lunes, 25 de abril de 2011

LA LECHUZA










No podía apartar de sí el olor de la sangre de su camarada. Hacía ya varias horas de la emboscada en la estación, en la que cayó Antonio, y aún sentía la vida del amigo palpitar, luchando denodadamente por no desaparecer, como una hemorragia continua. No es posible que todo nuestro esfuerzo se esfume tan fácilmente, que todo haya sido en balde, Rafael, parecía decirle el rastro de olor de su amigo.
Aunque apenas se podía ver nada en aquella noche tan cerrada él sabía conducirse bien entre los campos de olivos de su comarca. Había jugueteado, trabajado, amado tanto por estos parajes que ahora apenas tenía que encontrar algunos hitos para poder dirigir bien su avanzada, como aquella luz que parpadeaba en aquel cortijo encima de la loma, aquel poste de luz, o aquel algarrobo tronchado.
Al sentirse ya cerca del pueblo, al escuchar los ladridos y las chicharras, al divisar, lejanos, los muros ruinosos y el torreón medieval, el corazón comenzó a latirle sin poder controlarlo y comenzaron sus oídos a estar tan atentos que cualquier mínimo ruido lo percibía tan cercano que le sobresaltaba.
Él sabía que lo seguían muy de cerca el grupo de falangistas y civiles con los que se enfrentó en la estación, pero el saberse tan cerca de su casa, de su mujer y sus hijos, le infundía una seguridad y un valor inusitados. Aún así no quiso avanzar más, esperaría en la alberca que se hallaba cerca de allí, adonde trataría de saciar la sed y serenarse.
Dejó el fusil y la cartuchera en el brocal; bebió y empapó sus ropas buscando la calma, y al fin se sentó por primera vez desde que abandonó Córdoba, después de tantas horas. Cuando el rumor de la acequia logró adormecerlo una lechuza se posó en su hombro.

domingo, 24 de abril de 2011

EL ESTABLO












La vaca mugía con desesperación en la oscuridad de la cabaña y Manuel hundía su brazo desnudo, repleto de sangre y líquido amniótico, en el cuerpo de la madre para ayudar a salir al ternero. Sólo una madeja de haces de luz sucia de candil apartaba a duras penas una tenaz oscuridad y permitía difícilmente columbrar la masa sanguinolenta que luchaba por salir, entre los vahos que emergían de la hembra, en aquel pequeño reducto repleto de reses apiladas, buscando acumular el mayor calor posible en aquella noche helada, cuya copiosa nevada presagiaba una larga temporada del rebaño en el establo.
Al fin surgió todo el cuerpo, entre los mugidos lastimeros de la vaca que ya afanaba su lengua para lamer al pequeño, al tiempo que Manuel se disponía a cortar y desinfectarle el cordón umbilical. Mientras le aplicaba el yodo al ternero recordaba su tierra, las duras y largas noches del invierno del sur, en la alta sierra, con las cabras estabuladas hasta que pasara el mal tiempo y las lograra sacar de allí y dirigirlas a frescos campos de hierba. Qué lejos de los tajos, del pedregal. También él había roto con la madre, pero no había tenido un pastor amigo que le curara la herida y aún quedaban muescas de infección que le dañaban su memoria, con cuánto dolor, en estas cumbres del Pirineo, hastiado, dolorido, aterido de frío.

sábado, 23 de abril de 2011

ACCIDENTE







Su voz se agazapaba en el sollozo mientras el padre dormitaba a su lado. Habían transcurrido decenas de kilómetros en el coche que les conducía de nuevo a casa, de retorno al hogar. El cansancio de la terrible jornada los abatía a los dos, a uno lo sumía en el sopor, al otro en una rabia impotente. Volvía de nuevo a gemir y a decirle a su padre en el silencio más elocuente de la pena, ¿por qué te odio, padre?, ¿por qué esta rabia que me lleva a insultarte, hasta levantar mi mano contra ti? Por Dios, ¿por qué no te has dignado a jugar una sola vez conmigo, por qué en mis recuerdos sólo oigo tu voz severa, lacerante, maldiciendo los días, la vida, todo? Sabes cuál ha sido la frase que más me ha dolido oír de ti: “No es tuya ni la mierda que tienes en las tripas”. ¿Qué te debo? Dime, ¿cuál fue mi delito? ¿Hasta cuándo tendré que pagar mi deuda contigo? Padre, sólo te pido una caricia, una palabra de consuelo, una mirada cómplice, un gesto amistoso. Lo siento, yo sólo encuentro desprecio, una fría mirada, un reproche continuo. ¿Tanto te ha dañado mi vida, tanto te daña mi existencia? Cuando mamá me recuerda que tú te pasabas las horas junto a mi cama, cuando yo sufrí mi terrible enfermedad, con apenas un año de vida y le pedías a Dios que te diera a ti el daño que a mí me infligía, llorando; entonces, pienso en ti, en el padre que quisiera haber tenido, en el hombre firme ante la desgracia, pero también en el dulce y consolador padre, que me diera fuerza y cariño. Cómo me gustaría obtener una respuesta a todas mis preguntas y que tú me respondieras, con tranquilidad, y aplomo, a todas mis dudas, y yo sonriera y te pidiera perdón por mi testarudez, por mi egoísmo.
Aunque él no pudo enunciarlas, finalmente todas las palabras llegaron a su padre, a sus ojos que derramaron una súplica y un dolor infinitos, mientras sus cuerpos rodaban, callados y unidos, por el asfalto hasta estrellarse contra un montículo de tierra.

domingo, 17 de abril de 2011

EL FILÓSOFO Y LA CIUDAD ANTIGUA

Ortega y el Calvario de Sagunto


A semejanza del trilobites en su nicho pétreo, la ciudad antigua, hoy simulacro fósil, dormita su sueño secular atenta a la mirada de aquellos viajeros que restañarán con su imaginación la herida de esos años idos. Ellos, mentores de una casta especial de hombres, aquellos que nacen con la "extrañeza", insuflarán en la "inquieta et mobilis homini mens" senequiana. espíritus salvíficos y soplos soñadores que harán de aquella una ciudad ideal, entretejida de metáforas e imágenes: "E'l silenzio ancor suole / Aver prieghi e parole", nos dice Tasso.

Porque la ciudad, como nos enseñó Victor Gómez Pin, en su bello libro sobre Venecia, "es cómplice indisociable del lenguaje" y sobre él proyectamos fílmicamente las exigencias de nuestro deseo, pero también los vértigos y los conflictos que nuestra tradición histórica, múltiple y contradictoria, nos depara. "…vemos por doquier a nuestro alrededor / las viviendas de hombres de antaño, / vestigios ... /... Esos hombres ... ¿qué ha sido de ellos?", se preguntaba T'ao Chien en el siglo IV de nuestra era. Al otro lado de la laguna Estigia oímos decir a Séneca, dirigiéndose a "Helvian rnatrem", pero también a T'ao y a nosotros mismos, que todos estos cambios, todos estos traslados, no son sino exilios colectivos, "Publica exilia".

Y como toda diáspora, en ésta también anida la esperanza, la que como humanos nos es lícito tener, ipsum est, que después de todo nada por completo está perdido. Pero dejemos que Benedetto Crece lo exprese de forma paradójica: "Nada de lo que nace muere de aquella muerte completa que sería idéntica al no haber jamás nacido: si todo se transforma nada puede morir". Filosofía y viaje han estado desde un primer momento íntimamente ligados. Las metáforas del conocimiento como "vía", de la sabiduría como "iniciación" o "recorrido", del sabio como aquel que se desplaza en busca de una "sofía" que implica una ascensión (quizá "askia": abandono de la sombra, huida hacia la luz) o un descenso "ad inferos", órficamente; todo ello son claros ejemplos de esta consaguinidad.

Será Parménides quien ya en su pasado remoto, en su Poema plantee de forma explícita esta disposición: "Las yeguas que me transportan y a cuanto el ansia llegara me aviaban así que me echaron al milvocero camino de la deidad, que por toda ciudad lleva al hombre que sabe". En el otro extremo del hilo del ser y su pensamiento vemos los dedos tedescos de Heidegger que escriben sobre la tabula rasa: "camí i mesura / sender i cantar / es troben en única via. / Camina i porta / error i pregunta / pel teu únic tret". Son extraños versos que Joan B. Llinares trasladó de su origen lingüístico hasta las riberas de este otro idioma que tiene entre sus tribunas más eminentes al también filósofo y viajero Raimon Llull.

Sería interminable una lista de exempla donde el binomio filosofía-viaje quedara reflejado. Sólo aludiremos al ascenso que hizo Petrarca a la cima del Mont Ventoux, donde leyó pasajes de Las Confesiones de San Agustín; y sin más dilación exclamaremos con Bandelaire: "Etonnants voyageurs! Quelles nobles histories / nous lisons dans vos yeux profonds comme les mers! / Montrez-nous les écrins de vos riches mémories, / Ces bijoux merveilleux, fait d'astres et d'ether / ... Dites, qu'avez-vous vu?". Y solícitos les vemos desgranar un logos que nos seduce y nos empapa de curiosidad. ¿Cuántas más cosas quisiéramos saber y aún nos están vedadas?


Hoy, aquí, se nos muestran dos de aquellos a los que Platón, en su ciudad que no es la muestra, denominó “amigos del pensar”, o como uno de ellos mismo propuso, “espectadores”: Benedeto Croce y José Ortega y Gasset. Los dos visitaron Sagunto. Alrededor de siete lustros separan una de otra visita, pero ambas se unen por el polo de atracción de Saguntum, devenido con el paso del tiempo en aquello que Michel Butor llamó "établiment", es decir, punto de orientación a la vez geográfico y mitológico.

Quizás nos sentimos más abrigados al saber que aquellos lugares por los que nuestra infancia, sobre todo, y la ya larga vida que mantenemos ha vagado, han sido hollados también por aquellos pies; que estos paisajes han sido, al menos un instante, reunión de almas dispersas y ensoñadoras, aunque bien sepamos que es cierto aquello que nos dejó dicho Italo Calvino: "Creemos que seguimos mirando la misma ciudad y la que tenemos delante es otra, aún inédita, aún por definir". Aún siendo así, brindemos hoy en aquellos "calices saguntini" de Valerio Marcial, y celebramos a Silio Itálico por quien sabemos que nuestra ciudad tuvo su espíritu. Fue así, pues, una cabal ciudad antigua. El mismo Calvino nos lo recuerda: "Los antiguos representaban el espíritu de la ciudad con ese algo de vaguedad y ese algo de precisión que esa operación conlleva, evocando los nombres de los dioses que habían presidido su fundación". Evoquemos pues en Croce y Ortega a Zacynthos, y con ellos a los dos grandes tributos que nos legó la Hélade: La ciudad y la filosofía.

viernes, 15 de abril de 2011

ORTEGA Y GASSET EN SAGUNTO




El comentario de Isabel Mallén a mi poema que aparece en la anterior entrada, "Hogueras de Abril", me ha hecho reparar en la figura mítica de nuestro Pic dels Corbs, una cumbre señera de nuestra comarca, el Camp de Morvedre, que conserva un interesante yacimiento de la Edad del Bronce.

La figura del Pic se puede apreciar detrás del filósofo José Ortega y Gasset, en la fotografía que abre este post. Dicha fotografía corresponde al viaje que Ortega realizó a nuestro País Valencià en el año 1934 acompañado por el notario Antonio Mora y Antonio Mingarro , miembros valencianos de la Agrupación al Servicio de la República.

jueves, 7 de abril de 2011

HOGUERAS DE ABRIL

Hoy vi el poema tras el cristal del coche

escrito con una caligrafía de llamas

sobre una resma de cumbres.

Allá el Pic dels Corbs enseñoreaba

su testuz de maestro mineral

dirigiendo la altura de los renglones

y dos hogueras bombeaban, como dos corazones,

una hemorragia de fuego suplicante

cuya sangre terrestre elevaba al cielo,

mientras las vedijas del humo

vertían al azul borrones

como coágulos del vegetal ardido.