar y pedir que la dejaran irse, que su madre la reñiría por llegar tarde, que si no la dejaban se lo diría a su hermano. Otras veces decía que había quedado con un novio y no podía faltar a la cita. Se hacía insoportable y no había forma de calmarla. Era el proceso que alguien ha llamado “síndrome vespertino” y que se asocia al declinar de la luz al atardecer.
Antonio, finalmente, después de probar varios remedios y añagazas, decidió que lo mejor era sacarla de allí y llevarla a algún lugar en el que se encontrara entretenida. Así, bien paseaba con ella por los parajes que solía frecuentar antes, bien la acercaba a algún bar al que solía acudir, donde tomaba siempre algún refrigerio, o concurría con ella a algún museo o a alguna iglesia a la que acostumbraba a asistir antes de caer en su enfermedad.
Algunas ocasiones no se calmaba y miraba desconfiada a Antonio,  diciéndole que la engañaba, que ella quería ir a casa de su madre y no a otro sitio. Pero aquella tarde decidió, harto de la insistencia, dirigir su coche hacia el pueblo en el que su madre nació, esperando que cesara su quejido. Estaba un tanto alejado, desde luego tardarían unas horas, pero era mejor eso que seguir oyendo insistentemente sus lamentos.
Cuando ya llegaron, tras dos horas de aguantar el sofocante calor de ese inmisericorde agosto, apercibió cómo no había cambiado apenas el pueblo, a pesar de que hacía tantos años que no pasaba por allí. Llegaron por fin a la casa de la abuela y comenzó a pensar qué haría ahora ya que no sabía quién podía vivir allí ni cómo reaccionaría su madre.
Antonio llamó al timbre y oyó unos pasos lentos. La puerta se abrió y quedó paralizado. Allí estaba la abuela Antonia, gritando de alegría al verlos, besando con todas sus fuerzas a su hija. Antonio solo reaccionó al ser sacudido por su tío y abrazado por él y la abuela. Pasaron al comedor y le dijeron que se sentara en el sofá mientras iban a por una gaseosa fresquita. Los tres le dejaron solo y se fueron a la cocina.
Antonio estaba aturdido, sin habla, no entendía nada: su abuela y su tío hacía mucho tiempo que habían fallecido y no sabía quiénes eran aquellas personas. Comenzó a escrutar a su alrededor y sintió un gran gozo al ver de nuevo aquellas fotografías que en el aparador se amontonaban con toda la parentela, la mayoría muerta. Pero esa placidez fue decayendo al ver que seguía allí solo y no oía a nadie, como si se hubieran ido todos y le hubiesen dejado.
Se levantó y se dirigió a la cocina que estaba al fondo de un largo pasillo. Cuando pasó por la puerta de una de las habitaciones oyó unos ruidos y unas risas. Como estaba entreabierta la puerta se acercó a mirar y de nuevo se quedó pasmado: se vio a sí mismo, pero con cinco años, jugando con unos cromos de unos dibujos animados muy famosos de aquella época. No sentía miedo, solo un calor atroz y una sed endiablada.
Cuando pudo reaccionar y quiso dar unos pasos en la habitación el rostro de su madre se le apareció de improviso, llenándole de pavor y dio un grito de espanto:
-¡Mamá!
-Por favor, llévame a casa de mi madre- susurró ella.
Antonio estaba echado en el sofá, empapado en sudor. Se había quedado dormido y el reloj de pared daba las seis. Todo había sido un mal sueño. De nuevo había sido devuelto a la rutina, de nuevo su madre volvía a cumplir con su cantilena vespertina.
Después de lavarse la cara y tomar un refresco y un largo café, vistió a su madre y decidió que aquella tarde la llevaría a visitar el jardín del convento del Valle de Jesús, donde tantos veranos le llevaba ella cuando era pequeño, cuando aún su padre vivía y a la sombra de la pinada pasaban largas horas.
Cuando llegaron al aparcamiento, Antonio se quedó mirando largamente la belleza del huerto de duraznos que estaba a su derecha, una vaga niebla rosa cuyo aroma traía la vida feliz de la sonrisa de su madre:

-Ya hemos llegado a casa, Antonio.




domingo, 19 de junio de 2016

ARRIATES DE UNA ISLA (IV): COMIDA PARA CENTAUROS





La llegada del verano

Tu vida ha sido larga pero demasiado solitaria,

compañero poeta de cabellos grises
que suspirabas a la espera de nuevas melodías
frente a la sombría pesadumbre
de una vieja amistad en decadencia,
de la taciturna repetición -
pues ¿quién puede medrar en soledad
cuando acepta sus frías necesidades?

Deja que el amor amanezca con la llegada

de un fresco y lluvioso verano,
sin albaricoques henchidos que caen al suelo,
ni fresas en flor,
ni vainas en los tallos,
ni cerezas en las ramas.

Neguemos lo absurdo

de todo verdadero estío:
no vivamos los malos tratos
ni las burlas de los nuevos forasteros;
elogiemos a los tordos errantes
y escuchemos sus canciones.



Este fue uno de los seis poemas que seleccionó y tradujo Lucía Graves, de entre la producción poética de su padre y que formaron parte de una carpeta suplementaria -acompañados por seis ilustraciones de artistas plásticos: Jaime Giménez de Haro, Joaquim Michavila, Carmen Grau, Mariano Maestro, Manolo Bellver y Vicente Castellano- del monográfico que la revista Abalorio publicó en su número 10-11 del Otoño-Invierno de los años 1985-86.

Fue un monográfico memorable que presentamos en Valencia acompañados por la presencia de Lucía y con una conferencia de Ignacio Gómez de Liaño, en la Lonja de la Seda. Antes de eso, fue mostrado en la Casa de cultura de Puerto de Sagunto, donde se pasó el film El grito, de Jerzy Skolimovsky, basado en un relato de Robert Graves, comentado por Pilar Pedraza.
El trabajo de varios meses había dado su fruto en aquella publicación que mi amigo Manolo Bellver diseñó y maquetó y que fue impresa, con el cuidado y buen hacer de siempre, por la Imprenta Navarro de Sagunto.
Junto a un texto de W.H. Auden sobre Robert Graves, allí se recogieron artículos de Carlos García Gual, Paul O´Prey, José V. Selma, Basilio Baltasar, Juan Noyes-Kuehn y Juan A.-Rafael Millón; textos de Robert Graves: ensayo, cartas y poemas; y, finalmente, poemas y relatos, en homenaje a Graves, de Luciano de Samosata -traducido por García Gual-, Francisco Salinas. Ramón Chantri, José Iniesta, Juan Marcel, Pilar Pedraza y Juan Antonio Millón.
Utilizando el título de uno de los ensayos de Graves: Comida para centauros.

sábado, 18 de junio de 2016

EL JAZMINERO DE LA CALLE MAYOR






EL JAZMINERO DE LA CALLE MAYOR


La vida pasa como la flor del jazmín,
aquella mancha blanca de la calle Mayor
junto a la tapia de un bello jardín intuido.
Paseas aún por allí algunas veces,
vuelve el olor intenso que detiene tu paso,
y tus ojos se lavan en la blancura de su recuerdo.
Como aquella flor que fue y es, así la vida
sigue cayendo en su belleza, en su memoria. 

PÁJAROS ENTRE DOS LUCES







PÁJAROS ENTRE DOS LUCES

Esta tarde final de tardía primavera
sumerge el sol su fulgor, su perfil de  oro pálido
ahogando en fríos cantos de lejanas montañas
las ascuas de un fuego eternamente repetido.
Un breve boceto traza en su azul la luna
con la pluma ágil de una gaviota detenida
y los oncejos del lubricán enamorados
festejan en sus gorjeos la nueva estación
que da su aliento cálido desde el horizonte.

domingo, 12 de junio de 2016

ARRIATES DE UNA ISLA (III): LOS OJOS DE ROBERT GRAVES


El autobús que había tomado de madrugada en la estación de Palma, aquella mañana de finales de julio de 1985, subía desde hacía tiempo por un estrecha carretera flanqueada por bancales de olivos y espesas pinadas. Desde mi asiento vi de lejos la Cartuja de Valldemosa y pensé en George Sand y Chopin -en mi viaje hacía exactamente diez años por estos parajes- y fantaseé las estancias por estos pagos de Melchor de Jovellanos -destarrado aquí por Godoy-, de Rubén Darío o de un jovencísimo Jorge Luis Borges junto a su amigo Jacobo Sureda.
Ese mismo día cumplía noventa años Robert Graves y su hija Lucía me había invitado a acompañarles en la fiesta para conocer a la familia y poder acceder allí a unas fotografías. No estaba nervioso, todo por entonces era para mí una dádiva y meramente disfrutaba: de aquella mañana tan limpia, de aquel sol reflejándose en las calas que pude entrever desde el autobús cuando estaba cerca de Deià, del olor a pino junto al aire salitroso que se colaba por la ventana o de aquellos olivos de voz remota.
Tuve que andar un buen trecho desde donde me había dejado el autobús que seguía su trayecto hasta Sóller. Y finalmente, después de un largo muro de piedras, encontré la entrada a la casa de Graves, Ca N´Alluny. Lucía me vio acercarme por el camino de tierra y salió a mi encuentro, presentándome después a sus hermanos, el mayor Williams -quien hoy dirige la Fundación Robert Graves-, Juan, el músico y Tomás, el pequeño, quien se ocupaba de seguir con la tradición de la imprenta que instaló su padre en Deià junto a su compañera, la poeta Laura Riding. 
Estuve un buen rato conversando con Tomás ya que él sería el encargado de hacer los fotolitos de la fotografías en una imprenta de Palma y tuvo la deferencia de enseñarme algunas de las bellas publicaciones que había hecho. Después me presentó a su madre, una mujer con una vitalidad extraordinaria, Beryl, quien me dejó unos álbumes de fotos para que eligiese aquellas que podrían ser publicadas en el monográfico. Después me pasaron al estudio del escritor y me dijeron que me quedase allí mirando las fotos y eligiendo mientras  le daban de comer a Robert. Fue entonces cuando empecé a sentirme nervioso: estaba tan cerca de la vida de Graves, en su cuarto de trabajo, delante de sus tinteros -sobre la mesa había tres, de distintas coloraciones-, de sus manuscritos, de su biblioteca; saber que él andaría muy cerca y que pronto podría saludarle...
Beryl me llamó para que pasara a verle y le encontré envuelto en una manta, sentado en una silla de ruedas, encorvado. Cuando su mujer le anunció que había ido a visitarle un joven que iba a publicar una revista dedicada a él, levantó la cabeza envuelta en una nube blanca y quedé atónito al ver sus ojos. No articuló la voz, vivía en una ancianidad callada. Pero sus ojos retenían el mar de Homero, sumergidos en un glacial azul.

miércoles, 8 de junio de 2016

ARRIATES DE UNA ISLA (II): PROLEGÓMENOS DE UN VERANO EN MALLORCA

                             García Gual y quien esto escribe, fotografiados por Gastón Segura

En el invierno de 1984, acompañado por mi compañero Gastón Segura -actualmente un notorio novelista, a quien conocí en mis años de la Facultad de Filosofía y con quien pergeñé, acompañados por Paco García Donet,  la revista universitaria Aurora- tomamos un transbordador desde el Puerto de Valencia hacia Palma.
Llevaba varios meses detrás de la idea de dedicar un monográfico de la revista de literatura que habíamos creado en Sagunto, Abalorio, a la obra de Robert Graves. Me enteré entonces, por la prensa, de que una librería y galería de arte de Palma de Mallorca, Byblos, iba a inaugurar una exposición dedicada al autor del Yo, Claudio; así que que nos dirigimos hacia allá mi amigo y un servidor.
Allí conocí al helenista Carlos García Gual a quien le relaté todo mi proyecto y quedó entusiasmado, prometiéndome participar en él no solo con un artículo sobre la novela histórica de Graves, que era lo que yo le pedía, sino también con la aportación de una traducción de alguno de los relatos fantásticos de Luciano de Samosata en los que estaba, por entonces, trabajando.
García Gual, amabilísimo en todo momento, me presentó a la hija de Graves, Lucía, quien aceptó emocionada mi idea y me invitó a visitar su casa en Deià, Ca N´Alluny, donde me presentaría a su padre y podría Beryl Pritchard, su madre y segunda esposa de Robert, dejarme algunas fotografías para el monográfico de la revista.
El desalmado y soñador jovenzuelo que se había colado en aquella fiesta mallorquina a la que no había sido invitado, convirtió la velada en un proyecto prometedor que pretendía aportar luz nueva a un autor del que más allá de los tópicos sobre sus novelas poco se conocía: su poesía, sus estudios de mitología hebraica y micología, su conocimiento de la literatura española, sus cartas, su imprenta..La promesa de un feliz verano en Mallorca.

domingo, 5 de junio de 2016

ARRIATES DE UNA ISLA (I): UN INVIERNO EN MALLORCA




Comienzo hoy una serie dedicada a Mallorca, concretamente a tres lugares de esa isla que supusieron para mí jalones sentimentales por diversas razones: Valldemosa, Deià y Palma. El primero de ellos va unido a mi primer viaje fuera de la península, viaje programado por el Colegio donde estudié octavo de EGB, lo que suponía para mí y mis compañeros el final de la etapa de nuestra educación primaria y el comienzo de nuestro adolescente bachillerato: un rito de paso.
Fue en el verano del 75. De los muchos sitios que visitamos guardo un recuerdo imborrable de la Cartuja de Valldemosa, En su tienda de souvenirs compré mi primer libro, un libro, además, "serio", ya que hasta entonces los pocos ejemplares que almacenaba mi escuálida biblioteca eran en su mayoría libros infantiles o juveniles regalados en los santos y cumpleaños, la gran mayoría de las célebres colecciones de la editorial Bruguera. El primer libro que compré con mi dinero -quiero decir, con el que me dieron mis padres- fue el de Bartomeu Ferrá, Chopin y George Sand en Mallorca. De él me atrajo, en principio, la cuidada encuadernación de la edición cartujana, la textura de sus hojas, su tipografía, su lámina desplegable; eran para mí una sorpresa, no había tenido en mis manos un libro así y atrajo toda mi atención. Por otro lado, la figura del músico Frédéric Chopin seducía mi curiosidad, al menos desde que vi en televisión, unos meses atrás, el biopic de Charles Vidor, Canción inolvidable.
Fue el comienzo de mi bibliofilia, alimentada hasta entonces tan solo con libros ajenos que podía tomar prestados de la Biblioteca municipal de Sagunto, ejemplares que me proporcionaba el inolvidable don Guillermo Andreu, bibliotecario, archivero municipal y profesor de Lengua y Literatura en el Intituto de la localidad. Allí, regresado ya del viaje, pude leer el libro que servía a Ferrá de base para el suyo, Un invierno en Mallorca de George Sand. De su lectura recuerdo especialmente las líneas que dedicó a los olivos de Valldemosa, olivos que, cuando después he tenido la suerte de retornar a la isla, siempre he visitado para recordar a aquella extraordinaria escritora y mi primera visión de aquel paisaje. He aquí el fragmento de Sand:

“Al ver el aspecto formidable, el grosor desmesurado, y las actitudes furibundas de esos árboles misteriosos, mi imaginación los ha aceptado de buena voluntad por contemporáneos de Aníbal. Cuando se pasea uno por la tarde a su sombra, es preciso que se acuerde bien de que aquello son árboles; pues si daba crédito a los ojos y a la imaginación, quedaría uno espantado en medio de todos esos monstruos fantásticos; los unos encorvándose hacia vosotros como dragones enormes con la boca abierta y las alas desplegadas; otros arrollándose sobre sí mismos como boas entumecidas; otros abrazándose con furor como luchadores gigantescos. Aquí hay un centauro al galope, llevando sobre su grupa no sé qué horrible mona; allí un reptil sin nombre que devora una cierva jadeante, más lejos un sátiro que baila con un macho cabrío menos deforme que él, y, a menudo, es un solo árbol resquebrajado, nudoso, torcido, giboso, que tomaríais por un grupo de diez árboles distintos y que representa todos estos diversos monstruos para reunirse en una sola cabeza, horrible como la de los fetiches indios y coronada por una sola rama verde, como una cimera.”

sábado, 19 de marzo de 2016

PREGUNTAS A UNA PRIMAVERA






Se desnudan las jacarandas
y el suelo luce un perfume
de remotos saberes.
¿Serán labios las flores
y sus caídas un largo beso ansiado
al seno de la madre?
¿Y el perfume, una despedida al aire?

¿O serán sílabas de un lenguaje ignorado
que con acentos coloreados
trazan sobre la tierra
lances y cantos ancestrales?

domingo, 13 de marzo de 2016

CONTEMPLARÁS EL TIEMPO




Fui, como otras veces, a la búsqueda del pasado,
siguiendo la brizna que se alojó, incómoda o compañera,
en los huecos que el recuerdo ahorma,
viendo con los ojos de hoy la mirada de ayer.
En otras ocasiones indagué lugares
que la memoria fue imaginando fundadores
de esto que se alza en mí como yo mismo.
Vi, entonces, la dimensión recóndita del tiempo
su paso como lejanía de aquello que fuimos,
el desgaste, la ruina, la distancia que nos hace extraños.
Pero el otro día, buscando mi pasado, el hoy del ayer,
me sobrevino la verdad terrible,
la contemplación de lo inevitable, la certeza
de la caída en la nada del tiempo.
Todo pasará y vendrá una nueva luz
que arrasará no solo la noche sino lo que ella soñó,
limpiará el visaje de las horas muertas
hacia una luz futura sin nosotros.

sábado, 12 de marzo de 2016

REFLEXIÓN DE CARL SCHMITT EN TORNO A HAMLET Y LA MADRE EN LA LITERATURA UNIVERSAL

  

Es muy importante establecer relaciones -tanto de similitud como de diferenciación- entre distintas obras de la literatura universal. Ello no sólo abunda en un conocimiento de las distintas obras, autores y épocas, sino que nos inmiscuye en la reflexión, en la profundización de los autores -sus obras, sus personajes, sus temas- que muestran así su complejidad fructífera, aquello que los convierte en "clásicos".
En este sentido, una cita del filósofo alemán Carl Schmitt nos será de suma utilidad. Pertenece a una conferencia que ofreció en 1955 en Düsseldorf y que fue recogida en libro en 1985. La podemos encontrar en castellano en el libro Hamlet o Hécuba, editado por Pre-textos (Valencia, 1993)
:
"Como es sabido, el espíritu europeo desde el Renacimiento se ha desmitificado, tanto como desmitologizado. A pesar de lo cual, la creación literaria europea ha producido tres grandes figuras simbólicas: Don Quijote, Hamlet y Fausto. Y una entre ellas, Hamlet, ha alcanzado la condición de un mito. Son los tres destacados lectores de libros y, en ese sentido, intelectuales, si queremos decirlo de este modo. Los tres son descarriados del espíritu. Pensemos por un momento en su origen y en su procedencia: Don Quijote es español y de un catolicismo puro; Fausto, alemán y protestante; Hamlet ocupa un lugar entre los dos, en la división que ha determinado el destino de Europa."

        La obra de Schmitt contiene muchas reflexiones importantes. Invitamos a recorrerlas, con este extracto de su primer capítulo:
"La pregunta por la culpa de la madre se impone desde el comienzo del drama y ya no se puede ocultar en el curso del mismo. ¿Qué debe hacer un hijo que quiere vengar a su padre asesinado y encuentra que su madre es la actual esposa del asesino? La situación inicial presenta, como dijimos, un viejo tema propio de las sagas, los mitos y la tragedia. La respuesta, igualmente antigua, sólo permite reconocer dos posibilidades. Un hijo que se encuentra de tal modo en conflicto entre su deber de venganza y el vínculo con la madre, prácticamente sólo tiene dos caminos. Uno es el de Orestes en la saga griega y en la tragedia de Esquilo: el hijo mata al ases¡no y también a su propia madre. El otro es el recorrido por el Amleth de la saga nórdica, que Shakespeare conoció y utilizó: unidos ambos, madre e hijo, matan al asesino. Esas son las dos simples respuestas de la tragedia griega y de la saga nórdica. Todavía hoy no existe un tercer camino. La madre no puede resultar neutral, si tomamos en serio el deber de la venganza y a la mujer como una persona humana completa. Lo extraño e impenetrable en el Hamlet shakespereano es que no sigue ninguno de los dos caminos. Ni mata a la madre ni se une a ella. La obra deja en la oscuridad si la madre es o no cómplice."