miércoles, 31 de marzo de 2010

DE UNOS APUNTES DE VIAJE



Seguimos el rumbo de nuestro idioma en su hacerse histórico (por cierto, nuestra Universidad de Valencia cuenta con una excelente filóloga, Maite Echenique Elizondo, quien ha tratado con rigor el vasco-románico, ya que hemos de tener en cuenta que el castellano nació en cofluencia geográfica y en convivencia humana con la zona de lengua euskera; de ello también ha tratado otro eminente filólogo de esta misma Universidad, Ángel López), hacia el Sur por tierras de Logroño hasta Soria. Allí, al amparo del viento helado del Moncayo, gracias al tapial del cementerio de la Virgen del Espino, junto a lo que queda del olmo “hendido por el rayo”, rememoramos la feliz y trágica historia de Leonor, allí enterrada, y Machado, atando “el hilo que nos (los) unía”.
Collado abajo, hacia el puente sobre el Duero, llegamos al Palacio de la Audiencia, y allí una escueta pero interesante exposición, “Antonio Machado y Hora de España”, nos recuerda una esperanza que aún late, empujando en la adversidad: poesía, pensamiento, compromiso, arte, ciencia, utopía, palabras gastadas que aún circulan como monedas republicanas, hinchiéndonos de valor, de todo su valor, en la mera virtud cívica. Homenaje a ese 14 de Abril que mañana celebraremos. Resuenan estos versos pertenecientes a la tercera y sexta estrofa de ese extraño poema que Machado tituló, Recuerdos de sueño, fiebre y duermevela:

Era la tierra desnuda,
y un frío viento, de cara,
con nieve menuda.
Me eché a caminar
por un encinar de sombra:
la sombra de un encinar.
El sol las nubes rompía
con sus trompetas de plata.
La nieve ya no caía.
La vi un momento asomar
en las torres del olvido.
Quise y no pude gritar.


……….

Junto al agua fría,
en la senda clara,
sombra dará algún día
ese arbolillo en que nadie repara.
Un fuste blanco y cuatro verdes hojas
que, por abril, le cuelga primavera,
y arrastra el viento de noviembre, rojas.
Su fruto, sólo un niño lo mordiera.
Su flor, nadie la vio. ¿Cuándo florece?
Ese arbolillo crece
no más que para el ave de una cita,
que es alma —canto y plumas— de un instante,
un pajarillo azul y petulante
que a la hora de la tarde lo visita.

(Pascua del 2009)


IMÁGENES DE ANTONIO MACHADO

martes, 23 de marzo de 2010

EL ACARREO DE LO FURTIVO


Cuando en la entrada anterior plasmé un antiguo -desde el punto de vista no sólo autobiográfico- poema, sentí algo cercano a lo que el título de la presente alude. Sentí como un traer a la luz algo casi oculto ya por lo alejado, por lo íntimo, algo que apenas deja resquicio a lo público, como el silenciado roer de una ruidosa pieza de comida. Nacieron de experiencias muy determinadamente vitales, significando lecciones de vida y alcances de un crecer y de un apasionado aprendizaje. Hoy acarreo hasta aquí otro poema nacido de un diálogo con la pintura. Ya, por entonces, había hecho algo similar con la obra de mi amigo Manuel Bellver, aunque en aquella ocasión fuese desde la prosa reflexiva. La obra, en esta ocasión, era del artista Nicolás Mateo Sahuquillo, por entonces Conservador del Museo de Arte Abstracto de Cuenca: óleos y acuarelas con el motivo del paisaje. De ese diálogo surgió este poema:




PAISAJE SONORO


Si veo, si retengo acaso el aliento,
si mis oidos prontos, avezados, auguran
como alcotán el aire aquella nota,
música efímera que deja alargar
su trémula condición palpitante,
tocada apenas, no raptada aún
por la eternidad.


Así, decimos alerta, cómo seguir impunes,
cómo, solícitos, dejaremos derretirse el blanco,
extinguirse la mirada; y al olvido dejaremos
avanzar en esquelas, como trazos apagados,
dando olvido a manos llenas, un olvido
torvo que restaña y me excusa porque tiemblo.


No, no. Dejo a la llama que consuma
pacientemente mi pupila, al azul
romper en violetas y celebrar el amarillo;
a aquella línea que atraviese
invito a mi alma. Adelantándoseme
vaya el sonido de la trémula
nota musical y tiemble mi ser
ante un paisaje solitario.


(Sagunto, Invierno del 87)

domingo, 7 de marzo de 2010

DE LA VEJEZ




Isabel Mallén, autora del cuidado, creativo y sugeridor blog, El costurero, decía en un comentario a mi post anterior : "Un rostro afable y una mirada inteligente". Cuando lo leí volví a ver la imagen y me fijé en que de las fotografías posibles que de Ida Vitale podía haber elegido para ilustrar la entrada, elegí aquella que mostraba un rostro envejecido. Me di cuenta entonces que quizá la razón que pesó en la decisión última era de orden íntimo, el respeto que siempre he tenido por la vejez, una atraccción no sólo de orden sentimental, sobre todo porque mi abuela materna jugó un papel decisivo en mi vida y ella marcó una tendencia indeleble, sino también de orden cognoscitivo; quiero decir, me he sentido desde mi temprana infancia y aún ahora, impelido a la escucha de la voz adulta. La serenidad, el candor, la honda sabiduría de la voz antigua.



Por ello quiero tratar de la vejez. Nos llama tan de cerca, aviva algo tan íntimo… Como vivencia próxima, en calidad de nieto y, ahora, de hijo con padres instalados en la ancianidad, tengo de ella una opinión contrariada, de dulzura y dolor, de terneza y rabia. Mis abuelos paternos, ante todo mi abuelo Antonio, pertenecía al mito, un campesino, silencioso huésped de los cortijos de la sierra malagueña de Tejeda, en ese arcádico pueblo de Canillas de Aceituno. Mi abuela materna, Carmen, mi gran madre, la que me enseñó el idioma de la imaginación, con sus historias y chascarrillos, ante la presencia siempre ausente de mi abuelo Rafael, muerto en la cárcel de Jaén, apenas acabada la guerra…¡Dios, qué vacio! ¡Cuánta sabiduría y cuánta vida en los pliegues de un rostro envejecido!



También la vejez va asociada, en multitud de ocasiones al abandono, el deterioro, la soledad, la hipocresía social y familiar, la injusticia…Vemos en sus figuras algo lejano que nos es próximo, una quemazón íntima, quizá la imagen futura de nuestro espejo.



Me enfrenté al tema de la vejez hace unos años -en 2001- cuando tuve que presentar el segundo volumen de la poesía de Jaume Bru i Vidal, un entrañable poeta valenciano de la generación del 50, miembro del llamado “Grup Torre”, al que pertenecieron Joan Fuster, Xavier Casp, Joan Valls, entre otros. Fue una presentación, póstuma, del ciclo de su poesía, que yo llamé “de senectute”. La presentación se publicó en la revista saguntina, Braçal, y quisiera rescatar de ella algo de lo que allí escribí:

“La vejez es bella. “La tremenda belleza del viejo es donde se mira el espejo de la edad del mundo”, ha dejado escrito el filósofo italiano Manlio Sgalambro, en su Trattato dell´età. Hay muchas formas de envejecer. Don Santiago escogió la más fructífera, la más serena, la más solidaria.”

Recordé también otras palabras del sociólogo italiano Norberto Bobbio, extraídas de su extraordinario libro, De Senectute:

“El tiempo del viejo es el pasado…aquel donde a través de la remembranza te refugias en ti mismo, retornas a ti mismo, reconstruyes tu identidad, que se ha ido formando y revelando en la ininterrumpida serie de todos los actos de la vida, concatenados entre sí, te juzgas, te absuelves, te condenas y también puedes intentar, cuando el curso de la vida está a punto de consumrse, trazar el balance final”.

Ese balance, ese juicio, esa absolución y esa condena, las ensayó el poeta Bru en su última poesía, y yo intenté demostrarlo en ese artículo titulado, precisamente, “Últimas lecciones”. Allí recordé la última esena de Edipo en Colonna: “…cuando Oedipus, después de recuperada su “moira” extraviada, y previsto su próximo fin, recuerda una antigua promesa: donde su cuerpo more, florecerá una gran ciudad. Sófocles hace avanzar decididamente a Edipo hacia el bosque, hacia el final del escenario, y desaparece”.



La vejez nos expone ante sensación del “balance final”, de la visión de “la curva del camino”. Quiza la vejez no sea más que eso, la suprema metáfora de la vida. Permítanme que les traiga aquí un bello poema de Pessoa, “Para além da curva da estrada”:

Más allá de la curva del camino
quizás haya un pozo, y quizás un castillo,
o quizás sólo la continuación del camino.
No lo sé ni pregunto.
Mientras voy por el camino antes de la curva
sólo miro el camino antes de la curva,
porque no puedo ver más que el camino antes de la curva.
De nada me serviría estar mirando para otro lado
y para aquello que no veo.
Que nos importe sólo el lugar donde estamos.
Hay suficiente belleza en estar aquí y no en otra parte.
Si hay alguien más allá de la curva del camino,
que se preocupen ellos por lo que hay más allá de la curva del camino.
Ése es su camino.
Si tenemos que llegar allí, cuando lleguemos lo sabremos.
Por ahora sólo sabemos que allí no estamos.
Aquí sólo hay el camino antes de la curva, y antes de la curva,
el camino sin curva alguna.



Arrinconamos la muerte, la apartamos lo más lejos posible -recuerdo ahora las reflexiones de Philippe Ariés-, y acece el mismo proceso para la vejez, se aparta, se recluye. Olvidamos nuestra condición, nuestro futuro. Nos decimos: yo no llegaré a esto, no pasaré por ahí. ¿Valentía, temor, acto supremo de resposabilidad,…? Afrontar, dirigir la mirada sin mediación a la vejez, al tiempo que pasa, y obtener de ello enseñanza y felicidad. ¿Ideal estoico?



Tengo para mí que la vejez sienta mejor sus años en la mujer que en el hombre. Desde luego hablo en términos generales y muy personales. Es, al menos, lo que he vivido o vivo; aunque también es una intuición de ese insondable mundo de “la mitad del cielo”. Precisamente la imagen mítica de la abuela que aparece en el film de Manuel Gutierrez Aragón, es para mí consustancial de la vejez femenina: sabiduría, ternura, serenidad y misterio. Todo extraño y cotidiano, como la imagen, la voz o la escritura de María Zambrano o Marguerite Duras, en sus avanzadas edades. Y no es sólo literatura, la he visto en muchas otras mujeres, y es para mí un misterio.



Hace nada menos que veinticinco años publiqué un pequeño poema, donde ya aparecía -me sorprendo ahora- una cierta idea de vejez, una cierta sabiduría que vi en una mujer que encontré caminando por la calle, a la que ayudé a llevar una garrafa de agua de lluvia, y ella, a cambio, me contó su vida:



ESPERANDO UN POEMA

Haré un poema, no sé si convenido,
de la lentitud de las aguas.
No hablará de gloriosas catedrales
sino de cisternas que guardan en silencio el fruto de la lluvia.
Hablará de la tenacidad de los cielos
y el ánimo paciente de la ternura,
no del implacable cantero, de sus extraños signos.
De sequeros de melocotones y de unas manos
que llegaron a los 78 con una increíble belleza.
Del rostro valiente que no gasta una lágrima
porque su cuerpo es un pozo gota a gota ganado;
que si acaso olvidó cómo se saluda a los amigos,
si recluida tiende su mirada a la piedra, siempre la misma,
guarda, sin embargo, todos los rostros reconocibles.
No habrá en el poema mayúsculas palabras,
sólo sonidos que envuelvan los silencios y a ellos conduzcan.
Hablará del agua, de la lentitud de las aguas.
Dejará hablar, sencillamente.






Este poema, y no lo digo para vanagloriarme, sino para mostrar un hecho que a mí me estremeció, lo leyó Juan Gil-Albert, poco tiempo antes de morir. A su casa nos acercamos yo y quien, con el tiempo, sería mi mujer, Francisca Sánchez, para buscar su colaboración en una revista que íbamos a editar en la Facultad, Glosa. Él nos acogió amablemente y nos agasajó con un cuaderno manuscrito que contenía sus últimas prosas del Brevarium vitae, que transcribimos -llenos de reverencia y emoción- y publicamos. En nuestra última visita le acerqué mi poema para saber su opinión. Lo leyó en silencio largo rato y después de una pausa alzó su rostro y me dijo solamente: "Qué claridad". Sus manos temblorosas y su mirada limpia me conmovieron. Caí en la cuenta de quién leía aquel poema sobre una bella vejez: un bello y anciano poeta.