martes, 23 de noviembre de 2010

ERRANCIA DEL CUERPO Y DEL DESEO (GAVILLA DE COLOQUIOS PARA JAIME GIMÉNEZ DE HARO)


NOTA PREVIA: Lo que a continuación sigue es el texto que escribí para la exposición que el pintor Jaime Giménez de Haro (Sagunto, 1951) realizó en mayo de 2005 en el Castell d'Alaquàs. Lo recupero para este blog después de asistir a una nueva exposición del artista en Valencia, en el Café Malvarrosa-Espai Paral·lel. Un gozo al que estáis todos invitados.



ACOTACIÓN


Las obras que nos propone Jaime para esta exposición procuran una densidad tal, que más allá de la forma, del color, de la materia, van urdiendo un rumor de voces que acaba por imponer su propio discurso dialógico. No es materia onírica, aunque invite a ella, sino muchedumbre de palabras que incitan a la recreación de la obra por parte del espectador, al diálogo ameno o encarnizado, a la impúdica exposición de deseos, al entrañamiento de las invitaciones reflexivas a que nos exponen las obras.
Michel Foucault planteó, desde su arriesgada reflexión, un "Theatrum Philosophicum". Desde esta exposición, y desde esta lectura que proponemos, la obra de Jaime se nos aparece como un "Theatrum Artis". Pero no desde la espectacularidad, desde la "ob-scenidad", sino más bien desde la complicidad dialógica de la confidencia, del susurro, de la palabra anhelante e invitadora.
Su pintura, sus objetos, anclan un pasadizo entre las cumbres de la clasicidad y la modemidad. Agita el aire que recorren las visiones de los mundos pictóricos anteriores, moviliza el ojo a una expansión del espacio, y desde esta apertura, desde esta oquedad sugen los ecos que van conformando una escritura de voces dialogantes, empapadas de luminosidad y de materia pictórica.
Son signos errabundos trazados desde la dádiva, configurando orillas de diálogo: a veces desde una transparencia, a veces desde el misterio. Hay inocencia y hay riesgo. Una extraña medida de la distancia crítica del autor con respecto a su obra y a la tradición. Pero, sobre todo, hay una edificacion de su propio mundo, que nos urge a compartir; una cimentación que basa su fortaleza en la intimidad, en el recorrido de los afectos, de las verdades íntimas.


1ª ESCENA:
ENTELEQUIA DE GESTOS

" ... y sin letras forma en el aire renglones clarísimos"
Francisco Bances Candamo, Theatro de los theatros.


Un mundo abreviado de zarcillos, de trenzas como trilobites, de miradas enfrentadas a la púdica visión; sin el furtivo deseo de la apropiación falsa, meramente expuestas a la caricia de un ensueño. Convidados al ágape de la danza de cuerpos femeninos hacia otra vuelta del sentido, hacia los sentidos vueltos a la preñez de la pintura y su trazo divagante.
Rómpese la tela del encuentro, una clara invitación a la vida, sólo caricia o abrazo próximo, de estos fragmentos que juntos tienden a una cita, a una encrucijada en la que el mero instante deviene un gesto etemo, el kairós al que tendía Goethe, al que nos invita Jaime, de la mano de la vida gesticulante. Álzase el cristal del tiempo.

LAS MANOS: El gesto es elocuencia fuera de toda voz, de toda caligrafía, viva en la pura música del movimiento, en el espacio habitado, humano, de la figura.

LOS BRAZOS: Sois himno de la línea, "Oh regalada llaga! Oh mano blanda", como quiso Juan de Yepes trazaros.

LA CARA: Me parecéis, brazos, belleza ansiante, arremolinado clamor, embriago de estulticia. Desde el sueño de la línea que imanta y subraya el claro color, muestra el ademán su atemperado carácter, henchido de placidez, órdago de la belleza.

EL TORSO: Quiebros del cuerpo y esfuerzo de los brazos, ha sido dicho. Gravedad y levedad unidas, en íntima coyunda como los miembros a mí asidos, representáis. Es la mano de vuestro pintor, o su alma, que es lo mismo, la que sopla en vuestro aliento. Así certificó Carducho: "Mueve su pintura las almas de los que le oyen".
La mirada se detiene aunque el gesto no cesa, y en ese intervalo, en esa "pausa oscura" de la que habló Rilke, brota la semilla de ese mundo abreviado que Jaime nos expone, rememorando las "Puellae gaditanae" de Juvenal, aquellos pies que semejan medir el mundo desde sus contorsiones, sentenciando artísticamente lo que dejó dicho Plinio: "Creer que hay infinitos mundos procedió de querer medir el mundo en pies". Y no hay cabo, no hay fin, en este mundo abreviado o en estos infinitos mundos a los que nos abocan los cuadros de Jaime Giménez de
Haro; mientras la tela rasgada recompone y desciende su figura en un supremo gesto final.


2ª ESCENA:
DECLARACIÓN A LA LUZ DE UNA VELA

El pintor y la modelo clarean su viso en la luz refleja de la vela de un estudio, mientras los cuerpos se confunden y en un mismo trazo sus deseos componen un laude rotundo a la vida, un festivo manantial de íntima arrogancia.

LA MODELO: Es diestra tu mano en la concesión a mi fugura de enaltecimiento, de beata concupiscencia, de un mítico manto de sutil transparencia.

EL PINTOR: Borrar el límite es lo que ansío, o al menos acercar las dos realidades que a ambos nos conforman, tendiendo la voz de mi cuadro a un eco irrepetible. Lo finito y lo infinito, la totalidad y el fragmento. Busco los contamos difusos, las esquinas alentadoras de los encuentros, los colores que atrapan una caricia, los trazos del abrazo, presos en una confusión imposible de cuerpos, más allá de este recuadro, de este mundo, de este muro.

LA MODELO: El límite es sólo la esperanza. No alcanzará tu pincel aquel espacio deseado, aquella llama oculta que en su extinción nos salva. Postrero será el día en que tus manos y tus pies puedan alcanzarlo, y tu vida y tu deseo sean sólo uno e indiviso.

EL PINTOR: De nada me sirven las futuras realidades. Hoy, aquí, proclamo la identidad irredimible de mi vida, y es mi deseo parangón de un universo de formas que envuelven, como mantos transparentes, esos espacios que las figuras someten a una perpetua fluencia de saludos y de adioses.

LA MODELO: Siento el velo del azul y la exaltación del ocre; el temblor del amarillo y la mudez del gris. Me enceguece el rojo y es tibia la claridad del verde. Rauda es la luz y me pierdo en el sentido de tus visiones.

EL PINTOR: Perdido voy también yo, en la bruma de este atroz deseo. Rasgo con mis colores la luz del dia buscando una luz más prístina, buscando luz más allá de la luz. Y en este vagar, en esta errancia, tú, mi modelo, me impones el don de la belleza, entendida ésta como luz en su ebriedad, como alma pánida que celebra la vida.


En la habitación el pábilo tristemente se consume y un fino helor, apenas, de llama azul,
prende de su escuálida vela. El hálito del pintor, finalmente, fatalmente, oscurece la tela del encuentro y una rediviva luz resplandece de su obra.

lunes, 22 de noviembre de 2010

EL CABRERO

Avanzan en la niebla que se desvanece,
como luz de buena mañana,
los olores de la sarta de los tejeringos
y la leche recién ordeñada
de aquellas cabras del Colorao, mi héroe.
Gary Cooper que está en mi cielo,
con esa ala del sombrero
echando la sombra en sus ojos.
De tan alto, altivo,
como los Tajos lisos,
paseaba una suerte de dandismo
envuelto en su pana oscura,
con la reluciente cadena
del reloj colgando de su bolsillo.
De sus silencios surgían
como de una cueva milagrosa
las voces de sus palabras malagueñas,
de una Málaga serrana,
preñadas de oscuridad y luz.

sábado, 20 de noviembre de 2010

ALFONSO CANALES: EL ANACORETA MALAGUEÑO


Así, "el anacoreta", llamó Juan Gil-Albert al poeta malagueño Alfonso Canales, que con alto dolor nos ha dejado. Lo escribió en las "Notas espontáneas" que puso al frente de la edición valenciana de El Canto de la Tierra. Lo editaba Lindes, Cuadernos de poesía, una excelente colección que se editó aquí en Valencia -qué inolvidables los poemarios de Gil-Albert y Cesar Simón-, en los años setenta, de la mano diestra de Ricardo Bellveser, Pedro Bessó y Ricardo Arias.

Uno de mis primeros libros de poesía contemporánea que me compré con mis escasos ahorrillos de jovencito, fue, precisamente, el poemario de Canales, Port-Royal, editado en la colección El Bardo. Aún conserva mi ejemplar el sello de la librería donde lo adquirí: La Idea, Estamañería Vieja, 11. Despareció aquella librería como desparecieron aquellos años, pero siguen las páginas del libro, y siguen las huellas de sus lecturas, y sus bordes amarillentos.

Atrajo a aquel joven que garabateba primerizos versos en las cuartillas, el sorprendente carmen meditativo, existencial y espiritual del maestro malagueño:

El mismo rayo

de sol que me calienta las rodillas

me une a claustros soñados, a las mansas`

penumbras de los templos que hoy se doran

con idéntica luz: la luz de esta

hora. No la de aquella en que una turba

de secuaces del rey desvirtuaron

un modo de la fe; tampoco la del jueves

pasado ni la del jueves venidero.

Dios atrae hacia sí a los que confían

y a los que desesperan. A nosotros

nos toca elegir la puerta ancha

o el ojo de la aguja, en el que siempre

hay suficiente luz para orientar el hilo


También, cómo no, le atrajo que fuese de aquella tierra que él asociaba a su inclinación poética, a su forma idílica de ver la tierra, la tierra de su familia, aquella Málaga de su infancia y adolescencia, de primeros amores, de descubrimientos de la luz, de las sonoridades de las aguas, de las formas de componer los sentidos de esta vida, dando voz y trazo de poema a la intimidad.

Siguieron a aquel poemario los que regularmente fue dándonos a conocer su autor, mostrándonos su infatigable búsqueda, su escritura pasional: Reales sitios, Réquiem andaluz, El año sabático, El puerto, El Canto de la Tierra, etc. Paro en éste último porque para mí constituye uno de sus más excelentes hallazgos. De él copio este poema que viene al caso:


(Pues morirá la muerte, como mueren las cosas

todas) cuando no sepa nadie de mí, ni incluso

tú misma, tierra, guardes nada mío que tenga

ilación con la vida

que tuve, estaré vivo

otra vez. No hace falta que hasta el fin de los tiempos

aguardemos, que cada

uno en su sangre lleva

ese fin. Como tiestos en alfares

tuyos cocidos, el gran fuego hace

(una vana ilusión que fomentamos

tenazmente) que luzcan formas nuevas,

seguras de su propia

solidez. Pero el cántaro se rompe

de tanto ir a la fuente

de la esperanza, y todo

termina mal un día o una noche

cuando por un descuido

(no se sabe de quién) el recipiente

ha cabado de dar lo que podía

dar: contornos, colores

o líquidos prestados.

Se dura un poco más, en tanto quedan

clasificables cascos que permiten

recomponer las líneas

maestras, los detalles

de la decoración o el mismo poso

que el vino o el aceite

dejaron. Y la sombra

acaba por llegar irremediable-

mente, mas no la fría

soledad: cuando acabe

por devolverte lo prestado, oscuro

taller donde empezaron a formarse

estos dolidos versos,

no existirá la muerte.